Esta es mi Habana
-con sentimiento mañana-
Por Niurka Dreke, 2007.
Pido permiso para ver si me reconcilio de una maldita vez con estos sentimientos duales que no puedo hacer a un lado cada vez que pienso en La Habana. Para ello voy a pedir prestadas palabras de Miguel Barnet, ese importante escritor y etnólogo cubano: “La Habana tiene zonas que nadie ha visto. ¿Quién me va a decir a mí qué cosa es La Habana...? ¿Quién me va a hablar a mí de La Habana...? Perdóname un acto de extrema vanidad: La Habana soy yo.”
Señoras y señores, nunca pensé que iba a caer en este lugar tan común, pero quién soy yo para no hablar de La Habana? La Habana no es únicamente ese punto de la geografía que marca mi lugar de origen, La Habana es todo lo que me explica, es donde están mis cosas más seguras, es el único lugar donde puedo andar a tientas y encontrar desde el primer libro de mi vida, hasta las fotos de mi primer día de clases, las libretas de la escuela donde pegué los recortes con mis manitas de entonces, y las notas de cinco años de Universidad, en fin todos mis pedazos. La Habana me duele tanto que la única manera que ha encontrado mi mente para soportar la distancia es pensar que estoy en un viaje transitorio, con pasaje de ida vuelta, de una vuelta prolongada, que se hace cada vez más larga, pero que está cada vez más cerca. Pero que al final regresaré ahí, a ponerle agua a las plantas de mi balcón todas las mañanas. Este no es un escrito para hablar de rumbas y guaguancoes, ni de sol y bicitaxis, ni de miserias afectivas o claustrofobias insulares, al contrario mi nostalgia viene por el lado de lo que me separa. A lo largo de todo mi andar por otros nortes y coordenadas he descubierto que hay cosas que he hecho parte de mi vida que pudieran parecer menores pero que hacen que ya no encuentre yo mi lugar en La Habana.
En La Habana el tiempo se detuvo sin ceremonias, aún con esa sensación de ingravidez que me hace pasar a una dimensión atemporal, no consigo relajarme. La cumplimentación de las tareas más rutinarias se dificultan a un extremo patológico y consumen el doble del tiempo y la energía que consumirían en cualquier otro lugar más o menos civilizado del planeta. Me he acostumbrado al buen servicio de transporte público, a la computadora, a la internet, al tener que hacer una llamada y disponer en cualquier esquina de cabinas con teléfonos que funcionan, o al taxi a mi servicio sin que me cueste un ojo de la cara, al agua corriente en el baño, a los cines y teatros con ofertas renovadas, a farmacias repletas de remedios de los males cotidianos, y por qué no?, a una atención decente, más o menos esmerada, a un cafecito caliente en cualquier plaza, a una servilleta, a una vida cotidiana que me hace sentir más persona, más humana. Sin embargo, he descubierto que me siento extraña en La Habana, donde el más simple acto cotidiano se convierte en una hazaña, cual si me hubiera mudado al desierto del Sahara.
Pero esto no me pone en ninguna disyuntiva. Lo que significa La Habana no tiene contrapeso con nada. Nunca está en tela de juicio el regresar a La Habana, porque La Habana es un delirio que se alimenta a distancia. Cuando no estoy en La Habana me construyo una Habana, y en vez de a la vicisitud me aferro al símbolo, al concepto, al portal y a la fachada, porque yo solo puedo ser yo, por La Habana.
Niurka Dreke. Abogada y escritora. Estudió Derecho en la Universidad de La Habana y lo ejerció por seis años. En 1998 terminó su Maestría en Relaciones Internacionales, realizada en Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Su permanencia de nueve años en Buenos Aires más sus largas estadías en varias ciudades de los Estados Unidos, -Pennsylvania, Miami, San Diego, California-, le permitió lo que ella misma describe como “ver el mundo desde arriba, y encuadernarlo”. Ha publicado en Letralia, tierra de letras, fue columnista de la Revista de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, y lleva un blog personal http://lavidaesunbolero.blogspot.com donde escribe “A quemarropas”.

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