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Las Nobles bestias... Imprimir E-Mail
Ensayo
Escrito por Alexis Castañeda Pérez de Alejo   
viernes, 16 de febrero de 2007

 
 
Las Nobles bestias y las aves en la canción popular latinoamericana
 
 

 

Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo


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El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla, refiriéndose a la colonización, ha señalado que:
los territorios étnicos contaban no solo como recurso natural, indispensable para la sobrevivencia y reproducción sociales, sino también como elemento cultural simbólico y emotivo, íntimamente ligado a la historia de cada pueblo, cargado de sigmas y referencias que contribuían a dar sentido y coherencia a una particular visión del mundo. (1)


La espiritualidad de los pueblos de América está, pues, entrañablemente ligada al entorno natural de donde emergen. La naturaleza exuberante, inhóspita o avasallante ha marcado la existencia y desarrollo de esas culturas, situación que se ha mantenido, aún después de tantos siglos de «civilización», por lo que entre sus referentes simbólicos son frecuentes elementos naturales esenciales como la flora y la fauna, y—dentro de esta última—las bestias y las aves son recurrencias culturales reflejadas constantemente en su producción artística, sobre todo en la composición musical cantada.

 

LAS NOBLES BESTIAS

Las bestias domésticas son parte importante en la vida del hombre americano al extremo de constituir una unidad complementaria, ya sea como medio de carga, transporte o como recurso de subsistencia. Esto ha generado una afectividad que aparece reflejada en sus cantos: se le rinde homenaje, como compañeras de triunfos o infortunios, o como elemento referencial en las estructuras literarias.


En El arriero, del argentino Atahualpa Yupanqui, el animal aparece estrechamente unido a la cotidianidad humana, a la tragedia del hombre: «Las penas y las vaquitas / se van por la misma senda / las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas». Nótese el uso del diminutivo tan común en el habla del indio y que en este caso tiene una connotación afectiva. También desde esta afectividad, y tal vez unido a la necesidad, dice un viejo corrido mexicano: «Me robaron la vaquita, / me dejaron la becerra / Y ahora que no la encuentro / ni por cielo, mar y tierra». (2)


El caballo como compañero fiel, como complementariedad práctico-sentimental nacida de la evocadora errancia por las laderas del sur, aparece una y otra vez. En Sin caballo y en Montiel, Yupanqui, dice terminantemente: «De nada vale un paisano / sin caballo y en Montiel», y luego agrega: «La sombra de mi caballo / como en sueños divisé: / se me arrollaba en el alma / las leguas que anduve en él». Con este mismo apego canta otro argentino, Jaime Sauville en El corralero: «Cómo pretender que yo / que lo crié de potrico / clavé en su pecho un cuchillo/ porque el patrón lo ordenó. / Déjenlo no más pastar / --no rechacen mi consejo-- / que yo lo voy a enterrar / cuando se muera de viejo».


A veces se pone «conciencia» a la bestia, que participa así de la situación narrada, como en La colorada, también de Atahualpa Yupanqui: «En piedras y moldejones / trabajan grandes y chicos / martillando noche y día / pa’ que otros se vuelvan ricos. / pasaba cantando un chango / en una chata carguera / y la mula iba pensando / pucha querida fulera». En el Caribe encontramos un ejemplo similar, quizás más extremo, en el Lamento borincano, del puertorriqueño Rafael Hernández: «Y que alegre / también su yegua va / al presentir / que es su cantar / todo un himno de alegría» (luego la yegua asume la decepción del jibarito).


En Caballo que no galopa, de Horacio Guaraní, el dueño dialoga desde la subalternidad con su caballo: «Mi caballito querido, / esto te pido no más: / nos han echa’o los perros / pero no me han de alcanzar».
El conocido corrido mexicano que narra la última aventura del picapleitos Juan Charrasqueado, aquel al que «no le dio tiempo de montar en su caballo» porque «pistola en mano se le echaron a montón», tiene una ruptura del sistema tanto musical como literario, que genera una atmósfera descriptiva, de expectación, y como una acotación al margen, una evasión, dice: «!Qué buenos toros llevan hoy al matadero! / Qué buen caballo va montando el caporal!».


El caballo es el motivo en el popular tema del folclorista venezolano Simón Díaz, pero esta vez como pretexto o parábola donde un «caballo viejo» se arriesga con una «potra alazana» en una última oportunidad; una combinación de hermosas visiones («el pecho se le desgrana») con objetivos metaforizados (un «corazón amarra’o»).


Pero quizás el más conmovedor canto dedicado a un caballo, y el que mejor demuestra la entrañable identificación hombre-bestia, sea El alazán, también de Yupanqui:

Era una cinta de fuego
galopando, galopando,
crin revuelta en llamaradas.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Trepó las sierras con luna,
cruzó los valles nevando,
cien caminos anduvimos.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Oscuro lazo de niebla
te piedó junto al barranco
¿Cómo fue que no lo viste?
¿Qué estrellas estabas buscando?
En el fondo del abismo
ni una voz para nombrarlo.
Solito se fue muriendo
mi caballo, mi caballo.
En una orqueta del tala
hay un morral solitario
y hay un corral sin relincho.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Si—como dicen algunos—
hay cielo pa’ un buen caballo,
hora allá andará mi flete
galopando, galopando.

 

También puede aparecer implícito por obvio, como en el tema mexicano El jinete: «Por la lejana montaña / va cabalgando el jinete» o en la composición de Botelli y Ríos La Felipe Varela: «Galopa en el horizonte / la muerte y polvareda / porque Felipe Varela / matando viene y se va».


El tango ha trascendido como composición sumamente romántica y dramática, sin embrago existen varios de ellos con textos jocosos. En voz de Carlos Gardel se escuchó en sus momentos de mayor apogeo Apura, delantero buey, considerada la última canción criolla del Zorzal junto a Le Pera y que fue tema de la película Cazador de estrellas. Es un texto raro, pues cambia del plano real al imaginario a través del cambio de animal: «Siga la huella, viejo buey / no se achique, vamos / [...] / Quisiera ser golondrina / [...] / que vuela cortando el viento / [...] / vamos, Picardía, que ya vamos llegando». Otro tango—dedicado a su amigo Leguisama—describe una carrera de caballos protagonizada por el popular jockey. Este mismo tema lo trata en Por una cabeza, compuesto junto a Le Pera, pero en forma de fábula o moraleja: «Basta de correr. / Se acabó la timba: / una final reñida / ya no vuelvo a ver». Parecido uso en Buey manso, pero situándolo como símbolo: «Atado al yugo de rudas penas / por los caminos sin rumbo voy».


Curiosamente el perro, considerado en casi todas las culturas como el más fiel amigo del hombre, apenas se recoge en el paisaje cancionístico latinoamericano. Tal vez uno de los pocos ejemplos sea la canción Callejero del argentino Alberto Cortés, especie de oda catártica a la muerte de un perro de nadie: «Era el personaje de las cosas bellas / y se fue con ellas cuando se marchó. / Se bebió de golpe todas las estrellas, / se quedó dormido y ya no despertó. / Nos dejó el espacio como testamento, / lleno de nostalgia, lleno de emoción. / Legó su recuerdos por los sentimientos / para derramarlos en esta canción».

 

LAS AVES

Las aves aparecen casi siempre como símbolo de la libertad, del viaje, o asociadas a la belleza o a la pureza, sobre todo de la mujer, pero también como pura imagen metaforizada.


Muy popular es el canto mexicano Cu cu ru cu cu, paloma, donde con irrupción onomatopéyica se establece una especie de semejanza moral (paloma y/o mujer). Igual intención se nota en el bolero-son El fiel enamorado de Panchito Portela: «Quisiera, linda paloma, / subir a tu palomar, / junto contigo volar / auque a mi me parta un rayo...», auque aquí la ruptura se justifica con la introducción del coro habitual en este tipo de composición.


En Golondrina aventurera y La calandria—mexicanas ambas—el ave protagoniza una parábola moralizante, aleccionadora. En la primera encarna la libertad: «Golondrina aventurera / que teniendo quien te quiera / sabes Dios adonde vas». En la segunda es la traición , pero unido a los deseos de libertad: «En una jaula de oro / pendiente de un balcón / se hallaba una calandria / cantando su dolor. / Y un pobre gorrioncillo / que por allí pasó, / el pobre como pudo / los alambres rompió. / Y la ingrata calandria / después que la sacó, / tan pronto se vio libre, / voló, voló, voló».


Parecido es el tratamiento en Gorrioncillo pechoamarillo, con una variante muy utilizada en el cancionero mexicano, en el cual el hombre se identifica con la tragedia del animal--¿también su tragedia?--: «Gorrioncillo pechoamarillo, / con sus alitas casi sangrando, / su pajarita anda buscando / [...] / No se da cuenta; yo estoy llorando / porque Dios sabe al estar mirando / que ando sangrando al igual que tú».


Otra interacción se produce en la venezolana Pajarillo verde: «Ay, pajarillo verde, como no quieres que llore. / Ay, pajarillo verde, como no voy a llorar».


De nuevo la golondrina como viajera, pero en semejanza de mujer imposible está en un tango de Gardel y Le Pera titulado precisamente Golondrina: «Golondrina de un solo verano/ [...] / Criollita de mi pueblo / [...] / su vuelo detendrá». El gallo de pelea, ave situada en las costumbres de algunos de nuestros pueblos está en otro tango, esta vez de Gardel y Razano: «Pobre gallo Bataraz / se está abriendo el pellejo / como pa’ dar un consejo. / Aura si que te encontrás / porque estás enclenque y viejo».


Amar amando, es sin dudas, una de las más bellas canciones de amor escritas en nuestra lengua, de la autoría de Horacio Guaraní. Dice en uno de sus versos: «Amar como ama un pájaro a su nido». Es decir: para probar la profundidad del amor se recurre a un símil, simple pero rotundo. A veces el símil se extrema hasta metaforizar el entorno paisajístico, como en la llanera venezolana que precisa: «Estoy contento/ como el colibrí que bebe / en la flor de la mañana». Entre los temas folclóricos del continente hay frecuentes recurrencias a leyendas alrededor de las aves, muy conocida la del venezolano Héctor Cabrera El pájaro choguí, niño convertido en un cantor pajarito.


El cóndor, ave identitaria de los países andinos, ha sido inmortalizada por la composición instrumental dl peruano Daniel Alomía Robles titulada El cóndor pasa, uno de los temas musicales con versiones en el mundo, que fue declarado recientemente Patrimonio Cultural de la Nación por el Instituto Nacional de Cultura de Perú. Como una contestación, el argentino César Isella compuso Vuelve el cóndor: «Vuelve el cóndor del alto Perú. / Esta vuelta no habrá Guayaquil».


Otra ave muy citada en el repertorio musical latinoamericano, pero en su accionar negativo, como depredadora, es el gavilán. Una danza venezolana muy bailada en las zonas rurales tiene una especie de insistencia coral mediante la cual se representa la lucha contra un gavilán: «Si el gavilán se comiera / como se come al gana’o». Una canción popularizada por el mexicano Pedro Infante dice: «Se llevó mi polla / el gavilán pollero. / La pollita / que más yo quiero». En este caso se identifica el mal humano con un ejemplo animal. De México también es una canción más moderna pero compuesta en el aire tradicional en el cual ocurre una autoidentificación similar: «Que fui paloma / sin poder ser gavilán».

 

LA MELOFAUNA CUBANA

El cancionero tradicional romántico cubano se caracteriza por el uso de imágenes de alusiones metafóricas en un lenguaje puramente amoroso, donde no son habituales las remisiones a la fauna, ni aun en la música campesina, aunque sí encontramos otros elementos otros elementos de la naturaleza como las flores, el río y la palma.


Tal vez entre las excepciones más recordadas estén la «mariposita de primavera» de Miguel Matamoros, el jilguero que «se alejó de aquel frondoso algarrobo» en la sitiería descrita por Rafael López, o el cisne blanco «que cuando canta se muere» del cadencioso danzón que popularizaron Antonio María Romeu y su Orquesta.


Sin embargo, en la música popular con predominio del ritmo bailable, sí aparece una melofauna utilizada con intenciones graciosas o satíricas, casi siempre integrada a un estribillo.


A través del tiempo ha mantenido su celebridad el picante diálogo entre un periquito y un gallo en la guaracha de Ñico Saquito titulada Cuidadito, compay gallo; sin embargo, se ha visto con recelo la declaración de El negrito del batey de que «todo el trabajo se lo dejo al buey / porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo».


En voz de Miguelito Cuní se popularizó por los años cincuenta el son El pájaro y el cazador, especie de choteo a la infidelidad: «Quién ha visto a un pajarito / tirándole al cazador. / Tú ves, bongó, / que el hombre se te coló». Un animal con tan poca gracia como la jicotea, tal vez por eso protagonizó la guaracha de Merceditas Fernández Andar de la jicotea: «La jicotea va, / la jicotea viene / [...] / ¡Ay, jico! / Qué despacio es su andar / [...] / mueve un poco tu cintura, jico / y mejor será tu caminar». Medio mundo ha recorrido el «chivo que rompe tambó», en la humanísima voz de Bola de Nieve, pero también un chivo es el pretexto para el estribillo de la guajira Ya usted lo ve, escuchada en las voces del Dúo Espirituano: «Yo no sé por qué la gente / critica mi borrachera. / En nuestro suelo cubano / mucho que nos divertimos / [...] / ¡Ave María, Ave María! / ¡Qué muchacho! / Le encargué una chiva hembra, / y me trajo un chivo macho».


En El fiel enamorado, del santiaguero Portela, el estribillo sonero se impone sobre el bolero para decir : «Monta mi caballo / que está en la puerta / que da al camino real». (3)


El burro de Mayabe, de Raulito Ferrer, tema popularizado por Pedro Luis Ferrer, recoge de manera guarachera la anécdota el un burro que toma cerveza en el mirador de Mayabe (provincia cubana de Holguín). Pedro Luis también le ha puesto música algunas décimas de su tío Raúl, convirtiéndola en la popular guaracha Inseminación artificial, en la cual una vaquita protesta porque «quiere seguir a la antigua».


En 1984 Juan Fomell y Los Van Van llenaron época con nuevo baile, el del Buey cansa’o: «Buscando estoy / la forma de un baile / que no esté usa’o. / Se me ocurrió / pensar en el paso / de un buey cansa’o». Conocida también por Los Van Van fue Lo que dice un guajiro, de la autoría de Juan Almeida: «Óyeme, ponle atención / a lo que dice el guajiro / si no quieres fracasar / cuando tu hagas camino. / Para que pase el motor, /yo te aconsejo, ingeniero, / cuando vayas a explotarlo / mejor que cojas un mulo. / [...] /Si yo subo la loma, compay, / voy detrás de ese mulo». Dentro de la más auténtica gracia cubana está hecha también por Juan Formell Dale calabaza al pollo: «Yo traigo un pollo que me quiero comer aquí / [...] / Dale calabaza al pollo que / si no tu te busca un rollo, buey».


Como vemos, nuestros pueblos tan cercanos a la tierra, en la proyección de sus esencias tienen entre sus motivos principales a la naturaleza cotidiana, que se constituye así en símbolo de identificación social a través de la cultura.


Cuba, por ser de una identidad nacional más joven, sin influencia decisivas de las culturas autóctonas, y con una interpenetración cultural de otros referentes, ha tomado estos bienes simbólicos de una forma sumamente particular que la diferencia de los demás países.
Son estas, pues, solo unas precisiones significativas del tema: un rápido recorrido, a galope a veces, sobrevolando otras, por el paisaje espiritual de América.

 


GUILLERMO BONFIL BATALLA: Descolonización y cultura propia, en revista Signos, No. 36, Santa Clara, l988, p. 9.
Muchas de estas composiciones, sobre todo del cancionero mexicano, trascendieron por su intérprete y no por su autor. En este trabajo se consignará la autoría solo cuando se tenga certeza de la misma.
De esta composición existen muchas versiones, y su estribillo ha sido cambiado. Lo más común es que aparezca también: «pica mi caballo / que está en la cerca / que va al camino real».


Alexis Castañeda Pérez de Alejo. Santa Clara. Cuba. Ha incursionado en el ensayo. Graduado de Historia y Periodismo. Especialista principal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Villa Clara. En 1999 Ediciones Capiro publicó su poemario El sitio de la soledad; en el 2001 apareció, por Sed de Belleza, el testimonio de su autoría Yo simplemente hago o La Aventura de El Mejunje. En este mismo año publicó, como coautor, el ensayo Un episodio desconocido de la Vanguardia Cubana: los murales al fresco de la Escuela Normal de Santa Clara, poco después salió a la luz el poemario en décimas Vicios de la nostalgia; estos dos últimos títulos bajo el sello editorial Capiro, casa editorial que publicó recientemente su último libro de poesía, Revelaciones del silencio. En el 2000 obtuvo uno de los tres premios del II Concurso Internacional de Poesía del Círculo de Collegno, Italia y en el 2002 recibió una de las becas de creación del concurso Ciudad del Che con un proyecto de libro de poesía. Trabajos suyos de crítica artística y literaria han sido acogidos por diversas publicaciones cubanas entre ellas La Gaceta de Cuba, Revista del Libro Cubano, Signos, Umbral, Juventud Rebelde, La Jiribilla, La Isla en peso, El Habanero, Periódico Vanguardia, etc. Es miembro del consejo editorial de la revista Umbral, publicación donde mantiene una página fija, y del consejo asesor de la revista Signos.

 


 

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Comentarios (3)add
...
escrito por Juan C Recio , agosto 11, 2010
Sin dudas Alexis Castañeda siempre nos regala una joya, mucho más en temas como estos donde siempre ha sido muy avanzado, para estudiar y comprender. Lo he disfrutado, muy bueno.
Juan C Recio
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escrito por salvador V guerra , agosto 11, 2010
exelente trabajo, disfrutado plenamente, gracias

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escrito por Josep Pons , agosto 18, 2010
En You Tube está colgado la versión de "Fiel enamorado" con el título "Iza mi caballo" disco de 78 rpm grabado en España, año 1.941 por el olvidado "Quinteto Tropical"
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