Dopico:
un lugar donde la voz y la poesía se encuentran
“He salido a la terraza a fumar un cigarrillo y,
como un espía sin pretensiones sicóticas, he intentado capturar la
imagen de ese precursor, de ese “adelantado” y no la encuentro. Si no
estoy en la silla donde me siento a maldecir o a invertir espejos
comunicantes no soy, no sigo, no me desencuentro ni siquiera en el
hombre que, a pesar de sus orillas cósmicas, intenta escribir poesía.
Ahora
se habla de la poesía del nuevo milenio, se hacen juegos semánticos que
estiran la hipocresía del lenguaje para clasificar a poetas y a
movimientos. Un ornitólogo lo haría mejor que un lingüista. (Y hablo
más del canto, de los nidos, de los cortejos, de las migraciones que de
los mismos pájaros) Me gustaría que, si hubiera encontrado a alguien en
mi silla mientras fumaba un cigarrillo en la terraza, ese alguien se
llamara Tespis. Nunca he intentado ser precursor de nada –y tú lo
sabes-. Las cosas han venido así: tal vez yo le he puesto letras a
cosas que pensamos entre muchos y muchas noches de complicidades y
vértigos son las verdaderas tutoras de las cosas que nos han
acontecido. Tampoco tengo muy claro eso de la poesía moderna porque
Aristófanes sigue siendo moderno.
En
cualquier caso y en cualquier culpa quienes han compartido la
exhuberancia imaginativa y el candor de sus primitivos fuegos saben
–sabemos- que formamos parte de un puzzle que el tiempo se ocupa de
terminar y donde todos tenemos un sitio. A mí me gusta el sitio del
Rabelais diciendo, antes de morir: “Bajad el telón. La farsa ha
terminado”.
Encontrar
la voz, innovadora, es una odisea implantada por el mismo hombre. El
poeta sólo recorre el fenómeno que lo habita, las circunstancias del
momento donde, después, surca sus ríos. Entonces, la voz llega y
encuentra al individuo, que se esconde en un inevitable Parnaso
cubierto por hojas con versos. Esa llegada se nos presenta como un ser
solo y rodeado de un universo único: el poeta.
A
finales del siglo VI a.C. un legendario bardo e interprete llamado
Tespis alcanza la fama con los cantos Ditirambos. Se dice que Tespis
fue el primero en salirse de los coros teatrales y que viajaba de
pueblo en pueblo celebrando festivales locales, evolucionando el teatro
griego, introduciendo nuevos valores, incorporando el ditirambo con
intrusión mucho más literaria. Fue un transformador que cantaba y
bailaba en medio de la gente. Hasta hoy en día, muchas de sus acciones
son vigentes y aludidas en el mundo del teatro.
A
mediados de los ochenta, del pasado siglo XX, un jovenzuelo con mirada
pícara y brillante, rascaba, con una sonrisa, los muros y paredes de la
ciudad de Santa Clara con poesías en sus bolsillos. Tal vez, soñando de
un modo diferente lo mismo que soñamos todos; soñando solo para todo un
firmamento. Se dice que Dopico fue el primero en salirse del coloquio
conversacionalista, sin intentarlo, para hablar más de las complicidades y de nuestras mismas verdades. En los días de hoy sigue siendo verso vigente y vanguardista.
Por
eso incurro, de una manera agitadamente personal, en una de las voces
más singulares y prominentes de la poesía vanguardista Latinoamericana:
Frank Abel Dopico, un poeta que se funda en la década de los ochenta, y
es considerado como uno de los autores más importantes de su
generación, para no decir el más importante. Tal vez, por darle a la
nueva poesía un cambio radical y eliminar, totalmente, con lo que
permanecía en el ámbito como la nueva poesía y titulada conversacionalismo. Dopico nace en su obra, en su poesía, como un ser irreflexivamente tradicional, o como lo tildan de un irreverente coloquial, un nuevo impulso marcado para hablar de las mismas cosas que, frente a nosotros, aún no descifrábamos.
Precisamente,
Dopico, viene personificando otra de las variadas travesías con que, de
manera novedosa, se puede leer y decir un verso. Es un cambio para la
nueva poesía, no solo cubana, sino latinoamericana. Razón es por la que
se le distingue como el poeta surrealista, un poeta con nuevas y raras
aves, el juglar de la fantasía poética. El primero en su generación…
La
época de los 80 puede ser muy importante históricamente. Pues en el
mundo, en general, ocurren significativas corrientes. La cultura
mundial juega un importante papel sobre el multiculturalismo. La era
del Pop da sus primeros pasos con verdadero avance y con ello, una
nueva ideología cultural se comienza a fundir: el pensamiento moderno
del nuevo siglo, la estética define las reglas. En diferentes países
surgen distintos movimientos ideológicos, con respecto a lo
social-político. Tal vez retomando corrientes establecidas para que,
radicalmente, se funcione desde otra perspectiva, con nuevas propuestas
y posibilidades de expresión. Algo mucho más con su tiempo. Para Cuba,
sobre todo, este boom juega gran importancia dentro del medio
intelectual flamante. La aparición de estos jóvenes valores de la
naciente poesía cubana dan un vuelco y reaparecen como la generación de
los nuevos, los novísimos. Esto, también contribuye a la revolucionar
otras ramas. Incluso, la aparición repentina de un sinnúmero de
poetisas ayuda a su fortalecimiento en el ritmo existencialista y la
visión crítica como exigencia.
Exactamente, la generación de los
80 repercutió hasta la fecha. Solamente los cambios sufridos en la
década pasada, es decir, los 90, la poesía continúa usando la raíz
anterior, aunque explorado un poco más en surrealismo abstracto y
postmodernista. Cosa que hoy en fecha reside como la novísima poesía y
Dopico, sigue encabezando la lista de los regentes. Razón para el apoyo
es una de las más importantes distinciones que le han otorgado: el V
Premio Internacional de Poesía ‘Ciudad de Santa Cruz de La Palma’, por
su libro “El país de los caballos ciegos”. La presidenta del jurado, la
escritora Elsa López, dijo que “es un libro bien construido y que demuestra el bagaje y experiencia del autor”, Además, lo tildó de “original, personal y emotiva”.
Los
nuevos poetas, la generación de los ochenta, la mayoría de ellos,
presentan características verdaderamente objetivas. También, atraídos y
grandemente influenciados por Vallejo, Lezama.
Dopico, aunque un
poco más teatral, muchas veces juega con el humor, la jocosidad de lo
sutil. Hoy en día, su obra, es más real, el poeta ha madurado, su
existencia es otra: tiene una familia que lo resguarda, un nuevo país,
un nuevo aire social donde adquiere su verdadera cultura interna. En
este caso, nos damos cuenta en “El país de los caballos ciegos”, que se
aleja, hace un giro, voltea a ese Dopico ‘verdaderamente surrealista’ y
lo convierte más existente y sin tantas alusiones. Mark Twain se
aparta, toma un descanso, y sus personajes, y el Mississippi, dejan de
ser la pintoresca ciudad de Santa Clara. Retorna y relocaliza las
huellas de Padilla en el caso vivencial; pero con el continuo verso
teatral de siempre. El sello de este poeta es su eterno cantar no la
lucidez de su mesura, penetrando siempre con diferentes temáticas, pero
nunca divorciado de lo que realmente quiere decir.
Los ochentas y su importancia: todavía, hoy en día, se emanan los mismos decires,
la inclinación surrealista. La poesía es más abierta, retoma la crónica
social, las descargas del ser, las intenciones del alma. Aunque algunos
citan que el precursor de este movimiento fue Larrea, desde la capital
habanera, sin embargo, lo importante está en que Dopico surge del
interior de la isla, un provinciano con nuevos bríos, con una voz más
propia y que hace, de los demás, secundarios. En esa época, no se debe
dejar de mencionar a importantes valores del movimiento como Heriberto
Hernández, aunque con una poesía más lezamiana, Damaris Calderón, Reina
María Rodríguez, Sigfredo Ariel, Jorge Luis Mederos, Jorge Ángel
Hernández, Arístides Vega Chapú, María Elena Cruz Varela que, si bien
muy buena poetisa, su lírica es más transparente debido a la coherencia
de su voz, la forma en que le canta al contexto y sus vivencias. María
Elena, hace cierto uso del erotismo, incuestionable, y al manejo de un
humor negro que refleja la realidad directa del modo de vida. Luego,
con la llegada de los noventas, aparecen los novísimos, dándole a la
poesía moderna un intenso valor. Allí emergen grandes como Norge
Espinosa, desenmascarando una realidad oculta y repleta de tabúes,
presentándose ‘Vestido de novia’ ante una sociedad de preceptos.
También otros vanguardistas del interior del país levantan la mano bien
alto como René Coyra, Juan Carlos Recio, Julio Mitjans, Noël Castillo y
muchos más; pues llegan con todos los antecedentes de la época gris y
que trascienden por la voz diferente, con una poesía que, aunque no
rompía estandartes, no regalaba el mensaje. Con la entrada del nuevo
milenio, todavía se exhala las tendencias de los ochenta, aunque el
verso es más abierto e irrebatible, tropieza nuevamente con la crónica
social y descargas existenciales. Sin duda es una buena poesía, no
obstante, sigue retomando sin descubrir nuevos horizontes.
Frank
Abel Dopico ha escrito y publicado obras como “El correo de la noche
(Premio David, 1988)”, “Algunas elegías por Huck Finn (Premio de la
Ciudad, 1989)”, “Expediente del asesino”, “Las islas del aire (1999)”,
“El país de los caballos ciegos (2005)”, y su último nacimiento poético
“Contrarcardia (inédito, 2006)”. Aparte, está en proceso de publicar su
primera novela la cual no ha revelado el título. Además, en su país
natal, Cuba, desempeñó la función de instructor de teatro, cosa que
continúa ejerciendo en las tierras de la península ibérica, suelo de su
actual casa. Bajo la sombra de las cordilleras que, ya por años, estoy
seguro es donde versa, procede persiguiendo las voces que están
con él, donde persiste vivir en su ensueño. Mientras, se mantiene
rotulando continuamente, pues sin esa fuerza y dejarlo, caería en el extravío. Allí se encuentra, lejano, dedicado a llenar lagunas presocráticas y charcos literarios. Con un hijo que le sostiene los huesos en un pueblo de montaña. Con una esposa que se pone ropas felices y que, de vez en cuando, se besan y se tragan. Sí, allí está Dopico, aún inconcluso, desigual como siempre, flaco, viendo como Asmodeo y Gabriel beben, en las orillas, el agua salada de lo efímero. No obstante, sus amigos lo recuerdan, lo preguntan.
“En
todo caso mi poesía tuvo los pelos absorbentes que le correspondieron
desde la radicalidad de un movimiento que siguió el movimiento de
otros. Ese movimiento, llámese como quiera llamarse, seguía la
tradición de muchas rupturas y fracturas. No creo haber sido el
surrealista de mi generación –otra palabrita que se las trae- ni
habitar en los monasterios del coloquialismo irreverente. El material
etéreo con el cual he intentado construir más poesías que poéticas es
tan diverso y contesta a tanta vocación de estruendo como pregunta a
los silencios que he intercalado entre mis versos como rupturas
alevosas del sistema lógico. Una vez escuchado el nudo de la angustia,
el frenesí de las orgías metafóricas, la inapelable conciencia de
formar parte de una tribu, pongo los dedos en las llagas de mis teclas,
dejo que el trío de mi mano derecha haga lo que tenga que hacer y si
puedo, después, veo pasar a una mujer hermosa por la acera de enfrente
o por mis huesos de arriba. Aún más: no creo que nadie me dicte lo que
escribo. Ya sabes que las musas son traviesas, que la inspiración nos
curva la espalda y que vivir es la mejor manera de pensar”.
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