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NARRATIVA :: El Hombre Descalzo y el Fracaso de Eurídice :: Ricardo Iribarren

  /   April 22, 2013  /   No hay comentarios

El Hombre Descalzo y el Fracaso de Eurídice

Por Ricardo Iribarren

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piesDesnudosHay dos razones para que alguien camine descalzo por la calle: ser pobre de solemnidad o no encontrarse en sus cabales. En los dos casos, la conducta revela un profundo abandono de sí mismo. A Julia, desde niña, le enseñé a usar calzado. Ella no sale de la casa si no es con gruesos zapatos que protejan sus pies de las porquerías del suelo. Señor Ignacio, usted por su edad debería ser serio y responsable. Lamentaría mucho que con esta convivencia que ustedes han insistido en iniciar y mantener, su lamentable hábito se le pegue a mi pobrecita hija.

Como la había imaginado, Eduviges Echenique Gorreaga era una dama mayor, vestida con chaqueta y falda negras y blusa blanca. Prendas de corte clásico. En su juventud habría sido una mujer hermosa, ya que su hija había heredado esa nariz respingada que podría ser graciosa; sin embargo, la dama  torcía el rostro en una constante mueca de desagrado, como si oliera un permanente aroma nauseabundo. Al llegar, antes de saludar a Julia con un rápido beso, la regañó porque el vestido no combinaba con los zapatos. Luego se sentó en el borde de la silla y mantuvo el torso recto, las manos cruzadas en el regazo, mirando con seriedad hacia adelante. Por mi parte, permanecí con los pies desnudos todo el tiempo de la visita.

—   Señora, mi decisión de caminar descalzo es algo personal. Entiendo que lo cuestione y respeto su opinión, pero no la comparto. También debe saber que no hago proselitismo de mi costumbre, por lo que no influí en forma directa sobre su hija como usted acaba de sugerir.

Julia asintió frente a su madre, cuando repetí que el accidente por el cual había tenido que aplicarle varios puntos en la planta del pie, fue su exclusiva responsabilidad. La mujer dijo que sí con la cabeza, pero por la expresión de sus ojos, noté que no escuchaba o no entendía.

Lo que concluyo de todo esto es que si se camina descalzo, más tarde o más temprano la persona va a sufrir un accidente. No admitirlo, disculpe usted, es de estúpidos. Es simbólico. Es inevitable. Debe saber que formo parte de una comisión de vecinos dirigida por el inspector Eufrasio Corvo, candidato a alcalde para las próximas elecciones. Entre los objetivos de nuestro movimiento nos oponemos explícitamente al malsano hábito de caminar descalzo, que fue moda desde los hippies hasta ahora. Es tonta la postura romántica de la libertad del pie. Además de las inconveniencias que trae aparejada, de lo calamitoso que resulta para la salud, creemos que una persona que marcha sin zapatos resiente la integridad del cuerpo social, de la familia, de la patria. En otras palabras, un símbolo; un escándalo. Usted comprenderá entonces, señor Ignacio, mi preocupación al advertir que mi hija está repitiendo su hábito…

Estaba listo el té y lo serví una taza de la porcelana china. La tomó con la punta de los dedos y antes de beberla, examinó concienzudamente el borde. Después exigió de Julia la promesa de que nunca volvería a salir con los pies desnudos.

— Si por mí fuera, los zapatos debieran usarse para dormir, como lo hacen los turcos — dijo con tono sentencioso antes de retirarse.

Todo había empezado tres meses atrás, cuando Julia y yo decidimos vivir juntos. Antes de resolver algo importante, lo consulto con mis pies a través de paseos que realizo descalzo en el parque cercano a mi casa. Frente a la posible relación, la negativa que surgió de mis plantas fue urgente y terminante.

Para estar completamente seguro, recurrí  a una sesión de Pedimancia con Marcela. Adivina y Barefooter como yo, nos habíamos conocido en el parque durante nuestras caminatas descalzas. Contaba con veintidós años, rostro aniñado y sonrisa fácil. Era capaz de ver el futuro en las líneas y los detalles de las plantas.

Me recibió en la casa antigua donde vivía, con sus pasillos cubiertos de fotos de santones, amuletos de piel de serpiente y exóticos insectos de Oriente encerrados en viejos frascos.

—   No sólo son incompatibles, sino que la relación representa un peligro para ella y para ti — sentenció Marcela al referirse a la posible unión con Julia, mientras sostenía mi pie con sus pequeñas manos. Contando con mis conocimientos someros en la materia, me mostró un complicado ramal de líneas en la planta izquierda. Todas confluían en un punto donde la piel cambiaba de color.

—   En caso de continuar con ella, tu vida amenaza en convertirse en este laberinto que ves aquí.

En contra de ambas profecías, la de mis pies y la de Marcela, esa misma noche llamé a Julia, quedamos en vernos, tuvimos un encuentro fogoso y dimos por iniciada la relación.

 Me seducían demasiado la suavidad de la piel, la sonrisa constante, y hasta la permanente actitud de querer tener razón en todo. También influía la prolongada soledad desde la muerte de mi esposa, que Julia fuera quince años más joven que yo y tuviera un hermoso cuerpo. Cabellos negros y ojos de un gris azulado; quizá le faltara caminar con un balanceo más elegante, pero sabía utilizar esa sonrisa que formaba un pequeño y delicioso hoyo en el mentón para obtener lo que quisiera.

En el ámbito festivo, alborozado de una relación reciente, olvidé la profecía surgida de mis pies y las palabras de Marcela, pero de tanto en tanto llegaban de mis plantas rumores o escozores a los que interpretaba como avisos; no satisfechos con aquel vínculo, mis pies repetían una y otra vez la sorda advertencia

En el sexo, Julia era fogosa y siempre estaba dispuesta. Sus orgasmos eran volcánicos, prolongados, ruidosos y casi siempre empapaban el colchón.  Las exigencias en cuanto a fantasías sexuales, eran intensas y permanentes. Yo debía ser Hércules y ella Ónfalo, la princesa de Lidia; yo debía ser el oscuro violador cretense, y ella la joven vestal a quien luego castigaría Afrodita convirtiéndola en Medusa; Helena copulando con Héctor; Odiseo con Penélope; Aquiles con sus esclavas; Pigmalión y la estatua que seducía al artista, aún antes de crearse. La Grecia Clásica inspiraba en ella una sucesión de fogosas parafilias y reconozco que si bien no me apasionaban, tampoco me desagradaban.

En el fondo, en vez de aquella sexualidad explosiva, hubiera deseado algo más sereno. No sólo por mi edad, sino porque siempre había preferido momentos de quietud en la intimidad. Abrazarnos en silencio bajo la luna; la madurez lenta del amor en las tardes de otoño. Cuando se lo sugería, Julia afirmaba comprenderlo y me prometía que cambiaríamos de hábitos, pero volvía sin cesar a aquella Grecia fuertemente orgiástica, gobernada por Dionisio y la “Hybris”, a la que nunca habría llegado Apolo.

En cuanto al mito de Orfeo y Eurídice, la excitaba de modo diferente. A veces apagábamos las luces y mirábamos la luna. Entonces ella se preguntaba cómo habría sido el encuentro de ambos amantes en el Hades; especulábamos imaginando los sentimientos ante el fallido escape del inframundo y la soledad del héroe. Esa historia tocaba en ella fibras sentimentales que iban más allá del sexo. Cierta vez confesó que cuando me pidiera representar el mito, sería una forma de proponerme matrimonio.

— Supongo que alguna vez volverás a usar zapatos como todo el mundo — dijo cierto día como al pasar. Iba a continuar hablando, pero la interrumpí afirmando que si deseaba que nuestra relación siguiera adelante debía respetar esa costumbre.

—   Me interpretaste mal. Claro que te respeto — dijo acariciando mi pecho— tus pies son muy atractivos y dentro de poco saldré a caminar descalza contigo.

No contesté y tomé sus palabras como una forma de disculparse ante un comentario torpe. Los pies de Julia eran los más hermosos y proporcionados que había conocido. Además, ella procuraba cuidarlos con cremas suavizantes, aceites, pintura de uñas y adornos, pero sólo se descalzaba en la moqueta del dormitorio y ni siquiera toleraba el roce del parquet. A veces se tendía en la cama con los zapatos puestos y en ocasiones, para bañarse, usaba medias “porque le daba asco pisar la espuma”.

No le había hablado de Marcela y una tarde le sugerí que fuéramos a una sesión de Pedimancia; suponía que la profecía inicial podría haber cambiado, o que fuera necesario replantearla.  No tuve en cuenta que mi novia era extremadamente celosa. Cuando a nuestro lado pasaba una muchacha atractiva, sin que ocurriera nada me pellizcaba el brazo. Era inútil mi alegato de que no la había visto; que había sido su gesto el que alertara la presencia de la chica. Ella insistía en que “se me habían ido los ojos”, y en todos los casos, la rabia que sentía se resolvía en encuentros fogosos donde el sufrido colchón soportaba estoicamente las tibias inundaciones.

—   No voy a dejar que una extraña me revise los pies — dijo Julia con tono terminante ante mi propuesta. A continuación, me preguntó acerca de mi relación con Marcela.

—   Es una vieja amiga — contesté — Ella también es Barefooter y en el pasado salimos descalzos a caminar por el parque. Hace muchos años que practica Pedimancia y la consulto con frecuencia.

—   Concluyo que tienes con ella algo que no compartes conmigo — afirmó con seriedad. Era la primera vez que la veía realmente enojada; su ceja izquierda se movía involuntariamente.

—   ¿Qué es lo que no comparto? ¿Qué quieres decir?

—   Sales descalzo con ella y te niegas a hacerlo conmigo.

Le expliqué que con Marcela nunca habíamos tenido nada; que desde hacía un año estaba ligada a un profesor de Sumo con quien mantenía una relación estable, pero no me escuchó. Se negó a aceptar cualquier razonamiento y por primera vez permaneció sin hablarme toda una tarde. Recién en la noche cambió de actitud, me preparó un café y pidió conversar conmigo. Volvió a tocar el tema de Marcela.

—   Es lo que te dije. Somos amigos.

—   ¿Tú me amas realmente?

Advertí que la ceja izquierda volvía a agitarse

—   Claro que te amo. Te lo dije muchas veces.

—   Entonces vas a llevarme a caminar descalza por el parque.   Quiero ser tu Barefooter.

—    Debes tener en cuenta que no es fácil. Sería mejor que te quites los zapatos en la casa, que recorras los pisos, te acostumbres a diversas texturas y salgas al jardín trasero donde todo está controlado. El parque tiene sus peligros y hay que acostumbrarse. Si me haces caso, podría llevarte en un mes o dos.

—   Claro, pero tú vas con Marcela…

Se repitió la discusión en todos los términos. Finalmente pareció ceder en un punto.

— Insisto en que no quiero que una extraña toque mis pies, pero permitiré que realices con ella una nueva sesión de… bueno de eso por lo que adivinan. Yo quiero acompañarte.

Aunque no me lo dijo, advertí que Marcela estaba interesada en conocer a Julia y me dio un turno para esa misma tarde. Durante la sesión, mi novia habló muy poco y se sentó en una silla con el cuerpo recto y los ojos muy abiertos. Contestó con monosílabos a las corteses preguntas de la anfitriona y miró con atención como Marcela lavaba mis pies e interpretaba las líneas. Mi salud, mi economía se desarrollaban sin problemas. En el pie izquierdo, volvió a mostrarme el laberinto que culminaba en un cambio del color de la piel.

—   Lo demás también está igual — añadió con una mirada de inteligencia.

Al volver, Julia me hizo otra escena. Insistió en que Marcela me había acariciado el pie con excesiva ternura; que me miraba con “ojos de carnero”. Había captado la referencia a la lectura anterior; por supuesto, no le dije que en ella me había desaconsejado la relación. Terminó llorando amargamente y al intentar consolarla, volvió a exigirme que la lleve a caminar descalza.

Un fragor más fuerte que los otros llegó de mis plantas. Mis pies repetían la profecía inicial. A pesar de esto, accedí al pedido, pero le exigí una prueba: con los pies totalmente desnudos, debía atravesar la grama de atrás de la casa, descender los tres escalones de madera, salir a la calle, llegar a la esquina y volver. Si lo cumplía con éxito, podría llevarla durante media hora a recorrer la zona más accesible del parque.

—   No entiendo por qué tantas precauciones — dijo desafiante — Todos nacimos descalzos. Si insistes en que es un hábito natural, ¿por qué todo este cuidado neurótico?

—   Es más complicado de lo que parece cuado alguien no está acostumbrado — insistí —soy el primero en desear que me acompañes en mis caminatas, pero un accidente inesperado podría ser doloroso y luego te resultaría difícil retomar el hábito.

Por tres veces revisé el trayecto. La grama estaba corta. A la calle la habían limpiado hacía poco. El único problema era un clavo que sobresalía del tercer peldaño en los escalones que conducían a la acera. Se lo mostré para que estuviera atenta.

— Verás que no es peligroso — dije — está cerca del centro, pero es visible a simple vista y bajo la luz del día.

El día amaneció soleado y Julia salió a eso de las diez de la mañana. Desde la ventana observé como avanzaba en puntas de pie, lentamente, abriendo las piernas como si caminara sobre huevos. Miraba con asco la grama. Había llevado una servilleta de papel y cada tanto se detenía a secarse el rocío que mojaba sus plantas.

Demoró cinco minutos en llegar a la escalera. Empezó a descenderla y en el tercer peldaño donde estaba el clavo, se detuvo sentándose. Pensé que iba a levantarse de inmediato, pero luego de varios minutos siguió sin moverse. Abrí la ventana y le pregunté si estaba bien. No me contestó.

Salí y al llegar junto a ella observé el pie derecho ensangrentado. El clavo   se había insertado en la almohadilla, por debajo de los dedos. Por primera vez desde que estábamos juntos, me miró con odio

—   No me dijiste dónde estaba — me reprochó — no me dijiste con claridad que era peligroso.

La tomé en mis brazos y regresé a la casa. Podía curarla yo mismo. Tenía conocimiento y recursos para hacerlo. Repitió una vez más que no le había informado acerca de la amenaza y la responsabilidad era mía.

Luego de limpiar la herida, advertí con asombro que no era una simple punzada; que no había retirado el pie al sentir el dolor. Parecía haberlo arrastrado sobre el clavo, ya que la herida se extendía desde la almohadilla hasta el arco. Tuve que colocar anestesia local y unir los labios de la lesión con tres puntos. Finalmente se durmió y advertí que en el sueño seguía agitando la ceja.

La madre de Julia  pertenecía a una familia de abolengo de la ciudad. Si bien desconocía los detalles del vínculo entre ambas, sospechaba que   los conflictos eran profundos y antiguos. Cuando hablaba por teléfono con ella, Julia se encerraba en la cocina, manifestando que quería estar a solas. Si bien no escuchaba sus palabras, al rato mi novia elevaba el tono con reproches, súplicas, largos reclamos y explicaciones en medio de un angustiado llanto.

Al terminar, salía de la habitación y ni siquiera notaba en los ojos las señales de las lágrimas. Sonreía y al preguntarle si estaba bien, contestaba con un vago “Mamá es así”.

Cuando la elegante dama se presentó para la visita formal, no me asombró demasiado el trato distante hacia su hija. Todo el tiempo, tuve un persistente y desacostumbrado calambre en el pie derecho, lo que interpreté como un rechazo profundo de mis plantas a aquella señora y su actitud.

Al accidente le siguieron varios días tranquilos. Julia se recuperaba con rapidez y me asombró la excelente cicatrización de los tejidos. Al tercer día caminó sin dificultad; habiendo recuperado la alegría, cantaba y bromeaba. Una de esas mañanas, mientras desayunábamos, habló con naturalidad acerca del proyecto de caminar descalza por el parque. No contesté de inmediato. Recordé que un año atrás, en el breve estudio que realizara sobre Reflexología y Pedimancia, había estudiado los sentimientos ambivalentes.  Esa noche, antes de acostarnos, me referí al tema. Expliqué la existencia de estados de ánimo en los que coexistían emociones o sentimientos opuestos.

—   Alguien puede desear y odiar simultáneamente algo

—   ¿Algo como qué?

—   Una persona, una situación

Levanté las sábanas y tomé su pie izquierdo. Una línea central arrancaba de la parte superior de la planta, se prolongaba debajo de los dedos y se bifurcaba en el centro. Hice que la viera, y para reafirmar mis palabras, la seguí con el dedo.

Expliqué que con su madre ocurría aquello: ella la amaba, la requería diariamente a través del llamado telefónico y a la vez la odiaba.

— Lo mismo ocurre con tu deseo de andar descalza — agregué — es algo que a la vez odias y deseas…

Retiró bruscamente el pie de mi mano y volvió a mirarme con el mismo odio que percibiera en el escalón cuando tuviera el accidente.

—   ¡Claro! ¡Marcela sí puede andar descalza!, ¿Acaso tiene plantas de acero, y no siente los clavos? ¿Quieres ir otra vez a que te acaricie los pies? ¡A ella sí le dirías dónde pisar y cómo pisar para que no se lastime!

El berrinche continuó entre lágrimas y reproches. Aquella noche se negó a acostarse conmigo y durmió en el sofá. Sin embargo, a la mañana siguiente, me trajo el desayuno a la cama despertándome con un beso.

—   Quiero caminar descalza contigo en el parque — insistió acostándose mimosa a mi lado — No me digas que no — añadió al ver mi expresión de desaliento y cansancio. Se arrojó sobre mí; las discusiones fuertes la excitaban. Me provocó y se entregó en una fiesta de gemidos y arañazos.

—   Estuve madurando una idea Quiero casarme contigo, ¿Me aceptas? — pidió con voz histriónica. Más tranquilo al constatar que había terminado el arrebato,   besé su mano y contesté que sí. Lo que siguió fue preocupante.

—    El parque será el Hades. Podemos pedirle a un amigo que sea el Señor de los muertos. Yo seré Eurídice y tú Orfeo. Irás a rescatarme y para cumplir lo que el señor del Hades establezca, caminarás sin volverte a mirarme durante ocho cuadras. Descalzos por supuesto…. No me digas nada. Yo quiero ser una dama de pies desnudos, estar a tu altura. No importa la opinión de mi madre; estoy convencida que es cierto todo lo que dices, que la salud, los músculos, los huesos y el carácter mejoran. Quizá soy tan ambivalente como me dijiste ayer porque no camino descalza.

Julia se había convertido en un gigantesco talón de Aquiles en mi marcha sin calzado. No era lógico que accediera a su pedido: aún no estaba repuesta de ese accidente absurdo y corría el riesgo de sufrir otro similar o peor. Detrás estaba su madre, y alguna vez había experimentado la fuerza de esa gente vinculada a círculos de poder que se oponía ferozmente al hábito del pie desnudo. Si bien intenté imponer mis condiciones,  en esencia asentí a su propuesta.

Insistió con la idea de reproducir el mito de Orfeo y su búsqueda de Eurídice en los infiernos. La ninfa andaba descalza, ya que la serpiente la había mordido en el talón produciéndole la muerte. Con los pies desnudos habría llegado al infierno, desde donde seguiría a su amado.

A medida que describía la situación, el rubor que iba tiñendo sus mejillas, el leve brillo de su mentón y de sus ojos, me hacían concluir que se excitaba con solo contar la historia. Esa noche, al unirnos, rompimos uno de los tirantes de la gruesa cama que heredara de mis padres.

Ella se durmió primero y yo tuve la esperanza — infundada, por supuesto — que iba a olvidar la propuesta. Sin despertarla, retiré las sábanas y destapé sus pies. Con mis pocos conocimientos sobre Pedimancia, no encontré en ellos ninguna señal alarmante. Quizá Marcela pudiera explicar en aquellas complicadas líneas de sus plantas o en los tres lunares dibujados en los empeines, el por qué de su espíritu cambiante.

Al despertar procuré hablar con ella y en nombre del sentido común, le sugerí que pospusiéramos una caminata de ocho cuadras como pretendía; en cambio podríamos realizar una pequeña marcha por ciertas zonas a fin de cumplir con el ritual de Eurídice y procurar a la vez que sus pies fueran más fuertes. Pertinaz, ella se negó.

—   Es el inicio de mi vida descalza — afirmó — Mis pies son fuertes como los tuyos. Sabes que me gusta besártelos y a través de los labios me han trasmitido parte de su fortaleza, del amor al suelo.

Buscó en Internet evidencias del uso de calzado en la Antigua Grecia. Encontró algunas referencias en Lisístrata, cuando en la inicial asamblea de las mujeres, la protagonista y las damas de Atenas se presentaban descalzas; finalmente halló un dibujo de la amada de Orfeo caminando con los pies desnudos.

Me prometió que al terminar tendríamos una noche de bodas propia de la Grecia Clásica; me coronaría con laureles y me entronizaría como un emperador. Fue inútil que le explicara que aquello pertenecía a la cultura romana; que Grecia era la cuna de la Democracia y que las cuestiones se discutían en el Areópago entre los ciudadanos. Lo único que logré como concesión fue que el día anterior a la representación de Eurídice, recorriera descalza algunos tramos del parque para ejercitarse.

Asintió, aunque cuando llegamos y se quitó los zapatos, vi otra vez en su rostro la expresión de asco al pisar la grama.

—   ¿La hierba está siempre así de fría? — preguntó volviendo a calzarse luego de dos pisadas.

Se negó terminantemente cuando le pedí que continuara, teniendo en cuenta que al día siguiente debería recorrer  un largo trecho con los pies desnudos.

Ella fue quien escribió el libreto para que nuestro amigo Enrique, alto y corpulento como quizá fuera el rey del Hades, pronunciara las palabras. El estilo era paródico afectado y cursi. En él afirmaba sentirse conmovido por la lira de Orfeo y me ofrecía a Eurídice con la famosa condición que al salir del infierno no debería volverme a mirarla. En caso de hacerlo, ella retornaría para siempre al inframundo.

Preocupaba a Julia algunos detalles que faltaban, como mi práctica con la lira así como alguien que hiciera de Perséfone, la esposa de Hades. Me apresuré a decirle que podíamos aplazar el evento hasta que consiguiéramos la figura femenina y que yo aprendiera la ejecución de algún instrumento. Volvió a negarse.

—   Eurídice cumplirá su destino, marchando fuera del infierno luego de recorrer las simbólicas ocho cuadras; convirtiéndose en una mujer descalza y feliz — afirmó.

Cuando faltaba una hora para la representación de Orfeo, volvió a presentarse imprevistamente la madre de Julia. Ella la recibió con unas sandalias abiertas y la mujer miró recelosa los pies de su hija. Criticó el calzado y exigió ver su planta derecha. Asintió al advertir que la herida estaba casi curada. Como siempre, se sentó en el borde de la silla y se rascó insistentemente la nariz.

Sigo insistiendo en que todo esto encierra un riesgo que marca el comportamiento de Julia con una tendencia malsana, lo que me lleva a vigilar su conducta. Hay muchas cosas en juego. Su seguridad antes que nada y el carácter de nuestro movimiento. Cada día que pasa tenemos más prestigio como defensores de la moralidad y si mis correligionarios se enteran de que mi hija camina descalza por la ciudad, mi tarea que es muy importante y beneficia a un sinnúmero de personas, se verá menoscabada. Es un símbolo. Es un perjuicio muy grande. Por eso, entiéndame señor Ignacio, deberé realizar tareas de fiscalización. En cuanto a usted, puede hacer con sus pies lo que quiera. Son suyos. Usted es una persona mayor. Julia siempre tuvo problemas y los tendrá. Siempre necesitará del apoyo amoroso de su madre…

Mientras la mujer hablaba, mi novia se había colocado a su espalda. Levantaba los brazos y hacía gestos negativos; interpreté que me pedía que no le dijera nada acerca de nuestro proyecto, del Orfeo y Eurídice en versión descalza.

—   Querida, ¿Qué estás haciendo?

Julia no advirtió que frente a ella y a su madre estaba el espejo de la sala que ocupaba la mitad de la pared; el que perteneciera a mi abuela. Reflejaba sus gestos y la dama los había advertido. Entonces se incorporó y tomó a su hija de las muñecas.

—   ¿Qué eran esas señas? ¿Qué era lo que no tenía que decirme?

Julia no lloraba;   había torcido su boca hacia abajo con una expresión de espanto. Por primera vez la sentí como una niña indefensa y decidí intervenir.

—   Señora, déjela por favor —  exigí tomándola de un brazo. La mujer me miró primero asombrada, y luego con desprecio. Se apartó de mí y soltó a Julia.

—   ¿Qué va hacer? ¿Me va a golpear? ¡Hágalo y verá lo que ocurre! ¡Hágalo, lo desafío! Un hombre descalzo es capaz de cualquier cosa.

Le recordé que estaba en mi casa, que no deseaba violencia; le pedí que reflexionara y que no interrumpiéramos el diálogo. La madre de Julia volvió a sentarse estirando el cuello con aspecto de dignidad ofendida. Su hija lloraba amargamente.

—   Está bien. Esto es un símbolo. Le demostraré que no estoy a la altura de su salvajismo. Lo escucho en lo que tenga que decirme.

—   Su hija insiste en realizar una caminata en el parque que está a dos cuadras de aquí, sin llevar calzado. Debe saber que yo me opongo, ya que no está preparada para hacerlo, pero si ella insiste, respetaré su decisión. Me considero su novio, su amigo, la persona que está junto a ella o como quiera llamarlo, y la apoyaré en lo que decida. Ella tiene veinticinco años, no es una niña. Si su decisión estropea o altera de algún modo lo que usted se propone con las juntas vecinales, también lo lamento, pero ella es un ser humano, no un bien inmueble.

Mientras hablaba, la mujer fue esbozando una sonrisa.

—   Le agradezco su sinceridad, señor Ignacio —  dijo con imprevista suavidad — Usted se ha mostrado tal como es; tal como yo suponía que era. Sepa que yo y mis amigos estaremos vigilando. Es un símbolo. Téngalo por seguro.

Al marcharse, la mujer cerró la puerta con un portazo.

Pensé que con la nueva visita de su madre, Julia iba a tener otra crisis, pero se comportó con una tranquilidad inesperada. Insistí en que después de la amenaza de doña Eduviges no debiéramos realizar la caminata que estaba prevista para las once de la mañana de ese día.

—   No hay que preocuparse — me dijo con una sonrisa — Mi madre nunca cumple sus amenazas. Además, sus amigos son viejos como ella. Están en contra de todo, se limitan a tomar té y jugar a las cartas;  no hacen otra cosa.

Me sentía inquieto. No me animaba a enfrentarla con una negativa rotunda, pero aquel incidente me había reafirmado los pronósticos negativos que mis plantas no dejaban de repetir.

Mi novia anunció que arreglaría sus pies y me pidió que la esperara   en el parque donde tendría que recibir a Enrique.  Aquello sería como un matrimonio y por lo tanto no podía presenciar sus preparativos, en especial el cuidado de las plantas que serían las protagonistas.

La esperé cerca de la tercera fuente, como habíamos convenido. Ella se presentó puntual, con el cabello cuidadosamente peinado, pero suelto, como interpretaba debiera haber estado Eurídice. Llevaba una pequeña cartera roja que colgaba del hombro, lo que sería un símbolo del corazón de la ninfa. Se quitó los zapatos frente a mí. Sus pies estaban hermosos; en el derecho llevaba una tobillera que había comprado para la ocasión. Casi enseguida nos tomamos del brazo y mi amigo, ataviado con un ridículo gorro como el que usan los Papas,  pronunció el parlamento conteniendo la risa.  Al terminar, prometí solemnemente no volverme a mirarla durante el trayecto.

En las ocho cuadras que debíamos recorrer había zonas de suave grama, pero otras mostraban un empedrado agresivo o áreas con pequeñas y puntiagudas ramas. En un sector era necesario hacer equilibrio sobre un cordón de cemento para llegar a un puente de madera; sin embargo,  los sitios realmente peligrosos estaban alejados del camino: una cerca de madera, otra de alambre, las proximidades de una empresa que cortaba vidrios para ventanas y cuyas inmediaciones estaban cubiertas de filosas e invisibles astillas. La más riesgoso era una tercer cerca de metal, construida a medio metro del suelo, donde se habían instalado agudas puntas hacia arriba. La senda que Julia debía recorrer estaba separada de todo aquello por espacios de más de cien metros, de modo que no había nada que pudiera justificar un accidente.

Andar descalzo aumenta la intensidad de todos los sentidos y desarrolla una intuición especial que permite saber lo que ocurre alrededor. Era algo que había aprendido en mis repetidas caminatas durante aquellos años. Aquel mediodía, podía escuchar distintamente los ruidos del parque, el sonido lejano de los autos, los gritos de los niños que jugaban en la plaza, los comentarios de la pareja mayor que siempre recorría el lugar. También distinguía claramente el siseo de los pies de Julia al pisar el suelo detrás de mí. Podía calcular la distancia a la que marchaba, e incluso acelerar o retardar la marcha de acuerdo con su ritmo. Sabía también que avanzaba en puntas de pie y eran pocas las veces en que depositaba en el suelo toda la planta. Me repetía a mí mismo que el trayecto llegaría al final sin novedades, que simbólicamente la sacaría del infierno, contradiciendo lo ocurrido en la leyenda original. A pesar de la negativa de mis plantas, una parte de mí creía que todo aquello era un período de adaptación y que culminaría felizmente. También repetía algo que había probado en mi matrimonio y en todas mis relaciones: un buen vínculo sexual era la base para solucionar cualquier problema de convivencia.

Avanzábamos hacia el este. Los gritos de los niños y las voces de los paseantes, fueron reemplazados por los cantos de los pájaros y la brisa entre las ramas.   De pronto escuché una exclamación de Julia y no pude precisar si era de asombro o de contrariedad. Estuve a punto de volverme, pero me contuve. Aquella era la consigna, miles de años atrás en la leyenda de Orfeo y ahora, en el mundo contemporáneo. Había jurado que no me volvería, pasara lo que pasara. Esperé unos segundos y seguí caminando.

Avancé dos cuadras más. Faltaban tres para llegar al final, pero tenía la certeza de que ella ya no seguía detrás de mí. Quizá en la lejana Grecia, Orfeo también hubiera dejado de escuchar el roce de las delicadas plantas de su amada. Quizá el silencio absoluto, propio de los sepulcros, era lo que lo había hecho volverse.

El impulso de mirar atrás se impuso a mi voluntad, y cuando lo hice, comprobé lo que sabía: Julia no estaba. Un poco más allá algunas personas caminaban hacia el este. La brisa de primavera soplaba entre los árboles y el sol de otoño iluminaba los senderos. Lo más lógico era que se hubiera cansado de caminar descalza; quizá estuviera sentada, colocándose los zapatos. Retrocedí un poco más. A lo lejos distinguí a mi amigo Enrique que aún llevaba el escandaloso gorro de rey del Hades. Hablaba por teléfono y movía el brazo con entusiasmo. Julia seguía sin aparecer;  los pocos bancos del parque estaban vacíos.

—   ¡Julia! — llamé a voz en cuello. Los dos ancianos que me conocían se detuvieron para mirarme — ¡Julia! — repetí en voz aún más alta, pero tampoco obtuve respuesta.

Unos pasos más allá encontré la cartera roja sobre la grama del sendero. Enrique se acercó para ver lo que ocurría y en ese momento escuché un leve alboroto. Junto a mí pasaron un par de adolescentes. Uno de ellos murmuró algo acerca de una mujer herida, y los seguí.

Casi dos cuadras hacia el sur, Julia estaba sentada en el suelo. Había pisado uno de los filosos pinchos de la cerca de acero que se levantaban como cuchillos. El metal había entrado por la planta, debajo de los dedos y se lo veía brillante, sanguinolento luego de haber atravesado el empeine. Estaba despeinada y otra vez me observó con mirada torva.

—   Esto pasó porque fallaste— fue lo primero que dijo — habíamos quedado en que pasara lo que pasara, no debías mirar hacia atrás.

Le respondí que al volverme ella ya se había lesionado; quise decirle que no entendía por qué se había desviado de aquel modo del camino; además había tenido que levantar la pierna unos cincuenta centímetros para clavar de aquel modo el pincho en el pie. Alguien había llamado al novecientos once. Esperaban la ambulancia. Julia seguía mirándome con odio y me habló en voz baja, pero asegurándose que todos la escucharan.

—   Tú eres el único culpable. Rompiste el compromiso que teníamos. Siguiéndote a ti, caminé descalza y cuando te volviste a mirarme, todo se destruyó. No quiero verte más. Espero que lo entiendas.

 La ambulancia llegó enseguida y a los paramédicos les costó retirar el pie de aquella navaja filosa.

—   ¡Aquí está el culpable! — insistía Julia en todo momento mientras me señalaba — ¡por él caminé descalza! ¡Por él me clavé esto…!

El público que estaba en el lugar se había apiñado y todos me miraban como si fuera un asesino. Una pareja de ancianos señaló mis pies murmurando que estaba loco.

De pronto, la madre de Julia se abrió paso entre la gente. Me miró con una sonrisa siniestra. Dos policías surgieron de alguna parte y me pidieron que los acompañara. Escuché los aplausos de la gente.

En la comisaría esperé media hora y me recibió Eufrasio Corvo, el inspector amigo de la madre de Julia y candidato a alcalde. Era de baja estatura, hombros cuadrados, ojos pequeños y sonrisa metálica. Me hizo pasar a su despacho y me ofreció sentarme.   

—   Señor Ignacio, por fin nos conocemos. Le aclaro que por ahora no está detenido, aunque conozco su hábito de caminar descalzo por el parque del este de la ciudad. Sé que no ha cometido ningún delito según la ley, pero debe saber que hay crímenes que no se encuentran en nuestro cuerpo jurídico. Son los que establece la opinión pública, los que entran en el área amplia y casi indefinida del derecho usual. En estos días me propondré como alcalde de la ciudad, comprometiéndome a defender las buenas costumbres. Más importantes que la economía. Más importantes que la salud. Ellas son la base de una y de otra. Y estos hábitos malsanos serán el motivo central de mi campaña…

El hombre se incorporó y me tendió la mano. Yo la apreté. Era fría y débil, como un pez muerto.

—   Este es el último gesto amistoso entre nosotros — dijo — desde ahora estaremos en posiciones enfrentadas. Usted será el representante de los descalzos y yo el de los calzados. Se avecina una lucha feroz entre nosotros.

Iba a decirle que no me interesaba una confrontación así, que no quería una guerra con nadie y menos con él, pero el inspector ya había soltado mi mano y abriendo la puerta de su despacho, repitió que había terminado la entrevista; que   no había  más que discutir.

Sin Julia, sentí la casa enorme y en la noche tuve un fuerte acceso de melancolía. Nunca me había dado los datos de su madre; descubrí que no teníamos amigos comunes y  no sabía donde ubicarla para hablar con ella.

Esa noche apenas pude dormir y al otro día volví a caminar descalzo por el parque.   Las tormentas que llegaran de mis pies durante aquellos días,  por fin se habían calmado. Di varias vueltas alrededor de la laguna  del oeste, recorrí los tres bosques   y al regresar a mi casa hacia el atardecer, por encima del sufrimiento, desde mis plantas llegó un súbito clamor de liberación. 

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Ricardo Iribarren Escritor argentino, nacido en 1949 en la ciudad de Mar del Plata. Actualmente reside en Estados Unidos. Sus principales publicaciones en papel son “El ángel y las cucarachas”, Mérida Venezuela, 2006 y “La vida está aquí – seis ensayos y siete leyendas sudamericanas” Editorial “Abya Yala” Responsable de la sección “La Palabra Olvidada” en la revista española “Arena y Cal”. Publicó en "Cañasanta" el cuento "El Arlequín y el Clítoris"

 

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