“Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.”
Antonio Machado.
LA BREVEDAD DE LA VIDA DEPENDE DE LA LONGITUD DEL ARTE
Sobre el tiempo como condición de la
vida humana ha pensado y escrito nuestra época más que otra alguna; el
pensamiento del siglo XX ha tomado en serio –quizá por primera vez en
la historia- la temporalidad; no sólo la filosofía se ha centrado en
este tema, desde Dilthey y Bergson hasta hoy, pasando por Ortega y
Heidegger, sino que las demás disciplinas intelectuales han explorado
la temporalidad en todas las direcciones: en la sociedad –teoría de las
generaciones-, en la psicología, en la literatura, en el arte.
La
vida humana es temporal y sucesiva. La definición que de la eternidad
dio Boecio está literalmente calcada como un vaciado negativo de la
temporalidad humana: la posesión simultánea y perfecta de una vida
interminable. La vida humana no es interminable, sino que ha empezado y
terminará –por lo pronto, terminará, sea cualquiera sus destino ulterior-;
además, su posesión no es simultánea, sino precisamente sucesiva –se
va poseyendo- y no es perfecta, sino imperfecta y precaria; inestable
en el instante presente, pálida y empobrecida en la memoria
del pasado, incierta y vaga en la anticipación del futuro. La vida se
presenta en todo caso como afectada por la finitud temporal: su fórmula son “los días contados”.
Ese carácter temporal y sucesivo se expresa inmejorablemente diciendo que la vida humana acontece. Lo que pasa, nos
pasa, es decir, acontece, nos “toca”. Por esto, lo que pasa “se
queda”, va constituyendo el contenido de la vida, su “haber” o
“riqueza”, y en este sentido es la sustancia de la vida. El futuro,
por su parte, es una realidad que no es todavía, que por eso mismo no
se tiene, pero con lo cual hay que hacer la vida: por eso se vive “a
crédito”, contando con el futuro.
Por
otra parte, si intentamos comprender de un modo concreto y no
abstracto, no puramente métrico, la significación de la finitud de la
vida, del tiempo limitado de su duración , tenemos que verla dramáticamente. La
vida humana no “dura” más o menos, como un edificio o un utensilio, ni
siquiera como un organismo, sino que tiene un “argumento”. Cuando se
dice ars longa , vita brevis, la brevedad de la vida depende
de la longitud del arte; es corta la vida porque no basta para el arte
que hay que aprender y ejecutar, es decir, para los proyectos. El
tiempo humano no es una mera cantidad, sino que es siempre el tiempo
que falta -o que sobra-. Cuando sobra, sobreviene esa tremenda
situación que llamamos aburrimiento, y entonces decimos que hay que
“matarlo”. Falta cuando el argumento de la vida excede del disponible.
El hombre suele quejarse de que “no tiene tiempo para nada”, pero luego
suele descubrir que “no tiene nada para el tiempo”, y su vida adquiere
la forma de tedio. Esto quiere decir que el tiempo no es mero
transcurso o fluencia; que el tiempo no se limita a “pasar” , sino que
tiene estructura y esta no es la simple duración o cuantificación, sino
la que impone la realidad proyectiva de la vida. Encontramos una vez
más la estructura dual que encontramos por todas partes al analizar la
vida humana: la instalación y los vectores. El hombre está “en” el
tiempo, sustancia y sabor de su vida; pero vivir temporalmente es
apuntar vectorialmente en distintas direcciones, cerca o lejos; no hay
un vector “indefinido”, como no hay un sabor “insípido”. Y como dijo el
poeta: “El tiempo que no has vivido / no sabes a lo que sabe. / El que
has vivido y que vives / sabe a ceniza y a sangre. / Lo que aprendes al
saberlo / es un saber de la vida / cuando es un sabor del tiempo”.

|