Marte y la imaginación humana
Por John Uplike
Hace mucho tiempo que Marte ejerce su atracción en la imaginación
humana. Los antiguos veían al astro rojo y errático como violento o
siniestro: los griegos lo identificaban con Ares, el dios de la guerra;
los babilonios lo nombraron por Nergal, señor del inframundo, y para
los chinos de la antigüedad era Ying-huo, el planeta de fuego. Incluso
después de que Copérnico propusiera, en 1543, que el centro del cosmos
local era el Sol y no la Tierra, la excentricidad de los movimientos de
Marte siguió siendo un enigma, hasta que en 1609 Johannes Kepler
analizó todas las órbitas planetarias como elipses, con el Sol en uno
de los focos.
Ese mismo año, Galileo observó por primera vez a Marte a través de
un telescopio. A mediados del siglo XVII, estos habían mejorado lo
suficiente para poder apreciar cómo los casquetes polares del planeta
rojo aumentaban o disminuían su tamaño de acuerdo con las estaciones, y
distinguir rasgos como Syrtis Major, una mancha oscura que se creía era
un mar superficial. El astrónomo italiano Giovanni Cassini logró
observar ciertos rasgos con una precisión tal que le permitió calcular
la rotación del planeta. El día marciano, concluyó, duraba 40 minutos
más que el nuestro, de 24 horas; su cálculo falló por sólo tres
minutos. Mientras que Venus, un vecino planetario más grande y cercano,
presentaba una cubierta de nubes impenetrable, Marte mostraba una
superficie lo suficientemente parecida a la Tierra como para invitar a
la especulación de si estaba o no habitado por formas de vida.
Tras superar el efecto borroso que provoca la atmósfera densa y
dinámica de nuestro propio planeta, telescopios cada vez más refinados
permitieron obtener mapas de Marte con mayor detalle; en ellos se
distinguían mares e incluso pantanos en los que las variaciones
estacionales de la supuesta vegetación iban y venían con los
fluctuantes casquetes polares. Uno de los cartógrafos más acuciosos de
ese planeta era Giovanni Schiaparelli, quien utilizó el término
italiano canali para referirse a las aparentes conexiones
lineales entre lo que se suponía eran cuerpos de agua. La palabra pudo
haberse traducido como “cauces”, pero “canales” capturó la atención del
público y, en particular, la de Percival Lowell, un bostoniano
adinerado y culto que en 1893 abrazó la causa de los canales como
artefactos de una civilización marciana. Como astrónomo, Lowell sólo
era un aficionado muy entusiasta, pero no un chiflado. Construyó su
propio observatorio en una meseta cercana a Flagstaff, Arizona, a más
de 2 000 metros de altura y, en sus propias palabras, “lejos del humo
de los hombres”. Sus dibujos de Marte se consideraban superiores a los
de Schiaparelli, incluso por astrónomos hostiles a las teorías del
bostoniano. Lowell propuso que se trataba de un planeta moribundo cuyos
habitantes, de gran inteligencia, combatían la desecación creciente de
su mundo con un sistema de canales de irrigación que distribuía y
conservaba el agua, cada vez más escasa, de los casquetes polares.
H.G. Wells dramatizó esta visión en un clásico de la ciencia ficción: La guerra de los mundos
(1898). A los marcianos invasores, si bien tenían una apariencia
horrorosa y eran despiadados, les atribuyó un poco de humanidad
desapasionada. Con avanzados instrumentos y una inteligencia aguzada
por la “necesidad apremiante”, los marcianos miran con envidia a través
del espacio “nuestro propio planeta, más templado, verde por la
vegetación y gris por el agua, con una atmósfera nublada que hace
elocuente su fertilidad, y por entre los jirones de nubes que se
esparcen atisban las grandes extensiones de terreno densamente pobladas
y los mares estrechos con su multitud de navíos”.
En el siguiente medio siglo de fantasías marcianas nuestro planeta
vecino fungió como un gemelo oscuro en el que se proyectaban
preocupaciones terrenales, ansiedades y debates. Asuntos contemporáneos
tan candentes como el colonialismo, el colectivismo y el agotamiento de
los recursos naturales por la industrialización hallaron un amplio
espacio de expresión en diversas utopías marcianas.
Pero toda la extravagante megafauna marciana cayó en el olvido, barrida por las fotografías que tomó la nave Mariner 4,
al sobrevolar el planeta a una distancia de 10 000 kilómetros, el 14 de
julio de 1965. La región que se capturó con una de las primeras cámaras
digitales no mostraba canales ni ciudades ni agua ni erosión o desgaste
debido a agentes atmosféricos. Marte se parecía más a la Luna que a la
Tierra. Sus cráteres prístinos sugerían que las condiciones de la
superficie no habían cambiado en más de 3 000 millones de años. Hacía
mucho que el planeta moribundo estaba muerto.
Otras dos naves Mariner, lanzadas al espacio en 1969, enviaron a la
Tierra 57 imágenes que, en palabras del boletín de prensa de la NASA,
“revelaron a Marte como un lugar con muchos cráteres, inhóspito, frío,
seco, casi sin aire y en general hostil a cualquiera de las formas de
vida que existen en la Tierra”. Pero el Mariner 9, orbitador
lanzado en 1971, mandó, en un lapso de 146 días, 7 000 fotografías de
una topografía sorprendentemente variada y violenta: volcanes, de los
cuales el más grande, el Monte Olimpo, tiene una altura de 20
kilómetros, y un sistema de cañones, el Valle Marineris, que en la
Tierra se extendería desde Nueva York hasta Los Ángeles. Islas de
formas desgarradas y grandes arroyos daban testimonio de enormes
inundaciones en el pasado marciano, posiblemente de agua, el sine qua non
de la vida como la conocemos. En 1976 las dos sondas de aterrizaje
Viking llegaron sin incidentes a la superficie marciana; los ingeniosos
experimentos químicos que llevaban dieron resultados ambiguos en cuanto
a la posibilidad de vida en Marte. Las conclusiones derivadas de esos
resultados aún son objeto de debate en el siglo XXI.
Mientras tanto, aumenta nuestra familiaridad geográfica y geológica
con Marte. Al despliegue triunfante del pequeño robot explorador Sojourner, en 1997, le siguió, en 2004, el éxito todavía más espectacular de dos robots exploradores más durables, el Spirit y el Opportunity.
En cuatro años de viaje por el planeta rojo, los robots gemelos,
propulsados por energía solar, han transmitido imágenes con un detalle
sin precedente, incluyendo muchas que claramente corresponden a rocas
sedimentarias y que sugieren la existencia de mares antiguos. Las
fotografías ubican al observador justo en la superficie; las huellas de
Spirit y Opportunity, semejantes a las que dejaría
una escalera de mano al ser arrastrada, serpentean y excavan su camino
a través de polvo y rocas que durante eones han permanecido casi sin
perturbaciones bajo cielos de color salmón rosado y un sol que brilla
como una perla. En esa desolación quieta, la irrupción de nuestra viva
curiosidad y su intención sistemática se sienten heroicas.
Ahora, la Phoenix, con su intricando brazo, muy superior al
de sus predecesores, su cuchara, sus cámaras e instrumentos de
análisis, nos lleva unos centímetros por debajo del polvo, la arena y
el hielo en la región polar del norte marciano. Las cucharadas de
sustancias de otro planeta, cuyos ingredientes químicos han sido
volatilizados, separados e identificados, se convierten en referencias
para la historia cósmica. Al mismo tiempo, el Mars Reconnaissance Orbiter
(Orbitador de Reconocimiento de Marte), la más reciente de las tres
naves que giran alrededor del planeta, alimenta las computadoras de la
Universidad de Arizona con fotografías de rasgos de la superficie
asombrosamente vívidas y precisas. Algunas imágenes en colores falsos
parecen completamente abstractas; sin embargo, ofrecen información
científica preciosa para ojos más experimentados.
Después de todo, el planeta muerto no lo está tanto: avalanchas y
tormentas de polvo son capturadas por la cámara, y en los polos, una
sublimación estacional de hielo seco produce erosión y movimiento. Las
dunas cambian y los remolinos de arena trazan oscuros garabatos en la
delicada superficie. Ya sea que entre este caudal de información surja
o no evidencia de vida microbiana o de líquenes, Marte se ha convertido
en un vecino más cercano que nunca, en una provincia del conocimiento
humano. Las visiones oscuras y extravagantes del planeta de fuego
titilante han dado lugar a acercamientos panorámicos de una belleza que
va más allá de la imaginación.

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