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Entre los elegidos del tiempo Imprimir E-Mail
Escrito por Alexis Castañeda Pérez de Alejo   
martes, 06 de mayo de 2008

ENTRE LOS ELEGIDOS DEL TIEMPO Y EL SILENCIO DE LOS CORDEROS
(INTERACCIÓN E IDENTIDAD CULTURAL)

                                                 

Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo



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El tema de la identidad de la parte geográfica situada al “sur” del desarrollo mundial, el estudio y la precisión de un espíritu significativo de estas regiones, así como sus peligros y reclamos, son, desde hace ya considerable tiempo, asunto de constante debate en la palestra crítica de más de una teoría contemporánea . Este problema alcanza acentos maduros en la actualidad con la regulación de centros fuertes, armados con los poderes de la comunicación moderna.

No pocas corrientes dentro de los estudios comunicológicos tienden a explicar los logros y los fracasos de los pueblos en su lucha por la identidad cultural, absolutamente ligados a las dinámicas y bloqueos de la comunicación; decir comunicación hoy es hablar de dos procesos cargados de sentidos profundamente antagónicos. De un lado, comunicación significa la puerta hacia la modernización, el motor mismo de la superación industrial y las transformaciones sociales que nos hacen contemporáneos del futuro, y asociado al desarrollo de la tecnología nos proporciona la posibilidad de alcanzar al fin el derrotero de la definitiva modernización y hasta el avance democrático. Por otro lado, comunicación también es sentido como lo que nos manipula y engaña, lo que nos desfigura políticamente como país y nos destruye culturalmente como pueblo.

Se ha exagerado hasta lo apocalíptico el dominio que pueden ejercer los medios en manos transnacionales, con una omnipotencia tal, capaz de generar comportamientos irreflexivos en una masa considerada cautiva.
Se han propiciado diversos estudios, análisis y estadísticas; se han abierto cátedras y dirimido políticas, signado términos y conceptos, como imperialismo cultural e internacionalización y trasnacionalización de la información.

Sin embargo, esta tesis deja ver cierto complejo de inferioridad y subvaloración de nuestras culturas, que aparecen así desarmadas, y desalmadas, frente a la voracidad del producto llegado de los grandes centros de la información. Se ha tratado de legitimizar la exclusión sin reconocer significados positivos de los medios, que no son siempre y totalmente agencias nocivas, incapaces de propiciar lenguajes culturales.
Ya hacia finales de la década de los 80 la argumentación, encerrada, en buena parte en puros datos cuantitativos del emisor, ha entrado en una erosión paulatina y continuada. El nuevo giro ha orientado el análisis hacia los efectos, hacia el receptor y sus fuerzas y necesidades perceptivas frente a los contenidos y lenguajes de los medios.
Bajo la luz de estas intenciones un buen número de estudios sobre comunicación ha mostrado que la hegemonía cultural no se realiza mediante acciones verticales en la que el dominador apropia a los receptores, entre uno y otro se reconocen siempre mediadores. En dichos análisis se ha dejado de concebir los vínculos entre quienes emiten el mensaje y quienes lo reciben únicamente como relaciones de dominaciones.

Mantener la aseveración de que el contenido de los medios coincide con el significado incorporado por las masas, sería atribuirles una eficacia desproporcionada y una disminución de las capacidades de estas últimas precisándolas como un rebaño tonto de corderos. En el extremo de esta consideración, Ignacio Ramonet atribuye a la industria cultural y su <silenciosa propaganda>, la posibilidad de “reducir a los seres humanos al estado de masa y obstaculizar la estructuración de individuos emancipados, capaces de discernir y de decidir libremente”1. Recurriendo a lo que en comunicación suele llamarse redundancia necesaria insisto en lo que ya he expuesto en otras ocasiones (ver revista Umbral No. 1, Santa Clara, 1999, página 36) y es que los mensajes salidos de un medio tendrán que enfrentar varios obstáculos antes que puedan lograr alguna influencia sobre el destinatario expectante, como pueden ser: la experiencia o “marco de referencia” del individuo, es decir, las normas opuestas de estos grupos; además la antigüedad o fortaleza del campo donde se proyecta el mensaje y la fiabilidad de la fuente emisora.
En realidad ocurre un proceso de resignificación de los conocimientos y hábitos de cada pueblo, que nos hace pensar más en una interacción entre los mensajes hegemónicos y los códigos perceptivos de estos pueblos. El entrelazamiento da lugar a la reconstrucción del sentido de lo nacional y a la formación de nuevas identidades. Las propuestas de la industria cultural son tomadas, aunque también reformadas a través de la capacidad de las comunidades para transformar lo que reciben y decidir sobre su uso2 manteniendo la tradición, pero viviéndola de otra manera.

Además, investigaciones sobre la industria cultural latinoamericana han resultado que los medios no toman, en todos los casos, a sangre y fuego sus espacios, existe en primer lugar una evidente y estrecha asociación entre las clases gobernantes de la región y las empresas trasnacionales, esto explica la pasividad, la sospechosa neutralidad con que los estados de la zona aceptaron la intervención de aquellos en el manejo de las comunicaciones.

Y es que el mismo proceso histórico de recepción-apropiación de bienes simbólicos forjadores de la identidad americana, parte de esta formación sedimentada por la interacción.

“¿No había una posibilidad hispánica de lo indígena americano que, incluso, a través de la tragedia hizo posible una integración que el mero mestizaje de sangres no parece explicar?”3, se ha preguntado Cintio Vitier. “Sabemos lo que se les impuso, pero ¿Qué hay de lo que ellos (los pueblos autóctonos) impusieron?”,  indaga por su parte Beatriz Ruiz Gaitán.4

 Fernando Ortiz ve el proceso como una transmisión que abarca dos elementos en presencia: “Hay interpretación cultural y lo resultante no es asimilación del uno al otro, sino un ente nuevo con sus caracteres, sus afirmaciones y negaciones, sus problemas y posibilidades.”5

Ya en la modernidad, la identidad latinoamericana ha significado el reconocimiento y facilitación del diálogo entre culturas como elemento fundamental de trascendencia.

Al absolutizar la visión “invasora” y tratar de separar los rasgos correspondientes a la cultura que llega de los de la “invadida”, los de esta última no pasan más allá, casi siempre, de un folclorismo ingenuo, una muestra idealizada de formas culturales nacidas en etapas anteriores al proceso histórico.

“No todo lo que ha existido —observa Alfonso Reyes— funda verdadera tradición; los errores, tanteos y azares de la naturaleza y de la historia no merecen ciertamente el acatamiento del espíritu.”6

Los medios masivos han puesto en marcha otra dinámica, y es la aparición de culturas no ligadas a la “memoria territorial” (según la denominación de Mattelart): las culturas de la imagen y la música que producen nuevas comunidades culturales, sobre todo de jóvenes condenados frecuentemente de antinacionales, sin darse cuenta de que en realidad están trayendo nuevos modos de actuar y enfrentar la identidad. Desconocer esto sería apartarlos de la posibilidad de integración en lo nacional y lo local.

Por otra parte, la reproducción industrial de la música, la radio y la televisión han amplificado internacionalmente la difusión de géneros tradicionales que solo tenían alcance local, así como una extensión de los horizontes estéticos de nuestras comunidades. Por ello, afirma García Canclini: “Cualquier habitante de una ciudad latinoamericana muestra en sus hábitos de consumo el carácter intercultural e híbrido que las actuales condiciones de producción y circulación propician en los gustos, ya sea jazz, tango, folklor, salsa, incluyendo autores como Piazzola, Caetano Veloso y Rubén Blades, que fusionaron esos géneros y las culturas que representan. Un fenómeno que se está operando hoy en día es el sentido de las desterritorialización de la cultura como resultado de las migraciones y que en estos momentos, al darse los procesos de multietnisidad y la hibridación intercultural se fomenta un acceso más subido de sectores populares a bienes simbólicos diversos y experiencias más cosmopolitas.”7

Cierta crítica “exquisita” se ha preguntado y especulado, paradójicamente, acerca de la mantención a través del tiempo y las generaciones del gusto por algunas formas culturales (cine de lágrimas, telenovelas, rancheras, boleros, etc.) que codifican de menor a mal gusto, y denuncian como culpables a los medios de comunicación masiva por mantener “fórmulas de éxitos asegurado.”

No es muy respetuoso considerar arte menor a estas manifestaciones si al fin admitimos que siguen gustando, lo que es una muestra —y de aquí la paradoja— de una identidad completa y firme. El propio Ramonet admite ¡críticamente! que “… los nuevos gigantes de los medios estimulan las sensibilidades comunes y corrientes que están relacionadas con valores tradicionales (éticos, morales, narrativos, retóricos, novelescos, dramatúrgicos) indiscutidos y que repiten hasta la saciedad lo que todos admiten sin resistencia alguna”8 ¿Acaso estas “sensibilidades comunes y corrientes”, estos valores tradicionales no merecen respeto? Si los medios se ven obligados a explotarlas —más allá de las intenciones— por qué no aprovecharlos. Al alertar sobre los peligros que trae Internet señala el de la vigilancia, porque el internauta dibuja él mismo su autorretrato en términos de centros de interés (culturales, ideológicos, lúdicos, consumistas…) “y una vez establecido este retrato ya no habrá ningún secreto para los amos de Internet, que sabrán lo que gusta de leer, escuchar, mirar, beber, comer, consumir, frecuentar, por ejemplo: y podrán manipularlos a su antojo”9 ¿tratar de hacer lo contrario, según se infiere de Ramonet, no partir de los gustos y preferencias, forzar lo que voluntariamente el internauta ha expuesto, no sería lo verdaderamente dañino?

Los comerciantes del arte no son geniales y han encontrado la fórmula mágica que utilizan a su libre decisión, sencillamente están explotando una matriz cultural que viene de muy lejos, de muy atrás históricamente, y a través de la cual la imaginaría popular se hace cómplice del producto impuesto tomando los que sus vacíos y necesidades, presentes en toda formación cultural, requieren, en un verdadero proceso de interacción regenadora. Aquí está la fortaleza y los subterfugios de resistencia salvadora de las culturas regionales, por donde trascienden estos gustos y preferencias hasta la modernidad.

Es muy importante considerar que los sectores pobre más expuestos a los medios son los que muestran mayor capacidad para integrarse a los movimientos de liberación. Me cito otra vez ( ver la misma revista Umbral # 1). El grado de experiencia determina el interés y los desinformados aparecen como tales porque no han sido expuestos a la información; hay algo en los desinformados que los hace difícil de alcanzar independientemente del nivel o naturaleza de la información. Por otra parte, si los medios en manos de un grupo ideológico decidieran terminantemente el ideal de las masas nunca se hubiera producido el llamado “desmerengamiento” de Europa del Este y el gobierno bolivariano de Hugo Chávez no tuviera aún a la inmensa mayoría del pueblo tras de sí.

Esta tesis de las masas como adocenados corderos presenta otra cuestión no menos peligrosa: la discriminación entre una élite iluminada, encarnación de una visión suprema y capaz de detectar estas “nosividades” y el resto de los pueblos, torpe e indefenso, al que debe salvarse mesiánicamente. No sería entonces descabellado clonar a este grupo y así podría equipararse la balanza de la inteligencia.Es sintomático —señala el comunicólogo Heriberto Muraro— el caso de que dos países del Tercer Mundo, en los cuales fue más intensa la actividad de las transnacionales de la comunicación, han sido aquellos donde el gobierno norteamericano sufrió reveses radicales: Cuba e Irán.

Una cultura fuerte y completada puede enfrentar cualquier avalancha de los grades centros de la información y la identidad cultural, más allá de vaivenes políticos, puede salvar, en fin, el carácter de pueblo de determinado conglomerado nacional. Puerto Rico sigue siendo ineluctablemente puertorriqueña, e incluso, comunidades culturales boricuas afloran y emanan desde las propias entrañas de la sociedad norteamericana, donde han aparecido festivales de cine y de teatro hispano, se ha consolidado el latin jazz y la entrega de un Grammy latino, crece un movimiento literario de creadores cubano americanos y otro similar puertorriqueño, además de restaurantes de comidas latinas, bailes y pasarelas de modas con evidentes influencias de Sudamérica y el Caribe.

“Un elemento de gran interés —explica la doctora Luisa Campuzano— es la actitud que han asumido los habitantes de origen hispano que viven en Estados Unidos al autodenominarse así mismo latinos y latinas, y al asumir su latinidad como identidad. Quieren ser conocidos así, con algo que les da una identidad más particular. Muchos de ellos escriben en inglés y se expresan en inglés, pero conservan una serie de elementos culturales y un bilingüismo en el cual, tal vez, en ocasiones, el elemento hispano es algo familiar, popular, con una serie de formas que no serían las más rebuscadas ni depuradas, pero que de todas formas están allí presentes como lo que son: una marca cultural y de identidad fortísima. (…) en el caso nuestro, bastante poco puede hacer el nivel de permeabilidad de la lengua inglesa en el habla cotidiana del cubano.

Han existido desde siempre muchos vocablos ingleses entre nosotros. Le decimos a la guagua así y parece un término que proviene del español que se  habla en Islas Canarias, y proviene de wagon, vagón. Inmediatamente nosotros cubanizamos estos términos: el cloche, por ejemplo, y así infinidad de anglicismos que los vamos cubanizando. Es decir, que los anglicismos técnicos de uso cotidiano se incorporan, y asumen todas las características de la morfología española. Así ocurre con todos los términos. No creo que esta interferencia sea una interferencia fatal”.10

A Cuba, en los tiempos de mayor desamparo, fueron sus caracteres simbólicos, su proyección espiritual, los que le dieron el puesto de nación  en el concierto mundial. En esos momentos, precisamente, las esencias de la música cubana —por ejemplo— entraron a formar parte imprescindible de la producción musical internacional; mientras, a su vez, lo recibido de Norteamérica generó resultados positivos como el arreglista musical, la creación de los jazz band, el movimiento filin. Ni el boom de charleston y avasallador jazz pudieron desplazar del gusto a Arcaño y sus Maravillas, al Conjunto Casino, Mariano Salmerón y su orquesta, la Sonora Matancera, Benny Moré o la Aragón. Tampoco el gusto de los boleros, y la preferencia gravitó sobre Daniel Santos, Orestes Macías, Rafael Hernández, Lucho Gatica, entre otros. María Teresa Vera continuó siendo venerada y comenzó la admiración por Elena Burque y Pacho Alonso. Por su parte Lam y Feijóo precisaban una imagen visual de la identidad cubana; Alejo Carpentier volvía del universo para concretar lo “real maravilloso” nuestro, después, Gutiérrez Alea y García Espinosa irían a Roma para atar los cabos de un cine nacional.

Más adelante en la historia, cuando los medios privilegiaron los productos culturales llegados de la Unión Soviética y el resto del campo socialista, incluso a través de un vehículo tan efectivo como el idioma (recuérdese los cursos de idioma ruso por radio y como asignatura en las escuelas), sin embargo, de todo aquello solo quedaron alguna Irina, Pavel o Ludmila y el viejo deslumbre por Dostoievski, Tolstoi, Turgueniev y el nacido por Sholojov o Aimatov. No olvidemos que es de la gélida y distante Nueva York de donde llega ese fenómeno musical que alguien quiso llamar salsa, pero que remite obligatoriamente al alma cubana. ¿Coloniaje a la inversa?

Nuestras culturas, nacidas en condiciones de enfrentamiento, están preparadas pues para interactuar con esta avalancha. Intentar conservarlas aisladas, incontaminadas en un más allá que se remonta a veces al tiempo de los inicios, o por el contrario, forzar sus derroteros caprichosa y xenofóbicamente, las condenaría a la quietud museística o la muerte irremisible.
 




Citas:
1    Ignacio Ramonet, Propagandas silenciosas, Edición Popular Corregida, Instituto Cubano del Libro, 2002, pág. 2
2     Ver : Guillermo Bomfil Batalla, “Descolonización y cultura propia”, revista Signos No. 36 julio-diciembre, 1988. Santa Clara
3    Cintio Vitier “Latinoamérica; integración y utopía. Revolución  y Cultura  enero-febrero, 1993. La Habana Cuba.
4    Beatriz Ruiz Gaitán: “El conocimiento de la historia como artículo y posibilidad de la integración e identidad latinoamericana”, Cuadernos americanos, No. 29, septiembre-octubre, 1991, Nueva Época, México.
5    Cintio Vitier: O. P. cit.
6    Citado por Juan Antonio Ortega y Medina en “La vocación americana de Alfonso Reyes” Cuadernos americanos No. 29 septiembre-octubre 1991.
7    García Canclini, “Escenas sin territorio”, Cuadernos de comunicación y práctica sociales, Universidad Iberoamericana, México, 1990, pág. 40
8    Ignacio Ramonet, OP. Cit, pág. 3 y 4
9    Ibidem p. 9
10    Marina Menéndez Quintero y René Tamayo León: “Amenazas sobre el idioma español en Cuba”. Entrevista a la doctora Luisa Campuzano, periódico Juventud Rebelde, 14 de mayo del 2003.




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