La Cueva y el tesoro de la amistad
Por: Paul Brito Ramos
La Cueva fue un bar de cazadores que terminó bajo la mira de los intelectuales, donde se reunía el llamado Grupo de Barranquilla: el grupo donde se forjó el Nobel de literatura Gabriel García Márquez, además de otros valores de la literatura y las artes colombianas, y que apadrinó en un comienzo el librero y escritor catalán Ramón Vinyes. Desde hace unos años, el lugar reabrió sus puertas como bar, restaurante, fundación, centro cultural y museo, a raíz de la trascendencia que obtuvo en Colombia un libro de crónicas del escritor barranquillero Heriberto Fiorillo en torno a ese bar ya mítico.
Gabo y los camajanes de La Cueva
Aunque García Márquez por lo general estaba ausente en los años de La Cueva (1954-1970), siempre estaba enviando saludos al grupo y haciéndole guiños en sus libros. Algunos “camajanes de la Cueva” –como los llamó en Los funerales de la Mamá Grande– fueron inmortalizados en las últimas 80 páginas de Cien años de soledad. Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas son los discutidores que emergen con fuerza nostálgica en estas páginas, aunque aparezcan sólo sus nombres de pila. Vinyes es el sabio catalán.
Por esa época Gabo siempre estaba expresando su deseo de volver: “Cuando termine este libro, me voy para Barranquilla donde nadie le pone bolas a nadie, donde va el presidente y al primer día lo atienden pero al tercero ya ni le fían, y no escribo más”. Entonces pedía que le reservaran un sitio de por vida en La Cueva y confesaba que todo lo que había escrito era “para que sus amigos lo quisieran más”. Urbano Serrano, contemporáneo del escritor, me señaló el verdadero problema existencial de Gabo: “Lo que pasa es que Gabito se amaña donde no está”.
Catalanes barranquilleros
Además de Vinyes, que murió en Berga antes de asistir por primera vez a La Cueva, había otros catalanes y descendientes de catalanes en el grupo. Uno de ellos era el librero y cineasta catalán Luís Vicens, que le da el nombre a la sala de proyección de La Cueva y que filmara a las afueras de la ciudad una insólita película junto con otros integrantes del grupo: La langosta azul. Entre estos integrantes estaba Enrique Grau, célebre pintor cartagenero de claro apellido catalán, a quien casi le arranca una mano un caimán que estaba amarrado en el patio de La Cueva, mientras aquel se mecía tranquilamente en una hamaca.
El mismo Alejandro Obregón, uno de los mejores pintores que ha dado Colombia, nació en Barcelona, de madre catalana y padre barranquillero, pero se fue a vivir a Barranquilla desde los cuatro años. Precisamente a él se refieren unas huellas enormes, bajo unos marcos de vidrio, que sorprenden al visitante en la entrada y que rememoran la vez que no lo dejaron entrar porque ya era muy tarde y La Cueva estaba cerrada. Inconforme con la negativa, sobornó al domador del circo Egred Hermanos que estaba instalado cerca de ahí y se presentó en la puerta con un elefante. Ante tan enorme razón, no hubo más remedio que abrirle. Al final amaneció bebiendo hasta el animal.
Al sitio llegaban antaño artistas, personalidades y escritores ilustres, fascinados por la exuberancia, la creatividad y la vitalidad que se respiraba en el lugar: Fernando Botero, Julio Mario Santodomingo, Rafael Escalona, Leon de Greiff, eran algunos de ellos. “Era mi primera experiencia con el Caribe –relata su encuentro con el grupo el pintor valenciano Juan Antonio Roda en el libro de Fiorillo–, con esa forma exagerada de hablar, con esa desmesura. Y gente muy cálida, muy querida”.
Los cuentos de La Cueva
Sobre el dintel de la puerta principal, se rescató una advertencia conciliadora o revoltosa, según como se quiera ver: Aquí nadie tiene la razón, que resume el espíritu amplio y desparpajado del grupo. Ya en el interior uno se topa con una extraña escotilla de submarino empotrada en la pared, que reproduce la verdadera historia del ahogado: la que inspiró al maravilloso cuento El ahogado más hermoso del mundo de García Márquez; el guión El ahogado de Cepeda Samudio que aparece en Los cuentos de Juana; el intento de película de Obregón sobre un pintor que pinta al ahogado y el cuento El ahogado que nos traía caracoles que nadie se atrevió a escribir, porque con semejante título ¿a quién se le va a ocurrir remojarlo?
Gabo relata así la historia original: <<De pronto Obregón lo vio: estaba sumergido hasta la coronilla, casi sentado dentro del agua, y lo único que flotaba eran las hebras errantes de su cabellera. “Parecía una medusa”, me dijo Obregón. Agarró el mazo de pelos con las dos manos y, con esa fuerza descomunal de pintor de toros y tempestades, sacó al ahogado entero, con los ojos abiertos, enorme, chorreando lodo de anémonas y mantarrayas, y lo tiró como un sábalo muerto en el fondo del bote>>.
En otro rincón relumbra un arcón de hielo: un baúl abierto cuyo interior es un témpano refulgente de luz azul. Es la manera de homenajear el comienzo de Cien años de soledad, que a su vez homenajea el invento más valioso que se ha llevado a tierra caliente. “Está hirviendo”, dijo Aureliano Buendía cuando lo tocó por primera vez.
En el centro de la Cueva se conserva el único mural del lugar: La mujer de mis sueños de Alejandro Obregón. La imagen tiene dos picotazos de carabina que le propinó un amigo de Obregón, como venganza a una de sus muchas bromas pesadas. Alejandro, que era capaz de voltear la carne de la parrilla con el mejor de sus cuadros, se negó a restaurar el mural porque “ahora esos tiros forman parte de él”.
Un buen ejemplo de esas bromas pesadas fue la vez que se comió un grillo que había amaestrado laboriosamente el Chef de la Cueva, Fidel Movilla. El pacopaco había aprendido a bailar, a saltar sin mover las alas y a fingir quedarse dormido. Después de la función, Obregón no tuvo reparo en cerrar el espectáculo con el telón de sus labios, ante la mirada escandalizada del amaestrador y la sorpresa de los demás.
Me siento en el restaurante, que está adornado con pinturas de Orlando Rivera, Juan Antonio Roda, Noe León y Alfonso Melo, nombres notorios asociados al grupo, y leo en el libro de Fiorillo que Orlando Figurita Rivera era, según palabras de Germán Vargas, “un ser extraordinario, de una vitalidad y una vivacidad que no se encuentran fácilmente. Uno de esos talentos naturales que suelen darse, con cierta frecuencia, entre las gentes de la Costa colombiana”. Fue un artista amado por las dueñas de los burdeles que le pagaban con trago y pasión los murales con los que adornaba sus paredes. A una de ellas, Rosita Mosquera, su amante oficial, la reprodujo con una cayena roja en la oreja, en su cuadro quizá más bello: La mujer de la Arrebatamachos, que es el apodo de esta flor.
Murió un sábado de carnaval, como él mismo había deseado expresamente, disfrazado de mujer al precipitarse de una carroza que había construido él mismo y que, según los que pudieron verla, era la carroza más bella del mundo. “Se parecía tanto a un carro celestial –dijo un testigo–, que se llevó al mismo Figurita”.
La irrupción de Álvaro
Le eché un vistazo al menú y elegí de entrada un Ñamiñame, que es un cremoso mote de queso regional. De plato fuerte pedí El cuadro, un filete de pescado fresco en salsa de leche de coco y otras frutas tropicales, inspirado en los colores de Obregón, aunque sin grillos. Para ir picando, pedí unos Patacones marinos, “doce crujientes patacones de guineo verde –se lee en el menú– que sirven de apetitosas balsas al ceviche de corvina, los camarones despiertos, los calamares sabios y el pulpo al ajillo”.
Mientras degustaba la comida, quise olvidarme un rato de los cuentos de La Cueva. Pero de pronto me acordé de algo. Recordé que en el momento más álgido de La increíble historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada, Gabo interrumpe repentinamente la narración para hablar de Álvaro Cepeda Samudio: “Me llevó en su camioneta por los pueblos del desierto, con la intención de hablarme no sé qué cosa, y hablamos tanto de nada y tomamos tanta cerveza que sin saber cuándo ni dónde atravesamos el desierto entero y llegamos hasta la frontera”.
Eso era Álvaro: una interrupción violenta, una sacudida ebria en el ambiente, un impetuoso manantial de conversación en el desierto, un vendaval de risa que paralizaba todo lo demás, un viaje imprevisto hasta la frontera, hasta los límites, hasta los extremos.
Cepeda, que era lo más parecido al alma del grupo, volcó toda su fe y su creencia en la Amistad. Era un bárbaro en muchos sentidos. En la generosidad, en la camaradería, en las discusiones, en la literatura, en el periodismo, en la forma de hablar. Murió a los 46 años en pleno furor de su vida y su obra. “En Barranquilla siempre pensamos que iba a llegar más lejos que García Márquez”, me aseguró mi madre.
Apodado “El Nene”, era un hombre arrollador, arbitrario, encantador, delirante, mamador de gallo, desmesurado, parrandero, multifacético. Organizaba galerías, salones internacionales, dirigía un periódico, se daba trompadas con los marineros del muelle, hizo cine, filmó documentales, escribió cuentos únicos, conquistó a las mujeres que le dio la gana, fue la mano derecha del empresario más rico del país.
En el epígrafe de su libro póstumo Los cuentos de Juana, citó una frase de William Blake que podía ser su lema o el lema de La Cueva: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Lo que podría ser cierto si no fuera porque “en La Cueva nadie tiene la razón”, ni siquiera el que dijo esto.
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Sobre el Autor
*Paul Brito Ramos (Barranquilla, 1975). Fundador del periódico impreso Mundo Hispano, pionero de los periódicos latinoamericanos en España y uno de los más influyentes y leídos. Editor de su sección de Cultura. Columnista y editorialista de este medio. Colabora habitualmente en El Heraldo de Barranquilla y en la revista literaria Clarín de Oviedo. Ha colaborado también en otras publicaciones, como: Magazín de El Espectador (Colombia), Malabia de Uruguay; Lateral, Animal Sospechoso y El Ciervo de Barcelona, y La Revista de Rubí. Estudió Ingeniería Industrial e hizo un postgrado de “Procesos Editoriales” en la Universitat Oberta de Catalunya. Ha ganado varios concursos literarios, el último fue: el Primer Puesto XV Concurso Internacional de Cuentos Noble Villa de Portugalete (Vizcaya, España).

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