Una extraña galería de monstruos del Mesozoico lleva a John Updike a preguntarse:
¿Qué forjó la evolución?
Antes del siglo xix, cuando aparecían huesos de dinosaurio se les consideraba pruebas de la existencia de dragones, ogros o víctimas del Diluvio Universal.
Tras dos siglos de cosecha paleontológica, las evidencias parecen más extrañas que cualquier fábula, y cada vez lo son más. Docenas de especies nuevas surgen cada año; en fechas recientes, China y Argentina han sido el escenario de sorprendentes hallazgos. Al contemplar los insólitos especímenes que aparecieron hace poco, uno no puede sino preguntarse en qué estaba pensando la Naturaleza.
¿Qué ventaja otorgaban, por ejemplo, los desgarbados brazos de dos metros de largo y las enormes garras triples del Deinocheirus? O, hablando de brazos, ¿la petulancia del Mononykus al depender exclusivamente de una garra fuerte que remataba el único dedo en el que acababa un antebrazo mínimo? Aventurar respuestas puede ser arriesgado: el Mononykus descubrió que la garra pequeña y gruesa era perfecta para buscar insectos y el Deinocheirus arrancaba las hojas y la corteza de los árboles en cantidades asombrosas. Un primo carnívoro, el Deinonychus, más o menos del tamaño de un hombre, saltaba sobre su presa, la envolvía con sus largas extremidades delanteras de tres dedos y la pateaba hasta matarla con las afiladas uñas falciformes de sus patas traseras.
El pequeño Epidendrosaurus presumía un dedo anular larguísimo que se supone le servía para balancearse en los árboles, como el aye-aye actual, un lémur que posee este mismo curioso rasgo. La membrana sobre la que se apoyan los dedos alargados de los murciélagos y los pterosaurios les permite volar, y tal vez el Epidendrosaurus estaba dando un cauteloso primer paso en esa dirección.
Pero, ¿qué significan tales excesos de la morfología, aparentemente inservibles, como el tan formidable, pero inútil para pelear, cráneo con picos de los ceratópsidos, como el Styracosaurus?, ¿o los prominentes incisivos del Masiakasaurus knopfleri, una rareza del Cretácico Tardío recientemente descubierta en Madagascar por unos excavadores que nombraron a la bestia en honor de Mark Knopfler, el cantante principal de Dire Straits, su música favorita para cavar?
El Masiakasaurus es en verdad una extravagancia, con el hocico repleto de dientes erizados y ligeramente ganchudos; aunque también son raros la trompa de un elefante y sus colmillos, y la cornamenta de un alce o la cola de un pavorreal. Lo difícil con los dinosaurios es que no podemos verlos en acción. ¿Qué tan raro habría sido para ellos un cuerpo humano? Esa piel delgada y sin plumas, la cara plana, la postura erecta y relajada, esos cinco dedos debiluchos sin garras al final de cada extremidad, la horrible falta de cola: ¡uff!
Los dinosaurios dominaron la superficie terrestre del planeta desde hace unos 240 millones de años hasta su abrupta desaparición, 175 millones de años después. Este extenso lapso intriga a la mente humana, que asumió su forma actual de Homo sapiens hace menos de doscientos mil años y comenzó a dejar registros escritos y ciudades organizadas hace menos de diez mil años. Cuando los primeros dinosaurios –pequeños, livianos, bípedos y carnívoros– aparecieron en el Triásico, el primero de los tres periodos de la era Mesozoica, la Tierra tenía un continente gigantesco: Pangea. Durante su apogeo en el Jurásico, Pangea se dividió en dos: Laurasia y Gondwana. En el Cretácico Tardío, los continentes ya habían adquirido una forma parecida a la de ahora, aunque la extensión de todos era menor que los actuales porque los mares estaban más elevados, e India seguía siendo una isla destinada a chocar con Asia, lo que produciría el Himalaya. El mundo se estaba convirtiendo en el que conocemos hoy: surgían los Andes y las Rocallosas; habían aparecido las plantas con flores y, con ellas, las abejas. El clima del Mesozoico, en general más cálido y húmedo que el actual, daba lugar al crecimiento exuberante de helechos y cicadáceas, bosques de hoja perenne, gingcos y helechos arborescentes cerca de los polos; los dinosaurios herbívoros crecieron hasta volverse enormes, y los depredadores carnívoros les siguieron el ritmo. Era un verano planetario y vivir era fácil.
No tan fácil: durante su larga existencia en la Tierra, en los dinosaurios el número de huesos y picos fue aumentando, como si la lucha por sobrevivir se hubiera vuelto más encarnizada; sin embargo, la ventaja defensiva u ofensiva de los picos en el cráneo y las placas en el lomo no es evidente. El sólido cráneo abovedado del Pachycephalosaurus, el mayor de los dinosaurios de cabeza dura, parece estar hecho para embestir a cabezazos, pero, ¿embestir qué? El cráneo habría sido de poca utilidad frente a un gran depredador como el Tyrannosaurus rex, el cual podía atacar a mordidas el resto del cuerpo desprotegido del Pachycephalosaurus. Es poco probable que entre machos de una misma especie se dieran peleas a cabezazos, ya que el hueso, a pesar de tener un espesor de 25 centímetros, no hubiera amortiguado los golpes. Más aún, los cráneos de algunos paquicefalosaurios eran planos y delgados; y otros alargados y con cresta, no muy bien diseñados para embestir. Tal vez se usaban sólo para dar empujoncitos discretos. O para impresionar al adversario.
Un diseño aún más impráctico dio forma al cráneo del paquicefalosaurio Dracorex hogwartsia: una explosión de cuernos puntiagudos y protuberancias, sin la forma abovedada. Sólo se ha desenterrado uno de esos cráneos, y se exhibe en el Indianapolis’s Children’s Museum; su nombre proviene de la escuela de magia y hechicería de Harry Potter. El Parasaurolophus walkeri, con pico de pato, otro herbívoro del Cretácico Tardío, tenía una espectacular estructura semejante a un tubo, que se extendía desde el cráneo hacia atrás; alguna vez se propuso que funcionaba como un esnórquel al nadar. Pero la cresta tubular carecía de orifico para que entrara el aire. Tal vez servía para emitir ruidos similares a los de una trompeta, para comunicarse con la manada, o sostenía un brillante pliegue de piel para atraer a un Parasaurolophus del sexo opuesto.
El éxito sexual y la aceptación en la manada perpetúan los genes tanto como la destreza para pelear y la capacidad de conseguir comida. ¿En qué sentido las formas de vida que pervivieron han sido mejores que los dinosaurios? Todas las formas de vida, incluidas las más duraderas, como las algas verde azules, los cangrejos de herradura y los cocodrilos, fracasarán en algún momento ante el desafío planteado por las condiciones ambientales y conocerán su extinción. Uno puede decir con certeza que ningún dinosaurio fue tan inteligente como el Homo sapiens, o incluso como los chimpancés. Y ninguno de los que conocemos, ni siquiera un campeón de peso completo, como el Argentinosaurus, fue tan grande como una ballena azul. Se puede creer que ninguno era tan bello al correr velozmente como un guepardo o un antílope, o tan impresionante para nuestro sentido de la estética mamífera como un león o un tigre. Pero más allá de esto, es difícil hablar de perfeccionamiento, en especial porque, no obstante todas sus cualidades, el Homo sapiens está destruyendo el medio ambiente como ningún animal lo había hecho antes.
Durante su largo reinado, los dinosaurios llenaron todos los nichos varias veces y, al más pequeño de ellos –un terópodo chiquito con huesos ligeros que se escabullía para salvar su vida– le salieron plumas y se convirtió en ave, y todavía canta y vuela entre nosotros. Es un final asombroso para una historia evolutiva asombrosa: de Deinonychus a paloma. Pero la saga de los dinosaurios nos depara más sorpresas. Apenas en la primavera pasada, se dio a conocer al mundo el descubrimiento, realizado Mongolia adentro, de un dinosaurio gigante parecido a un pájaro, el Gigantoraptor. Es claro que pertenecía a los ovirraptosaurios del Cretácico Tardío: alfeñiques de 40 kilos con picos sin dientes, pero el Gigantoraptor, que pesaba tonelada y media, podría haber espiado la ventana de un segundo piso. Mientras muchos de sus compañeros terópodos evolucionaban hacia la agilidad y la inteligencia (el Troodon, de dos metros de largo, tenía ojos y cerebro relativamente grandes), el Gigantoraptor optó por el tamaño en bruto. Pero, ¿qué comía con su enorme pico sin dientes? ¿Acaso sus extremidades delanteras terminadas en garras poseían plumas como las de los pequeños ovirraptosaurios?
Los nuevos especímenes que surgieron entre la maraña de huesos incrustados en roca sedimentaria representan la cima aislada de un continente sumergido donde las corrientes evolutivas van y vienen. Nuestra perspectiva telescópica da la impresión de una lucha violenta en la que se ensayaban y descartaban con desesperación nuevas estratagemas anatómicas, algunas aparentemente grotescas. Como grupo, los dinosaurios experimentaron una miríada de extinciones, y la extinción definitiva, a fines del Mesozoico, parece haber sido obra de un asteroide. Ellos siguen viviendo en la conciencia de sus sucesores humanos al trono del dominio terrestre. Fascinan a los niños tanto como a los paleontólogos. Recuerdo muy bien que mi segundo hijo coleccionaba los dinosaurios de plástico en miniatura que venían en las cajas de cereales y departía con ellos en su habitación. Le encantaban su afable apariencia grotesca, su cándida enormidad, sus pequeños cerebros sin pretensiones. Al final fueron perdedores en un juego por la supervivencia que nuestra propia especie continúa jugando, pero siguen apareciendo nuevas variedades en las rocas que tenemos bajo los pies para regocijarnos y asombrarnos.
Lea la entrevista que Jamie Shreeve, editor de ciencia de National Geographic, le hizo a John Updike

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