Algunos mitos entre los espectadores acerca del cine
Por José de Jesús Chávez Martínez
Vivimos una época de ofertas excesivas en cuanto a bienes culturales, caracterizados por su pobreza de contenidos. Los teóricos críticos de la comunicación aludían esto hace varios lustros, con la fetichización de la información y la estandarización de tales productos simbólicos, repetitivos de manera sistemática como parte fundamental de una estrategia neoliberal-global. El cine, como elemento esencial de la industria cultural estadounidense, tiene muchos años de haberse posicionado en el gusto y en el consumo de espectadores mexicanos que ven colmadas sus preferencias (involuntarias en la mayoría de los casos) de entretenimiento. Como plantea Carlos Monsiváis (2002, p.21), la globalización cultural se ha asentado en el lugar común latinoamericano que la identifica con los centros de poder de la comunicación y con el triunfo de la industria del espectáculo. En este contexto, la moda y la música se determinan por decreto de las transnacionales, asimismo las películas que norman las conversaciones de grupo y de pareja.
Hablar de cine, en este contexto, se ha vuelto una acción que se repite cotidianamente cuando en las pláticas familiares o entre amigos se discierne acerca de la posibilidad de apreciar una película, de reseñarla o de criticarla. El arte de la cinematografía es tan popular que no se presenta ningún problema existencial cuando animadamente convergemos en una discusión en torno suyo, en torno a una película; es más, disfrutamos al elegirlo como tema de conversación. La participación constante en estos debates aparentemente cinéfilos confiere, de una forma igualmente engañosa pero automática, una sabiduría fílmica deslumbrante a quien genera polémica y opiniones en esas discusiones. Lo anterior puede explicarse como un fenómeno de homogenización cultural y del predominio de una única definición de lo que hoy se entiende por cine, el cine de Hollywood, desde luego.
Opinar sobre cine, entonces, nos vuelve doctos en el tema de manera milagrosa e inmediata y podemos definir si una cinta es buena o mala sin que nadie oponga restricciones sobre la historia del cine, sobre el lenguaje cinematográfico o acerca de su apreciación estética. La libertad de opinar existe y se respeta, sin embargo, hay opiniones más fundamentadas en el conocimiento. Es decir, muchos hablan de cine sin conocer su historia ni su peculiar conjunto de códigos de expresión, pero esos mismos hablantes no discurren con igual "garra" sobre otras artes como la pintura, la música o la danza. Esto se debe al carácter masivo del cine. Las grandes audiencias tienen fácil acceso a él y se lo apropian para generar divertidas mitologías que evidentemente ofrecen una explicación de primera mano a sus características como arte.
Roland Barthes (2003) indicaba que el mito era una variable ciudadana, pública, vulgar, etc. de interpretación y explicación del mundo, en sí constituía (y constituye) un sistema de comunicación y a la vez de introspección, de autocomprensión del papel del sujeto en su propia realidad. Antonio Dueñas (2003) advierte sin embargo que hoy vivimos una auténtica "mitofagia", es decir, un consumo voraz e irreflexivo de mitos sin ningún detenimiento para indagar en su esencia. Eso ocurre con el cine: el público asiste a las salas de exhibición, consume un filme, no piensa mucho y, como dice el cineasta mexicano Arturo Ripstein, responde alegremente a estímulos muy primarios, sobre todo vertidos en el cine comercial hollywoodense.
A continuación enlisto, explico y polemizo, con un afán igualmente de diversión, varios de estos mitos que he identificado en mis observaciones cotidianas (quizá no muy científicas) entre la audiencia cinematográfica mexicana (en especial de las ciudades de Culiacán, Sinaloa y el Distrito Federal) y en mi experiencia como aficionado al séptimo arte.
• El cine es un entretenimiento. Sin duda lo es. Entretener es una de sus funciones y muchos cineastas son y han sido unos auténticos magos para lograrlo, sin embargo ésta no es la única función del cine. El cine como arte es un vehículo de expresión personal y asimismo es, como ya indiqué, un lenguaje amplio y complejo, por lo que reducirlo a su mera función de entretener es limitar sus múltiples posibilidades expresivas. He aquí la influencia contundente de las industrias culturales.
• Una película debe ser divertida. Se entiende como diversión el hacer reír o llorar, el lograr estremecer, el causar horror, etc., y hay películas que cumplen de manera excelente con este cometido. Sin embargo, divertir significa también diversificar, generar ideas, causar reflexión. Hay películas que "atrapan", dicen por ahí, pero creo que debe existir reciprocidad y los espectadores deben capturar al filme y analizarlo, criticarlo aunque sea un poco. Eso también resulta divertido.
• Las películas "nuevas" son mejores que las películas "viejas". Esta sentencia relega automáticamente al cine mudo, a las aportaciones documentales de Edison y de los hermanos Lumiére y a las maravillosas obras de Max Linder, de la Escuela de Brighton, de Chaplin, de Keaton, de Méliès, de Griffith, de Eisenstein, etc. Igualmente las vanguardias europeas de los años 20"s, el Realismo Poético Francés, el Neorrealismo Italiano y las Nuevas Olas de los 50"s-60"s quedan sin sentido para la gran masa de espectadores. Las nuevas generaciones poco a poco van deslindándose del pasado y se sienten actualizados y complacidos al mirar cintas de no más de diez años de antigüedad. Todo lo demás es viejo, excepto, en este caso, Pedro Infante y Cantinflas, quienes han sobrevivido al olvido. En esta percepción influye sin duda el estado físico de la película, con rayones o con sonido muy degradado, pero aún remasterizadas o reparadas, las películas de antaño no son valoradas por los jóvenes. Muchos de ellos no dan a crédito a la designación constante, cada diez años, de El Ciudadano Kane[1](Citizen Kane, Orson Welles, 1940) como la mejor película de la historia. La edad de un filme no es un factor determinante: se han realizado películas buenas y malas a lo largo de toda la historia del cine. En fin, aquí se patentiza una de las características de la realidad postmoderna: la negación de la historia y sus grandes relatos.
Las películas en color son mejores que las de blanco y negro. Este mito va un tanto de la mano con el anterior. Recuerdo la anécdota de un espectador que se quejaba con la empleada de la taquilla de una sala cinematográfica, en Culiacán, sólo porque no le advirtió que la película ahí exhibida, El hombre que nunca estuvo ahí (The man who wasn't there, Joel Coen, 2001) era a blanco y negro, por lo cual exigía la devolución del importe pagado por su boleto. Hay muchos motivos por los cuales las películas se filman o se han filmado en color o en blanco y negro: estéticos, expresivos, económicos, históricos. La consideración debe ser la misma que en el caso anterior: se han creado bodrios o portentos cinematográficos en toda la gama de colores (incluyendo grises o sepias) y en todas las épocas, aún antes del nacimiento del cine en 1895.
• Las películas con escenas de violencia, sangre y lenguaje obsceno son "malas". Varias historias requieren el uso de estos elementos significantes con la intención de decir algo. Tarantino es partidario de incluir violencia en sus filmes; Craven incluye mares de sangre, porque su obra se inscribe en el género de terror, específicamente el gore y el slasher; el cine mexicano de los 1970s intentaba reflejar el ambiente del arrabal de manera menos ensoñadora y con mayor apego al realismo al utilizar palabras obscenas del habla popular del mexicano, especialmente del habitante del centro y de la capital del país. En estos ejemplos las películas quedaron como una muestra de calidad en todos los sentidos. Un argumento enclenque no cambiará su condición, si incluye o no estos recursos estilísticos. Es recomendable conocer asimismo las características de los géneros cinematográficos (un tema fascinante), así como sus antecedentes del arte dramático.
• Las películas con escenas de sexo también son "malas" y pornográficas. Las escenas eróticas también están condicionadas al guión. Sin embargo, el público confunde erotismo con pornografía. Equipara sexo sugerido con sexo explícito sin ubicar la, existente o no, calidad del relato. El género de cine erótico incluye en sus historias la práctica sexual de sus personajes, entre varias posibilidades, que van desde el placer hasta lo enfermizo, pasando por la casualidad, todo como un elemento importantísimo de la esencia humana. Por su parte, la pornografía en el cine promueve un tanto el voyeurismo y el esparcimiento sexual como inquietudes también naturales de la especie humana, sólo que en este tipo de películas la historia es lo de menos. No obstante, ambos géneros incluyen sensualidad y seducción.
• Si una película no gusta es porque está aburrida. El cine comercial nos ha acostumbrado a historias fáciles y a la vez superficiales que el espectador digiere de manera, ya se dijo, irreflexiva, y califica a la película según las risas, las lágrimas o las emociones que genere. Somos sensibles ante el arte y nos dejamos llevar por la proyección de la cinta lo cual es un acierto de la obra en sí, pero una vez terminada la película no caería mal una revisión más racional y serena de lo que se acaba de ver, ya que si no hacemos este ejercicio, los aburridos terminamos siendo los espectadores porque no tenemos nada que ofrecer como audiencia.
• Si la película me gustó es porque es buena. El gusto es subjetivo y se constituye según la formación de las usanzas de consumo y en este caso de la exposición a ciertas obras. El público se acostumbra (o lo acostumbran a fuerzas sin ofrecerle un amplio abanico de opciones) a un producto, ya no lo abandona y lo defiende a capa y espada, pues lo ha internalizado como parte de su habitus (permítaseme la utilización de este concepto de Bourdieu). Haríamos bien, como plantea Leonardo García-Tsao (1989, pp. 117-122), en documentar nuestros gustos; yo propondría una iniciación en cuestión de conocimiento cinematográfico que incluya la lectura de los libros de García –Tsao y otros textos sobre historia y lenguaje cinematográficos, como el de Alicia Poloniato, el de Alfredo Naime y Pablo Humberto Posada o el de George Sadoul (citados al final de este escrito) para ir entendiendo mejor el fenómeno fílmico.
• Los críticos de cine son unos amargados. Muchos sí los son. Otros pueden ser cineastas frustrados. Pero es necesario reconocer a los verdaderos analistas, aquéllos que realmente poseen un profundo conocimiento del cine y que con sus opiniones enriquecen la apreciación de los espectadores y contribuyen a formar un apego auténtico al séptimo arte. Sería una afición que degusta pero a la vez valora las obras que observa, con juicios documentados en el conocimiento del cine. Lo que pasa es que el gran público desconoce los fundamentos de este popular arte y descalifica a quien denuesta las obras de baja calidad de manera argumentada y mediante un concienzudo desmenuzamiento. Un buen crítico es un buen guía para adentrarnos en las maravillas fílmicas.
• El cine de Hollywood es muy superior al "extranjero". Está tan afincado en las audiencias el cine comercial hollywoodense, que muchos espectadores, al menos en México, lo sienten como suyo porque efectivamente forma parte de su cultura, por ello ve con recelo películas extrañas con tomas larguísimas y con personajes física y espiritualmente muy raros[2]Como se aprecia, se trata de una fuerte influencia cultural, del consumo arraigado e inducido de manera transnacional y local de un cine vertiginoso y técnicamente perfecto, pero argumentalmente pobre y repetitivo.
• Si a alguien le gusta ir al cine entonces es todo un conocedor. A la pregunta expresa "¿Te gusta el cine?", quien diga que sí, casi siempre se refiere a que le agrada el cine de Hollywood y se ufana de su asidua asistencia a las salas, y por lo tanto conoce mucho de cinematografía. Y sí, conoce a la gran mayoría de actores estelares, no así a los actores secundarios (que dan soporte a las protagonistas principales, muchos de éstos carentes de talento histriónico) y menos a los directores que son las figuras principales en una película, ya no digamos a fotógrafos o guionistas. En fin, existen muchos más conocedores de "churros"[3] que del cine de calidad en sí. Ésa es la triste realidad.
• "Si sé que no voy a salir del cine con una sonrisa, entonces para qué voy a ver esa película": Sergio Sarmiento. A este periodista mexicano se le ocurrió lanzar esta frase en su emisión televisiva de entrevistas en el canal 13 de la empresa mexicana Televisión Azteca, cuando dialogaba con el crítico de cine Gustavo García. En esa ocasión, ambos personajes emprendieron juicios de valor en contra del ya comentado cine realista en el México de los 1970s y en contra de los directores "intelectuales" de ese tiempo (Jorge Fons, Felipe Cazals, Ripstein, José Estrada, entre otros): "debemos huirles", dijo García. Como se mencionó antes, existen obras dentro del cine comercial bien hechas y con buenos contenidos, asimismo películas independientes pretensiosas y vanidosas, con sus contrapartes en ambos casos. Cada cinta requiere una valoración específica para señalar sus alcances y no trazar líneas tajantes y excluyentes como rasero para todas las películas. Para refutar esta frase (que no es tan mito) de Sarmiento bastan dos ejemplos: Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel y Ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio DeSica; son dos filmes reconocidos por su gran calidad que no dejan precisamente sonrisas cuando se termina de verlas, no obstante que se disfruta al máximo su retrato crudo de dos sociedades, la mexicana y la italiana, sumidas en la pobreza de la posguerra.
Hasta aquí la lista de mitos. Antes de concluir vale mencionar aunque sea brevemente las características del cine comercial y del cine independiente. El primero maneja altos presupuestos, con actores muy reconocidos, efectos especiales espectaculares, esgrime temáticas sencillas, evidentes y con un final cerrado y feliz o happy end; mientras que el segundo se mueve con financiamiento muy limitado, contiene historias y personajes complejos, no es muy explícito en su narrativa visual, con planos largos y tomas abiertas y un final abierto, sin explicación aparente y a veces súbito, es decir, suelto a la libre interpretación del espectador.
En fin. Muy probablemente existan más mitos alrededor del cine y sería bueno descubrirlos. Basta escuchar las conversaciones cotidianas y las pláticas en las salas de exhibición para detectarlos, anotarlos y comentarlos, aunque la intención en este escrito no fue tanto desmentirlos, sino señalar precisamente su función de facilitar o aún de suplantar una apreciación más elaborada de las películas. Aquí se reconoce que los mitos forman parte importante del mundo del cine así como de muchos otros aspectos de la vida del hombre, sin embargo también es necesario hacerle justicia al arte.
Referencias bibliográficas
• Barthes, Roland (2003). Mitologías. México, D. F.: Siglo XXI.
• Dueñas, Antonio (2003). El mito vacío. Cyber Humanitatis, Nº 26. Recuperado para el presente escrito en julio de 2008, de: http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D5915%2526ISID%253D287,00.html
• García-Tsao, Leonardo (1989). Cómo acercarse al cine. México, D. F.: Noriega Limusa.
-- El ojo y la navaja (1998). México, D. F.: Aguilar, Altea, Taurus y Alfaguara.
• Monsiváis, Carlos (2002). La globalización y sus definiciones. En Raúl Corral y Alfredo Rojas (coordinadores), México en la aldea global (pp. 13-28). México, D. F.: Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.
• Naime, Alfredo y Posada, Pablo Humberto (1997). Apreciación del Cine. México, D. F.: Alhambra.
• Poloniato, Alicia (1980). Cine y Comunicación. México, D. F.: Trillas.
• Revista electrónica del British Film Institute. Recuperado para el presente escrito en julio de 2008, de: http://www.bfi.org.uk/sightandsound/topten/poll/critics.html
• Sadoul, Georges (1971). Historia del Cine Mundial desde los orígenes. Siglo XXI Editores.

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