ANÁLISIS DEL POEMA “NO SÓLO EL FUEGO”
DE “LOS VERSOS DEL CAPITÁN”
PABLO NERUDA
Este poema pertenece a la obra “Los versos del capitán”, que fue
publicada anónimamente y por primera vez en Nápoles en el año 1952. Por
esta época Neruda estaba exiliado y compartía una relación clandestina
con Matilde Urrutia, relación que se volverá pública a partir de 1956,
año en que se separa definitivamente de su anterior mujer Delia del
Carril. Es importante destacar esta parte biográfica del poeta, ya que
estos poemas están dedicados o inspirados, como otros tantos, en esa
mujer que será su fiel compañera hasta el final de sus días. Hay
momentos en que la obra se puede explicar por la vida del autor, aunque
ésta se vuelva una posición un tanto historicista.
Dicha obra
fue escrita en parte durante sesiones de congresos a los que Neruda
asistió, él mismo dice que no son obras de escritorio, por lo tanto se
desprende un modo bastante informal de escribir, lo que muestra que la
inspiración y la capacidad para la poesía son innatas en él. Finalizó
la misma en la isla de Capri, donde su amor por Matilde se acrecentó e
instaló definitivamente en él.
La estructura del poema se nos
muestra vanguardista, aparentemente no hay gran simetría entre las
cuatro estrofas que lo componen: la primera se estructura en dieciséis
versos, la segunda en siete al igual que la última; y la tercera, que
es la más extensa se compone de veinticinco versos. En cuanto a la
medida, se observa gran irregularidad, hay libertad y tampoco presenta
rima. Este modo de hacer poesía es propio del poeta, en él la misma es
una prosa poética, casi una conversación, un susurro al oído de la
mujer amada. Como dice Amado Alonso, el orden de las palabras en el
autor, a veces es tan extraño, que parece una traducción. En realidad
se trata de la lengua del escritor, lo que conocemos bajo el nombre de
estilo y esa forma que aparenta abandonada, en realidad no lo está,
solo se abandona el pulido de la misma.
El tema fundamental
del poema es el amor, tópico tan trillado en la literatura, pero aquí
la innovación no radica en la elección del tema, sino en el modo de
poetizarlo. ¿No aparece frecuentemente el amor unido a elementos
exquisitos, finos, que se acoplan más que nada a las cosas espirituales
o a los elementos materiales de las clases sociales superiores? Pues en
Neruda, el tema del amor emerge poblado de vida, de las cosas más
nimias, que no tienen relación con lo costoso, sino con los objetos que
podrían aparecer intrascendentes y sin embargo forman parte de la vida
de todos o casi todos: pañuelos, calcetines rotos, jabón, agujas, papas
fritas... Objetos que otorgan a su poesía, justamente lo que él quiere
brindarle, un soplo de vida, de fuego, no solo entendido como pasión
carnal, sino pasión por la vida misma.
Comienza el poema con
el recuerdo del “yo lírico”, es un modo de introspección, el poeta se
hunde en su interioridad, hay una demora contemplativa en ese pasado,
pero lo contemplado: la amada, no está presente, la vivifica en el
recuerdo, mientras camina por el mundo cotidiano. Toda la primera
estrofa se detiene en lo erótico, en el recuerdo de la pasión, del gozo
de lo carnal. Aparece la mujer amada en actitud de entrega, los ojos
cerrados, acompañados por “luz negra”, el color negro en el poeta
adquiere un significado positivo. Neruda es un poeta cargado de
símbolos, es más, una de las corrientes en la cual puede inscribirse es
el Simbolismo, aunque más tarde será Surrealista. Los símbolos en él,
por lo general, hacen alusión a valores vitales positivos.
La comparación es el recurso que se presenta con mayor insistencia: “todo tu cuerpo como una mano abierta”,
estalla la actitud de entrega, una mano abierta es una mano que espera
y que entrega, un símbolo de pasión. Continúa la comparación, no se
detiene y ahora el cuerpo se aproxima a un concepto aparentemente
extraño, combinado: “como un racimo blanco de la luna”,
la palabra racimo nos lleva directamente a las frutas, específicamente
a las uvas, que son en Neruda otro símbolo, que se entronca con el tema
de lo erótico. Ellas significan lo amorosamente gozado y el placer
amoroso apetecido. Pero no están realmente presentes, están sugeridas a
través del racimo y el mismo es blanco de la luna, una serie de
símbolos que nos llevan a pensar en pureza, en entrega por amor y
pasión, en misterio que otorga la luna, compañera de enamorados.
Luego de esa entrega el “éxtasis”,
casi un estado preternatural del alma, una suspensión de la actividad
nerviosa normal. El momento adquiere ribetes pasivos, es puro gozo, sin
límites, todo es quietud. Inmediatamente el ritmo se acelera y las
imágenes se vuelven violentas:
“cuando nos mata un rayo, / cuando un puñal nos hiere las raíces/ y nos rompe una luz la cabellera”
En
estos versos el placer se aproxima a lo violento, primero a través de
un elemento natural: el rayo, luego de un arma: el puñal, invención del
hombre, símbolo de la lucha cuerpo a cuerpo, para gozar de la vida, del
impulso sexual y la luz finalmente como clímax del placer. Obsérvese
que todos los verbos usados: mata, hiere, rompe; sugieren
destrucción, pero una destrucción que viene como muerte simbólica luego
del gozo, para renacer nuevamente a la vida y retomar el ritmo
cadencioso. El erotismo toca su punto más álgido. Las comparaciones
suenan a salvación y hablando de sonido, el mismo no está presente pero
subyace en el trueno que es anterior al rayo, también está en el
océano, el agua golpeando en las piedras, que son símbolo de lo
elemental y puro del mundo. La luz y el sonido se identifican y
conforman imágenes sinestésicas. Los versos encabalgados se han
sucedido y la estrofa al culminar sugiere a la pareja en la fatiga del
naufragio, naufragio en el placer sexual. Todo es pasión y placer.
La segunda estrofa se inicia con la conjunción adversativa “pero” encabalgada con el siguiente verso: “ pero/ hay otros recuerdos”.
El poeta deja de lado lo erótico, lo sexual y advierte a la amada, sin
decirlo explícitamente, que no solo lo anterior conforma sus recuerdos.
Es como una detención para introducir “lo otro”, lo que hace de su vida
algo válido, lo cotidiano, lo que quizás si la relación fuera puramente
carnal, no tendría valor. El poema se hace más tranquilo. Lo sexual
aparece bajo el símbolo “de flores del incendio”, la pasión en su elemento más usado: el fuego, lo que consume y luego lo más pequeño, pero prometedor: “los brotes”
que emergen en sus recuerdos abruptamente, entre multitudes cotidianas:
en los trenes, en las calles, el poeta rodeado de gente anónima.
La siguiente estrofa, la más extensa, ya introducida por la anterior,
plantea de un modo prosaico la imagen que da sustancia a la presencia
de la amada. El presente "te veo”, actualiza el recuerdo del poeta y los gerundios: “lavando”, “colgando” se mueven libremente en Neruda y por supuesto, le otorgan duración temporal a la acción.
Lo cotidiano entra con rudeza, con fuerza, la imagen ya no muestra a la
amada sensual, como una diosa en pleno goce, sino a la mujer en lo más
primitivo de sus labores, lavando pañuelos, colgando “calcetines rotos”,
el adjetivo rotos refuerza lo común y humilde del poeta y la mujer. No
se cae en lo vulgar o cursi, sino que esas acciones le dan mayor
belleza al amor, la gente común también se ama y vaya si lo hace,
quizás en ocasiones sea más genuino el sentimiento ya que no hay
intereses materiales en la relación. El placer no destruye a la mujer,
no solo Diosa puede ser; en lo cotidiano se fortifica y se transforma
en “mujercita” con toda la carga afectiva del diminutivo
y los adverbios parecen contradecirse a los sustantivos, o al menos
parecen no tener relación, como si pertenecieran a otras categorías: “humildemente humano/ soberbiamente pobre”.
La humanidad como humilde, en el sentido de pequeño, de inmerso en el
mundo tan complejo y la pobreza como sinónimo de grandeza, de soberbio,
ella lo sabe llevar y es casi sublime su pobreza material que se opone
a su riqueza espiritual y de vivencias.
La antítesis se hace presente entre “la rápida rosa” consumida por la pasión y “toda la vida”
presente entre el jabón y las agujas. Las imágenes sinestésicas
aparecen nuevamente y se conjugan aromas y sonidos, papas fritas, asado
y canto, elementos dispares, pero que son tan caros a Neruda, para
llegar a la confesión de amor más tierna: todos esos recuerdos del
poeta conforman y dan materia a su concepto de felicidad- meta
fundamental de todos los seres humanos-. Para Neruda lo erótico, la
pasión, sumada a lo cotidiano, a lo más duradero: la amistad, el
compañerismo, el compartir; sería el concepto de felicidad sobre la
tierra.
La última estrofa recapitula, sintetiza a todas:
“Ay vida mía” llamado a la amada, “no sólo el fuego entre nosotros arde”,
aparece el carácter cíclico del poema y el título adquiere y completa
su significación. La vida en todo su esplendor aparece cargada en sus
elementos cotidianos, ardiendo, pero entendiéndose aquí el fuego ya no
como pasión simplemente, sino como sinónimo de vida, de sangre que
circula, simplicidad que no es simpleza sino intensidad de lo vivido: “la simple historia/el simple amor/ de una mujer y un hombre/ parecidos a todos”.
El optimismo domina todo el poema, el hombre que ama y es correspondido
emerge de entre sus propios recuerdos en todo su esplendor.
El
poema es como un remanso que viene después de otras obras llenas de
desamparo, soledad y angustia ante la destrucción del mundo. Es como si
el amor lograra dar una razón muy fuerte a la vida, tan fuerte que vale
la pena vivirla.

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