Las Nobles bestias y las aves en la canción popular latinoamericana
Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo
El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla, refiriéndose a la colonización, ha señalado que:
los territorios étnicos contaban no solo como recurso natural,
indispensable para la sobrevivencia y reproducción sociales, sino
también como elemento cultural simbólico y emotivo, íntimamente ligado
a la historia de cada pueblo, cargado de sigmas y referencias que
contribuían a dar sentido y coherencia a una particular visión del
mundo. (1)
La espiritualidad de los pueblos de América está, pues, entrañablemente
ligada al entorno natural de donde emergen. La naturaleza exuberante,
inhóspita o avasallante ha marcado la existencia y desarrollo de esas
culturas, situación que se ha mantenido, aún después de tantos siglos
de «civilización», por lo que entre sus referentes simbólicos son
frecuentes elementos naturales esenciales como la flora y la fauna,
y—dentro de esta última—las bestias y las aves son recurrencias
culturales reflejadas constantemente en su producción artística, sobre
todo en la composición musical cantada.
LAS NOBLES BESTIAS
Las
bestias domésticas son parte importante en la vida del hombre americano
al extremo de constituir una unidad complementaria, ya sea como medio
de carga, transporte o como recurso de subsistencia. Esto ha generado
una afectividad que aparece reflejada en sus cantos: se le rinde
homenaje, como compañeras de triunfos o infortunios, o como elemento
referencial en las estructuras literarias.
En El arriero, del
argentino Atahualpa Yupanqui, el animal aparece estrechamente unido a
la cotidianidad humana, a la tragedia del hombre: «Las penas y las
vaquitas / se van por la misma senda / las penas son de nosotros, / las
vaquitas son ajenas». Nótese el uso del diminutivo tan común en el
habla del indio y que en este caso tiene una connotación afectiva.
También desde esta afectividad, y tal vez unido a la necesidad, dice un
viejo corrido mexicano: «Me robaron la vaquita, / me dejaron la becerra
/ Y ahora que no la encuentro / ni por cielo, mar y tierra». (2)
El caballo como compañero fiel, como complementariedad
práctico-sentimental nacida de la evocadora errancia por las laderas
del sur, aparece una y otra vez. En Sin caballo y en Montiel, Yupanqui,
dice terminantemente: «De nada vale un paisano / sin caballo y en
Montiel», y luego agrega: «La sombra de mi caballo / como en sueños
divisé: / se me arrollaba en el alma / las leguas que anduve en él».
Con este mismo apego canta otro argentino, Jaime Sauville en El
corralero: «Cómo pretender que yo / que lo crié de potrico / clavé en
su pecho un cuchillo/ porque el patrón lo ordenó. / Déjenlo no más
pastar / --no rechacen mi consejo-- / que yo lo voy a enterrar / cuando
se muera de viejo».
A veces se pone «conciencia» a la bestia, que participa así de la
situación narrada, como en La colorada, también de Atahualpa Yupanqui:
«En piedras y moldejones / trabajan grandes y chicos / martillando
noche y día / pa’ que otros se vuelvan ricos. / pasaba cantando un
chango / en una chata carguera / y la mula iba pensando / pucha querida
fulera». En el Caribe encontramos un ejemplo similar, quizás más
extremo, en el Lamento borincano, del puertorriqueño Rafael Hernández:
«Y que alegre / también su yegua va / al presentir / que es su cantar /
todo un himno de alegría» (luego la yegua asume la decepción del
jibarito).
En Caballo que no galopa, de Horacio Guaraní, el dueño dialoga desde la
subalternidad con su caballo: «Mi caballito querido, / esto te pido no
más: / nos han echa’o los perros / pero no me han de alcanzar».
El conocido corrido mexicano que narra la última aventura del
picapleitos Juan Charrasqueado, aquel al que «no le dio tiempo de
montar en su caballo» porque «pistola en mano se le echaron a montón»,
tiene una ruptura del sistema tanto musical como literario, que genera
una atmósfera descriptiva, de expectación, y como una acotación al
margen, una evasión, dice: «!Qué buenos toros llevan hoy al matadero! /
Qué buen caballo va montando el caporal!».
El caballo es el motivo en el popular tema del folclorista venezolano
Simón Díaz, pero esta vez como pretexto o parábola donde un «caballo
viejo» se arriesga con una «potra alazana» en una última oportunidad;
una combinación de hermosas visiones («el pecho se le desgrana») con
objetivos metaforizados (un «corazón amarra’o»).
Pero quizás el más conmovedor canto dedicado a un caballo, y el que
mejor demuestra la entrañable identificación hombre-bestia, sea El
alazán, también de Yupanqui:
Era una cinta de fuego
galopando, galopando,
crin revuelta en llamaradas.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Trepó las sierras con luna,
cruzó los valles nevando,
cien caminos anduvimos.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Oscuro lazo de niebla
te piedó junto al barranco
¿Cómo fue que no lo viste?
¿Qué estrellas estabas buscando?
En el fondo del abismo
ni una voz para nombrarlo.
Solito se fue muriendo
mi caballo, mi caballo.
En una orqueta del tala
hay un morral solitario
y hay un corral sin relincho.
Mi alazán, te estoy nombrando.
Si—como dicen algunos—
hay cielo pa’ un buen caballo,
hora allá andará mi flete
galopando, galopando.
También
puede aparecer implícito por obvio, como en el tema mexicano El jinete:
«Por la lejana montaña / va cabalgando el jinete» o en la composición
de Botelli y Ríos La Felipe Varela: «Galopa en el horizonte / la muerte
y polvareda / porque Felipe Varela / matando viene y se va».
El
tango ha trascendido como composición sumamente romántica y dramática,
sin embrago existen varios de ellos con textos jocosos. En voz de
Carlos Gardel se escuchó en sus momentos de mayor apogeo Apura,
delantero buey, considerada la última canción criolla del Zorzal junto
a Le Pera y que fue tema de la película Cazador de estrellas. Es un
texto raro, pues cambia del plano real al imaginario a través del
cambio de animal: «Siga la huella, viejo buey / no se achique, vamos /
[...] / Quisiera ser golondrina / [...] / que vuela cortando el viento
/ [...] / vamos, Picardía, que ya vamos llegando». Otro tango—dedicado
a su amigo Leguisama—describe una carrera de caballos protagonizada por
el popular jockey. Este mismo tema lo trata en Por una cabeza,
compuesto junto a Le Pera, pero en forma de fábula o moraleja: «Basta
de correr. / Se acabó la timba: / una final reñida / ya no vuelvo a
ver». Parecido uso en Buey manso, pero situándolo como símbolo: «Atado
al yugo de rudas penas / por los caminos sin rumbo voy».
Curiosamente el perro, considerado en casi todas las culturas como el
más fiel amigo del hombre, apenas se recoge en el paisaje cancionístico
latinoamericano. Tal vez uno de los pocos ejemplos sea la canción
Callejero del argentino Alberto Cortés, especie de oda catártica a la
muerte de un perro de nadie: «Era el personaje de las cosas bellas / y
se fue con ellas cuando se marchó. / Se bebió de golpe todas las
estrellas, / se quedó dormido y ya no despertó. / Nos dejó el espacio
como testamento, / lleno de nostalgia, lleno de emoción. / Legó su
recuerdos por los sentimientos / para derramarlos en esta canción».
LAS AVES
Las
aves aparecen casi siempre como símbolo de la libertad, del viaje, o
asociadas a la belleza o a la pureza, sobre todo de la mujer, pero
también como pura imagen metaforizada.
Muy popular es el canto
mexicano Cu cu ru cu cu, paloma, donde con irrupción onomatopéyica se
establece una especie de semejanza moral (paloma y/o mujer). Igual
intención se nota en el bolero-son El fiel enamorado de Panchito
Portela: «Quisiera, linda paloma, / subir a tu palomar, / junto contigo
volar / auque a mi me parta un rayo...», auque aquí la ruptura se
justifica con la introducción del coro habitual en este tipo de
composición.
En Golondrina aventurera y La calandria—mexicanas ambas—el ave
protagoniza una parábola moralizante, aleccionadora. En la primera
encarna la libertad: «Golondrina aventurera / que teniendo quien te
quiera / sabes Dios adonde vas». En la segunda es la traición , pero
unido a los deseos de libertad: «En una jaula de oro / pendiente de un
balcón / se hallaba una calandria / cantando su dolor. / Y un pobre
gorrioncillo / que por allí pasó, / el pobre como pudo / los alambres
rompió. / Y la ingrata calandria / después que la sacó, / tan pronto se
vio libre, / voló, voló, voló».
Parecido es el tratamiento en Gorrioncillo pechoamarillo, con una
variante muy utilizada en el cancionero mexicano, en el cual el hombre
se identifica con la tragedia del animal--¿también su tragedia?--:
«Gorrioncillo pechoamarillo, / con sus alitas casi sangrando, / su
pajarita anda buscando / [...] / No se da cuenta; yo estoy llorando /
porque Dios sabe al estar mirando / que ando sangrando al igual que tú».
Otra interacción se produce en la venezolana Pajarillo verde: «Ay,
pajarillo verde, como no quieres que llore. / Ay, pajarillo verde, como
no voy a llorar».
De nuevo la golondrina como viajera, pero en semejanza de mujer
imposible está en un tango de Gardel y Le Pera titulado precisamente
Golondrina: «Golondrina de un solo verano/ [...] / Criollita de mi
pueblo / [...] / su vuelo detendrá». El gallo de pelea, ave situada en
las costumbres de algunos de nuestros pueblos está en otro tango, esta
vez de Gardel y Razano: «Pobre gallo Bataraz / se está abriendo el
pellejo / como pa’ dar un consejo. / Aura si que te encontrás / porque
estás enclenque y viejo».
Amar amando, es sin dudas, una de las más bellas canciones de amor
escritas en nuestra lengua, de la autoría de Horacio Guaraní. Dice en
uno de sus versos: «Amar como ama un pájaro a su nido». Es decir: para
probar la profundidad del amor se recurre a un símil, simple pero
rotundo. A veces el símil se extrema hasta metaforizar el entorno
paisajístico, como en la llanera venezolana que precisa: «Estoy
contento/ como el colibrí que bebe / en la flor de la mañana». Entre
los temas folclóricos del continente hay frecuentes recurrencias a
leyendas alrededor de las aves, muy conocida la del venezolano Héctor
Cabrera El pájaro choguí, niño convertido en un cantor pajarito.
El cóndor, ave identitaria de los países andinos, ha sido inmortalizada
por la composición instrumental dl peruano Daniel Alomía Robles
titulada El cóndor pasa, uno de los temas musicales con versiones en el
mundo, que fue declarado recientemente Patrimonio Cultural de la Nación
por el Instituto Nacional de Cultura de Perú. Como una contestación, el
argentino César Isella compuso Vuelve el cóndor: «Vuelve el cóndor del
alto Perú. / Esta vuelta no habrá Guayaquil».
Otra ave muy citada en el repertorio musical latinoamericano, pero en
su accionar negativo, como depredadora, es el gavilán. Una danza
venezolana muy bailada en las zonas rurales tiene una especie de
insistencia coral mediante la cual se representa la lucha contra un
gavilán: «Si el gavilán se comiera / como se come al gana’o». Una
canción popularizada por el mexicano Pedro Infante dice: «Se llevó mi
polla / el gavilán pollero. / La pollita / que más yo quiero». En este
caso se identifica el mal humano con un ejemplo animal. De México
también es una canción más moderna pero compuesta en el aire
tradicional en el cual ocurre una autoidentificación similar: «Que fui
paloma / sin poder ser gavilán».
LA MELOFAUNA CUBANA
El
cancionero tradicional romántico cubano se caracteriza por el uso de
imágenes de alusiones metafóricas en un lenguaje puramente amoroso,
donde no son habituales las remisiones a la fauna, ni aun en la música
campesina, aunque sí encontramos otros elementos otros elementos de la
naturaleza como las flores, el río y la palma.
Tal vez entre las
excepciones más recordadas estén la «mariposita de primavera» de Miguel
Matamoros, el jilguero que «se alejó de aquel frondoso algarrobo» en la
sitiería descrita por Rafael López, o el cisne blanco «que cuando canta
se muere» del cadencioso danzón que popularizaron Antonio María Romeu y
su Orquesta.
Sin embargo, en la música popular con predominio del ritmo bailable, sí
aparece una melofauna utilizada con intenciones graciosas o satíricas,
casi siempre integrada a un estribillo.
A través del tiempo ha mantenido su celebridad el picante diálogo entre
un periquito y un gallo en la guaracha de Ñico Saquito titulada
Cuidadito, compay gallo; sin embargo, se ha visto con recelo la
declaración de El negrito del batey de que «todo el trabajo se lo dejo
al buey / porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo».
En voz de Miguelito Cuní se popularizó por los años cincuenta el son El
pájaro y el cazador, especie de choteo a la infidelidad: «Quién ha
visto a un pajarito / tirándole al cazador. / Tú ves, bongó, / que el
hombre se te coló». Un animal con tan poca gracia como la jicotea, tal
vez por eso protagonizó la guaracha de Merceditas Fernández Andar de la
jicotea: «La jicotea va, / la jicotea viene / [...] / ¡Ay, jico! / Qué
despacio es su andar / [...] / mueve un poco tu cintura, jico / y mejor
será tu caminar». Medio mundo ha recorrido el «chivo que rompe tambó»,
en la humanísima voz de Bola de Nieve, pero también un chivo es el
pretexto para el estribillo de la guajira Ya usted lo ve, escuchada en
las voces del Dúo Espirituano: «Yo no sé por qué la gente / critica mi
borrachera. / En nuestro suelo cubano / mucho que nos divertimos /
[...] / ¡Ave María, Ave María! / ¡Qué muchacho! / Le encargué una chiva
hembra, / y me trajo un chivo macho».
En El fiel enamorado, del santiaguero Portela, el estribillo sonero se
impone sobre el bolero para decir : «Monta mi caballo / que está en la
puerta / que da al camino real». (3)
El burro de Mayabe, de Raulito Ferrer, tema popularizado por Pedro Luis
Ferrer, recoge de manera guarachera la anécdota el un burro que toma
cerveza en el mirador de Mayabe (provincia cubana de Holguín). Pedro
Luis también le ha puesto música algunas décimas de su tío Raúl,
convirtiéndola en la popular guaracha Inseminación artificial, en la
cual una vaquita protesta porque «quiere seguir a la antigua».
En 1984 Juan Fomell y Los Van Van llenaron época con nuevo baile, el
del Buey cansa’o: «Buscando estoy / la forma de un baile / que no esté
usa’o. / Se me ocurrió / pensar en el paso / de un buey cansa’o».
Conocida también por Los Van Van fue Lo que dice un guajiro, de la
autoría de Juan Almeida: «Óyeme, ponle atención / a lo que dice el
guajiro / si no quieres fracasar / cuando tu hagas camino. / Para que
pase el motor, /yo te aconsejo, ingeniero, / cuando vayas a explotarlo
/ mejor que cojas un mulo. / [...] /Si yo subo la loma, compay, / voy
detrás de ese mulo». Dentro de la más auténtica gracia cubana está
hecha también por Juan Formell Dale calabaza al pollo: «Yo traigo un
pollo que me quiero comer aquí / [...] / Dale calabaza al pollo que /
si no tu te busca un rollo, buey».
Como vemos, nuestros pueblos tan cercanos a la tierra, en la proyección
de sus esencias tienen entre sus motivos principales a la naturaleza
cotidiana, que se constituye así en símbolo de identificación social a
través de la cultura.
Cuba, por ser de una identidad nacional más joven, sin influencia
decisivas de las culturas autóctonas, y con una interpenetración
cultural de otros referentes, ha tomado estos bienes simbólicos de una
forma sumamente particular que la diferencia de los demás países.
Son estas, pues, solo unas precisiones significativas del tema: un
rápido recorrido, a galope a veces, sobrevolando otras, por el paisaje
espiritual de América.
GUILLERMO BONFIL BATALLA: Descolonización y cultura propia, en revista Signos, No. 36, Santa Clara, l988, p. 9.
Muchas de estas composiciones, sobre todo del cancionero mexicano,
trascendieron por su intérprete y no por su autor. En este trabajo se
consignará la autoría solo cuando se tenga certeza de la misma.
De esta composición existen muchas versiones, y su estribillo ha sido cambiado. Lo más común es que aparezca también: «pica mi caballo / que está en la cerca / que va al camino real».
Alexis Castañeda Pérez de Alejo. Santa Clara. Cuba. Ha incursionado en el ensayo. Graduado de Historia y Periodismo. Especialista principal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Villa Clara. En
1999 Ediciones Capiro publicó su poemario El sitio de la soledad; en el
2001 apareció, por Sed de Belleza, el testimonio de su autoría Yo
simplemente hago o La Aventura de El Mejunje. En este mismo año
publicó, como coautor, el ensayo Un episodio desconocido de la
Vanguardia Cubana: los murales al fresco de la Escuela Normal de Santa
Clara, poco después salió a la luz el poemario en décimas Vicios de la
nostalgia; estos dos últimos títulos bajo el sello editorial Capiro,
casa editorial que publicó recientemente su último libro de poesía,
Revelaciones del silencio. En el 2000 obtuvo uno de los tres
premios del II Concurso Internacional de Poesía del Círculo de
Collegno, Italia y en el 2002 recibió una de las becas de creación del
concurso Ciudad del Che con un proyecto de libro de poesía. Trabajos
suyos de crítica artística y literaria han sido acogidos por diversas
publicaciones cubanas entre ellas La Gaceta de Cuba, Revista del Libro
Cubano, Signos, Umbral, Juventud Rebelde, La Jiribilla, La Isla en
peso, El Habanero, Periódico Vanguardia, etc. Es miembro del
consejo editorial de la revista Umbral, publicación donde mantiene una
página fija, y del consejo asesor de la revista Signos.

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Juan C Recio