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3:10 to Yuma Imprimir E-Mail
Escrito por RENE JORDAN. Crítico de cine/El Nuevo Herald   

 

 


'3:10 TO YUMA'

LA HORA DEL WESTERN


 

 

 

 

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Desde Shane, de George Stevens, no se recuerda un western con tantos close-ups como 3:10 to Yuma de James Mangold. Y es que, en teoría, ambos son dramas psicológicos en formato de cowboy movie. Aunque Yuma tiene galopantes pasajes de acción, su entraña es el conflicto entre dos hombres en diferente actitud ante la ley: uno ha dedicado su vida a violarla y otro se ve de pronto en la disyuntiva de imponerla.

 

En la original 3:10 to Yuma de 1957, Delmer Daves dirigió a Glenn Ford en atípico papel de forajido y a Van Heflin como el granjero arruinado que necesita los $200 prometidos por ponerlo en el tren del título, rumbo a la penitenciaría en Arizona. El guión, basado en un cuento de Elmore Leonard, era escueto y Daves lo concentró en 93 minutos. El remake se extiende a dos horas, atisbando la subversiva interrelación entre adversarios que mucho tienen en común.

 

Mangold se aprovecha de un reparto excepcional para profundizar estos dos personajes y explorar otros de no menos sustancia. Russell Crowe es Ben Wade, el bandolero sensitivo, harto de su brutal aunque lucrativa profesión, muy dado a citar la Biblia y a dibujar su entorno con perspicaz plumilla. Crowe es ideal para un rol de duro-blando y el ambiguo Ben Wade le da oportunidad de capitalizar su carisma, vendiendo a plazos la atracción del simpático sinvergüenza.

 

El polo opuesto es Christian Bale como el insobornable Dan Evans. Por más dinero que le ofrecen, no suelta a su delincuente cautivo. Quieras que no, este canalla va a devolverle la dignidad combativa que perdió --junto con un pie amputado-- en la reciente Guerra de Secesión. Mangold se da gusto subrayando la ironía del antagonismo: a Ben Wade le importa poco ir a esa cárcel en Yuma, de la que ya huyó un par de veces, pero a Evans lo encierra la conciencia y de esa celda no hay más escapatoria que la muerte.

 

Crowe y Bale son vórtices gemelos de este íntimo ciclón, pero al drama lo azotan otros vientos huracanados. Ruge el erotismo malévolo de Prince (Ben Foster), dispuesto a sacrificar a cualquiera en el altar donde puso a su idolatrado Wade. Peter Fonda, casi irreconocible con rostro de puercoespín, es el guardia jurado de Pinkerton, gruñendo como un jabalí de revertida, vengativa cacería. El personaje de Will, el hijo de Dan Evans, se crece en esta versión y Logan Lerman le da turbia mezcla de admiración por Wade y de incómodo respeto por la tenacidad de su padre, tan honesto que rechaza la oferta de sacar a su familia de la miseria.

 

Es de triple fondo lo que sucede entre toda esta gente, pero el filme sólo expone sus motivos. No se extasía en perder el tiempo detallando lo que el guión lacónico capta al vuelo. Avanza, inexorable e imparable en su ritmo cronometrado, hasta esas fatídicas 3:10, la hora señalada, como en High Noon. Atento a los cánones tradicionales, Mangold ha estructurado un western semiclásico. No le falta penetración freudiana, pero no le sobra ni un minuto.

 

 

 

 

7,5 de 10

 

 

 


 

 

 

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ToniBasanta2
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