¿Qué tienen en común El Zorro, Tarzán de los monos y Sherlock Holmes? Los autores de estas reconocidas y célebres creaciones literarias, se inspiraron en seres reales, que sintieron, rieron y lloraron, tal como usted o como yo.
Héroes literarios de “carne y hueso”
PUERTO LA CRUZ- La literatura universal está llena de personajes maravillosos. En muchos casos son paladines de la justicia que nos han hecho felices a través de muchas páginas cargadas de hazañas y proezas... Incluso, en más de una oportunidad hemos soñado con ser uno de ellos.
Personajes como “El Zorro”, héroe enmascarado que combatió la injusticia en la California colonial del siglo XIX; “Tarzán de los monos”, quien creció en la selva africana para erigirse como rey de todos los animales; o el analítico Sherlock Holmes, sagaz detective inglés, que siempre triunfa gracias a sus métodos de observación; han sido y son admirados por fanáticos en todo el mundo.
Pero... ¿cuál sería nuestra impresión ante la posibilidad de que estas figuras hayan sido creadas a imagen y semejanzas de seres bien terrenales?
De Murrieta a El Zorro
El artífice de “El Zorro”, fue un personaje un tanto difuso, pero de cuyas andanzas se tienen datos bien precisos. Su nombre verdadero era Joaquín Murrieta y tenía varios alias: “El Zorro”, “El Jinete sin cabeza”, “El Coyote” y “El Patrio”.
Los primeros en escribir sobre su vida fueron Walter Noble Burns y el mexicano Manuel Rojas a través de su obra “Joaquín Murrieta: El Patrio”. Pero, como un ilustre de la literatura, “El Zorro” nace del folletín de Jhonston McCulley, en 1919.
Según información aportada por estos escritores, Murrieta nació entre los años 1824 y 1830, en Las Trincheras, un poblado de Sonora, México. Atraído por la “fiebre del oro”, en 1850 emigra, con su esposa Carmen Felis, a la Alta California, Estados Unidos. Un día es atacado por unos bandoleros quienes violan y asesinan a su compañera y a él lo dejan maltrecho. Este hecho cambiaría para siempre su destino, pues entonces decide convertirse en un luchador social, defensor de todos los inmigrantes. Su leyenda fue creciendo a medida que hacía valer la justicia en aquel salvaje territorio.
De Mildin a Tarzán
El escritor norteamericano Edgar Rice Burroughs se hizo famoso a partir de 1914, cuando creó a “Tarzán de los monos”. Sus peripecias están contenidas en 23 novelas, muchas de ellas llevadas al cine y la televisión. Pero, según Juan Ruvali, autor de “Personajes comunes nada comunes”, existió un Tarzán de carne y hueso, que fue aprovechado por Edgar Rice para darle origen a su famoso héroe. Su nombre era William Mildin, el decimocuarto Conde de Streatham.
Al parecer, este aristócrata inglés desapareció a los 11 años de edad, al naufragar el barco en el que viajaba frente a la costa occidental de África. Por extrañas circunstancias, logró sobrevivir conviviendo durante 15 años con una familia de simios. En 1883 fue descubierto de un modo casual.
Llevado de regreso a Inglaterra, no pudo adaptarse a su nueva condición de civilizado. Por eso, al cabo de un breve tiempo, tuvieron que devolverlo a la selva, el lugar al que pertenecía y del cual nunca más salió.
De Bell a Sherlock
El inglés Sir Arthur Conan Doyle fue el artífice del detective Sherlock Holmes, revestido de una envolvente personalidad y acusada suficiencia. Apoyado en sus propios métodos inductivos, podía resolver cualquier enigma, frente el cual fracasaba la afamada policía Scotland Yard.
Pero en sus memorias, el literato reconoció públicamente que existió alguien de carne y hueso que había inspirado a su famoso personaje.
Relató el inglés que mientras estudiaba medicina en la Enfermería Real de Edimburgo, tuvo como profesor al doctor Joseph Bell. Este venerable anciano impresionó a su alumno, no sólo por sus conocimientos médicos, sino también por sus sagaces dotes para la deducción: “Tras un breve vistazo a sus pacientes, era capaz de deducir multitud de circunstancias de su vida”, acotaría Conan Doyle.
Entre las hazañas detectivescas que se cuentan de este médico, se dice, por ejemplo, que descubrió el asesinato de una mujer cuyo marido trataba de hacer pasar el caso como un accidente doméstico. En efecto, una noche de 1877, Eugene Cantrelle suministró a su compañera, quien acababa de firmar una póliza de seguro por 5.000 libras contra muerte accidental, un letal vaso de zumo de limón al que había agregado opio sólido. A la mañana siguiente simuló un escape de gas en la habitación de la mujer, para que pareciera que aquella había sido la causa de su muerte.
Utilizando sus dotes deductivos, el doctor Bell encontró un rastro de saliva en la almohada de la señora Cantrelle, que permitió demostrar que la limonada contenía el veneno, y por lo tanto se trataba de un asesinato.

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