¿ESTABA EQUIVOCADO
DARWIN?
Por David Quammen
La evolución mediante la selección natural, el concepto central de la
obra de toda la vida de Charles Darwin, es una teoría; una acerca del
origen de la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las
criaturas vivientes de la Tierra. Si usted es escéptico por naturaleza,
desconoce la terminología de la ciencia e ignora las abundantes
pruebas, tal vez hasta se sienta tentado a expresar que es “tan sólo”
una teoría. En el mismo sentido, la relatividad tal como la describió
Albert Einstein es “sólo” una teoría. La idea de que la Tierra gira
alrededor del Sol y no al revés, ofrecida por Copérnico en 1543, es una
teoría. La deriva de los continentes es una teoría. ¿Y la existencia,
estructura y dinámica de los átomos? Teoría atómica. Incluso la
electricidad es una construcción teórica, que involucra electrones,
diminutas unidades de materia cargada que nadie ha visto nunca. Cada
una de estas teorías representa una explicación que ha sido confirmada
hasta cierto punto, por medio de la observación y los experimentos, y
que reconocidos expertos la aceptan como un hecho. A eso se refieren
los científicos cuando hablan de una teoría: no a una especulación
fantasiosa y poco confiable, sino a una afirmación explicativa que se
ajusta las pruebas. Aceptan dicha explicación con confianza, pero sólo
de manera provisional: la toman como la mejor visión disponible de la
realidad, cuando menos hasta que aparezca una mejor explicación o bien,
datos incompatibles.
El resto de nosotros por lo general concuerda. Conectamos nuestros
televisores a pequeños enchufes en la pared, medimos el año de acuerdo
con la longitud de la órbita de la Tierra y, de otras muchas maneras,
nuestras vidas se basan en la confiable realidad de esas teorías.
Sin embargo, la teoría evolucionista es un tanto diferente. Se trata
de una visión de l vida tan increíblemente fantástica y trascendental,
que algunas personas la encuentran inaceptable a pesar del gran
conjunto repruebas que la apoyan. Cuando se aplica a nuestra propia
especie, el Homo sapiens, puede parecer aun más amenazadora.
Muchos cristianos fundamentalistas y judíos ultraortodoxos se inquietan
cuando se dice que los humanos descienden de los antiguos primates, lo
cual contradice una lectura estricta del Génesis. Su molestia es
parecida a la de los creacionistas islámicos, quienes consideran que la
historia de la creación en seis días, tal como aparece en el Corán, es
una verdad absoluta.
El finado Srila Prabhupada, del movimiento Hare Krishna, explicó que
Dios creó “las 8 400 000 especies de la vida desde el principio”, a fin
de establecer varios niveles de reencarnación para las almas en ascenso.
También otras personas, no sólo los ortodoxos bíblicos, siguen sin
dejarse convencer por la evolución. Según una encuesta de la
organización estadounidense Gallup, a partir de más de mil entrevistas
telefónicas realizadas en febrero de 2001, cerca de 45 % de los adultos
estadounidenses que respondió estuvo de acuerdo con que “Dios creó a
los seres humanos básicamente con la forma que tienen ahora, en algún
momento durante los últimos 10 mil años”. La evolución, desde su punto
de vista, no desempeñó ningún papel en darnos forma.
Sólo 37 % de los estadounidenses entrevistados estuvo satisfecho con
darle cabida tanto a Dios como a Darwin; esto es, la iniciativa divina
dio principio a las cosas y la evolución fue el medio creativo. Y sólo
12 % creía que los humanos evolucionaron de otras formas de vida sin
ninguna intervención de un dios.
Lo más asombroso acerca de las cifras de esta encuesta no es que
tantos estadounidenses rechacen la evolución, sino que la distribución
estadística no ha cambiado mucho en dos décadas. Los entrevistados por
Gallup eligieron las mismas opciones en 1982, 1993, 1997 y 1999. La
convicción creacionista —que sólo Dios, y no la evolución, produjo a
los seres humanos— nunca ha obtenido menos de 44 por ciento.
¿Por qué hay tantos antievolucionistas? La ortodoxia bíblica sólo
puede ser parte de la respuesta. En efecto, entre la población
estadounidense hay un gran sector de ortodoxos bíblicos, pero no es tan
grande: no llega a 44 %. Los proselitistas de la creación y los
activistas políticos, que se esfuerzan por impedir la enseñanza de la
biología evolucionista en las escuelas públicas, contribuyen también a
la respuesta. La total confusión e ignorancia que presentan millones de
adultos estadounidenses debe ser otro factor. Muchas personas nunca han
tomado un curso de biología que aborde la evolución ni han leído un
libro en donde se explique con lucidez la teoría.
La evolución es un concepto estupendo, más crucial
ahora para el bienestar humano, par la ciencia médica y para nuestra
comprensión del mundo que nunca antes. Es también profundamente
convincente. Las pruebas que la sustentan son abundantes, crecientes,
sólidamente conectadas y fácilmente disponibles en museos, libros
populares, libros de texto y en un cúmulo de estudios científicos
evaluados por expertos. Nadie tiene por qué aceptar la evolución tan
sólo como un asunto de fe.
DOS GRANDES IDEAS, NO SÓLO UNA, están en juego: la evolución de
todas la especies, como un fenómeno, y la selección natural, como el
mecanismo principal que causó dicho fenómeno. La idea de que todas las
especies descienden de ancestros comunes había sido sugerida por otros
pensadores, incluido Jean-Baptiste Lamarack, mucho antes de que Darwin
publicara El origen de las especies en 1859. Lo que hizo que
el libro de Darwin fuera tan notable cuando apareció, y tan influyente
con el paso del tiempo, fue porque ofreció una explicación racional
sobre cómo debe ocurrir la evolución. Tuvo la misma percepción, pero de
manera independiente, Alfred Russel Wallace, un joven naturalista que
realizaba trabajos de campo en el archipiélago malayo afines de los
años cincuenta del siglo XIX. En los anales históricos, aunque no en la
conciencia popular, Wallace y Darwin comparten el prestigio de haber
descubierto la selección natural.
La esencia del concepto es que las pequeñas diferencias fortuitas y
hereditarias entre los individuos se traducen en diferentes
oportunidades de supervivencia y reproducción —éxito para algunos,
muerte sin descendencia para otros— y que esta elección natural conduce
a cambios importantes en la forma, el tamaño, la fuerza, las armas, el
color, la bioquímica y la conducta de los descendientes. El crecimiento
excesivo de la población incita a la lucha competitiva. Puesto que los
competidores menos exitosos producen menos crías que sobrevivan, las
variaciones inútiles o negativas tienden a desaparecer, mientras que
las útiles tienden a ser preservadas e incrementadas gradualmente por
toda una población.
Esa es una parte del proceso evolucionista, conocida como
anagénesis, durante la cual una sola especie se transforma. Pero existe
también una segunda parte conocida como especiación. Algunas veces los
cambios genéticos se van acumulando dentro de un segmento aislado de
una especie —pero no en la totalidad de la misma— a medida que esa
población aislada se adapta a sus condiciones locales. Gradualmente
toma su propio rumbo, adueñándose de un nuevo nicho ecológico. En
cierto punto, se vuelve irreversiblemente distinta, es decir, tan
diferente que sus miembros ya no pueden cruzarse con el resto Ahora
existen dos especies donde antes había sólo una. Darwin llamó a ese
fenómeno “principio de divergencia”. Ese fue un elemento importante de
su teoría, ya que explicaba la diversidad de la vida en general, así
como la adaptación de las especies individuales.
Este emocionante y radical conjunto de conceptos provino de una
fuente insólita. Charles Darwin era tímido y meticuloso, un
terrateniente adinerado con amigos cercanos entre el clero anglicano.
Como alumno en la Universidad de Cambridge, había estudiado sin mucha
convicción para convertirse en clérigo, antes de descubrir su verdadera
vocación de científico. Después dedicó 22 años, en secreto, a reunir
pruebas y desarrollar argumentos —a favor y en contra de su teoría—
pues no quería arder en medio de un estallido de notoriedad sin tener
fundamentos sólidos. Es probable que también haya tardado tanto debido
a superocupación en cuanto al anuncio de una teoría que parecía
desafiar las creencias religiosas convencionales, en particular las
creencias cristianas de su esposa. Darwin renunció discretamente al
cristianismo durante su edad madura y luego se describió como
agnóstico. Siguió creyendo en una deidad distante e impersonal de algún
tipo, una entidad mayor que había puesto en movimiento al universo y
sus leyes.
En 1859, finalmente presentó su revolucionario libro. A pesar de sus 490 páginas, Darwin consideraba que El origen de las especies
era tan sólo un “resumen” del enorme volumen en el que había trabajado
hasta que lo interrumpió un suceso alarmante: en junio de 1858 había
recibido una carta y un manuscrito de Alfred Wallace, a quien conocía
sólo por correspondencia. El manuscrito de Wallace esbozaba la misma
gran idea —la evolución mediante la selección natural— que Darwin
consideraba suya. Wallace había garabateado este ensayo y,
desconociendo las ideas evolulcionistas de Darwin, se lo envió desde el
archipiélago malayo, para solicitar sus comentarios y ayuda. Darwin
estaba horrorizado. Después de dos décadas de minuciosos esfuerzos,
ahora lo sacarían de la jugada. O tal vez no. Remitió el ensayo de
Wallace para que fuera publicado y, junto con este, fueron divulgados
dos extractos de la obra inédita de Darwin, en una publicación
conjunta. Y fue después de este incidente cuando se apresuró a concluir
El origen de las especies, su “resumen” sobre el tema. A
diferencia de Wallace, quien era más joven y menos meticuloso, Darwin
conocía la importancia de ofrecer una buena cantidad de pruebas
contundentes.
Las pruebas, como él las presentó, se agrupaban básicamente en
cuatro categorías: biogeografía, paleontología, embriología y
morfología. La biogeografía es el estudio de la distribución geográfica
de las criaturas vivientes, es decir, cuáles especies habitan
determinadas zonas del planeta y por qué. La paleontología investiga
formas de vida extintas, según lo revelan los registros fósiles. La
embriología examina las etapas reveladoras del desarrollo que
atraviesan los embriones antes de nacer o salir del cascarón. La
morfología es la ciencia de la forma y el diseño anatómico. Darwin
dedicó grandes secciones de El origen de las especies a estas categorías.
Por ejemplo, la biogeografía ofrecía una gran colección de hechos y
patrones peculiares. Todo aquel que tome en cuenta los datos
biogeográficos, escribió Darwin, debe verse sorprendido por el
misterioso patrón de agrupamiento entre las que denominó especies
“íntimamente afines”, es decir, criaturas similares que comparten más o
menos el mismo diseño corporal. Dichas especies íntimamente afines
tienden a encontrarse en el mismo continente (varias especies de cebras
en África) o dentro del mismo grupo de islas oceánicas (docenas de aves
melíferas de Hawai, 13 especies de pinzones en las Galápagos), a pesar
de las preferencias particulares de la especie con respecto a
diferentes hábitats, fuentes alimenticias o condiciones climáticas. Las
zonas adyacentes de Suramérica, observó Darwin, están ocupadas por dos
especies parecidas de grandes aves no voladoras (los ñandúes, Rhea americana y Pterocnemia pennata),
y no por avestruces, como en África, o emúes, en Australia. Suramérica
también tiene coipos y capibaras en los pantanos, no —según escribió
Darwin— castores o ratas almizcleras. Durnte su visita a las Galápagos,
cuando era joven y a bordo del buque de investigación Beagle, el propio Darwin descubrió tres formas muy similares de sinsonte, cada una en una isla distinta.
¿Por qué las especies “íntimamente afines” han de vivir en
extensiones vecinas de hábitats? ¿Y por qué los hábitats parecidos en
continentes diferentes han de estar ocupados por especies que no son
tan íntimamente afines? “Observamos en estos hechos la existencia de un
profundo lazo orgánico, a través del tiempo y del espacio —escribió
Darwin—. Este lazo, según mi teoría, es simplemente la herencia”. Las
especies parecidas se desarrollan en espacios cercanos porque
descienden de ancestros comunes.
La paleontología muestra un patrón similar de agrupamiento en la
dimensión del tiempo. La columna vertical de estratos geológicos,
construida por procesos sedimentarios a lo largo de millones de años y
ligeramente salpicados de fósiles, representa un registro tangible que
muestra qué especies vivieron y cuándo. Lo que Darwin observó acerca de
este registro es que las especies íntimamente afines tienden a
encontrarse cerca unas de las otras en estratos sucesivos. Una especie
perdura millones de años y posteriormente hace su última aparición,
digamos, a mediados del Eoceno; justo arriba, una especie parecida pero
no idéntica la reemplaza. Por ejemplo, en América del Norte, una
criatura que tenía una vaga forma de caballo, conocida como Hyracotherium, fue sucedida por Orohippus, luego por Epihippus y después por Mesohippus,
que a su vez fueron sucedidos por una variedad de criaturas similares a
los caballos. Algunos de ellos incluso galoparon por el puente de
tierra de Bering hasta Asia y de ahí a Europa y África. Hace unos cinco
millones de años, casi todos habían desaparecido, dando paso a Dinohippus, que fue sucedido por Equus,
el género actual del caballo. No todos estos vínculos fósiles habían
sido desenterrados en la época de Darwin pero, de todos modos, él captó
la esencia del asunto. De nuevo, ¿fueron esas secuencias tan sólo
coincidencias? No, replicaba Darwin. Las especies íntimamente afines se
suceden unas a las otras en el tiempo y viven en espacios cercanos
porque están relacionadas mediante la descendencia evolutiva.
La embriología también involucraba patrones que no podrían ser
explicados por la coincidencia. ¿Por qué el embrión de un mamífero
atraviesa etapas similares a las del embrión de un reptil? ¿Por qué una
de las formas larvales de un percebe, antes de la metamorfosis, es tan
parecida a la forma larval de un camarón? ¿Por qué las larvas de las
polillas, las moscas y los escarabajos se asemejan entre sí más de lo
que se parecen a los respectivos adultos? Porque, escribió Darwin: “El
embrión es el animal en su estado menos modificado” y ese estado
“revela la estructura de su progenitor”.
La morfología, su cuarta categoría de evidencias, era la “verdadera
esencia” de la historia natural, según Darwin. Incluso hoy día puede
verse en la disposición de cualquier zoológico. Aquí están los monos,
allá los felinos y en aquel edificio los lagartos y los cocodrilos. Los
pájaros están en el viario y los peces en el acuario. Las criaturas
vivientes pueden clasificarse fácilmente en una jerarquía de categorías
—no sólo especies, sino géneros, familias, órdenes, reinos enteros— con
base en las características anatómicas que comparten y las que no.
TODOS LOS ANIMALES VERTEBRADOS tienen espina dorsal. Entre los
vertebrados, las ves poseen plumas, mientras que los reptiles tienen
escamas. Los mamíferos cuentan con pelo y glándulas mamarias, pero
carecen de plumas y escamas. Entre los mamíferos, algunos tienen bolsas
en donde crían a sus pequeños. Entre los de esta especie, los
marsupiales, algunos cuentan con grandes patas traseras y colas fuertes
que les permiten atravesar a saltos varios kilómetros de zonas áridas:
los llamamos canguros. Si utilizamos los microscopios actuales y las
pruebas moleculares, podremos rastrear las similitudes incluso más
allá. Las células de todas las plantas y los hongos, así como los
animales, tienen núcleos. Todos los organismos vivos contienen ADN y
RNA (excepto algunos virus, que sólo tienen ARN), dos formas
relacionadas de moléculas que codifican información.
Dicho patrón de semejanzas progresivas —grupos de especies parecidas
contenidos en grupos más amplios, todos con un origen único— no está
presente de forma natural en otros ámbitos. No se encontrará nada
equivalente al tratar de catalogar rocas. ¿Por qué no? Porque los tipos
de roca no reflejan una descendencia continua a partir de ancestros
comunes. La diversidad biológica sí. La cantidad de características
compartidas entre una especie y otra indica cuán recientemente esas dos
especies se separaron de un linaje común.
Esa percepción le dio un nuevo significado a la tarea de la
clasificación taxonómica, fundada en su forma moderna por el
naturalista sueco Carl von Linneo, en 1735. Linneo mostró cómo podían
clasificarse las especies sistemáticamente, de acuerdo con sus
características compartidas, pero trabajó a partir de suposiciones
creacionistas que no ofrecían ninguna explicación objetiva para el
patrón jerarquizado que había encontrado. A principios y mediados del
siglo XIX, los morfólogos como Georges Cuvier y Étienne Geoffroy
Saint-Hilaire, enFrncia, y Richard Owen, en Inglaterra, mejoraron la
clasificación con sus meticulosos estudios sobre las anatomías interna
y externa, y trataron de comprender cuál podría ser la fuente
primordial de las semejanzas encontradas en el patrón. Owen aportó una
contribución importante al proponer el concepto de los homólogos, es
decir, versiones superficialmente diferentes pero fundamentalmente
similares de un solo órgano o rasgo, compartido por especies distintas.
Por ejemplo, la estructura del esqueleto de cinco dedos de la mano
de los vertebrados aparece no sólo en los humanos, los simios, los
mapaches y los osos, sino también, modificada de diversas maneras, en
los gatos, los murciélagos, las marsopas, las lagartijas y las
tortugas. El par de huesos que conforman la parte inferior de nuestra
pierna, la tibia y el peroné, también están representados por huesos
homólogos en otros mamíferos y en reptiles, e incluso en el pájaro
reptil Archaeopteriyx, extinto hace mucho tiempo. ¿Cuál es la
razón de tan variada repetición de unos cuantos diseños básicos? Darwin
proporcionó la respuesta: la descendencia común, moldeada por la
selección natural, modifica los aspectos hereditarios básicos para
circunstancias diferentes.
Las características vestigiales son otra forma de evidencia
morfológica, lo cual resulta ilustrativo, pues muestran que el mundo
viviente está lleno de imperfecciones pequeñas y tolerables. ¿Por qué
los mamíferos machos (incluido el hombre) tienen pezones? ¿Por qué
algunas serpientes (especialmente la boa constrictor) tienen vestigios
de pelvis y de diminutas patas ocultos dentro de sus estilizadas
siluetas? ¿Por qué algunas especies de escarabajos que no vuelan tienen
alas, selladas debajo de cubiertas para las alas que nunca se abren?
Darwin planteó todas estas preguntas y las respondió en El origen de las especies. Las estructuras vestigiales son remanentes de la historia evolutiva de un linaje.
Actualmente, las cuatro mismas ramas de la ciencia biológica en que
se basó Darwin —biogeografía, paleontología, embriología y morfología—
reciben un flujo creciente de datos que sirven de apoyo. Además de esas
categorías, ahora existen otras: la genética de población, la
bioquímica, la biología molecular y, más recientemente, el maravilloso
campo de la secuenciación genética con base tecnológica conocido como
genómica. Estas nuevas formas de conocimiento se funden la una con la
otra y se entrecruzan con formas más antiguas, fortaleciendo así toda
la estructura y reforzando aún más la teoría de Darwin.
Concretamente, tenía razón sobre la evolución. No tenía razón en cuanto a todo.
Darwin era un pensador infatigable, por lo que propuso un sinnúmero de
nociones teóricas durante toda su vida productiva, de las cuales varias
eran erróneas e ilusorias. Estaba equivocado en cuanto a lo que causa
las variaciones dentro de una especie. De manera más notable, su teoría
sobre la herencia —a la que llamó pangénesis— resultó totalmente
errónea; por suerte para Darwin, la exactitud de su mejor y más famosa
idea resultó independiente de aquella en particular. La evolución por
selección natural representó a Darwin ampliamente, es decir, la
observación científica y el pensamiento cuidadoso en su máxima
expresión.
DOUGLAS FUTUYMA, BIÓLOGO EVOLUCIONISTA altamente respetado, es
también autor de libros de texto, así como de influyentes artículos de
investigación. Su oficina, en la Universidad de Michigan, está repleta
de revistas y libros, incluidos volúmenes acerca del conflicto entre
creacionismo y evolución. Llegué cargando una copia de su libro sobre
este tema, La ciencia en juicio: el caso de la evolución.
En respuesta a mis preguntas sobre las evidencias, el doctor Futuyma
repasó rápidamente las categorías tradicionales —paleontología,
biogeografía— y habló básicamente acerca de la genética moderna. Sacó
una copia de la revista Nature, la edición del 15 de febrero de 2001, un número histórico, lleno de artículos que presentaban y analizaban los resultados del Proyecto del Genoma Humano. Junto a esta, dejó caer un número más reciente de Nature, dedicado a la secuencia del genoma del ratón común, Mus musculus. El título del editorial decía: “BIOLOGÍA HUMANA POR REPRESENTACIÓN”. El análisis del genoma del ratón, de acuerdo con los editores de Nature, había dado a conocer “unos 30 mil genes, de los cuales 99 % tiene equivalentes directos en los seres humanos”.
El parecido entre nuestros 30 mil genes humanos y los 30 mil
equivalentes del ratón, explicó Futuyma, representa otra forma de
homología, como el parecido entre una mano de cinco dedos y una pata de
cinco dedos. Dicha homología genética es lo que le da significado a la
investigación biomédica que utiliza ratones y otros animales, incluidos
los chimpancés, que (para su mala suerte) son nuestros parientes
vivientes más cercanos.
Ningún aspecto de la investigación biomédica parece más urgente hoy
que el estudio de las enfermedades microbianas. Y la dinámica de estos
microbios dentro del cuerpo humano sólo puede entenderse en términos de
evolución.
Entre las terribles enfermedades causadas por microbios y virus se
encuentran las del tipo infeccioso (sida, ébola, síndrome respiratorio
agudo grave) que se contagian directamente de persona a persona, así
como las del tipo que nos transmiten las picaduras de insectos u otros
intermediarios (malaria, fiebre del Nilo). Lo que hace que estos
microbios sean tan peligrosos para tanta gente, así como tan difíciles
y caros de combatir, es su capacidad para mutar rápidamente. Pasan de
la vida salvaje o de los animales domésticos a los humanos, adaptándose
a las nuevas circunstancias. Su variabilidad inherente les permite
encontrar nuevas maneras de evadir y derrotar los sistemas
inmunológicos humanos. Mediante la selección natural, adquieren
resistencia a los medicamentos que deberían eliminarlos. Evolucionan.
No hay mejor prueba o más inmediata que apoye la teoría de Darwin que
este proceso de transformación forzada entre nuestros gérmenes hostiles.
Tómese como ejemplo el Staphylococcus aureus, bacteria
común que merodea en hospitales y provoca infecciones graves,
especialmente entre pacientes sometidos a cirugía. La penicilina,
disponible desde 1943, resultó casi milagrosamente efectiva para
combatir las infecciones por estafilococo. Su extenso uso marcó una
nueva fase en la antigua guerra entre humanos y microbios productores
de enfermedades, una fase en la que los humanos inventaron nuevos
medicamentos aniquiladores y los microbios encontraron nuevas maneras
para no ser aniquilados. La potencia suprema de la penicilina no duró
mucho: en 1947 se informó sobre las primeras cepas de Staphylococcus aureus
resistentes a los antibióticos. En los años sesenta comenzó a usarse
otro fármaco para matar al estafilococo, la meticilina, pero pronto
aparecieron cepas resistentes, y hacia los años ochenta, dichas cepas
ya se habían diseminado. La vancomicina fue la siguiente gran arma
contra el estafilococo, pero las primeras cepas resistentes a esta
surgieron en 2002. Las cepas resistentes a los antibióticos representan
una serie evolutiva, no muy diferente en principio a la serie de
fósiles que determina la evolución del caballo desde el Hyracotherium hasta el Equus;
convierten la evolución en un problema muy práctico al agregar gastos,
así como desgraciasy peligros, al reto de hacer frente al estafilococo.
“Los antibióticos ejercen una poderosa fuerza evolutiva —escribió el
biólogo Stephen Palumbi el año pasado—, lo que obliga a las bacterias
infecciosas a desarrollar defensas poderosas contra todos los
medicamentos, menos los inventados recientemente”. Según lo refleja su
ADN, que utiliza el mismo código genético encontrado en humanos,
caballos, lampreas y madreselvas, las bacterias son parte de la cadena
de la vida; todos ellos configurados y diversificados por la fuerzas
evolutivas.
Incluso los virus pertenecen a esta cadena. Algunos virus
evolucionan rápidamente, otros, lentamente. Entre los más rápidos está
el VIH, porque su método para replicarse implica un alto grado de
mutación, y las mutaciones permiten que el virus adopte formas nuevas.
Lugo de unos cuantos años de infección y tratamiento con fármacos, cada
paciente con VIH porta una versión única del virus. El aislamiento
dentro de la persona infectada, además de las condiciones diversas y de
la lucha por sobrevivir, obliga a cada versión del VIH a evolucionar de
manera independiente.
El conocimiento de la rapidez con la que el VIH adquiere resistencia
a los medicamentos antivirales, como el AZT, ha sido fundamental para
mejorar el tratamiento por medio de cócteles con varios medicamentos.
En palabras de Palumbi: “Este enfoque ha disminuido mucho las muertes
debidas al VIH desde 1996 y ha desacelerado grandemente la evolución de
esta enfermedad dentro de los pacientes”.
Los insectos y la mala hierba adquieren resistencia a nuestros
insecticidas y herbicidas mediante un proceso similar. Mientras los
humanos tratamos de envenenarlos, la evolución por selección natural
transforma la población de un mosquito o de un cardo en un nuevo tipo
de criatura, menos vulnerable a ese veneno en particular. Así pues,
inventamos otro veneno, y luego otro. Es un esfuerzo inútil. Incluso el
DDT (diclorodimetiltricloroetano), con sus efectos violentos y
duraderos en todos los ecosistemas, produjo moscas caseras resistentes
tras una década de su descubrimiento en 1939. Para 1990, más de 500
especies (incluidos 114 tipos de mosquitos) habían adquirido
resistencia cuando menos a un pesticida. Con base en estos resultados
no deseados, Stephen Palumbi ha comentado con pena: “Quizá los humanos
sean la fuerza dominante en el mundo”.
En casi todas las culturas vivientes, la evolución procede
lentamente, tanto que no puede ser observada por un solo científico en
una vida dedicada a la investigación. Sin embargo, la ciencia funciona
por inferencia, no sólo por observación directa, y los tipos
inferenciales de evidencias, como la paleontología y la biogeografía,
no son menos convincentes tan sólo por ser indirectas. No obstante, los
escépticos de la teoría evolutiva se preguntan: ¿Podemos ver la
evolución en acción? ¿Puede observarse en la vida salvaje? ¿Puede
medirse en laboratorios?
La respuesta es sí. Peter y Rosemary Grant, dos científicos
británicos que han pasado décadas donde Darwin pasó semanas, han podido
testificar la evolución, gracias a sus estudios a largo plzo sobre el
tamaño del pico de los pinzones de las Galápagos. William R. Rice y
George W. SALT lograron algo parecido en su laboratorio, mediante un
experimento que involucra 35 generaciones de moscas de la fruta, Drosophila melanogaster.
Richard E. Lenski y sus colegas de la Universidad Estatal de Michigan
también lo han logrado, al rastrear 20 mil generaciones de evolución en
la bacteria Escherichia coli. Estos estudios de campo y
experimentos de laboratorio documentan la anagénesis, es decir, un
cambio evolutivo lento dentro de un solo linaje sin divisiones. Este
puede observarse con paciencia, como el movimiento del minutero de un
reloj.
La especiación —cuando un linaje se divide en dos especies— es la
otra fase importante del cambio evolutivo, que hace posible la
divergencia entre linajes de la que escribió Darwin. Es incluso más
rara y escurridiza que la anagénesis. Deben acumularse muchas
mutaciones individuales (en la mayoría de los casos, no obstante con
ciertas excepciones entre las plantas) antes de que dos poblaciones se
separen irrevocablemente. El proceso se extiende por miles de
generaciones, aunque puede finalizar de manera abrupta cuando ocurren
los últimos cambios vitales. Pese a las dificultades, Rice y SALT
parecen haber registrado un suceso de especiación, o algo muy parecido,
en su prolongado estudio sobre las moscas de la fruta. De un pequeño
grupo de hembras preñadas, con el tiempo produjeron despoblaciones
diferentes de moscas adaptadas a distintas condiciones de hábitat, a
lasque los investigadores consideraron “especies incipientes”.
LUEGO DE VISITAR A DOUGLAS FUTUYMA, pasé dos horas en el museo de la
universidad con Philip D. Gingerich, un paleontólogo muy conocido por
su trabajo sobre la ascendencia de las ballenas. Mientras hablábamos,
Gingerich me guió por una exhibición de cetáceos antiguos. Entre
extrañas formas de esqueletos que parecían casi quiméricas (algunos
colgando del techo, otros en cajas de vidrio), señaló los rasgos
significativos y describió el progreso del pensamiento sobre la
evolución de las ballenas. Gingerich combina la pasión intelectual y la
sólida experiencia con otro rasgo que es valioso en un científico: la
buena disposición para admitir cuando se ha equivocado.
Desde fines de los años setenta, Gingerich ha recolectado
especímenes fósiles de las primeras ballenas encontradas en
excavaciones remotas en Egipto y Pakistán. Trabajando con colegas
pakistaníes, descubrió el Pakicetus, un mamífero terrestre
que data de hace 50 millones de años, cuyos huesos del oído demuestran
que perteneció al linaje de las ballenas, procuyo cr´neo se parece al
de un perro. Un antiguo estudiante de Gingerich, Hans Thewissen,
encontró una forma un poco más reciente, con patas palmeadas, piernas
adecuadas para caminar o nadar y un largo hocico dentado. Thewissen lo
llamó Ambulocetus natans, “la ballena que camina y nada”. Gingerich y su equipo encontraron más, incluido el Rodhocetus balochistanensis,
que era una criatura totalmente marina, con las patas más parecidas a
aletas y con las fosas nasales desplazadas hacia atrás en el hocico, a
medio camino de la posición del espiráculo en una ballena actual. La
secuencia de formas conocidas se fue volviendo cada vez más y más
completa. Y durante ese tiempo, me comentó Gingerich, se inclinó a
creer que las ballenas habían descendido de un grupo de mamíferos
carnívoros del Eoceno, conocidos como mesoníquidos, con molares
triangulares útiles para masticar carne y hueso. Unas pocas pruebas
más, pensaba, confirmarían esa relación. Para fines de la década de los
noventa, la mayoría de los paleontólogos coincidía.
Mientras tanto, los biólogos moleculares habían explorado el mismo
asunto y habían llegado a una conclusión diferente. No, el parecido con
esos carnívoros del Eoceno podría ser muy grande, pero no lo
suficiente. La hibridación del ADN y otras pruebas sugirieron que las
ballenas habían descendido de los artiodáctilos (es decir, herbívoros
de pezuñas pares, como los antílopes y los hipopótamos), no de los
mesoníquidos carnívoros.
En el año 2000, Gingerich escogió un nuevo sitio de excavación en
Pakistán, donde uno de sus estudiantes encontró un solo fragmento de
fósil que transformó las ideas prevalecientes en la paleontología. Era
la mitad de un hueso de tobillo en forma de polea, conocido como
astrágalo, que pertenecía a una especie nueva de ballena. Un colega
pakistaní halló la otra mitad del fragmento. Cuando Gingerich unió las
dos piezas, experimentó un momento de humilde reconocimiento: los
biólogos moleculares tenían razón. Ahí estaba el hueso del tobillo de
una ballena de cuatro patas que tenía 47 millones de años de
antigüedad, el cual se parecía mucho al hueso del tobillo de un
artiodáctilo. Se percató entonces de cuán estrechamente relacionadas
están las ballenas con los antílopes.
Así es como se supone que debe funcionar la ciencia. Las ideas van y
vienen, pero sólo la más apta sobrevive. En su oficina, Phil Gingerich
abrió un cajón de especímenes y me mostró algunos de los fósiles
originales a partir de los cuales moldearon los esqueletos que estaban
en la exposición. Me colocó en la mano un pequeño pedazo de hueso
petrificado, no más grande que una nuez. Era el famoso astrágalo de la
especie que posteriormente él llamóArtiocetus clavis. Se sentía sólido y pesado como la verdad.
Cuando me acompañó a la puerta, Gingerich me comentó algo personal:
“Crecí en una comunidad religiosa conservadora y no se me enseñó nada
sobre la evolución. El tema se evitaba a todas luces. Eso me ayuda a
comprender a las personas que se mantienen escépticas al respecto,
porque yo mismo provengo de esa tradición”. De hecho, él comparte ese
mismo instinto escéptico. Si se le dice que hay una conexión ancestral
entre los animales terrestres y las ballenas, su respuesta será: Bueno,
tal vez, pero muéstrenme las etapas intermedias. Al igual que Charles
Darwin, alguna vez estudiante de teología que se embarcó en un viaje
alrededor del mundo a bordo del Beagle, en lugar de volverse
el párroco del pueblo, y cuya gran visión de la vida en la Tierra
estuvo moldeada por una detallada atención a las minucias, Phil
Gingerich es un empírico reverente. No está satisfecho hasta que cuenta
con datos concretos. Eso es lo que le emociona tanto al desenterrar
fósiles de ballenas. En 30 años ha visto suficiente para estar
satisfecho. Para él, afirma Gingerich, es “una experiencia espiritual”.
“Las pruebas están ahí —agregó—. Están enterradas en las rocas ancestrales”.
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Fuente: National Geographic

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