El "cine literario" en Cuba
A pesar de que muchos piensan que el cine cubano
comenzó su andadura en 1959, existen antecedentes fílmicos en fechas
muy tempranas, pongamos por caso las cintas Sucedió en La Habana, El romance del palmar y Una aventura peligrosa, de Ramón Peón, todas de la década de los treinta; Casta de Robles y Siete muertes a plazo fijo, de Manuel Alonso, o la cinta de terror Yambao, coproducción cubano mexicana de 1957 titulada en inglés Cry of the Bewitched, de Alfredo Crevena.
Y sentado este precedente, veamos las cintas asociadas a la literatura,
real motivo de estos apuntes. Iniciemos el recuento con la novela de la
célebre escritora folletinesca cubano-mexicana Caridad Bravo Adams, La mentira,
que fue filmada en la Habana y México, con un elenco binacional, a
principios de la década de los cincuenta. En 1959, La Habana vio un
equipo británico rodando una película, pero como estaba reciente el
triunfo de la rebelión contra Batista, pasaron inadvertidos dentro del
caos: Carol Reed y Graham Green plasmaban Nuestro hombre en La Habana, usando como fuente la novela del mismo título de Green. Los aficionados al cine recordarán que Carol Reed fue el director de El tercer hombre,
también sobre un relato de Green y estelarizada -que no esterilizada-,
por Orson Wells. Un poco antes se habían hecho en la playa de Cojímar,
una decena de kilómetros al este de La Habana, varias escenas fílmicas
de El viejo y el mar, que como todos sabemos es la novela "cubana" de Ernest Hemingway, de la que dicen que le consiguió el Premio Nobel.
No obstante, la eclosión de películas basadas en obras literarias se
acentuó con la creación en 1959, por Alfredo Guevara, del Instituto
Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica, ICAIC, del cual fue
fundador y director. Por cierto, cuentan que Guevara, gran amigo de
Fidel Castro desde la época estudiantil del presidente cubano, estuvo
varias noches sin dormir, persiguiendo al entonces Primer Ministro
recién llegado al poder en 1959, para que le firmara un decreto
unificando todos los estudios de cine, documentales y publicidad bajo
su mando. Y a ese nuevo Instituto se adscribieron entonces nombres como
Pastor Vega, recientemente fallecido, Tomás Gutiérrez Alea, conocido
por "Titón" (también desaparecido), quien había estudiado cine en
Italia con Sabattini y era un adepto del neorrealismo; el hispanocubano
Néstor Almendros, muerto hace una decena de años (ya esto parece una
página necrológica) que en esos años saldría de Cuba para siempre y
llegaría a obtener el Oscar y la fama mundial en el cine europeo y el
norteamericano; el documentalista Santiago Álvarez y Humberto Solás.
Gutiérrez
Alea es el más conocido realizador cubano y uno de los más importantes
de Latinoamérica. Y también fue el más dado a utilizar obras
literarias: Las doce sillas, su segundo film de ficción, es un remake
de una obra teatral soviética ya filmada anteriormente en Yugoeslavia y
vuelta a filmar posteriormente por Mel Brooks en 1970. Y su cuarto film
es el más importante que se ha hecho en Cuba hasta el momento y el más
reconocido antes de Fresa y chocolate. Me refiero a Memorias del subdesarrollo,
basada en una noveleta de Edmundo Desnoes y que se ha convertido en un
clásico del cine en castellano. Por esa misma época Julio García
Espinosa, subdirector del ICAIC, filmó Las aventuras de Juan Quinquín, sobre el libro Juan Quinquín en Pueblo Mocho, del investigador y catedrático Samuel Feijoo. Todo esto en la década de los sesenta, la década prodigiosa del cine cubano.
Después de esto llegó un largo interludio en la cultura, por designio
político. En Cuba se le llama "quinquenio gris". No obstante, en esos
cinco años que fueron siete, el ICAIC logró aunar bajo sus alas a
varios significativos creadores, ahuyentados de otros escenarios
culturales, como los cantantes Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, el
compositor Leo Brouwer y el escritor Jesús Díaz. Luego de la
incorporación de Díaz como guionista y ayudante de dirección, el
Instituto seguiría la política de atraer a otros escritores, lo cual le
daría mayor protagonismo todavía a la literatura en las pantallas
cubanas. Manuel Pereira, Zoe Valdés, Daina Chaviano, Norberto Fuentes,
Leonardo Padura o Eliseo Alberto Diego, entre otros escritores
reconocidos hoy día, han colaborado en los guiones de cine del ICAIC.
Pero en los albores de la década de los setenta los escritores no
estaban muy de moda en Cuba, por algunos choques con la dirección del
gobierno. (La detención e interrogatorio del poeta Heberto Padilla fue
el detonante). No obstante se rodaron varias películas como versiones
de libros; es el caso de Páginas del diario de José Martí, de José Massip; Una pelea cubana contra los demonios y Los sobrevivientes,
de Gutiérrez Alea, la primera sobre un libro del etnógrafo Fernando
Ortiz y la segunda una adaptación de un cuento del escritor Antonio
Benítez Rojo, recientemente fallecido en Massachussets. Igualmente El otro Francisco, de Sergio Giral, primer director cubano de cine de raza negra, quien se tomó toda la libertad para filmar la novela Francisco,
del escritor cubano del siglo XIX, Anselmo Suárez y Romero, quizás
influida por la autobiografía del esclavo y poeta negro cubano Juan
Francisco Manzano, la cual Suárez y Romero tradujo al inglés para ser
publicada en Londres.
La
década de los ochenta, más aperturista desde el punto de vista de la
política cultural, se abre con la filmación de la obra cumbre de
Humberto Solás, segundo en importancia del cine nacional detrás de
"Titón". Esta obra monumental, para algunos un gran fracaso, para otros
una obra maestra, es Cecilia,basada en la famosa novela cubana de todos los tiempos, de título Cecilia Valdés,
de Cirilo Villaverde, lo que dio pie a los detractores, entre los
cuales me encontraba, a jugar con su título y llamarla: "Cecilia tal
vez". También se jugaba con el nombre del artista: Humberto "Solaz y
esparcimiento". Fue una muestra brutal de incomprensión por parte del
público y la crítica cubana hacia el director, que por otro lado
disfrutó de una buena acogida internacional del film. La reacción
nacional fue producida por el cuidadoso tratamiento que la novela
siempre había obtenido en radio y televisión y al conocimiento que de
ella tiene la mayor parte de los cubanos por ser la "novela nacional",
alabada por personalidades vanguardistas como Alejo Carpentier y José
Lezama Lima. El largometraje motivó que se impusiera de inmediato otra
estrategia temática y productiva en el ICAIC, según reconoce una página
web de este organismo. Las obras que le siguieron utilizaron nuevos
talentos, tanto en la dirección como en los guiones y fue cuando
entraron en liza escritores como Senel Paz, guionista de la cinta Una novia para David,
de Orlando Rojas utilizando un cuento suyo; "Gallego", que recrea una
novela de Miguel Barnet, filmada por Manuel Octavio Gómez con guión del
propio Barnet, y La Bella del Alhambra, igualmente novela y
guión de Miguel Barnet y dirigida por su primo, Enrique Pineda Barnet,
de quien debemos destacar que fue asesor en la película Queimada, de Gillo Pontecorvo, protagonizada por Marlon Brando. También hay que mencionar la coproducción franco-nica-cubana El señor Presidente,
dirigida por Manuel Octavio Gómez, tomando como materia prima la novela
de igual nombre del Premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias.
La
crisis ideológica de los noventa, con la caída del bloque soviético en
el este de Europa, afectó a la industria cinematográfica cubana, tanto
en lo económico como en lo temático. La realización de Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, una sátira contra el dirigismo, escrita en parte por el grupo de comedias Nos y Otros,
junto al veterano y prestigioso escritor, profesor universitario,
guionista y director Jesús Díaz, profundizó la crisis en el sector.
Díaz, premio Casa de las Américas de cuento, autor de la extraordinaria
novela Las iniciales de la tierra, publicada en España, fundador de una de las publicaciones culturales cubanas más leídas, El Caimán Barbudo, y guionista de uno de los filmes bandera de los ochenta, Clandestinos,
luego de una agria disputa con el ministro de Cultura cubano de ese
entonces, Armando Hart, decidió exiliarse en Europa, donde fundó la
revista Encuentro de la Cultura Cubana. Tras él partiría un buen número de protagonistas del crecimiento del cine cubano, el director de El otro Francisco,
Sergio Giral, entre ellos. No obstante, en esos años confusos, se
realiza una película basada en una novela de Alejo Carpentier: El siglo de las luces, dirigida por el otrora niño prodigio de la Edad de Oro del cine cubano, Humberto Solás. Y poco después se rueda, como indicio de los nuevos tiempos, la más conocida y premiada cinta cubana de todos los tiempos: Fresa y chocolate, de Gutiérrez Alea, con guión de Senel Paz sobre el cuento, de este autor, El bosque, el lobo y el hombre nuevo,
que había sido galardonado en París con el Premio Juan Rulfo de Radio
Francia Internacional, por un jurado encabezado por Severo Sarduy. Un
cuento sobre homosexualidad y tolerancia que ha pasado a encabezar la
lista de películas cubanas por su rentabilidad y que le dio a Senel un
lugar en la historia, tanto del cine nacional y latinoamericano como en
el de la literatura cubana. Con Fresa y chocolate (y Guantanamera,
se despidió Tomás Gutiérrez Alea de la vida. Desde entonces ninguna
nueva película ha utilizado la literatura nacional o internacional como
fuente de sus historias. Debo aclarar que algunas otras obras
cinematográficas cubanas tienen detrás una obra literaria o teatral,
como Mi socio Manolo, o Alsino y el cóndor, de
Miguel Littin, nominada inexplicablemente para un Oscar, pero el tiempo
ha demostrado que fueron ensayos fallidos que no aportaron nada al cine
cubano, ni siquiera como exploraciones de nuevas vías de lenguaje
fílmico.

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