De los homicidios sonoros
Por Zakarías Zafra Fernández
A primera vista, el título pareciera aludir a una crónica periodística
de crímenes y sangre, con parlantes y megáfonos mortíferos, donde se presiente
la terrible oposición fealdad-belleza de toda transgresión, pero lo cierto es
que nada tiene que ver con el mundo noticioso de los atropellos, sino más bien
con algunas calamidades que ocurren dentro del campo de las percepciones y la
estética.
Homicidio refiere a un asesinato, a una fechoría imperdonable que
implica la desaparición abrupta de la víctima. Es un hecho perpetrado que,
siendo siempre moralmente condenable, no da lugar a deliberaciones ni a juicios
ociosos de valor. El término “sonoros”, por su parte, conduce a un fenómeno
sensorial del tipo auditivo, tendiente a provocar una reacción distintiva en el
oyente. Ahora, ¿en qué momento se unen ambas realidades bajo un mismo concepto?
Hay ciertos fenómenos agresores que, reconocidos erróneamente como
creaciones, generan cataclismos, anti-cuerpos de la música, alter-egos
negativizantes que cimentan el anti-universo del arte. Un tipo de consecución
de sonidos que, en masa amorfa y bizarra, provocan la destrucción progresiva de
la psiquis y la pérdida evolutiva de la sensibilidad. Llámense ruidos vulgares
que constituyen un medio de ataque al hombre, su conciencia y su espíritu. Son
estos los homicidios sonoros.
No es capricho poético la utilización de esta palabra. Si colocara
“homicidios musicales”, estaría reconociendo -a la mejor forma atea- la
existencia de un tipo de arte. Estaría postulando un anti-sonido en el que me
rehúso a creer pero que al final, por mínimo error metodológico, termino
confiriéndole la cualidad de música. Por ello preferí esta frasecilla gnóstica,
donde lo sonoro es una denominación incolora de un sonido, sea cual fuere su
procedencia y su posterior resultado.
¿Qué quiero decir con todo esto? Que la existencia de la hecatombe
auditiva existe. Que la exposición constante a un tipo determinado -antitético-
de sonidos condiciona los comportamientos hasta procrear castas de “homicidas
victimizados”, donde se juega el doble papel de sufrir y doblegar a otros con
la premisa de un placer social repugnante. Pero, ¿con qué fin se ha promovido
la decadencia de la sensibilidad? ¿Quién o quienes son las líneas motrices de esta
catástrofe? Culpar a un solo inventor sería una aventura, por demás, bien
estúpida. Es preferible reconocer como único convicto al homicidio en sí y como
peor castigo su revelación a víctimas y tributarios.
Podría extenderme infinitamente haciendo analogías entre crímenes del
mundo y aberraciones de un mal llamado arte, pero esa sería mi ejercitación, no
mi propósito. Este se resume en la necesidad de contar la realidad de esas
manifestaciones sonoras cuya hediondez presume la cercanía de la basura y que,
por encima de todo respeto y toda política de buen oyente, no traen más que la
infección auditiva. ¿Música mala? Quién sabe. Nadie posee la balanza incorrupta
para diferenciar lo bueno de lo malo. Por eso vuelvo a justificar mi frase
altisonante recordando que ella en sí no es un juicio de valor sino el
comentario de un hecho que se perpetra. Es la crónica del crimen y nada más.
Ya hemos dicho que el denominador común de los homicidios sonoros es la
ruptura de todo precepto musical basándose en un germen de brutalidad poderoso
y altamente contagioso a través de repetidas transmisiones. Para evitar una
abstracción inútil en este pasaje, llevémoslo a términos palpables: el
facilismo, el terror a los riesgos, el mal entendimiento de la vanguardia, la
acuñación del arte en un billete son las verdaderas causalidades de este
fenómeno. Ese momento en que se destruyen los verdaderos cimientos del arte
para crear un producto nocivo cuyo principal objetivo -como toda droga- es
ganar adeptos (adictos) y en consecuencia, amasar dinero. Estamos, volviendo a
las palabras pintorescas, en presencia de un sicariato artístico.
Bien dicen las filosofías del arte que los gustos del público son
efímeros y cambiantes y que las obras son retrato fiel de su tiempo, no sólo en
la horizontalidad del espacio histórico, sino como devenir social, como
aglomeración de humanidades con percepciones y sistemas de conciencia muy
definidos. Ahora suponiendo que estas creaciones actuales e inversas puedan, en
algún supuesto complaciente y misericordioso, catalogarse como obras, nos
colocaría en un compromiso incómodo, haciéndonos responsables, inconscientemente
o no, de los homicidios sonoros.
Viéndolo de esa forma, podríamos incluso sentirnos como una sociedad
retén, llena de tiranuelos mentales. ¡Pero no nos angustiemos! Nos salva la
presunción de inocencia. Por eso
no permitamos que nos pueblen aquellos sonidos bandidos ni que triunfe el
vandalismo pseudo-artístico. Sometámonos mejor a una purga profunda, a un
proceso educacional trascendente y temamos, más que a nada, a ser cómplices del
asesinato imperdonable del arte.
Zakarías Zafra Fernández, Poeta, cuentista, dramaturgo y músico venezolano, nace en Barquisimeto, Estado Lara el 13 de mayo de 1987. En 2009 publica "Quinquenio", poemario que recopila sus primeros años de trabajo literario. Sus obras poéticas han sido publicadas en diversos medios internacionales: revista "Palabrero" (Colombia), revista "Absenta", “La Castellana” y “Cinosargo” (Chile), "Palabras diversas" (Argentina), “Resonancias” (Francia) y en los programas radiales “Calidoscopio” y “El rincón del poeta” (Emisora Raíces 885FM - Buenos Aires, Argentina), donde varios de sus poemas fueron declamados en vivo. Durante 2009 fue columnista del periódico español “Municipalidad y Cultura” (Toledo) y en abril del mismo año recibe el Premio de Poesía Mes de Abril de la Comunidad de Escritores y Poetas por su obra “Soneto de la lengua”.
Actualmente dirige en Venezuela el montaje de su obra teatral “Los huesos de Bolívar”, se desempeña como columnista de la revista "Lo nuestro es cultura" y colaborador del prestigioso diario impreso “El Impulso” (Barquisimeto). Es también docente del Conservatorio Vicente Emilio Sojo en la cátedra de piano y productor- conductor de "Sonidos de Vanguardia", programa radial dedicado al jazz y la cultura universal. Este novel escritor, no obstante su edad, cautiva con el estilo de su verbo y la madurez expresiva de sus obras le asegura un puesto en las principales voces hispanoamericanas del futuro.
Website: www.zakariaszafra.com
E-mail:
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Solo una leve rectificación léxica -y penal-: yo creo que no son homicidios sino verdaderos asesinatos porque son cometidos con premeditación y alevosía. Añádase a veces la nocturnidad.
Si tenemos en cuenta el apoyo y aplauso institucional, están alcanzando la categoría de genocidio. Ítem más, se trata de un crimen muy especial por el ensañamiento, dado que se lleva a cabo en la prolongación del tiempo, mata poco a poco, a dosis diarias, con unas prácticas y un retorcimiento de vesania que para sí hubiera querido la inquisición.
No olvidemos tampoco el más perverso resultado de su ejecución: normalmente, conduce a las víctimas, si consiguen resistir, al suicidio o a la estolidez permanente.
Habrá que ampliar el código penal.
No obstante lo dicho, salud (mental, por supuesto).