Apología de las máquinas
Por Alvaro Giménez
A la vista del tratamiento que se ha dado a las máquinas en la literatura y en el cine, se antoja conveniente que, cuando uno pretende hacer una reflexión sobre ellas, se pertreche de escudo, lanza y alguna que otra pistola de tipo futurista que lance rayos verdes para desintegrar al enemigo. Aunque carezco de estos utensilios, me arriesgaré a emprender esta reflexión, con la esperanza de que mi final sea mucho menos trágico que los que voy a recordar a lo largo de estas líneas.
En literatura quizá todo comience, por no irnos muy atrás en el tiempo, con Mary Shelley, en 1818. La autora británica nos presenta en su Frankenstein el retorno a la vida de un humano a partir de la unión de infinitos cables y fusibles que se activan con la energía de un relámpago en una noche de tormenta. Lo que en un principio pretende ser la victoria sobre la muerte, se acaba convirtiendo en una invitación a la misma, ya que la criatura, incomprendida por su deformidad, acaba eliminando a sus propios creadores.
Este fulgor con final trágico, tan propio de la estética romántica y de la novela gótica, se mitigará con la llegada del Realismo y el Naturalismo y su apego a la cotidianeidad. Sin embargo, el siglo XX, era en la que el hombre está inmerso en la era industrial, será el siglo que extenderá el temor a la máquina, ya no sólo por las páginas de libros, sino por los fotogramas que, precisamente una nueva máquina inventada a finales del siglo XIX, el cinematógrafo, nos permite contemplar.
De este modo, surgen obras como el libro con tintes futuristas de George Orwell, 1984. Escrita en 1948, tras la Segunda Guerra Mundial, la obra nos muestra un futuro dominado por la omnipresencia del llamado Gran Hermano, manifestada en la existencia de multitud de telepantallas que registran cualquier movimiento de los ciudadanos de un Londres irreconocible y deprimente. Las máquinas, por tanto, lejos de proporcionarnos una existencia más cómoda, nos roban la intimidad, alteran radicalmente nuestra memoria y nuestro pasado y se sitúan como el brazo que un poder totalitario usa para dominar el mundo a su antojo.
El cine, como en muchas otras facetas, no tarda en imitar a la literatura, y las películas sobre máquinas que acaban trayendo por el camino de la amargura a la humanidad llegan a crear un género propio, el de ciencia – ficción. De todas las que integran esta categoría quizá sea Blade Runner, (inspirada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)), la que fija las bases del género: primero, la creación de un ser hecho para obedecer y realizar las tareas sucias que los humanos detestamos; en segundo lugar, evolución inesperada de la conciencia y de los sentimientos de la máquina que, al igual que el Augusto de Unamuno en Niebla, acaba rebelándose y pidiendo, ya no sólo vivir, sino tener una existencia como las personas que lo han creado; por último, negativa rotunda del creador a concederles tales dones y consiguiente conflicto entre máquina y amo que suele acabar con persecuciones, explosiones y amasijos de chatarra, sobre los que los hombres supervivientes lanzan varias frases lapidarias que intentan generar la catarsis en los espectadores y evitar así futuros errores.
De los últimos ejemplos realizados en la gran pantalla, podemos traer a estas líneas el de La isla (2005). El film reproduce el esquema que he detallado en el párrafo anterior, si bien introduce la novedad, muy en boga en la actualidad, de la recreación de seres humanos genéticamente, con el único fin de que sus órganos puedan servir de piezas de recambio de las personas que les sirvieron como original.
Ante los ejemplos que hemos repasado, cabe plantearse dónde reside la causa de esta visión tan negativa de algo como las máquinas que, en principio, debería proporcionarnos días soleados y apacibles y no sombríos apocalipsis de la especie humana. A mi modo de ver, habría dos motivos. En primer lugar, la tendencia, no siempre consciente, a reeditar el manido mito de Prometeo, (recuerden el subtítulo del Frankenstein de Shelley) que advierte a los humanos desde la Antigüedad que deben mantener su condición imperfecta y no aspirar a semejarse a los dioses que en un rapto de generosidad les han proporcionado la facultad de existir. De incumplir tal premisa, la respuesta por parte de las divinidades será contundente, tal como le ocurrió a Prometeo, de modo que el hombre aprenda bien la lección.
En segundo, la exclusión del término “máquina” de muchas de ellas que, día a día, nos ayudan, casi de forma anónima e inadvertida a desarrollar nuestras existencias. Me refiero a aquellas máquinas que, como si de animales domésticos se tratase, parece que han estado siempre con nosotros y que no contasen para nuestras vidas. El cine y la literatura han tendido siempre a excluirlas y a centrarse en las máquinas que podríamos denominar “salvajes”. Éstas se creaban con el fin de solucionar grandes problemas, como panaceas que arreglarían nuestras vidas, pero al final nos hacían encarnar los sufrimientos del desdichado Prometeo.
Ante tales razones, tal vez deberíamos quitar el “San Benito” de destructivo, tan usado en las distintas artes, al término máquina, y pensar en lo distinta que sería nuestra vida sin una tostadora y una cafetera que nos preparasen rápidamente el desayuno, o sin un ordenador que nos permitiese acceder a Internet y que una reflexión como ésta llegase hasta ustedes. Imagínense, en ese caso, lo que se hubiesen perdido.
Álvaro Giménez García vive en Orihuela, provincia de Alicante, en España. Nació en noviembre de 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia (España) y trabaja como docente de Enseñanza Secundaria en el centro Gabriel Miró de la localidad donde reside.

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