Lobas de mar,
o sea,
hablando boberías
Ya se sabe que la mayoría de los concursos
literarios en España no se realizan para premiar al mejor libro, sino
para promover a un autor que ya pertenece a la nómina de dicha
editorial. No estoy en contra de esta costumbre. Me parece bien que un
autor pueda recibir de antemano una jugosa cantidad de dinero a cambio
de un buen libro.
Pero
como lector, me intriga —por no decir, me indigna— la razón por la cual
una editorial insiste en promocionar a una escritora que no sólo
escribe tramas ilógicas, sino que ni siquiera conoce las cuestiones más
elementales de su idioma. Después de leer la última novela de Zoé
Valdés, Lobas de mar (Premio Fernando Lara, de la editorial Planeta),
resulta imposible imaginar por qué esa editorial invierte —porque, sin
duda, se trata de una inversión— miles de dólares en premiar otro libro
más de una autora, cuyas novelas suelen estar llenas de errores
históricos, geográficos, etnológicos, gramaticales y estructurales. No
voy a especular en las razones —económicas o personales— que conllevan
a este hecho.
Errores históricos y geográficos
Tampoco
me interesa insistir en la lastimosa incapacidad de Valdés para la
narrativa porque ese aspecto de su escritura ya es de sobra conocido.
Pero uno debe peguntarse qué clase de labor hace el departamento de
redacción de Planeta, o incluso qué conocimientos o sentido editorial
puede existir en una de las empresas literarias más grandes de España,
que premia e imprime miles de ejemplares de un texto donde aparecen los
errores más burdos. Tampoco puedo dejar de preguntarme cómo un jurado
de mediano prestigio —formado por Antonio Prieto, Luis María Anson,
Juan Eslava Galán, Carlos Pujol, Fernando Delgado y Manuel Lombardero—
ha permitido que sus nombres aparezcan como responsables de haber
premiado semejante esperpento.
Valdés
ha dicho que, para escribir Lobas de mar, realizó una extensa
investigación. De hecho afirmó: “Llevo muchos años con esta idea, una
verdadera obsesión, es mi novela más estudiada, más investigada, y más
viajada”. Nos parece que con esa frase sólo ha pretendido emular con
otros autores que han trabajado a fondo sus novelas históricas y han
comentado sobre sus investigaciones, si bien ninguno de ellos ha tenido
el mal gusto de colocar al final de sus novelas, como hizo Valdés, un
listado de títulos consultados, como si la obra fuera un libro de
ensayos… sobre todo, teniendo en cuenta el catastrófico resultado final.
Si
la autora no cuenta con los conocimientos apropiados para alguien de su
oficio, sería de esperar que la editorial hubiera corregido esos
errores. Pero éstos son omnipresentes a lo largo del libro. Veamos un
ejemplo. En la p. 62, un personaje se refiere al pirata Calico,
diciendo: “En La Habana, las solteras, casadas, viudas, y prostitutas
se derriten ante su presencia, su celebridad se ha extendido hasta
Cienfuegos, y a otras provincias y a otras islas: las Bahamas, isla de
los Vientos, isla de Pinos, La Tortuga, Santo Domingo, La Española…”
Estas líneas ya parecen resumir la desastrosa elaboración del texto. En
primer lugar, se menciona la existencia de Cienfuegos. Recordemos que
la novela se desarrolla entre 1690 y 1720. Lamentablemente, la
fundación de la villa de Cienfuegos no ocurre hasta el 22 de abril de
1819, cuando colonos franceses se asientan en la futura urbanización,
nombrándola Fernandina de Jagua. Y no es hasta 1880 que obtiene el
título de ciudad, a la entonces se denomina Cienfuegos en homenaje al
gobernador de la Isla. Pero, ignorante del gazapo, la autora insiste en
mencionarla numerosas veces a lo largo de esta novela “histórica”. En
la p. 123, alguien aconseja a los piratas desembarcar en Cienfuegos
para contactar a cierto cirujano. En la p. 124, el pirata le asegura a
Ann que podrá “vivir en Cienfuegos el tiempo que sea necesario”. Y en
la p. 128, vuelve a hablarse de “los prestigiosos salones
cienfuegueros”.
En el listado de
lugares adonde se ha extendido la celebridad del pirata, se menciona
otro sitio inexistente: la Isla de los Vientos, que a juzgar por el
resto de los lugares que le acompañan, la autora cree perteneciente a
la región caribeña. Pero la Isla de los Vientos no existe ni ha
existido nunca en el Caribe ni en ninguna otra parte del mundo. Se
trata de un sitio tan mítico que actualmente es un favorito de los
juegos de magia y fantasía que pueden hallarse en Internet. Su origen
parece provenir de la mitología griega. Y aunque hay varias islas en el
mundo a las que sus habitantes llaman, a manera de seudónimo poético,
Isla del Viento o de los Vientos, ninguna tiene ese nombre. ¿Será que
Valdés confundió el nombre de la quimérica isla con el Paso de los
Vientos o el Canal del Viento, un estrecho que separa a Cuba de La
Española?
Hablando de esto, otro
desaguisado ocurre precisamente cuando la autora menciona La Española y
Santo Domingo como si ambos fueran dos sitios diferentes, cuando se
trata de la misma isla. Santo Domingo era la capital de la Española
desde época colonial. De ahí el nombre de “isla de Santo Domingo” con
que solía llamarse a la isla de La Española (también La Hispaniola).
Por
otra parte, la Isla de Pinos primero se llamó La Evangelista. En la
época de los piratas se le conoció como Isla del Tesoro o Isla de los
Piratas. El rey español Fernando VII (1784-1833) la denominó Colonia de
la Reina Amalia. El patronímico de la Isla de Pinos llegó en el siglo
XIX. Pese a todo, los piratas de la novela desembarcan en las costas de
Cienfuegos, “en una playa idílica, no exenta de cosquilleantes jubos de
Santa María, serpientes de mortal veneno, cocodrilos y tortugas” (p.
127). Señora Valdés, como todo niño cubano sabe —y hasta los
extranjeros que sólo hemos vivido unos pocos años en la isla—, en Cuba
no existen ni han existido nunca las serpientes venenosas.
Otro
lamentable error es confundir la imagen de la santa patrona de Cuba, la
Virgen de la Caridad del Cobre —acompañada de su inseparable botecito
donde los tres Juanes rezan implorando protección—, con la Virgen de
Regla, patrona de la bahía de La Habana. En la p. 138, puede leerse: “…
una virgen negra cargando a un santito prieto, delante un bote con tres
pescadores: uno negro, un segundo indio, el tercero cuarterón saltatrás
(?), para algunos criollazo atrasadito.“—Es la Virgen de Regla, soy muy
devoto…” Sí, el personaje es muy devoto, pero al igual que Valdés no
conoce a sus deidades, pues la descripción no corresponde a la Virgen
de Regla, sino a la Virgen de la Caridad del Cobre.
Otro gazapo histórico ocurre en la p. 38, cuando se dice: “Margaret
Jane le informó de que el chico no salía de una enfermedad para entrar
en otra, contagiado en permanencia de cualquier virus imprevisible”.
Voy a pasar por alto la pésima redacción de la frase, pero no puedo
dejar de señalar que en 1690 nadie tenía la menor idea de lo que eran
los virus. Ni siquiera existía la palabra, que se inventó dos siglos
después, en 1895. Tampoco se puede ignorar el insólito revisionismo de
toda la historia colonial, cuando los señores blancos deben pedir
permiso a sus propios esclavos para ver si éstos les permiten asistir a
sus fiestas (p. 142). Sólo cuando éstos asienten, los amos blancos se
atreven a visitar sus barracones. Para no cansar al lector,
terminaremos con unas estrofas, cantadas por una cotorra a la que un
marinero ha enseñado la siguiente tonadilla: “Si me pides el pesca’o te
lo doy, si me pides el pesca’o te lo doy, te lo doy, te lo doy, te lo
doy…” (p. 172). El problema de esta escenita, que se desarrolla antes
de 1720, es que la canción citada pertenece a Eliseo Grenet, un ilustre
compositor cubano que vivió entre 1893 y 1950.
Cubanismos, modismos y otras frases anacrónicas
Consecuencias directas de la falta de información y de cultura general
de esta autora son los anacronismos idiomáticos en los que incurren sus
personajes. Cualquiera que haya leído literatura de los siglos XVII y
XVIII —y no hablo sólo de novelas, sino también de crónicas de viajes,
diarios y cartas—, adquiere un sentido de lo que pertenece o no al
lenguaje habitual de una época. Pero el detector lingüístico falla por
completo en el caso de Valdés. Existen razones históricas que
imposibilitan la existencia de muchos giros idiomáticos en personajes
que vivieron tres siglos atrás. En otros casos, las inexactitudes se
deben al uso de cubanismos contemporáneos que no surgieron hasta bien
entrado el siglo XIX o incluso el XX. Sea como sea, en medio de una
novela de piratas resulta contraproducente topar con estos modismos:
“en la calle y sin llavín” (p. 25); desconchiflados (p. 25); “allá tú
con tu condena” (p. 27); “parándosele por gusto el mandado” (p. 36);
“tenía noventa y nueve papeletas para un viaje irreversible” (p. 43);
“se echó al pico a unas cuantas decenas de piratas” (p. 57); “duraba lo
que un merengue a la puerta de un colegio” (p. 58. Nota: ni siquiera
existían los colegios de asistencia masiva donde un vendedor callejero
se hubiera detenido a vender sus dulces); “eso sí me vendría de
perilla” (p. 67); “maciza como una lechona, o masúa, como dicen los
isleños cienfuegueros” (p. 67. Nota: ya sabemos que los cienfuegueros
no podían existir en esa época, así es que es dudoso que pudieran
emplear ninguna frase típica de ellos); “ya verás lo que son cajitas de
dulce guayaba” (p. 82. Nota: el dulce de guayaba no se embalaba en
cajas en esa época, porque ni siquiera existía); “se desayunaba ahora
con que…” (p. 88); “la sangre bombeó de nuevo a todo meter en sus
arterias” (p. 89); “la cosa no anda buena” (p. 116); “embarajó
confianzudo” (p. 139); “se hizo la muerta para ver qué entierro le
hacían” (p. 154); “tono relambío” (p. 168); “pueda venir a hacerme un
cuento chino” (p. 176. Nota: esa frase nace en Cuba después que llegan
los primeros inmigrantes chinos a la isla, en la segunda mitad del s.
XIX); “toda esa rebambaramba” (p. 177); “por mucho que Mary intentó
dorarle la píldora” (p. 200)… Una vez más, recuerde el lector que
estamos hablando de finales del siglo XVII y principios del XVIII.
Las pifias y confusiones lingüísticas
son constantes en la novela. Aunque la autora parece tener un surtido
vocabulario de palabras soeces, provenientes de su patria y de todo el
continente, en cambio parece haber olvidado los “dejes” del hablar
popular cubano. En la p. 228, hay una escena del último capítulo que
ocurre en la Cuba actual. Un visitante llega a un solar de La Habana y
un niño, que juega allí, corre a buscar a su madre mientras grita:
“¡Mamá, que aquí hay un gallego que dice que viene de España!” Valdés
ha olvidado que ese queísmo al comienzo de una frase es exclusivamente
español. Incluso es una de las señales con las que los latinoamericanos
reconocemos el hablar de la Madre Patria. En Cuba, semejante giro no
existe.
Errores gramaticales y de lenguaje
Pero los desaciertos de época y lugar no son nada comparados con otro
asunto más grave en un escritor: el manejo del lenguaje. Confieso que
jamás había leído libro alguno en el que se produjera tamaño destrozo
del idioma castellano. Me he visto en la obligación de separar el
asunto por bloques para intentar poner un poco de orden en el caos. Mal
uso de los signos de puntuación:
La mala puntuación es una constante en la novela, pero ni el redactor,
ni el jurado se dieron por enterado; y eso que apenas existe un párrafo
donde no surjan. Como no podemos rescribir toda la obra, citaremos un
par de ejemplos: En la p. 78, se lee: “Cesó la música, los aplausos y
los vivas a los artistas invadieron la escena…” Obviamente, después de
la palabra música se necesita un punto, o al menos un punto y coma.
Como están aquí, los sustantivos “aplausos” y “vivas” parecen
corresponder al verbo inicial, lo cual crea una confusión innecesaria
que sólo se aclara cuando el lector terminar de leer toda la idea y
comprende el error. Tal vez el signo de puntuación peor empleado en la
novela sea el punto y coma. Basten dos ejemplos: “—Querida, todas
ansiamos el tesoro, para eso invité al capitán; es viejo ardid; con tal
de sacarle donde ha enterrado el bendito cofre; pero, tranquilícese…”
(p. 77). “… Después de larga deliberación, estuvieron de acuerdo en
aceptar a una fémina entre tantos valientes, ella también lo era de
sobra; pese a que estaban prohibidas las mujeres y los homosexuales; su
existencia en la trinchera…” (p. 94).
En general, los signos de puntuación se usan sin ninguna coherencia.
Ignorancia en el uso de los artículos: Una breve consulta al clásico
Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel
Seco, hubiera aclarado o recordado que “el artículo femenino singular
toma la forma el cuando va inmediatamente delante de nombre femenino
que empieza por el fonema /a/ tónico: el alma, el agua, el ave, el
hacha, el hambre, el águila, el África. Se exceptúan: 1. Los nombres propios de mujer: la Ángela, la Águeda. 2. El de la ciudad de La Haya. 3. El de la letra hache:
la hache. Lo mismo se aplica el uso de “un” o “una”. Pero en la novela
aparece repetida 9 veces la frase “la aya”, en lugar de “el aya”. Ni
siquiera porque su autora es cubana, pudo recordar el famoso verso del
poema “Los zapaticos de rosa”, de José Martí, que recitan todos los
niños en las escuelas: “el aya de la francesa se quitó los espejuelos”.
De todos modos, hay que reconocer que Valdés es consistente en su
ignorancia. Por eso escribe “la aura tiñosa” (p. 23), en vez de “el
aura tiñosa”, “una arpa” (p. 77 y p. 188), en vez de “un arpa”, y “una
alma” (p. 231), en vez de “un alma”.
Mal uso o ausencia de verbos:
En la novela hay un sinnúmero de verbos que denotan una completa
ignorancia sobre su significado. Tal parece como si la autora,
quedándose sin la palabra adecuada para completar una idea, recurriera
a la primera que le viniera a la mente sin detenerse a pensar en su
significado. Sólo citaremos dos fragmentos: “la presencia de la criada
le atormentaba, fisgoneaba e invadía su intimidad” (p. 15); “entre una
y otra, Carlton ostentó el instante justo para asearse, peinarse con un
moño elevado, enfilar el atuendo propio del acto y casarse” (p. 101).
En ninguno de estos casos, el verbo señalado en negritas se utiliza
adecuadamente. En otras ocasiones, el verbo que debería enlazar sujeto
y predicado sólo se hace notar por su ausencia: “Los esclavos,
desvanecidos, tumbados en tremenda pea colectiva, pues sufrían tanto de
sus llagas y cicatrices, que antes de llevar a cabo la venganza, se
abalanzaron en tropel a los frascos de opio, lo que dio por resultado
un buque drogado hasta la cocorotina” (p. 187). Eso es todo. No hay
indicios de que, antes o después, la idea haya estado vinculada a verbo
alguno que le otorgue alguna coherencia.
Tampoco aparece ningún verbo de enlace en:
“La flota de Woodes Rogers, con Charles Barnet a la cabeza, fungiendo
de subcomandante, como podrás imaginar, nada más y nada menos que el
mequetrefe de Abla Ción Montalbán, el piltrafa de Mantequita” (p. 207).
Y ahí vuelve a acabarse la idea. Se hace un punto y aparte, los
personajes se montan en un barco… y a otra cosa, mariposa. También se
ignora el verbo en la oración que sigue, cuya alucinante redacción
quizás haya impedido que nadie se diera cuenta del desastre: “La gente
rica acomodada en las filas privilegiadas, o la gente pobre,
sencillamente ubicada a lo como quiera, todos por igual empañados por
un oleaje espumoso teñido de amarillo bijol, que cuadriculaba su
pestañeante perspectiva en infortunado caleidoscopio” (p. 215). Así
queda la idea, inconclusa y dejando al anonadado lector completamente a
oscuras sobre lo que se quiso decir.
Otros maltratos se
encuentran en los tiempos o formas verbales (“Mientras el periodista y
la anciana trabaron conversación…”, en vez de trababan, p. 233) y en la
concordancia verbal, como en el caso siguiente: “Nada más fácil para
los hombres a sueldo de Charles Barnet que asaltar el buque,
arrasándolos similares a maratones de escorpiones brotando desde
numerosos escondrijos” (p. 208). Es obvio que el verbo debió usarse en
singular (arrasándolo), pues se refiere al buque.
Ignorancia en el uso de preposiciones, adverbios y otras partículas:
Aunque una de las características de esta autora es su pobre manejo del
idioma, el volumen de novelas que ha publicado con Planeta, en lugar de
contribuir a mejorar su estilo, lo ha empeorado. Es curioso que ni
siquiera los detalles más elementales del castellano, como las
partículas adverbiales cuyo uso debería ser casi inconsciente, escapan
del cataclismo. Vea el lector lo que ocurre en estos ejemplos. Valdés
escribe: “como toda respuesta”, en vez de “como respuesta” o “por toda
respuesta” (p. 11); “la hice mierda como una rata que amenaza de hundir
el barco”, en vez de “amenaza con hundir el barco” (p. 21); “encuera a
la pelota”, en vez de “en pelota” (p. 25); “cargando bultos a la
cabeza”, en vez de “sobre la cabeza” (p. 25); “perfumada a la colonia
de rosas”, en vez de “con colonia” (p. 28); “a juego con sus ojos”, en
vez de “que hacía juego con sus ojos” (p. 58); “gozaba la fama de
puerco”, en vez de “gozaba de” o “tenía fama de puerco” (p. 72);
“zapatillas a juego con la chaqueta”, en vez de “que hacían juego con”
(p. 73); “escrutó para ahí”, en vez de “escrutó” o “miró hacia ahí” (p.
79); “la orden venía del exterior y los aplacó la embriaguez”, en vez
de “y aplacó” o “les aplacó” (p. 90); “seré tu fiel esposa, a una sola
condición”, en vez de “con una sola condición” (p. 95); “unos zapatos a
juego”, en vez de “que hacen juego” (p. 99); “se despidió de una a una
de sus amistades”, sobra la partícula de enlace de (p. 108);
“humedecidos en agua de colonia, a la lavanda y a la rosa”, en vez de
“de lavanda y de rosa” (p. 115); “en su inefable acento por bulerías”,
en vez de “acento de bulerías” (p. 154)… Hay otros muchos ejemplos,
pero basten estos por ahora.
Ausencia del pronombre personal “se”:
Muchas veces falta este pronombre personal delante de los verbos
correspondientes. Estos son algunos casos, en los que me he limitado a
colocar la partícula entre corchetes en el sitio donde debió aparecer.
Sugiero al lector que lea la frase sin incluir el “se” del corchete,
pues así es como aparece en la novela: “el marino [se] deprimió y se
marchó” (p. 36); “ella [se] frotó los dedos” (p. 56); “el dedo gordo
[se] trabó en el hueco abierto” (p. 89); “en cubierta, Read dispuesta
[se] impacientaba” (p. 164); “el capitán [se] deprimía de minuto en
minuto” (p. 205)…
Facilismo o uso atroz del gerundio:
El exceso de gerundios siempre es síntoma de pobreza narrativa. En las
clases de estilo literario, el gerundio se considera un facilismo y se
previene sobre su utilización porque su abuso puede derivar en una
prosa de pésimo gusto, como ésta: “… le hizo estallar la Silla Turca
ejecutando un balazo [¿¡ejecutando un balazo!?] a través de un agujero
del ondeante Jolly Roger. Read socorrió a Bonn, extendiéndole la mano
tiró en peso de ella, ayudándola a que se irguiera. Colocada junto a su
amiga en el maderamen, hicieron equilibrio rehuyendo el tiroteo…” (p.
183).
En esta autora, el exceso de gerundios también da lugar a
verbos inexistentes que convierten la frase en una expresión carente de
sentido, como ocurre en estos tres ejemplos: “estallando brazos” (p.
181); “… sonrió socarrón y, zorreando de súbito, silbó…” (p. 65); “la
piel erizada en sucesivos escalofríos daba la impresión de existir
ajena a ella, dilatando a un fantasma cadencioso y aletargado” (p. 69);
etc.
Palabras mal usadas, sin sentido o inexistentes:
Pero Valdés no se limita a emplear mal los verbos, utilizándolos sin
ton ni son en sitios donde no significan nada. En muchos casos, también
los inventa. Esta imaginación lexical no se limita a las acciones.
También hay adjetivos y sustantivos que son, como diría algún
presentador anticuado, “de su propia inspiración”.
Las
palabras marcadas que leerán a continuación no existen. En el mejor de
los casos, su significado no concuerda con la acción que describe.
Veamos: “pensaba en lo certero y rápido que se repandían las noticias” (p. 25); “el pueblo se había atragantado el cuento” [¿tragado el cuento?] (p. 30); “gracias también a ciertas frecuentaciones” (p. 40); “envolvió el cuerpo esmorecido”
(p. 41. Nota: la palabra esmorecer se aplica a una persona que
“desfallece o pierde el aliento”, pero aquí se está hablando de un
muerto. Quizás quiso decir “amoratado”); “diluida en el embeleco”
(p. 64) y también “añoró la mar, y el embeleco de deleitarse junto a
las embarcaciones” (p. 93. Nota: embeleco significa embuste o engaño;
en ambos casos parece que quiso decir embeleso); “acompañado de un
soñoliento obeso, adjunto del gobernador” (adjunto es adjetivo, no
título ni sustantivo. La Real Academia de la Lengua lo califica como
“nombre adjetivo” que debe ir acompañando a un sustantivo: “profesor
adjunto de la universidad”); “James Bonny pacientó el resto del mediodía” (p. 82); “astuciosa
desamarraba” (p. 111); “atipladas voces infantiles montaron en
dirección de la escalera principal” (p. 138, ¿se remontaron?); “de
caminado y modales refinados”, en vez de “de andar y modales refinados”
(p. 173); “añoró devenir el hombre más poderoso”, en vez de “soñó con convertirse” (p. 186); “en los vaciados ojos de Matt Sinclair”, en vez de “vacíos” (p. 201); “al hombre le vidriaban las pupilas” (p. 214).
Infantilismos, cursilerías y demás atrocidades
En todo idioma existen frases gastadas y grandilocuentes que
ridiculizan el lenguaje. Una buena corrección de estilo debería cuidar
ese detalle, pero lamentablemente en Lobas de mar abundan cursilerías
que parecen más propias de una mala radionovela que de un premio
literario dotado de 120.000 euros. Estas son algunas: “que su fresco
cuerpo se marchitara hambriento de caricias, ansioso de pasiones” (p.
13); “las chicas ricas maquillan el descaro morboso de la juventud” (p.
28); “tenía más que ver con su apetito de hembra, estrenada y entrenada
en la perfidia” (p. 61); “él selló los pulposos labios con un beso con
amargo sabor a opio de burdel” (p. 61); “gemía desmayada en el placer,
entonada en lo más ascendente de la excitación” (p. 77); “su destino
hacía equilibrio en el hilo aciago del olvido o en la cuerda feliz del
reencuentro” (p. 89); “besando a su prima en una vena cual riachuelo
verdoso descendiendo del cuello hacia el seno izquierdo, el más
abultado” (p. 140); “el arroyuelo ardoroso de sus sentimientos” (p.
143); “sus brazos vibraron de ansias de abrazarla” (p. 209); “no le
convenía que su prestigio rodara en el lodo de la bajeza” (p. 216); “se
sostenía por el peso ineluctable de la verdad” (p. 217); etc.
Por otra parte, hay un exceso indiscriminado de adjetivos con los que
tal vez se pretende “elevar” el nivel de las descripciones, aunque la
autora no tiene la menor idea de cómo lograrlo. He subrayado cada
binomio, formado por el sustantivo y su adjetivo correspondiente, para
marcar ese exceso de adjetivación con el que Valdés sólo logra frases
gastadas y poco felices: “era del tipo de gente maquinadora, de muy
mala fe, chantajista y aprovechadora: sagaz conocedora de las leyes de
una turbulenta sociedad en la cual reinaba el torbellino del entusiasmo
novedoso…” (p. 14); “cuyas miradas reviradas dieron rienda suelta a
frases rencorosas lanzadas como puñales oxidados” (p. 16); “extrañó el
agrio olor de los mineros, y el vivo sahumerio de la floresta mezclado
con los groseros efluvios de la brea y el ensoñador aroma del salitre,
lo cual todo reunido apestaba a podrido” (p. 93).
Además de la desafortunada adjetivación, abundan las cacofonías y
repeticiones: “se libró al libertinaje” (p.61); “baranda de balaustrada
dorada” (p. 73); “neblina opalina” (p. 81); “recomponer su compostura”
(p. 152); “en estimación cuantitativa sobrepasaba las expectativas” (p.
185); “un gesto a uno de los guardias—, guardarán prisión…” (p. 212);
“antes de que se metiera el mameyazo que se metió contra las losas” (p.
231); etc.
En Lobas de mar aparecen también otra clase de frases francamente
atroces que escapan a toda clasificación: “el oído ensordeció
bruscamente y al rato recobró la audición” (p. 86); “de un malabarismo
cayó esparrancada en brazos de su futuro esposo” (p. 95); “trajinó la
frase en un canturreo” (p. 97); “entre tanta testosterona revuelta,
incluso una escuálida ración de progesterona representaba una bendición
celestial” (p. 101); “la celebridad de los valientes soldados era muy
conocida” (p. 104); “Flemind se sembró en la cama cual amapola de campo
colombiano” (p. 106. Nota: además del infeliz símil, la amapola no
llegó a América hasta 1850, es decir, 153 años después de esta
descripción); “el llanto surcó sus cachetes” (p. 109); “las piernas
chapoteando dentro del enigma del peligro” (p. 111); “palmoteó
mostrando alacridad puntillosa” (p. 140); “frases sinceras, aunque
despavoridas en su resonancia” (p. 143); “pasó su mano por la frente
hasta el cráneo” (p. 173); “amor mío, por un tris me salvé de guindar
el piojo” (p. 183); “Mary, desguabinada ante el encanto de Calico” (p.
191)…
Llegados a este punto, podríamos suponer que es imposible superar el
infortunio de esta obra, pero si el lector tiene paciencia y continúa
leyendo, podrá comprobar que lo anterior aún no es nada.
Lenguaje de comics:
Una variante de esa clase de redacción cursi, al estilo Valdés, es el
infantilismo grotesco con que suele describir las acciones de un
combate. La incultura literaria de la autora —y el descuido de una
editorial— ha puesto a circular por el mercado escenas como éstas,
dignas del peor teveo: “De un trompón la tiró al suelo, desde el piso
ella estiró la pierna y le zumbó una patada en la boca, con el filo del
tacón del botín logró partirle un diente. Un espasmo de ira ensanchó el
cuello celta del hombre” (p. 59-60); “podía afirmar que se sintió
cómoda a campo traviesa, blandiendo la afilada espada en una mano y la
pistola en la otra, el puñal entre los dientes, remolineando los brazos
delante de la cara del pavoroso adversario. Desde su magnífico estreno,
en que se vio inmersa en medio de tramposas ciénagas y de desamparadas
trincheras, fue consciente de que se divertía haciéndole perder la
paciencia y la vida a los cochinos contrincantes” (p. 87).
Semejante lenguaje desemboca muchas veces en lugares comunes que ya no
se usan ni en los peores culebrones de TV. Así, en la novela se habla
de “los desalmados bribones” (p. 185); “los abusos y chantajes a que
fueron sometidos” (p. 186); “las cadenas opresoras” (p. 187); “el noble
espíritu camaraderil del entorno” (p. 188); “compareció ante el lugar
de los hechos” (p. 199), y otras linduras por el estilo.
Sería bueno aclarar que algunos comics, aunque tremebundos en sus
descripciones, al menos tienen la gracia de una descripción con cierto
sentido de la épica; algo que no se encontrará en Lobas de mar. A
manera de ejemplo, baste el siguiente fragmento —una de las escenas más
ridículas de la novela—, donde un pirata le dice a un subalterno:
“—Juanito, te dije que no estás obligado a luchar, puedes regresar a la cocina. ¡Son tus compatriotas! […]
“—¡Coterráneos, mi capitán, son sólo mis coterráneos! –aclaró el joven—. ¡Yo soy pirata, mi patria es la mar!
“—¿Has visto a Read y a Bonn? […]
“—¡Allá arriba, hace un rato, las vi colgadas de los mástiles, fajadas
como dos monas, a las que los cazadores irán a arrebatar la prole!” No
satisfecha con este diálogo de circo y con la ridícula imagen simiesca
con que se describe a las piratas, el hombre mira hacia lo alto para
ver que Ann Bonny, “enganchada de una mano solamente, guindada al
vacío, continuaba batiéndose…” (p. 182).
Un ejemplo donde la ridiculez desemboca en incoherencia psicológica se
lee en la p. 27, con el siguiente diálogo entre Ann y un pirata al que
acaba de conocer en un prostíbulo. Comienza hablando ella:
“—… Creo que contigo lo haré, más que por puro placer, por cariño. Has
ganado, porque esta noche ansío ternura. Para una mujer como yo,
resulta esencial cada cierto tiempo que me den amor.
“—¿Una mujer? No, mi cielo, todavía no te han hecho sentir como mujer,
te prometo que de eso me encargaré yo… Dentro de nada, ya verás. Debo
ducharme, pues tuve un altercado antes de venir, y el otro no quedó muy
bien parado…”
Después que este pirata del siglo XVIII anuncia su necesidad de
ducharse (¡en el siglo XVIII!), se nos dice que los personajes
“templaron la noche entera” (p. 28), y al final el pirata le regala a
la mujer “un anillo de oro coronado de diamantes y esmeraldas”, con lo
cual ella empieza a saltar, diciendo:
“—¡Oh, es mío, es mío! ¡Miren lo que por fin he ganado! —Ann saltaba
eufórica, olvidando sus elevados orígenes paternos y haciendo gala de
los burdos maternos, revolcándose ellos.
“Las demás bailotearon a su alrededor, celebrando el acontecimiento,
¡un anillo, un anillo, habrá boda!” En esta muestra de absurda
tontería, el pirata regala el costoso anillo a una mujer con la que
acaba de acostarse en un prostíbulo, y ya hay algazara de boda. Nótese
de paso el lastimoso infantilismo con que se describe el anillo, algo
que se repite con el resto de las joyas en la novela. Otra escena, esta
vez hilarante, es la captura de los piratas, que son llevados en fila
india y amarrados. Al final del grupo, “Pirata, el perro del
contramaestre Corner, y Lucrecia Borgia, la cotorra de Juanito Jiménez,
desfilaron cabizbajos detrás de la comitiva hasta el final del
trayecto” (p. 210).
No se equivoque el lector. No existe intención alguna de hacernos reír.
El tono de la escena pretende ser tétrico y deprimente. En mi caso,
confieso que la imagen de este perro y esta cotorra, caminando
cabizbajos detrás de los apresados, provocó que la señora que viajaba a
mi lado en el metro se separara un poco más de mí, debido al súbito
ataque de risa que me dio. Pero los pobres animales vuelven a hacer el
ridículo en otra escena más. Durante el juicio, “Pirata, el perro,
lloriqueó a sus pies cuando mencionaron el nombre de su amo con la
inseparable cotorra encima del hombro lanudo” (p. 213).
Apartándonos de la payasada que significa poner a llorar a un perro en
un juicio, ¿alguien puede decirme desde cuándo los canes tienen
hombros? Que yo sepa —y según el diccionario— este detalle anatómico es
privativo del ser humano y de los cuadrumanos.
Abuso de los “o sea”:
Quizás uno de los síntomas más evidentes del lenguaje primitivo e
infantil de Valdés se encuentre en la cantidad de “o sea” empleados en
la novela. La abundancia de esa partícula aclaratoria reafirma la
pobreza narrativa del libro: “se mostraba bastante confiado, o sea
harto ingenuo” (p. 34; de paso, olvidó la segunda coma); “pasados
algunos minutos de pullerías, o sea, bajezas hirientes” (p. 75);
“picoteada en un estúpido rapto de celos por su marido, quien sería el
padre de la esposa secreta de Luis XIV, la marquesa de Maintenon: o
sea, que técnicamente el suegro del rey de Francia había sido un
criminal de connotada bajeza” (p. 88); “Mary, o sea, Billy Carlton” (p.
91); “Ann, o sea, Bonn” (p. 117); “había aprendido a pronunciar con
cierta decencia el idioma enemigo, o sea, el castellano” (p. 150); “un
lenguaje entre soez y guasón, adquirido en la Llave del Golfo, o sea,
en Cuba” (p. 153); “Pirata, el perro de Corner, se ponía eufórico
cuando ella se ponía mala, o sea, con sus reglas” (p. 154); “todavía su
lengua no se ha desatado lo suficiente, o sea, que tenemos para rato”
(p. 160); “reposaba en la enfermería, o sea, en el camarote individual
del médico” (p. 167); “desde que Calico Jack vociferó la orden de orzar
encarando al viento, o sea, de embestir” (p. 179); “el resto, o sea,
los españoles” (p. 186); “salvo ese ineludible accidente, o sea la raja
entre los muslos” (p. 194, de nuevo olvidó la segunda coma); “me
enamoré perdidamente de aquel soldado, o sea, de ti” (p. 223). Y así,
hasta el infinito.
O sea, un verdadero desastre.
Retórica enrevesada:
Muchas frases de la novela combinan la retórica más enrevesada con una
redacción francamente lastimosa; otras, carecen de sentido o su
redacción es tan confusa que es imposible saber qué quiso decir su
autora.
Yo animo a la editorial
Planeta a que instituya un premio, dotado —por supuesto— de unos
generosos miles de euros, para el lector que logre explicar lo que
quiere decir una sola de las siguientes frases: “se diluyeron vagas
miradas de tibios óvulos oculares” (p. 10); “el espumoso oleaje
disolvió lo onírico en el sexto sentido” (p. 10); “era cierto que le
había visto enfermar de miedo, en fin, prefería eliminar el tema,
quería olvidar al cobarde, además, recordó que con el mosquete apuntaba
de modo vulgar, y con el sable no existía peor calamidad que la suya,
destacó ella” (p. 56-57); “pactaron reconciliarse mesurando la
importancia de las frases interrumpidas” (p. 60); “no distinguía ningún
gesto poético en la demora perversa del regodeo teórico de lo sensual
masculino, pero tampoco apreciaba la aceleración del abusador, ni la
súbita hipocresía del caballero (p. 70); “atisbó encaracolados
regodeos” (p. 138); “en absurda fanfarronería de congregación de nobles
reinventados” (p. 139)…
En casos aún peores —esta autora siempre
puede superarse—, la redacción es tan primitiva que el sentido final
resulta un disparate o un contrasentido. He aquí algunos ejemplos:
“rodaba la comidilla por todo el archipiélago que por esa razón decidió
desaparecer sin dejar rastro” (p.56); “Charles Vane tintineó un par de
pendientes en combinación con el collar que acababa de regalarle” (p.
63); “presintió el peligro, rodeada por una escaramuza” (p. 100);
“cambiando supersticiosa de sitio la mirada” (p. 106); “se aprestaba
sosegado para el ataque” (p. 172); “las rodillas no conseguían la
lubricidad, se negaban a acuclillarse” (p. 181); “el alguacil, hombre
menudo, uniformado y envuelto en una capa de paño negro que le
arrastraba por el suelo” (p. 212)…
Incoherencias en la trama y los personajes
Las inconsistencias en Lobas de mar no sólo se relacionan con el
lenguaje y la falta de conocimientos; también tienen mucho que ver con
el pésimo manejo de la psicología de los personajes, ya que el modo
facilista o ridículo en que actúan provoca incongruencias en la lógica
de los acontecimientos. Por ejemplo, en muchas ocasiones algo que se
dijo anteriormente es negado después por los hechos, un personaje o la
propia narración. En otros casos, las escenas no sólo se vuelven
absurdas por lo que acontece en ellas, sino por la reacción del
personaje que la protagoniza. Pero vayamos por partes porque el
embrollo es grande.
En la p. 20, mientras el aya es asesinada, ésta se pone a gritar:
“¡Señora, venga a mí, ayúdeme, mírelo usted misma, es el diablo, su
hija es el diablo! ¡Auxilio, Ann es el diablo, fíjese, hasta se
masturbaba cuando entré aquí: sí, así, espernancada. ¡Auxilio…!”
Resulta una caricatura alucinante la inserción de estas explicaciones y
comentarios en los gritos de quien está siendo asesinada a puñaladas.
Poco después, al describir el cambio que se produce en esta muchacha
que acaba de asesinar a su aya, se lee: “Ann vivió lo más normal
posible, comía con apetito desmedido, bebía cerveza, ron y licores,
salía a callejear y regresaba a observar el cadáver pudrirse tirado en
el enlosado de ladrillos rojos…” (p. 21). ¿Alguien puede explicar cómo
puede ser normal este comportamiento en una jovencita que creció al
cuidado de unos padres y su aya? Otro desatino psicológico aparece en
boca de una modistilla que le prueba un vestido a la pirata Mary.
“… ¡Qué divinidad —exclamó admirada—, ya de hombre le iba todo de lo
mejor, pero así de hembra, cualquiera diría una aparición de Anfítrite,
la reina de los océanos, si tuviese el pelo rubio y los ojos
avellanados! Perdone, hablo como una cotorra, es que estudio la mar, me
fascinaría hacer un vestido bordado en cangrejos… Ya sé, estamos en
guerra y yo fantaseando con los mariscos y la moda, qué caray, la vida
sigue… ¡Pero, mírese, soldado, digo soldada, disfrútese en el espejo!
¡Oh, cual un ave de encendido plumaje, presta a emprender vuelo, y muy
lejos!” (p. 98-99).
Para colmar la incoherencia verbal de este personaje —que habla con una
mezcla de catedrático de barbería, de cubano del siglo XX y de
protagonista de Corín Tellado (perdone, doña Corín)—, la escena culmina
con que la señora le regala, sin ninguna razón, “el vestido de
terciopelo rojo bordado en canutillos de oro y perlas de Malasia” a la
pirata que venía a comprarlo. La generosidad de esta señora que trabaja
para ganarse la vida deja pequeña a la Madre Teresa de Calcuta.
Algunas páginas después, cuando vuelven a reencontrarse, la misma
tendera del siglo XVIII vuelve a la carga. Esta vez, parece haber
ingresado en las filas de algún sindicato o partido político del siglo
XX:
“La guerra ha sido lo peor, mientras hubo guerra, los que tuvimos la
suerte de sobrevivir lo hacíamos enarbolando el entusiasmo del
patriotismo, y soñar con el futuro nos daba otra perspectiva” (p. 104).
En la pág. 79, Ann comenta a Augustine, una señora a la que nunca antes había visto:
“—Es increíble el parecido suyo a una mujer con la que sueño desde que
soy niña… Ella está en un barco, con sus hijos, en fin, creo que son
sus hijos…
“—Ah, sí, desciendo de ella, la vieja zorra, Jeanne de Bellevilell, uno
de esos chicos fue nuestro tatarabuelo, de Thibault y mío... Es
probable que le hayan contado de ella, una de las más bellas
aristócratas de Francia. A lord Oliver de Clisson, su esposo, le
rebanaron la chola con una espada en…”
Y así sigue. ¿De dónde puede deducir Augustine que la mujer con la que
Ann dice haber soñado es, con toda seguridad, la madre de su propio
tatarabuelo? ¿Dónde está la lógica de esa conclusión descabellada? Ni
siquiera si Ann hubiera oído hablar de ella alguna vez, como insinúa
Augustine, se justifica que sea precisamente una antepasada suya el
personaje con quien sueña la extraña a la que acaba de conocer.
Cuando un soldado holandés, muy amigo de Mary, descubre que ésta es una
mujer, al desvestirla junto al médico que la atiende de una herida,
Mary y el soldado idean un duelo para revelar su verdadero sexo. ¿Por
qué? ¿No era acaso igual darlo a conocer en ese momento, sobre todo
teniendo en cuenta la debilidad física de ella? Así se explica el
episodio:
“Fingieron un duelo tomando como testigo al escuadrón. Nadie entendía
aquella insólita disputa entre dos camaradas, y más, recién acabado uno
de ellos de padecer peligrosa convalecencia. Al final, el cadete Billy
Carlton rodó por tierra burdamente, al tropezar con una piedra
invisible, ante los atónitos soldados. Flemind Van der Helst,
arrodillado ante ella y de una andanada, confesó el secreto” (p. 93).
No hay ninguna justificación para ese duelo inventado. Todo lo
contrario, se trata de una escena completamente tonta e inútil.
Nuevos desaciertos se producen cada vez que los personajes se juzgan a
sí mismos, como ocurre en esta reflexión del pirata Calico. Nótese que
el discurso sigue el estilo de incoherencia narrativa que ya hemos
visto antes: “Otra vez, susurró histriónico que enfrentaría a la
sonsacadora Atropos, quien cortando el hilo de la infinitud, le
juzgaría miserable, vil en su pulquérrimo y angosto egoísmo. Dedujo que
quizás ésta sería la última vez que él ordenaría una matanza, oh, sí,
qué miserable, oh, Dios, no podía continuar haciendo de las suyas,
manicheando y bravuconeando a diestra y siniestra” (p. 179).
Así, el propio pirata Calico se juzga miserable y egoísta porque hace
“de las suyas, manicheando [no he podido averiguar qué significa esa
palabra] y bravuconeando a diestra y siniestra”.
Y aquí llegamos a otro lamentable aspecto: la pésima construcción de
los protagonistas. En efecto, dos de los personajes menos consistentes
de la novela son Ann y Jack Calico.
En la p. 126, ella se refiere a los negros que van a ser vendidos como
esclavos, calificándolos de “malditos ruines”. De inmediato Calico Jack
reprende “a su mujer por usar semejante expresión humillante” (por
demás, algo sin sentido en un bandido de semejante calaña, pero
dejémoslo ahí). Pocas páginas después, el propio Calico decide que si
los negros padecen de alguna enfermedad, “lo más coherente sería
entregarlos de cena a los perros salvajes” (p. 133). Inesperadamente,
Ann declara: “No es justo […]. No lo admitiré. Por encima de mi
cadáver”. Pero más tarde, cuando la tripulación se pregunta qué hacer
con los negros, Ann —olvidando su anterior promesa de morir por ellos—,
replica tranquilamente: “arrojadlos al agua” (p. 204).
El juicio que se le hace a los piratas peca también de errático. En la
p. 223, el presidente de la corte, después de enterarse de que las
mujeres están encinta, determina concederles el indulto. Pero en el
párrafo siguiente, dicta “la momentánea culpabilidad de Ann Bonny y de
Mary Read, quienes deberían guardar prisión hasta que pariesen sus
criaturas y, para esas fechas, entonces podrían reanudar el juicio”. A
menos que la palabra indulto tenga otra acepción que no sea “remisión
de una condena”, “gracia por la cual se remite o se conmuta una pena”,
o cualquier otro significado diferente, el dictamen anterior no tiene
ningún sentido.
Después de narrar los sufrimientos en prisión y la muerte de Read,
ocurre un desplazamiento súbito e inexplicable. De pronto, Ann está
libre sin que haya ocurrido transición ni juicio alguno. Es así como
ocurre. Mientras acompañaba a Mary, que agonizaba en la prisión:
“Ann no quiso despegar la mejilla de la de su amiga. Recordó, cobijando
la yerta mano de Read entre las suyas, que ese día ella cumplía
veintidós años.
“Mary Read podría haber cumplido treinta ese mismo invierno. Ann
depositó un mazo de gajos de framboyán en la tumba. Cargaba una hermosa
recién nacida en brazos, su segunda hija. Dio la espalda y se dirigió a
la playa…” (p. 224).
¿Cómo es posible que ni la autora, ni el jurado, ni la editorial, se
hayan percatado —y consecuentemente corregido— esta inexplicable
traslación desde una celda, donde se espera un juicio, a una tumba
cercana a la playa?
Imposibilidades físicas y meteorológicas en alta mar: Cuando una escena
ocurre en medio de un huracán que se acerca, del cual leemos
descripciones como ésta: “empezó a caer una tupida llovizna que levantó
del suelo mucho polvo y vapor achicharrante, arreció al punto una
lluvia torrencial con ventolera; en la distancia, los nubarrones se
tornaron de grises a oscuros. La cortina del aguacero cubría el
horizonte. ¡Ciclón, viene el ciclón!, vocearon los lugareños” (p.
80-81), y a continuación se nos describe cómo alguien intenta alcanzar
un barco pirata en medio de la “ventolera huracanada” y del “encrespado
oleaje” (p. 81) para de pronto sorprendernos con la frase “el sol
desapareció detrás de un nubarrón” (p. 82), uno se pregunta si la
autora de estas líneas es esquimal y no tiene idea de lo que es un
huracán o si simplemente ha perdido el más elemental sentido de la
lógica.
Por otra parte, no creo que haya que ser un experimentado marino para
saber que, si hoy resulta complejo el cálculo de los desplazamientos en
alta mar, debido a factores como las mareas, el viento o los fenómenos
meteorológicos, mucho más difícil, por no decir imposible, debió ser
calcular las distancias o la duración de un viaje a bordo de un velero
pirata del siglo XVIII. Pero veamos cómo un pirata pronostica, con lujo
de detalles, en qué momento preciso avistarán a un buque al que planean
abordar. Días atrás, habían recibido el aviso de “un allegado del
gobernador de La Tortuga”, quien afirmaba que un galeón español,
procedente del Perú, había pasado por México y se dirigía hacia
aquellas aguas. Este es el diálogo entre Ann, quien hace la primera
pregunta, y el capitán pirata:
“—¿Para cuándo el galeón?
“—Saqué mis cuentas según los días, las horas, las leguas, el trayecto… Exacto, lo que se dice exacto, mañana al amanecer.
“—¿Temprano, más o menos?
“—Al alba, aclarando.” (p. 116) Casi me quedé esperando que el pirata
añadiera la cantidad de segundos que faltaban para el encuentro.
Otro dislate, esta vez provocado por el mal manejo del lenguaje, ocurre
en la p. 118, cuando se dice: “Por fin, gigantesco en la lechosa y
cegadora luz de media mañana, irrumpió el galeón, portando el
estandarte español”. Me siento un poco necio por tener que aclarar al
lector que un galeón no puede “irrumpir” en medio del océano, porque
“irrumpir” es “entrar violentamente en un lugar”.
Una violación absoluta de las leyes físicas del universo se produce en
la p. 157, cuando un barco choca contra una roca que flota.
Literalmente, el texto dice: “el galeón trastabilló, fallando en su
rielar monótono; chocó con un fragmento flotante desprendido de una
roca…”
Como colofón de esta innovadora historia, se narra que los piratas
suelen comer su barco como si estuvieran en el Ritz Carlton de París,
cuando ya se sabe que la ausencia de refrigeración no sólo
imposibilitaba la abundancia y variedad de carnes, sino de frutas o
legumbres frescas: “cenaron chicharrones de jabalí salvaje, bistecs de
tortuga adobados con limón verde, ajos y cebollas en curtido; pepinos
también en curtido, papas horneadas, y bebieron buen vino francés…” (p.
115); “como postre degustaron coquito rallado a la habanera y requesón”
(p. 116); “recortó en rebanadas el salmigondi o salpicón, un cilindro
compacto de res cocido en caldo de cebollas y ajos. Sirvió en los
platos ribeteados en oro, añadió la guarnición de aguacate, tomate,
pepino y pasta de frijoles colorados, aliñados con aceite de oliva y
vinagre de sida. También preparó un tercer plato destinado a Read.
Brindaron en copas espumosas de Mumme, la cerveza alemana…” (p. 168).
Me pregunto dónde se guardaría tan exquisita vajilla durante las
tormentas, los asaltos y las batallas a cañonazos.
Ultimas noticias del naufragio
Me apena pensar en los cientos de escritores (o aspirantes a escritor)
que ingenuamente preparan y revisan sus manuscritos antes de enviarlos
a premios como el Fernando Lara. Ya había aclarado que no estoy en
contra de esos premios acordados de antemano para promover a un autor
que pertenece a la editorial que los convoca, pero uno esperaría que,
al menos, la obra premiada valiera la pena. Sin embargo, cuando el
resultado es un producto como Lobas de mar no puedo menos que
indignarme ante esa tomadura de pelo hacia los escritores, que
presentaron sus obras, y hacia los lectores, que van a comprar un libro
creyendo que se trata de una obra merecedora de un galardón.
No en balde tantas personas se quejan de la creciente pobreza de
nuestras letras. Y aunque no me gusta pensar que la gran literatura se
halla en vías de extinción, cada vez que una editorial tolera y
promociona desastres literarios como éste, me siento tentado a creer
que las letras hispanoamericanas están condenadas a un naufragio sin
remedio.
Nuncio Hernández Valle (Santiago
de Chile, 1964). Profesor e investigador. En 1973 viajó con sus padres
a Cuba, donde permaneció hasta 1985, cuando se fue a Suecia. Después
vivió durante diferentes períodos en España, Francia y Alemania.
Actualmente vive en Vermont, Estados Unidos, donde imparte clases de
idioma y gramática españolas. Este texto fue escrito especialmente para
Red Literaria. Se permite su reproducción en cualquier medio, aclarando
la fuente original.

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