“Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia,
contando su melodía.”
Antonio Machado
LA HISTORIA ES LA MANERA DE CONTAR EL TIEMPO
“El
tiempo no pasa, el tiempo empieza”, dice el poeta. Y así se escribe la
historia de la poesía, siempre desde el principio. La poesía se cuenta
como una cuento que siempre acaba de empezar. Cuento y canto de nunca
acabar es la poesía.
La historia es la
manera de contar el tiempo. El origen de toda manera de contar es
poesía. “La poesía y la historia todo puede ser uno”, afirma nuestro
Lope. Esto es, historia y poesía se unifican, cuando se encuentran en
el canto que se cuenta y el cuento que se canta. El tiempo no pasa: ni
queda; el tiempo siempre empieza.
La
conversión de un momento histórico en un instante eterno es el milagro
naturalmente sobrenatural de la poesía. No hay canto, ni cuento, sin
encanto. Lo cual equivale a decir, que no hay poesía sin poesía. Pero
¿no habrá tampoco historia? Volvemos a Machado: “La poesía es un
diálogo del hombre con su tiempo”.
El
milagro de la poesía es el convertir un momento histórico en un
instante eterno, precisamente porque la historia no es el tiempo, sino
una manera de contarlo, sin dejar de contarlo: o de oírlo cantar. “Se
canta una viva historia / contando su melodía”. Al decir esto, Machado
intercala la vivacidad de la historia entre el canto y el cuento. La
poesía es canto y cuento de vida y de verdad.
“El tiempo también pinta”, dijo Goya: el tiempo también canta y no sólo cuenta.
El
arte poético existe, cuando insiste en la conversión del momento
histórico en instante eterno, cuando consiste en esa conversión; porque
existe una coincidencia temporal.
La
historia, dicen los escépticos historiadores de todos los tiempos, no
puede ser ciencia. Pero la ciencia para serlo de veras, nos dicen los
sabios científicos de hoy, tiene que ser historia. ¿Y la poesía? La
poesía ¿hace la historia?, y, por consiguiente, ¿hace también la
ciencia? Por lo menos digamos, prudentemente, que las hace posibles.
Las
Coplas de Jorge Manrique, han verificado el milagro de convertir ante
nuestros ojos, para nuestros oídos, un momento histórico en un instante
eterno. Manrique ha descubierto la circulación temporal de la música en
el pensamiento. Por eso, entre sus poetas predilectos, Antonio
Machado, le levantó un altar: “entre los poetas míos / tiene Manrique
un altar”.
Le preguntaron en cierta
ocasión al más extraordinario torero que ha habido nunca en todo el
toreo, a Rafael el Gallo: “¿Qué es lo más extraordinario que le ha
pasado en toda su vida”. Y el Gallo contestó: “Lo más extraordinario
que a mi me ha pasado en toda mi vida es haber nacíó?
Cuando
se descubre un mundo de antigua poesía se encuentra esa estupenda
novedad de la poesía, se descubre la totalidad de la poesía misma,
porque la poesía es siempre nueva porque siempre es posible. Del mismo
modo que el mundo nuevo que descubría Colón hace poco más de quinientos
años no tenía de nuevo, sino solo su descubrimiento y de viejo, lo que
tenía de mundo, pues lo que Colón descubría era la totalidad, nueva o
vieja, de un mismo mundo.
La forma es
la que hace la norma, y no al revés: como es el agua pasajera del río
la que labra el cauce firme que le hace serlo, o la encarnación viva de
nuestra sangre la que nos hace el esqueleto y no al revés. Calderón
dirá que es el sueño el que hace la vida y no la vida el sueño. Lo que
repetirá Unamuno, hablándonos de una intrahistoria que, como si fuese
el cauce firme de la historia, nos diese, o diese de ese modo al “alma
dormida”, de que nos habló Manrique, la posibilidad de soñar, y soñar
de veras, de verdad viva. Y es que, como dijo el poeta: “Memoria es
alma en historia”.

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