En 1956, Cintio Vitier nos advertía que el despego, constituye una de las esencias de lo cubano reveladas en nuestra poesía. Caracterizado por la intemperie, el descampado del ser, la falta de arraigo último, y la soledad (1);
subraya —si lo reinsertamos, tal vez con arbitrariedad resuelta, a
otras áreas de nuestra cultura—, una categoría que hoy parece definir
zonas de exclusión en nuestra historia cultural posrevolucionaria.
Exclusiones cifradas —en buena medida—, por motivaciones
extraartísticas.
Si
revisitamos la historia cinematográfica cubana —su lapsus último—,
encontraremos que, si bien es cierto que no podemos negar a priori la
trascendencia de muchos de nuestros realizadores; otros nombres; otras
voces, han padecido el descampado del ser, la intemperie, y la soledad invocados.
Sobre esta extensa línea del ser excluido, vertebran sus discursos los documentalistas Manuel Zayas (Café con leche, 2003) y Tamara Castellanos (Perdidos en el tiempo, 2004). Ambos, pluralizan una tradición cinematográfica teñida de marginación y marasmo.
Café con leche
nos devela la coralidad luminiscente que signa la documentalística de
Nicolás Guillén Landrián, las contradicciones y temas que lo
obsedieron, y aquella manera atípicamente suya de donarnos una
fisonomía otr, de la Cuba de entonces.
Como bien define Dean Luis Reyes: «Toda la angustia de su cine
descansa en quitar sentido, en revelar la ausencia de forma propia de
los escenarios del misterio a través de los cuales se desplaza el
hombre ayudándose con los bastones de la ideología». (2)
Manuel
Zayas accede —desde la intertextualidad consciente—, a una poética que
fabula con y desde su circunstancia, para redefinirla en conceptos e
imágenes puntuales, de una belleza inquietante.
Otro tanto nos propone Tamara Castellanos. Perdidos en el tiempo
exterioriza esa negación impuesta por los entrampamientos de nuestra
tradición, y dialoga, discute, persuade e ilumina la obra de Bernabé
Hernández, a quien debemos El hurón azul(1976); La infancia de Marisol (1979); Douglas y Jorge (1979); 1868—1968
(1970), entre otros textos narrativos —documentales, o de extraña
clasificación— que fraguaron, sobre todo en la década del 70, su
cosmovisión personal.
Al margen del tono perversamente reverencial que transpiran los documentales amparados en el homenaje, tanto Café con leche, como Perdidos en el tiempo,
minimizan esta postura y biseccionan, desde una perspectiva argumental
y crítica; actual e histórica, el propio objeto de análisis que los
secunda.
Entre cuestionamientos y revelaciones, Tamara Castellanos
y Manuel Zayas instauran una reapreciación y una redimensión de lo
singular—universal que trasvasa ambas obras hacia la substanciación de
sendos discursos de apertura y transgresión en ese ignoto mapa, no
siempre fértil de la documentalística cubana más contemporánea.
No estamos —advierto—, ante un ejercicio de nostalgias idílicas. A
partir de los años 90, el panorama cultural cubano ha sabido volver
sobre sus huellas y enmendar un sinnúmero de deudas que la oscura
década del 70 nos legara. El escamoteo, la minimización y la
invisibilidad de ciertos creadores —verdad de perogrullo, o no—, ha
impedido, sobre todo a mi generación, acceder a un espacio de total
pluralidad y apertura de nuestros más excelsos valores.
Precisamente,
hacia esa posibilidad nos dirigen sus realizadores, amparados en una
obra no solo trascendente, sino típicamente cubana, y por ello:
intangible, oblicua, laberíntica; saldo final, y a la vez primigenio
de una buena parte de la cinematografía de Nicolás Guillén Landrián y
de Bernabé Hernández.
Sin
embargo, prestigiados por premios y reconocimientos nacionales, ambos
documentales aún parecen adscriptos al anonimato. ¿No basta, acaso, la
dimensión de estos seres; su profusa labor como realizadores preclaros
de una vanguardia artística, insertados en una lucha consecuente por
concebir un cine sin dobleces, ni chaturas; no bastan las verdades que
tanto Nicolasito Guillén y Bernabé Hernández nos transmiten, afianzados
—no en la ironía, y la desidia—, sino en sus voces cansadas, sus
arrugas, y sus soledades, para que traspasen —de una vez y para
siempre— esa definitiva frontera de lo umbrío hacia esta calidad tranquila de nuestra luz que nos cobija y ampara?
La realidad que construyen Café con leche y Perdidos en el tiempo,
no debe percibirse como anhelo arribista de unos pocos elegidos, ni de
perversos cenáculos revisionistas; sino en toda su dimensión humana y
sobrehumana: estética. Como contribución de una generación (toda) a la
verdadera, polisémica, plural y contradictoria tradición artística
cubana.
Si es cierto
que «solo en lo convulso del cambio habita lo auténtico de cada
tiempo»; esta convulsividad viene de la mano (al menos en cuanto al
cine cubano respecta) de Titón, Santiago Álvarez, Humberto Solás,
Fernando Pérez, y otros que, como Nicolás Guillén Landrián y Bernabé
Hernández, —según nos testimonian y reiteran Tamara Castellanos y
Manuel Zayas—, habitan en lo más auténtico de sus (nuestros) tiempos.
Con ellos —junto a ellos—, la verdad de nuestro cine es más explícita, y más hermosa...
- Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Editorial Letras Cubanas, 1998, p.399.
- Dean
Luis Reyes: «Nicolás Guillén Landrián: el iluminado y su sombra», en La
Gaceta de Cuba, nro. 1, enero—febrero de 2005, p.56
Santa Clara, noviembre de 2005
Enlaces relacionados: Mi correspondencia con Nicolás Guillén Landrián

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