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El conjuro iniciático del verso Imprimir E-Mail
Escrito por Carmen B. Sotolongo Valiño   
jueves, 19 de febrero de 2009

 El conjuro iniciático del verso
 
(Siempre al centro del borde más errático de la palabra, José Luis Santos regresa desde el caos. Yo introduzco algunas definiciones)



Por Carmen B. Sotolongo Valiño



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  Alguien que viene escribiendo versos desde hace quizás más de veinte años nos entrega hoy su tercer libro édito. Es una colección formada por cuatro poemas en prosa insertos en el discurrir de otros catorce en verso libre. Su título ya es conocido, pues lo toma de la pieza que cierra el conjunto y que apareció en la revista Umbral No 21 de 2006: “Los apagados muchachos del verano”, que ha sido considerado por muchos de sus lectores como un poema tocado por la gracia.

  Tocado por la gracia es como decir, tocado por la diosa, la que invocaba Homero, la Diosa Blanca de la montaña cuyos cantos prorrumpían a través de sus iniciados, que la adoraban en torno a un pilar llamado herm, de donde proviene nuestro calificativo de hermético. Por sus orígenes sagrados, la poesía es mágica y cifrada; para Robert Graves, que tanto rastreó este origen en su magna obra antropológica, todos los poetas que han venido después, hasta nuestros días, son servidores de la Diosa. Por supuesto que se trata de los poetas verdaderos, ¿cómo no he de considerar entre ellos a José Luis Santos, si se trata de un ser cuyo único destino es la escritura? Todo este poemario, afirmo, está tocado por la Diosa, es decir, por la gracia.

  Cuando esto ocurre es difícil que uno pueda explicar lo que ha sentido. La experiencia de la lectura acontece, verso tras verso, en el placer de descifrar, de introducir en el texto codificado por otro nuestros propios códigos, los que nos han servido para vivir el mundo. A veces lo logramos, a veces el cifrado nos detiene y entonces el disfrute se queda en el enigma. José Luis ya había logrado en su narrativa un estilo personalísimo que su poesía no debía imitar, creí que este sería su gran reto, pero en Los apagados muchachos del verano, encuentra su modo poético indiscutible, de aliento sostenido en cada pieza, que no decae en ninguna de sus partes. Es difícil, a estas alturas, que la lectura de un libro de poemas capture el interés del lector de principio a fin, con la misma intensidad que otro género de trama argumental bien concebida. El poetizar regresa desde el caos del Monólogo de Jean Basquiat, para sumergirse en un discurso más coherente. Pocas veces he visto incluso los paratextos de un libro (exergos, dedicatorias, citas) tan bien integrados a la esencia de la materia poética.

  El tema omnipresente es la escritura, el proceso de producción de la misma, que lejos de ocultarse se esfuerza en hacerse visible para el lector. Los títulos de la primera sección, llamada “Averno”, son elocuentes al respecto pues hacen alusión a cómo han surgido los poemas. El autor se inscribe en el texto desde el título mismo, correlacionando su identidad con la del hablante lírico. Por ejemplo en el primero: “Según Teresa Melo los altoparlantes piden el hermoso sacrificio. Yo introduzco algunas variaciones”. Aquí la intertextualidad adopta la forma descrita como peerlaboración: la referencia literaria es citada al principio, como memoria, y es elaborada de manera tal que desaparece en su nueva concretización. Esta nueva concretización es un alternar de choques, de contactos, entre la realidad referencial del sacrificio y la palabra, escrita en cursivas, sacrificio:

(…)
Al escribir sacrificio en la arena
estamos retrasando la comprensión de sus imágenes.
Imágenes del sacrificio
que alguien se empeña en separar
de los eternos sacrificados
mediante un hilo de madréporas, mediante humo y telones de fondo
como en el teatro victoriano.

(..)
Moisés llevó la palabra sacrificio al desierto
único lugar posible para tan abstracto vocablo;

(…)
Eternizados en la orilla del sacrificio
como un nadador penitente e incapaz
andan los eternos sacrificados.
Siempre al centro del borde más errático de la palabra
o al centro de sus diez letras escasamente góticas,
escasamente útiles para un hombre victoriano.


Y en el fondo, subyacente, el poema de Gastón Baquero, tan profundamente inscrito en el imaginario poético insular, que el ritornelo de la palabra escrita en la arena evoca.

Ya en el segundo, “Ileana Águila dice “muchacha en Ámsterdam” y surge el poema”, aparece otra de sus constantes obsesiones, según Edelmis Anoceto; la frustración de quien no ha viajado:
(..)
Ileana en Ámsterdam.
Oh, Dios mío,
cómo será entrar en Ámsterdam
desde un mapa con miseria absoluta
después de pensar en el viaje
como se piensa en la corona de espinas del nazareno.


Su apego por el disfrute de la palabra lo hace detenerse con una especie de deleite en los rozamientos fonéticos: “Tiene sonido de agujas esparcidas el nombre de Ileana”. Y en el placer de la reiteración: “Ileana en Ámsterdam”-- “Muchacha en Ámsterdam”.


En “Si bemol del Padre” el deseo del viaje aparece como provocado por la palabra viaje:
(..)
Ya sé, debí poner algodón en mis oídos
antes de que los pésimos querubes
deletrearan para mis hijos la palabra viaje.
Debí poner agujas en el cántaro vacío
donde rebotaban sin cesar sus pobres nociones de la nieve
(qué diera yo por un copo de nieve).

(…)

  El no-viaje es parte de la no- realización, de la frustración existencial:
(…)
Mil años mirándote a los ojos
como en una película muda donde no estás,
ni estoy sino de perfil,
sin alcanzar ni una sola vez la sota de bastos, el vellocino,
la bambalina que me ganaría el aplauso o el sí amatorio de los míos


Descifré tus mensajes como pude

¿Qué otra cosa esperabas de mí, Padre?

  El entorno del poeta, por otra parte, sí aparece frecuentemente referido, pero la imagen que podríamos considerar fiel a la referencia es siempre superpuesta por otra proveniente de la cultura universal. En el mismo poema de Ileana podemos constatarlo:
(…)
No sabe qué es exactamente Santa Clara
cuando el agua de los ríos sin alcurnia
le atraviesa de parte a parte.
Agua brevísima e impúdica que se bebe como si fuera del Nilo.

(…)

  En el poema en prosa “Definiciones más/menos convincentes (o pragmáticas) de una casa”, el deterioro se da por la presencia de otros significantes, en el tono de indiferencia de, precisamente, las definiciones. Pero nos interesa para lo que anotamos, el siguiente fragmento: Si rozara el abismo a intervalos pudieras pensar: es en La Quimera del Oro donde suceden estas cosas. En una alusión a la escena clásica que contiene este filme, de la destartalada cabaña balanceándose al borde del abismo.

  Aquí también se unen lo que Edelmis enunció como: “La frustración de la casa, la no-casa o la casa a medias”, con la “frustración de tipo existencial” y la del oficio: Miro las grandes intemperies donde las proclamas se forman sin mi ayuda. (…) Hijo de palafrenero no hago más que perseguir la finitud de las palabras. Pero con la finitud de las palabras no se alimenta ni una familia de conejos de Francia (de ahí que sus palabras se bifurquen en pos de algún aislamiento inimaginable).

  Pensar la realidad desde el lenguaje es pensarla desde el oficio. Por eso muchas veces son las “definiciones”, las que mejor logran hacer llegar la imagen del entorno. En el poema titulado: “Explico a Edelmis Anoceto lo que es vivir en un ingenio” podemos advertirlo:

Ingenios decimonónicos o centrales
si prevalece el lenguaje figurado.
No hay mucha diferencia si te fijas bien.


Ingenio no es palabra que conlleva a pensar en jazmines,
no tiene significado plausible
para quien camina por un noviembre de la penuria
dando la mano a su hijo.


No hay mucha diferencia,
central es una palabra muerta, echada del lenguaje.


Ingenios decimonónicos o centrales
si prevalece el lenguaje figurado,
o la aldea, esa estructura de gorriones sin migajas,
o la crisis, palabra que no define bien el Larouse.
Habré de volver un día pero no estoy muy seguro.


  En el bello poema que me dedica, “Reflexionando con Carmen en el Parque del Héroe”, creo que el más largo y elaborado del libro, es clara la situación donde somos dos personajes que conversan o piensan acerca de sus realidades, las realidades del país, de los pequeños pueblos del fondo de los mapas, que pueden ser bien dolorosas, irónicas o hasta grotescas:

Todo lo que a su alrededor se ofrece a los paseantes
parece ir en pos de la ruina
o venir hacia nosotros desde la ruina.


cruzan a donde solo Dios sabe
las rastras cargadas de vacas.
Como todo animal al borde de lo esperpéntico
intentan dilucidar algo en la tarde plomiza.
La vida de estas reses posbíblicas
será tan breve como la del héroe
pero su carne dúctil no me alimentará en días señalados.
Debe existir un impedimento
que no es capaz de vislumbrar el poeta.
Debe existir comensal de país extraño
que la digiere por mí.
Quién sabe si duele al héroe tanta mesa irreconocible,
tanto reposo ahuecando las figuras percudidas del mantel.



  Definir la realidad con palabras, es como distanciarla, hacerla menos dolorosa: “Nadie puede hacer suya una realidad/ que no contenga un par de símiles decorosos” (pp. 41). No obstante, y como a su pesar, hay en el poemario una recuperación de la afectividad que no queda velada por las constantes referencias intertextuales. El aluvión caótico de citas, al que nos tiene acostumbrados desde sus libros anteriores, es también aquí más sosegado. De los tiempos del mito están Dionisios, Ulises, Aquiles, Andrómaca y Héctor, la Iliada, Esquilo, Demócrito, Moisés. Más cerca Confucio, Buda; Cristo, con mayor espacio poemático; Che, Amadís de Gaula. De la literatura universal moderna Poe, Rimbaud, Kafka, Yourcenar, Borges, Grotowski, (también Ronsard, que es de un poquito antes, y Bukosvki, que es de un poco después). De la cubana, Reina María, Teresa Melo, Zenea, Plácido, Lezama, César López, Ángel Escobar, Antonio Pardo. Por cierto, de este último poeta camajuanense malogrado, es el exergo más bello del poemario: “En mi país no hay otoño, / todo está hecho de tanto verano/ que da miedo estar triste.” Esta alusión a la tristeza me recuerda que me estaba refiriendo a la recuperación de la afectividad.

  Hay, efectivamente, en este volumen una recuperación de los afectos que enriquece los textos. Entre dedicatorias afectuosas e inclusión en los poemas de co-dialogantes conocidos, el libro se ha llenado de amigos. En las alusiones constantes a la familia: la madre, los hijos, el hermano; aflora una especie de compasión contenida; por ejemplo, a la condición de este último, de vuelta de una guerra que nadie parece recordar. El hermano comparte, después de todo, muchas de las frustraciones del poeta; para subrayarlo, le transfiere unos versos que en el poemario anterior estaban referidos a su persona, (el subrayado es mío):

mi hermano enviaba cartas desde la guerra
para que todo tuviese el color y la precisión
de un poema épico.
Mi hermano de padre diferente en la guerra ignota,
cosas que únicamente se permiten en una historia de Kafka.
Un verso no lo salva de tener una casa en el subsuelo del mundo.


Un texto como “Los versos del hermano”, es estremecedor:
Mi hermano, su gallo y el poema:
una soledad que duda de la simetría de la ley.


Mariano pinta su gallo ámbar
y mi hermano lo saca de contexto pero a contraluz,
salvando el contenido, desdeñando la forma,
el arabesco dorado encima de las plumas.
La ley es itinerante y procede con su mal gusto de siempre
con su desamor a los mundos caóticos
donde mi hermano y su gallo levitan bajo la ceniza



  El poema va avanzando, señalando la hostilidad de la ley hacia el hermano y su gallo, superpone imágenes “como en el mejor cuento de horror de Poe”. Y al final intensifica los significados que aluden la tragedia:
Hay un cristal inmenso o una oquedad inmensa
que me separa de mi hermano y su gallo;
del otro lado el poema hace su corpus christi en la llovizna.
Es una realidad de aguafuertes:
mi madre reza para que mi hermano y su gallo
no sean extrapolados al mundo de lenguaje y sordina de la ley.
Mi madre reza.


  Compasión por la casa, por la madre, humilde, pobre como la de Andersen, con sus años de lavandera en Dinamarca; compasión también por el prójimo, incluso por los seres más ajenos a sí mismo, como “Los apagados muchachos del verano”. Este poema es un resumen, verso a verso, imagen tras imagen, de todos los hallazgos anteriores. Frente a lo vacuo de estos muchachos jóvenes, que no tienen fulgor, el poeta ya nada puede hacer porque su vacío no lo puede remediar el verso, “ni siquiera el más logrado de Kavafis.”

En esa cultura de lanzarse al agua por nada
fueron educados,
en esa torpeza vivirán siempre como esculturas de sal.


  Vivirán ya para siempre en este canto, que se duele por ellos sin juzgarlos, que se duele por todos nosotros, pero nos tiende la mano amistosa de la poesía, que, por sus orígenes, es mágica y sagrada. El poeta soporta el sinsentido, previene los peligros a los que puede exponernos la realidad hostil y nos protege con el conjuro iniciático del verso.
 
 
 
 
 
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Comentarios (1)add
...
escrito por Silvia Loustau , febrero 21, 2009
Felicitaciones por esta investigación crítica exhaustiva.
Cordialmente

Silvia Loustau
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