Por Don Belt
La Pascua en Jerusalén no es para los débiles de corazón. La
Ciudad Vieja, irascible y caótica en sus épocas más tranquilas, pierde
completamente los estribos en los días que preceden esta festividad,
cuando decenas de miles de cristianos de todo el mundo convergen en
ella como hordas conquistadoras que marchan por las angostas calles y
los vetustos callejones de la Vía Dolorosa.
Han ido a esa ciudad porque es la cuna del cristianismo; porque
allí, en Jerusalén y las tierras circundantes sembradas de colinas
pedregosas, fue donde Jesús habló, instruyó, murió y, posteriormente,
donde sus seguidores oraron, derramaron sangre y combatieron para
definir las enseñanzas del maestro. Ocultos con los judíos conversos en
las cuevas de Palestina y Siria, los árabes se contaron entre los
primeros en padecer la persecución contra la nueva religión y también
en recibir el nombre de cristianos. Fue allí, en el Levante (región
geográfica que abarca los modernos Estados de Siria, Líbano, Jordania,
Israel y los territorios palestinos), donde surgieron centenares de
iglesias y monasterios tan pronto como Constantino, emperador de Roma,
legalizó la fe cristiana en el año 313, otorgando a sus provincias
levantinas la condición de tierra santa; donde, aun después de la
conquista árabe musulmana de 638, la mayoría de la población permaneció
fiel al cristianismo.
Luego, como gran ironía, las Cruzadas (1095-1291) provocaron que los
árabes cristianos, masacrados junto a los musulmanes en el fuego
cruzado entre el islam y el Occidente cristiano, emprendieran una
gradual retirada hacia la minoría. En la actualidad, los cristianos
oriundos del Levante se han convertido en emisarios de un mundo
olvidado, único sostén del fiero y acosado espíritu de la antigua
Iglesia. En el último siglo, sus comunidades, integradas por diversas
sectas ortodoxas, católicas y protestantes, han menguado de un cuarto a
un escaso 8 % de la población, debido a que la generación actual
abandona la región por consideraciones económicas, para escapar de la
violencia o porque los parientes establecidos en Occidente ofrecen
ayuda para emigrar. Así, privan al Levante de algunos de sus ciudadanos
mejor educados y más políticamente moderados, individuos que esas
sociedades no pueden darse el lujo de perder. Por eso la Pascua es una
época de regocijo para los cristianos árabes de Jerusalén, como si al
cabo de un prolongado y solitario asedio recibieran, finalmente, los
refuerzos que tanto necesitan.
En un pequeño apartamento de las afueras de la ciudad, una joven
pareja de cristianos palestinos, a quienes llamaré Lisa y Mark, se
dispone a entrar en la contienda. Lisa forcejea con la pequeña Nadia,
su hija de 18 meses, para ponerle un vestido blanco de fiesta mientras
Mark, en pijama, persiste en el inútil esfuerzo de impedir que Nate, su
hijo de tres años, arruine el flamante traje de pantalón y chaleco en
el que consiguieron meterlo. Trata también de arruinar el televisor, la
pintura del niño Jesús que adorna la pared y el florero sobre la mesa.
Mark, hombre corpulento e irritable, hace una mueca de exasperación;
son las ocho de una fría mañana de marzo y ya suda profusamente. Pero
es Pascua, una época de optimismo y esperanza que, este año, tiene una
significación especial.
Es la primera Pascua que Mark puede pasar con su familia en
Jerusalén. Originario de Belén, en Cisjordania, sus documentos de
identidad fueron emitidos por la Autoridad Palestina y requiere un
permiso israelí para entrar, mientras que Lisa, cuya familia vive en la
Ciudad Vieja, tiene una identificación israelí. Aunque contrajeron
matrimonio hace cinco años y alquilan un apartamento en los suburbios
de Jerusalén, la ley israelí impide que vivan bajo un mismo techo y,
por ello, Mark reside con sus padres en Belén, a poco más de nueve
kilómetros de distancia, que para él bien podrían ser 100, pues se
encuentra al otro lado de un punto de vigilancia israelí, detrás de una
barrera de concreto de siete metros de altura conocida como El Muro.
Mark encuentra muy deprimente que “80 % de los cristianos con los
que crecí se hayan marchado a trabajar a otros países”. No obstante,
comprende la causa. Trabajador social de profesión, con una
especialidad en psicología, Mark lleva dos años tratando de encontrar
empleo, cualquiera. “Vivimos rodeados por esta muralla gigantesca y no
hay trabajo –explica–. Es como un experimento científico. Si metemos
ratas en un espacio cerrado y cada día lo hacemos más y más pequeño,
introduciendo nuevos obstáculos y cambiando continuamente las reglas,
luego de un tiempo las ratas enloquecen y comienzan a devorarse entre
sí. Así es la vida allá”.
Aunque el estrés es la norma para cualquier residente de Israel y
los territorios palestinos, los 196 500 árabes cristianos palestinos e
israelíes (cuya representación poblacional ha caído de 13 % en 1984 a
menos de 2% en la actualidad) ocupan un lugar particularmente sofocante
entre los traumatizados judíos israelíes y los traumatizados musulmanes
palestinos, cuya creciente militancia a veces deriva en movimientos
islamistas regionales contra los árabes cristianos. En los últimos 10
años, “la situación de los árabes cristianos ha empeorado con rapidez”,
informa Razek Siriani, cuarentón cándido y jovial que trabaja para el
Consejo de Iglesias de Medio Oriente en Alepo, Siria. “Somos una
minoría rodeada de voces violentas”, sostiene. Y sumándose a las
opiniones expresadas por muchos de sus correligionarios, agrega que los
cristianos de Occidente han empeorado sus condiciones “debido a lo que
han hecho en Medio Oriente bajo la batuta de Estados Unidos”, comenta,
enumerando factores como las guerras de Irak y Afganistán, el apoyo
estadounidense a Israel y las amenazas de “cambio de régimen” lanzadas
por la administración Bush. “Para muchos musulmanes, sobre todo
fanáticos, es como si estuviéramos nuevamente en las Cruzadas, en una
guerra cristiana contra el islam. Y como somos cristianos, también nos
consideran enemigos. Es un caso de culpa por asociación”.
Igual que todos los árabes cristianos, Mark y Lisa están enzarzados
en un continuo debate sobre la conveniencia de abandonar su patria para
siempre. Un hermano de Mark vive en Irlanda, otro en San Diego y él
mismo estuvo algunos años en Estados Unidos; de hecho, tenía su green card
y trabajaba en California cuando regresó a Jerusalén para casarse con
Lisa, en 2004. Durante un tiempo, la joven esposa trató de habituarse a
la vida en San Diego, pero la nostalgia de su familia llevó a la pareja
a regresar a Israel luego del nacimiento de Nate.
Después de los ataques del 11 de septiembre, vivir como árabes en
Estados Unidos fue toda una revelación para ambos. “La percepción
estadounidense es bien extraña –dice Mark–. Nunca habían oído hablar de
árabes cristianos. Presuponen que todos somos musulmanes –entiéndase,
terroristas– y que el cristianismo fue inventado en Italia o algo por
el estilo. De modo que cuando se enteraban de que somos árabes
cristianos nos miraban como bichos raros, como si hubiéramos dicho que
la Luna es morada. Incluso una señora me preguntó: ‘¿Qué opina su
familia de que sea usted cristiano? ¡Seguro que les molestó
muchísimo!’”.
En una montaña que domina el Mediterráneo, cerca de Beirut,
un eremita se levanta a las tres de la mañana y alcanza una linterna
entre el conocido cúmulo de libros que son, a la vez, la labor de su
vida y sus inseparables compañeros de lecho. El hombre de 73
años y barba larga, quien responde al nombre de padre Yuhanna, trabaja
hasta el amanecer traduciendo al árabe moderno antiguos himnos
cristianos en arameo, la lengua de Jesús, los cuales escribe en un
gigantesco tomo encuadernado en piel, del tamaño de un cojín para
asiento. Luego eleva sus plegarias, come un trozo de fruta, se pone su
hábito negro y su manto, y comienza felizmente a repartir 10 000
bendiciones a cada rincón del mundo.
Como siempre, su primera escala es Alaska, donde “se llena de aire
fresco”; prosigue por América del Norte y del Sur antes de saltar hacia
África, continuar por Medio Oriente, cruzar Europa y dirigirse después
a Rusia y Asia, donde tuerce hacia el sur hasta Australia. Ese viaje
cotidiano le lleva tres o cuatro horas y casi siempre (si no prolonga
su estadía en lugares especialmente conflictivos) regresa a casa hacia
el mediodía. A simple vista, no es más que un anciano que camina por un
jardín, pero para los amigos y seguidores que acuden en centenares a
escuchar sus enseñanzas sobre Jesús, el padre Yuhanna es un santo, el
heredero de influyentes eremitas como Simeón Estilita, asceta del siglo
V que, durante más de 30 años, vivió en lo alto de una columna de
piedra en la campiña siria inspirando la devoción de los lugareños.
Es difícil postular a los cristianos maronitas como candidatos a la
santidad. Fundada por Marón, eremita del siglo IV, desde sus inicios la
secta parecía destinada a labrarse por la fuerza un sitio en la
historia. Al morir san Marón, en 410, se desató una amarga contienda
entre sus seguidores por la custodia del cuerpo; en el lapso de una
generación, los maronitas comenzaron a disputar con sectas cristianas
rivales por principios teológicos y, al llegar el islam, se opusieron
también a los musulmanes. La inevitable persecución los condujo por las
montañas de Siria hasta Líbano, donde buscaron los valles más
inhóspitos, fortificaron sus cuevas y escarpados monasterios, y se
dieron a la tarea de defenderse del ejército del califa. A fines del
siglo XI, cuando los cruzados franceses marcharon hacia Jerusalén, los
maronitas abandonaron las montañas para dar la bienvenida a sus
correligionarios cristianos. Unos 800 años más tarde, al finalizar la
Primera Guerra Mundial, cuando Francia tomó el control de Siria
(incluido Líbano) recompensó a los maronitas adecuando la futura nación
libanesa a sus necesidades. Para 1943, cuando Líbano logró su
independencia, los maronitas –francófonos y promotores de la afinidad
cultural con Europa– eran la única mayoría árabe cristiana en una
nación del Medio Oriente.
Entre 1975 y 1990, los maronitas se destacaron como los milicianos
más feroces en la guerra civil de Líbano, emprendiendo violentas
campañas contra facciones locales (chiitas, sunitas, drusos y
palestinos) en las zonas de combate de Beirut; pero hoy, la otrora
mayoría cristiana libanesa se ve cada vez más relegada al papel que tan
bien conocen sus correligionarios de otros países de Medio Oriente.
Luego de décadas de emigración, sus cifras han caído por debajo de 40 %
de la población general y, en respuesta al desafío, los líderes
maronitas han forjado nuevas alianzas: una con el ascendente grupo
chiita Hezbolá y otra con una coalición de sunitas y drusos. De tal
suerte, las milicias cristianas se han transformado en un movimiento
clandestino, pero ello no significa que se hayan ablandado.
Milad Assaf es un simpático vendedor de azulejos de mediana edad que
sirve en la infantería del poderoso partido político maronita conocido
como Fuerzas Libanesas (FL). Desde el balcón de su acribillado
apartamento en un quinto piso, en el oriente de Beirut, Milad tiene una
vista clara de los extensos vecindarios chiitas situados justo al
margen de una bulliciosa avenida que representa la “línea roja” entre
el territorio cristiano y el de las milicias chiitas que combaten por
Hezbolá y su aliado, el Movimiento Amal. “Es como vivir en un campo de
tiro”, informa con una carcajada.
En abril de 1975, Milad tenía seis años cuando una pandilla de
cristianos precipitó la guerra civil libanesa disparando contra un
autobús repleto de refugiados palestinos, acción que buscaba enviar un
mensaje a los combatientes que por entonces merodeaban las calles de
Beirut y ambicionaban convertir Líbano en una base de la Organización
para la Liberación de Palestina (OLP). El ataque contra el autobús, que
cobró 27 vidas, ocurrió a una cuadra de la casa de Milad, frente a una
estatua de la Virgen María en tamaño natural, la cual no ha sufrido el
menor daño a pesar de las ráfagas de armas pequeñas, granadas
propulsadas y bombas israelíes que han surcado el cielo de la ciudad
desde 1975. “Piénselo bien –insta Milad–, ¡y dígame si no es un
milagro!”.
Ain al-Rumaneh, el barrio de Milad, es un sector peligroso plagado
de edificios de apartamentos y pequeños negocios acribillados, donde
casi cada superficie lisa está marcada con el emblema de las Fuerzas
Libanesas: una cruz con la base cortada en diagonal, como una espada.
Luego de los recientes enfrentamientos contra chiitas, Milad y sus
camaradas levantaron en una acera una cruz de madera de cuatro metros y
medio de altura y, justo detrás, cubrieron una pared de madera laminada
con carteles impresos con la imagen de Jesús. Por último, instalaron
reflectores para que los combatientes de Hezbolá, al otro lado de la
avenida, leyeran el siguiente mensaje las 24 horas del día: “Ain
al-Rumaneh es cristiano. No se metan aquí”.
Ya a los 12 años, cuando se unió a las FL, Milad se movía con la arrogancia de un shabb
o tipo rudo. No tiene idea de cuántos hombres mató durante la guerra y,
aunque ha entrado y salido de prisión docenas de veces, a sus 40 años
no renuncia a la estimulante vida del combatiente. Con el cabello ralo
peinado al estilo de Elvis, ostenta una gran cruz de las FL que pende
de su cuello en una cadena de oro, la misma que lleva tatuada en el
brazo. Igual que muchos varones árabes cristianos, Milad se ejercita
con regularidad y, no obstante el ligero abultamiento de la barriga,
está orgulloso de su pecho atlético que cubre con una ceñida camiseta
Armani de color blanco, bajo la cual contrae continuamente sus bíceps y
músculos pectorales; parrandea en un SUV modificado, bebe en exceso y
rompe muchos corazones. Desde la guerra con Israel, en julio de 2006
–la cual arruinó la economía libanesa y fortaleció la posición de
Hezbolá–, su negocio de azulejos ha sufrido fuertes pérdidas pero, como
todo el mundo, Milad confía en superar la crisis.
La inestabilidad crónica del país ha disparado el desempleo hasta en
20 %, ahuyentado a los inversionistas extranjeros y debilitado la antes
vigorosa vida comercial de Líbano. Una semana antes, mientras viajaba
por territorio maronita en el Valle del Qadicha, me detuve en un
negocio de Becharré, población localizada al borde de un despeñadero
donde nació el poeta Khalil Gibran. “Usted es el primer cliente del
día”, anunció Liliane Geagea, mujer de cabello oscuro que atendía el
mostrador. Eran las 11 de la mañana de un soleado sábado de abril,
temporada alta para el turismo y, sin embargo, el lugar estaba vacío.
“Con tantos problemas, la gente ha dejado de venir –explicó–. Todos
están ahorrando para irse de este lugar de locos. Yo también. He dado
al país 45 años de mi vida, casi siempre en guerra, pero basta ya.
Estoy harta, igual que mi familia. Mi hija estudia en la Universidad de
Beirut y mi consejo para cuando se gradúe es: vete a Estados Unidos,
vete a Europa o Australia, no importa adónde. Sólo vete de aquí y
llévame contigo”.
A pocas horas al oriente de los frentes de batalla entre
musulmanes y cristianos de Beirut, y como trasfondo de las hostilidades
actuales, otras comunidades nos recuerdan la estrecha relación entre
ambas religiones. En Siria persisten oasis de tolerancia
(antiguamente más comunes) donde cristianos y musulmanes conviven en
bodas y funerales, y comparten sus lugares de culto. Los cristianos aún
se postran a orar en ciertos monasterios, costumbre bizantina que los
primeros musulmanes seguramente admiraron y adoptaron; algunas iglesias
siguen oficiando en arameo o siríaco, lenguas que anteceden al islam.
Cierta tarde visité el santuario de Nuestra Señora de Saydnaya, un
antiguo convento griego ortodoxo que, desde 547, ha resistido las
tormentas del imperio en las alturas de un acantilado. Al entrar me
encontré no con cristianos, sino con numerosas familias musulmanas que
habían ido a pedir las bendiciones de la virgen allí venerada, cuyos
poderes de curación y fecundidad han atraído a gente necesitada desde
hace casi 1 500 años.
Mientras mis ojos se habituaban a la penumbra del santuario
interior, iluminado con velas, observé a una mujer que, con la cabeza
cubierta por una pañoleta, presentaba a su bebé en el altar central del
sagrario donde, rodeada de iconos ennegrecidos por el hollín, se
encuentra una pantalla de latón que cubre la imagen de María, atribuida
a san Lucas e inspiradora de profunda devoción, aunque esté oculta. Con
los ojos cerrados y los labios moviéndose en plegaria silenciosa, la
madre de la criatura presionó el rostro contra la placa de metal
durante un momento. Más tarde, fuera del templo, encontré a la mujer y
su familia, quienes habían llegado desde Damasco al concluir las
oraciones del viernes en su mezquita.
Recelosos de los extraños, sólo revelaron el nombre del niño
enfermo, Mahmoud. El pequeño, de siete meses y envuelto en una frazada
verde, yacía inmóvil, con los ojos cerrados, la respiración apenas
perceptible y el rostro café grisáceo. “El doctor dijo que no podía
ayudar a Mahmoud y que debíamos llevarlo a Estados Unidos para que lo
operaran –informó la madre–. Pero eso es imposible, así que hemos
venido a pedir un milagro. Aunque soy musulmana, mi familia fue
cristiana hace mucho tiempo. Creo en los profetas –musulmanes, judíos y
cristianos– y en María. He venido a rogarle que cure a mi niño”.
Semejantes escenas traen a la memoria la historia levantina de los
primeros días del islam, época de coexistencia entre musulmanes e
individuos de otras religiones. Alrededor del año 636, cuando el califa
musulmán Omar le arrebató Siria al Imperio Bizantino, ordenó proteger a
sus súbditos cristianos permitiendo que conservaran sus iglesias y
rindieran culto según su tradición. Con todo, muchos cristianos se
convirtieron al islam, pues preferían el énfasis en la comunión directa
con Dios a las opresivas jerarquías de la Iglesia bizantina. Pero
cuando los siguientes califas impusieron onerosas cargas impositivas a
los cristianos, la conversión cobró auge entre los aldeanos pobres, de
manera que para aquellos antiguos árabes cristianos, que designaban (y
aún designan) a Dios con el nombre de Alá, la aceptación de los dogmas
islámicos fue más como pasar un arroyo que saltar un abismo.
“Es imposible vivir 1 000 años junto a otras personas y verlos como
hijos de Satán –observa Paolo Dall’Oglio, monje corpulento y de
facciones duras que invita a los musulmanes al diálogo interreligioso
en Deir Mar Musa, monasterio desértico del siglo VI situado entre
Damasco y Homs, que él y sus seguidores árabes han restaurado–. Por el
contrario, somos iguales a los musulmanes y aunque Occidente no haya
aprendido la lección, los árabes cristianos están especialmente
capacitados para enseñarla. Ellos son el último vínculo crucial entre
los cristianos de Occidente y el mundo árabe musulmán. Si los árabes
cristianos desaparecieran, la división se haría mucho más profunda de
lo que es en la actualidad. Ellos son los intermediarios”.
De vuelta en Jerusalén, Mark y Lisa tienen conciencia clara
del papel de los árabes cristianos en los dramas geopolíticos de la
actualidad, pero viven en un mundo volátil, donde los
intermediarios están en constante peligro de ser pisoteados por
musulmanes, judíos o cristianos occidentales, quienes, de manera muy
similar a los cruzados, los ignoran por completo en su carrera para
reclamar la tierra sagrada de Dios.
La mañana de Pascua, Mark y Lisa, vestidos con sus mejores galas,
forman una atractiva pareja que camina por la acera llevando de la mano
a Nate y Nadia hasta el auto familiar, un Honda marrón rojizo de medio
uso. Es un momento de gran orgullo, la primera Pascua que pasan juntos
en Tierra Santa, y Lisa, al notar el abundante polvo que cubre el
vehículo, le pide a Mark que lo enjuague. El hombre va a buscar la
manguera y la conecta a la toma de agua que comparten con sus vecinos,
quienes salen al porche para observar la acción cubiertos con sus
kufiyyas e hiyabs. Con gran emoción, Lisa explica a los chicos que papá
está bañando el coche por la Pascua y en ese momento, como respondiendo
a una señal, Mark aprieta la boquilla de la manguera. Nada. Revisa la
toma de agua y vuelve a apretar. Otra vez nada. Manguera vacía en mano,
se queda parado e impotente frente a hijos, vecinos y visitantes
extranjeros. “Imagino que han abierto las tuberías que abastecen los
asentamientos –informa con voz baja, haciendo un ademán hacia los
centenares de nuevas viviendas judías en las colinas cercanas–. No hay
más [agua] para nosotros”. Lisa sigue tratando de explicar la situación
a los niños mientras el auto se aleja de la acera.
“Odio a los israelíes –declara Lisa un día, inesperadamente–. De
verdad los odio. Todos nosotros los odiamos. Creo que incluso Nate
empieza a odiarlos”.
“¿Odiar no es pecado?”, pregunto.
“Claro que sí –responde–. Por eso soy pecadora. Pero me confieso
cuando voy a la iglesia y eso sirve. Estoy aprendiendo a no odiar;
entre tanto, me confieso”.
“El odio destruye el espíritu– sentencia el padre Rafiq Khoury,
sacerdote palestino de suaves modales que escucha la confesión en el
Patriarcado Latino de Jerusalén–. A pesar de todos los problemas, de la
violencia y desesperación que expulsan a los cristianos, percibo la
promesa de nueva vida en el rostro de los jóvenes y me anima la
esperanza, que es el don de Dios para la humanidad. Ese es el mensaje
de la Pascua”.
Sin embargo, incluso en la Pascua, los árabes cristianos parecen ser
los olvidados. La noche del Viernes Santo acompaño a Lisa y Mark a la
misa en la enorme Iglesia de Todas las Naciones, contigua al Jardín de
Getsemaní, en la zona oriental de Jerusalén. Mark, quien no resiste las
multitudes, permanece afuera con Nate en el fresco aire vespertino,
pero Lisa, quien ha asistido a esa celebración desde su infancia,
quiere entrar. Aunque hay pocos feligreses, nos paramos alejados de los
bancos de la iglesia, a pocos metros de la entrada, pues Lisa lleva a
Nadia en la carriola. Entonces, mientras admiramos el ornamentado altar
y el vestíbulo, las hordas de cristianos que circulan por Jerusalén
entran intempestivamente en el edificio como una plaga del Antiguo
Testamento.
Centenares de peregrinos cruzan a empellones las puertas dobles,
llenando el cavernoso espacio con sus cuerpos calientes y haciendo que
nos adentremos más en el templo. La temperatura sube con rapidez y
empieza a faltar el aire. Me vuelvo a mirar a Lisa y descubro que una
expresión de angustia tuerce sus rasgos mientras afianza el cochecito y
trata de resistir la fuerza del río de humanidad que fluye al interior
de la iglesia. Holandeses, alemanes, coreanos, nigerianos,
estadounidenses, franceses, españoles, rusos, filipinos, brasileños: la
multitud se empuja para avanzar, hambrienta de una mayor proximidad con
Dios.
En ese momento, la decisión de Lisa de llevar consigo a Nadia se
revela como un error. A nivel de la vista, algunas personas descubren
el espacio que deja la carriola y pugnan por ocuparlo sin darse cuenta
de que allí duerme la niña hasta que, prácticamente, caen sobre ella.
Con los ojos dilatados, Lisa se esfuerza por proteger a Nadia de la
prensa de cuerpos. Como si vadeáramos aguas profundas, tratamos de
hacer camino para el cochecito hasta las puertas de la iglesia, pero
varios extranjeros responden con hostilidad a la diminuta árabe que se
mueve en sentido contrario; la agresividad adquiere incluso expresión
física mientras nos abrimos paso entre la muchedumbre. Al cruzar las
puertas, el gentío disminuye apenas un poco. Lisa se inclina hacia mí,
tratando de hacerse oír en el caos que nos rodea. “¿Se da cuenta? –
pregunta, jadeante, en la colina donde Jesús pasó su última noche en la
Tierra–. Este es nuestro hogar, ¡y pareciera que no existimos!”.
Fuente: National Geographic

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