De jaurías y Derrotas vuelve un Rey
Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo
Un colega de quehaceres literarios, reconocido ya como parte de la vanguardia creadora cubana, se quejaba en estos días porque su obra fue calificada de pesimista en un encuentro cultural donde fue invitado, que incluso sus referentes conceptuales, todos grandes figuras de la literatura y el pensamiento con avaladoras distinciones autorales, fueron despreciados y puesto en dudas sus aciertos.
En eso pienso ahora, frente a este libro, todo negro como un funeral profundo, donde se destaca, como en una lápida, estas palabras que dejarían perplejos a los interpeladores de mi colega: Las derrotas. Más cerca, casi disimulado, el nombre del autor; Alberto Rodríguez Tosca, y se aclara al borde que lo publica la editorial cubana Unión. Entonces recordé aquel todavía muchacho que fue la «comidilla» en un encuentro de jóvenes poetas realizado en mi ciudad de Santa Clara hacia finales de los ochenta, desauspiciado y mal querido, pero que, «gracias a la vida que nos ha dado tanto» (siempre Violeta Parra), que nos ha dado la certeza de que «nada hay más socorrido que un día tras el otro» (siempre mi abuela), hoy aquellos mal visto que se atrevieron a reunirse son los reales, diversos y fortalecidos gajos del frondoso tronco de la literatura nacional.
Disgrego, pero acoto y vuelvo. Estaba Rodríguez Tosca todavía con la aureola —y no es una figura literaria, verán— de Todas las jaurías del Rey, Premio David 1987 y dado a la luz por Unión al año siguiente, libro que entonces nos pasamos de mano en mano, incrédulos de que con solo 25 años pudiera escribirse ya de esa manera, con esas precisas desgarraduras, en ese entramado viaje por las esencias todas del alma. En Huella, el inolvidable, o que al menos no debe ser olvidado, suplemento cultural del periódico Vanguardia de la provincia de Villa Clara de marzo de 1990, Jorge Luis Mederos, nuestro inefable «Veleta», apuntó lo que hoy nos resuena otra vez como acabado de pensar: «Su desgarramiento no es el desgarramiento de moda que tanto se está vendiendo últimamente; sus preguntas constituyen la contrapartida exacta del temor y no vacila en anunciarlo: ¡Qué clase de viajero es el que no se extravía!...».
Estoy ahora aquí frente a este inmenso libro, cuando muchos expertos y estudiosos ya casi aseguraban que Rodríguez Tosca nunca se superaría después de Todas las jaurías…, que su ya larga estancia en Colombia había secado su fértil sensibilidad de poeta. Parece hasta mentira, pero ha vuelto, y crecido. Aquí están estas «derrotas», viejas y nuevas, para atestiguarlo y para asombrarnos. No vale de nada que ya en su carta prólogo Rafael Alcides, esa otra deidad del panteón de nuestras letras, nos advirtiera: «Es tan bueno que asusta. Yo no sabía que se podía escribir así, Alberto, no lo sabía. Ni me lo imaginaba (…) son palabras salidas del corazón, Alberto, porque no las escribí para alagarte en privado, sino porque me salieron del corazón, ya te digo, porque son mi verdad de hombre conmovido como no lo había vuelto a estar desde los lejanos días de Ana Frank: aquel tiempo en que por jóvenes todavía se podía soñar…»
No digo más, no he querido yo, también poeta, desentrañar códigos literarios, hacer valoraciones grupales y de tendencias, ya vendrán otros, estoy seguro, con más hondura y técnicamente puntuales, pero siempre emocionados, me atrevo a decir otra vez con seguridad, ante las vivificadoras heridas de un hombre que prueba, allá quien no entienda, que el pesimismo, la pena, la frustración y la desesperanza son sentimientos únicamente del hombre, la prueba de que se vive con intensidad, con la misma que también se muere, por lo tanto es uno de sus derechos que nunca podrá ser condenado. Hijo: espantado de todo, me refugio en ti, exclamó Martí, un hombre nunca derrotado, como buscando un remanso para volver a la batalla, tal vez iluminado por la sabia luz del Libertador Bolívar que había escrito antes: El arte de vencer se aprende en las derrotas. Es este estado del alma el que trasunta el libro de Rodríguez Tosca.
Pero dejemos ahora al poeta en sus propias palabras.
Este hombre que va a morir. Este hombre que va a ejecutar el salto heroico hacia la nada. Este hombre que cultivó una huerta de espinas bajo sus pies desnudos. Este hombre que miró por última vez a las estrellas y por última vez roció con lágrimas la claridad del firmamento para luego colorearla con su sangre. Este hombre que ayer habló y jugó y se rió con sus amigos, Este hombre que hoy se despidió de sus hermanos con un «ya vuelvo» que retumbó en la noche como un acorde de violín batallando con la voracidad de un trueno. Este hombre que va a morir, termina de vomitar el «poema del hombre que va a morir…y salta.
Como epílogo suave y lícito, Alberto Rodríguez Tosca nos puso esta confesión de Borges:
Yo sé
(todos lo saben)
que la derrota tiene una dignidad
que la ruidosa victoria no merece.

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