LUIS ENRIQUE MÁRMOL
“La locura del otro”: todo una loca vibración inmóvil
Por María Cristina Solaeche Galera
“Voy bajo tempestades y tormentos,
ciego de ensueños y loco de armonía.
Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruenta
que llevo sobre el alma”
Rubén Darío
Luis Enrique Mármol nace
en la Parroquia Santa Rosalía de Caracas, Venezuela, en las
postrimerías del siglo XIX, el 21 de agosto de 1897. Hijo único del
médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante.
Cursa educación primaria y secundaria en el Colegio de los Padres
Franceses de Caracas, donde forja una entrañable amistad con Fernando
Paz Castillo y Enrique Planchart, quienes llegarán a ser esclarecidos
poetas del país. Se gradúa de Bachiller en Filosofía, el 27 de
septiembre de 1912, a la edad de 15 años.
Cuatro días después, el 01 de Octubre de ese año, para sofocar las
protestas estudiantiles que se oponían a la autocracia que imperaba
bajo la férrea dictadura gomecista y la huelga decretada por la
Asociación General de Estudiantes (organizada a raíz del derrocamiento
de Cipriano Castro), que culminó con el encarcelamiento de Leopoldo
Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes de Derecho, el
gobierno del General Juan Vicente Gómez clausura la Universidad Central
de Venezuela; esta grave situación se prolonga casi diez años, hasta el
7 de julio de 1922.
El 25 de mayo de 1913, con apenas quince años, publica en “El Nuevo Diario”, el que se conoce como su primer poema, el soneto “Misantropía”,
título y versos que ya dejaban entrever el carácter sentimental,
atormentado y pesimista que impregnó la mayor parte de su obra
literaria:
Ante la casa una huerta solitaria, añeja,
guardada por un mastín de sempiterna fobia
más allá de la herrumbrosa y blasonada reja
que trasciende el perfume de la mística orobia.1
La trágica muerte de su padre, el poeta Luis Mármol, acaecida en San
Fernando de Apure el 16 de febrero de 1914, quizás profundiza aún más
su natural temperamento melancólico.
En 1915, el poeta oriental José Tadeo Arreaza Calatrava, presenta en
la página literaria de “El Nuevo Diario”, un encomiástico comentario
sobre el jovencísimo poeta donde lo llama:
“…el raro y armonioso Luis Enrique Mármol”.
Presentación más elogiosa no pudo recibir Luis Enrique Mármol, tal
elogio lo hacía, uno de los más notables poetas del Modernismo de
Hispanoamérica.
Mientras la Universidad Central permanece clausurada por la dictadura
gomecista, Luis Enrique Mármol, se desempeña como redactor de “El
Universal” y colaborador en diversos diarios y revistas de Caracas; en
el semanario “Cultura”, resultado de las tertulias en la librería del
mismo nombre, donde forma parte de ese círculo literario y es él uno de
los promotores de esa revista. Escribe en “El Nuevo Diario” (dirigido
por Gil Fortoul y Vallenilla Lanz), en “El Heraldo”, “El Sol”, “El
Día”, “Actualidades” y Perfiles” entre otros. Colabora junto a las
firmas más relevantes de la “Generación del 18” en la revista semanal
“Fígaro”(1919), en la revista “Elite” (de Juan de Guruceaga) y, como
Jefe de Redacción del magacín semanal ilustrado “Flirt” (1921),
dirigido por el poeta Ángel Miguel Queremel.
En 1921, la noche del 25 de febrero, el poeta lee en la Confederación
de Estudiantes de Venezuela, sus “Comentarios acerca del Criollismo”,
en ellos, arremetía contra la explotación ordinaria y prosaica del
teatro venezolano, particularmente, contra los sainetes de Rafael
Otazo, Rafael Guinand y otros autores nacionales, a excepción de las
obras de Eduardo Innes González y Leopoldo Ayala Michelena:
“No, el teatro nacional no está en esas obras que nos hacen el efecto de acericos de paja para clavar chistes malos”
Estos comentarios fueron publicados bajo el mote “Mandoble a diestra y siniestra”.
El mismo año, el 8 de septiembre, Mármol lee algunos poemas de su
autoría, en un recital poético en el Teatro Capitolio de Caracas.
Tenía por costumbre, firmar sus escritos con variados seudónimos:
“Cómodo Comodián”, “L`enfant de Marbre”, “Renato Molina”, “Luis
Valenzuela”, “Gregorio Iturriza”, “Cándido Pérez”, “Kara-Keño”,
“L.E.M”; con este último publicó un folleto titulado “Pastiches Criollos”
(1924), con un estilo festivo, lúdico, irónico, humorístico y
caricaturesco, contrapuesto a todo el resto de su obra poética,
entreverado de avisos comerciales, caricaturas de escritores
venezolanos y una caricatura suya en la portada “a la manera de”, tal
como un ejercicio ensayístico que duplica y desdobla la voz del
discurso poético del otro; algo mucho más que una parodia y un
ejercicio estilístico, mostrando un Luis Enrique Mármol de aguda
penetración en la psicología de la palabra, que estudia los léxicos,
las formas cristalizadas de cada uno de los novelistas y las maneras
de ser de cada uno de los poetas que él imita.
En la carta-prólogo de los “Pastiches Criollos”, el ensayista y periodista caraqueño Pedro Emilio Coll expresa:
“Revela usted en sus “Pastiches” el más fino y comprensivo espíritu.
Burla burlando, leídos con atención, son, a mi entender, la mejor
crítica que tenemos de los estilos y pensamientos de los escritores
venezolanos de nuestro tiempo.”
Entre los trabajos de Luis Enrique Mármol, se encuentran las crónicas
que en 1924, como redactor de “El Universal”, escribió acerca de los
templos caraqueños, en las que intentaba rectificar, el error ya
generalizado que consideraba a todos esos templos sin excepción, de
arquitectura colonial; varios artículos de crítica literaria sobre los
poetas nuevos de su generación y, otros de contenidos filosóficos. Todo
escrito con una prosa colmada siempre de un ardor misterioso. Son estos
artículos, su afición a las lecturas filosóficas y a la cavilación, los
que le dieron fama en su medio, de un pensador espiritual con un
temperamento extremadamente sensitivo.
“Veo con demasiada veracidad; me duelen los ojos.”
Julián Renard.
Obtuvo su título de Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad
Central de Venezuela, el 14 de febrero de 1925, con la tesis titulada
“El aparte tercero del artículo sexto del Código Penal”.
Antonio Arráiz lo describe físicamente, como un hombre de contextura
delgada, de porte erguido y arrogante, con un rostro de frente amplia,
diestro en la esgrima y aficionado al fútbol, los caballos y la
bicicleta.
Buscando nuevos horizontes profesionales como Abogado, se radica en la
hermosa ciudad de Don Alonzo Díaz Moreno, en Valencia del Rey, Estado
Carabobo, donde instala su bufete. Una noche de febrero de 1926, con un
grupo de amigos, deciden recrearse admirando el amanecer frente al mar
en Puerto Cabello, y en una peligrosa curva en las montañas de las
Trincheras, sucede el fatal accidente automovilístico del que no logra
recuperarse nunca, ocasionándole un profundo desequilibrio físico y
espiritual. Sintiéndose algo restablecido, viaja a Caracas para
entregar sus artículos a la revista Élite, en ese entonces,
vocero de las nuevas tendencias literarias, y de la cual era asiduo
colaborador; en esa entrega, figura el que será su último poema “El Apóstol Maldito” (1926):
Era sincero y triste y puro y desdichado.
(….)
-Dices que en mi palabra pauta y aliento hubiste,
¡oh corazón sencillo!, di, ¿qué encontraste en ellas?...
(…..)
-Sencillo corazón candoroso:
que has encontrado mieles en la voz de mi duelo,
una palabra dame a cambio de las mías.2
Regresa a Valencia, y el 17 de septiembre de 1926, apenas cumplidos
los veintinueve años fallece. Lo entierran en el cementerio de esa
ciudad, abrigado por azucenas, lirios de la serranía de Carabobo y
gladiolas de Galipan.
“Y en aquella mañana de oro y azul – oro cobrizo y azul plomo del
estío- aquellos poetas que le amaron sembraron su corazón junto a las
hojas secas, amarillas, que echó sobre su tumba el viejo monte, el
Guacamaya secular”
Luis Augusto Arcay
Después de veinte años, sus restos fueron llevados a Caracas su ciudad
natal, e inhumados en el panteón familiar en el Cementerio General del
Sur, el 21 de septiembre de 1946. Ese mismo año murió su querida madre
quien le sobrevivió esos, para ella tan amargos, veinte años.
“La vida de Luis Enrique Mármol, fue tan fugaz como el movimiento del estoque de esgrima que manejaba con destreza”
Rafael Arráiz Lucca
Posteriormente, en 1976, Monte Avila Editores publica una compilación
de algunos de sus poemas, realizada y prologada por el poeta y crítico
barinés Rafael Ángel Insausti, con el título “El viento que me nombra” tomado de los versos del poema Insomnio de Luis Enrique Mármol:
Tengo miedo, estoy solo, y el viento que me nombra
con un temblor enfermo hace crujir mis huesos
Miembro de la llamada “Generación del 18”, Luis Enrique Mármol es
considerado uno de los abanderados de esa concepción literaria de la
cual forman parte también, Enrique Planchart, Andrés Eloy Blanco,
Fernando Paz Castillo, Jacinto Fombona Pachano, Pedro Sotillo, Luis
Barrios Cruz, Rodolfo Moleiro, Enriqueta Arvelo Larriva, José Antonio
Ramos Sucre, entre otros, con obras tan personales, que suele a veces
ser difícil establecer sus vínculos y sus pertenencias.
A esa primera promoción renovadora de jóvenes poetas que surge en
Venezuela en medio de cruentas guerras en el mundo, se le
conocerá con ese nombre “Generación del 18”, la mayoría, eran
escritores que nacieron a finales del siglo XIX y se formaron durante
los años de la tiránica dictadura gomecista que padeció Venezuela entre
1908 y 1935; se moldearon intelectualmente bajo la influencia en su
mayoría positivista de sus catedráticos, más no por ello, se inclinaron
al materialismo, sino, a un espiritualismo racionalista.
En esa herencia literaria, e inserto en la tradición poética antes
citada, irrumpe Mármol con un verso diferente en su poemario “La locura del otro” y es esa obra literaria, la que nos ocupa en este ensayo.
Escrito este poemario con un espíritu más libre de ataduras a los
preceptos románticos, modernistas y posmodernistas, con una poética
que inicia el trazo del sendero hacia la Vanguardia, en un
tiempo de declive del Modernismo retórico y contra el abuso de patrones
rítmicos y, temáticas en las que prevalecían el cosmopolitismo cultural
y los referentes mitológicos. Para el poeta en búsqueda de un cedazo
expresivo que desdeñara los excesos modernistas, el poema deja de ser
adorno y se explica en medio de una absoluta necesidad interior.
“Rompen con el estancamiento Modernista y contribuyen a colocar a
la literatura venezolana en una hora más ajustada con la que marcan los
relojes del continente y el mundo”
Nelson Osorio
Pedro Sotillo, escritor, periodista y poeta, natural del Estado Guárico, miembro de la Generación del 28, nos dice:
“Luis Enrique Mármol sintió su vida estremecida por todas las
inquietudes de su tiempo y fue uno de los más preclaros intérpretes de
tales inquietudes. Inconforme, desorientación que clava los ojos en la
estrella infalible, se da en una poesía elevada en la cual el
sentimiento raya a una altura que sólo pueden alcanzar los excelentes”
Cuando muere el poeta, el introspectivo y anímico poemario “La locura
del otro”, había quedado preparado, listo para ser llevado a la
imprenta, con dedicatorias hechas a sus amados padres:
A mi padre, el poeta Luis Mármol,
muerto trágicamente en San Fernando de Apure el 16
de febrero de 1914.
A mi madre, Rosa Amelia Infante de Mármol,
con amor, con devoción, dedico.
L.E.M. 3
Y será publicado por amigos y compañeros en la vida y la literatura, a un año de su muerte, en 1927.
Del poemario “La Locura del Otro” se desprende una resonancia
diferente, una renovación del estilo con algunas reminiscencias
románticas de tarde en tarde, un pesimismo intuitivo, una declaración
casi nihilista sobre la inutilidad vana del trascender, donde la muerte
comparece sin citación, sin invocación, como huésped sórdido que agobia
con su latente presencia para cerrar el círculo de la existencia en
cualquier momento. Los valores de las ausencias, las aflicciones
rituales exaltadas, el grito para cantar el desasosiego, son plenamente
marmolianos. Es el primero de esa generación del 18 en revelar al yo
recóndito a través de las estrofas; en sus antecesores y aún en sus
coetáneos, nunca se había producido una voz de tan extremado lirismo,
donde la objetividad adquiere visos inesperados en su delicada
sensibilidad, y el poeta escribe como siente y piensa sus poemas de
extremada expectación interior.
Es una poesía introspectiva, manifiesto de su vida, ansias y
desesperanzas; coloquial, confesional. Sobre los hombros del poeta,
el desdoblamiento perfecto, el que vive y el que se ve vivir a través
del “otro”, donde ese “otro” es “él mismo”, “el consigo”, “él desde
él”, “la mismidad del conmigo”, “la otredad del contigo y el consigo”.
Toda su vida en la transparencia de versos de fuerte connotación
lírica, en un soliloquio vital, en un estilo donde en casi todos los
poemas, el interlocutor es el poeta mismo y su única grieta abierta
hacia la vida, el poema, su testimonio:
y el ensueño impasible, y el violento arrebato,
y el bien y el mal y el tedio y las exaltaciones!...
¿quién dirá si el mar ruge sollozos o canciones? 4
Julián Padrón, escritor monaguense del grupo “Viernes”, reflexiona,
sobre el poema “Canto absurdo” contenido en el poemario, afirmando,
que ya por sí sólo, puede constituir el desiderátum, el Manifiesto de
la Generación del 18:
Toda una loca vibración inmóvil
el colibrí. Una, dos… diez... inmóvil!
Angústiame de acción y de reposo
su inquietud en un punto detenida…
Liba en la flor y para sostenerse
vibra, y más vibra, y más; y a cada instante
su loca vibración se multiplica! 5
¿Útil, inútil, lírico aquel vuelo,
aquella vibración atormentada?...
Libó en la flor, pero era también lumbre…
Mas, ¿en qué cosas pienso?, esto es absurdo,
qué nimiedad, un pajarillo, un átomo!
¡Qué necedad! debo estar loco… pero,
¿útil, inútil, lírico su vuelo? 5
En este poema, Luis Enrique Mármol
establece un símil entre la vibración inmóvil del colibrí agotando su
vuelo en la nada, y el reflejo de la angustia del hombre en su afán de
trascendencia. La imagen del colibrí representa la actitud creadora de
la Generación del 18, identificada por la idea de la obra magistral y
agitada por esa nueva sensibilidad que irrumpía el ánimo de la poesía
de entonces. El ave detenida en el vértigo de su vuelo, la acción y el
ensueño de quimeras que el poeta intenta alcanzar, y en su ansia repite
el esfuerzo del pajarillo. Sabía muy bien, que el vuelo del colibrí
simbolizaba en su poética el vuelo eterno de la humanidad, el ensueño
inmaterial e imposible.
Después, unas estrofas dialogadas que encarnan irónicamente el
ambiente burgués y lleno de pamplinadas de esos tiempos, y la oquedad
de las generaciones esponjadas de retórica:
Un buen burgués, su esposa, su niñito;
detiénense a coger florecillas.
Lanza una piedra el niño… todos ríen,
¡oh proverbial felicidad sin nubes!
(…)
De joviales muchachas se ha poblado
el parque atardecido… deliciosas!
(…)
Ellas, ellos, igual!... Señor, qué asco!
no tiemblan de inquietud, nada desean! 5
Ante esta falta de ideales, ante esta dicha frívola, ante esta
cotidianidad absurda, ante tanta imbecilidad, frente a este taedium
vital, que no comporta caídas morales ni nociones de culpas que se
difundan más allá del bien y del mal; a través de una escisión, una
fisura radical entre el poeta y el mundo, entre su conciencia, la
existencia, la precariedad de los recuerdos y el poderío final del
olvido, en ese hiato, el bardo, capaz de percibir las mediocres medias
tintas de la vida, el juego de movimiento-inmovilidad que parece regir
todo lo existente, se agobia:
Alma mía sin fe, desorientada
en la vacía mezquindad del ambiente:
están cerrados todos los caminos! 5
Mas reacciona incontinenti y vuelve a retomar el vuelo de la creatividad:
El colibrí! qué lírico su vuelo:
todo una loca vibración inmóvil! 5
Sobre el fondo y el trasfondo, la dificultad del vivir, el deseo y la
molicie, el brete de florecer en un mundo hostil, el sentimiento
agónico de la existencia, una imaginación visceral que evoca lacerantes
sentimientos, son temas recurrentes que alcanzan un tinte que admite
una doble lectura de sus versos: la simplemente literal y descriptiva,
y la indagatoria en el alma humana, conmovedora e intensa, que
ahonda en lo que todos de un modo u otro somos:
En las horas de indiferencia,
y en los días de desencanto,
y en los siglos de tortura,
y en los minutos de dicha radiante,
y siempre -si soy malo y si soy bueno-,
claro recuerdo, acompáñame!
En el instante banal,
cuando me alejo de mí mismo
y cuando me alejo de mí
en el torvo instante,
tú que eres lo único mío,
claro recuerdo, acompáñame! 6
Sus poemas son una ruptura con el
Modernismo imperante, con el lenguaje en uso, fruto exhausto ya de las
diversas vicisitudes del Romanticismo, las influencias francesas del
Parnasianismo y el Post-parnasianismo; ruptura que podemos situar en el
ámbito estilístico del lenguaje.
“Antes, la poesía venezolana no había tenido una expresión de tipo intelectual puro”
Rafael Clemente Arráiz
El poeta se presenta con su
individualidad bien marcada, original y creadora, su aguda
inteligencia, unas aptitudes intelectuales y unas angustias
existenciales que no pudo fácilmente compartir o confrontar con su
entorno, destinándolas a sus versos:
Íbame por la senda en soledad. La vida
abrió un largo paréntesis de noche en mi camino…7
Destaca un versolibrismo atento a la musicalidad; el poeta hace uso de
las asonancias y las consonancias, utiliza en algunos de sus poemas la
rima como cadencia lenta del canto en el verso, como el ritmo que marca
la modulación de la palabra poética:
Siempre solo, callado, en los labios un dejo
de amargura, otras veces una vaga sonrisa,
aqueste ser huraño aunque en veinte años frisa
tiene ya la perfecta serenidad de un viejo.8
Ay! Yo vine a esta senda con el alma dolida
añorando el olvido, y el olvido tardío,
con sus brazos de sombras arrancó de mi vida
algo muy doloroso, pero que era muy mío…
y hoy añoro del alma esa parte perdida! 7
Soltura en algunos juegos metafóricos que contienen vigorosos
contrastes entre reflexivos y confrontadores; con algunos ramalazos
modernistas, como esa plena confianza en el poder sugerente de la
metáfora, la alegoría, etc… sin perder la sobria elasticidad de orden
impresionista en las ágiles imágenes:
“Se va borrando el prólogo violeta de la noche” 9
“ hay carnes imposibles con olor de quimeras!” 9
“Viejos parques anémicos, mohosos, carcomidos,”10
“ Y en estas dulces tardes de los grises neuróticos,” 10
“ y la luna se arrastra, blanca, sobre el pantano…” 10
“Y mi canto se pierde como el cristal de un río” 11
Enfatiza la intensificación en cuanto a la sintaxis de la expresión
final en el cierre oracional en algunos versos de todos, absolutamente
todos sus poemas. Es la figura del phatos que expresa la fuerza del
estado de ánimo del poeta, marcando la cima emotiva de la composición
con la exclamación que cierra el verso.
La convicción con que Mármol escribe su poesía, nos muestra, un
instruido y ávido lector, conocedor de la melancolía y ese hastío que
son el leiv motiv de casi todos sus poemas; un eco diferente, un poeta
lírico singular, rebelde, vigoroso y “enlutado”; versos abrumados de
incertidumbre, anhelo trascendental y exaltación; poeta de lo
predestinado, de la desgracia vital de ese sentimiento de fatalidad en
la lucha vaga y eterna de la humanidad, con una mirada replegada en sí
mismo, mirada íntima a la que asistimos en el debate del “yo” del poeta
con el consigo mismo del “otro”:
Todos iban desorientados:
perseguían un objeto próximo;
unos iban a su trabajo,
otros al trabajo de otros…
Los ojos errantes y vagos,
hacia la mancha de los pinos
cruzo indolente un enlutado…
-A dónde vas?
-No sé- me dijo.
Todos iban desorientados,
y el enlutado hacia sí mismo! 12
Interrogando, increpando a Dios por no atender las súplicas, los
ruegos angustiosos de los hombres, las lágrimas de las multitudes, las
quejas dolorosas del destino por el que viven y luchan vanamente, en
una poesía que empieza a filosofar:
Habló a su vez el Dios, con una voz extraña:
sorda como el rumor del viento en la montaña
a ratos; suave como una caricia, a otros;
y en veces dura como un galopar de potros
una voz que era de hierro, seda y dolor e ira:
-La dicha, la desgracia, la victoria: mentira!
Te digo que muy poco valen las realidades
-sombras, luz…¿qué más da?, sobre un agua corriente,
muchedumbre irrisoria en nuestras soledades
que quedan soledades irremediablemente… 13
Pero en cambio, nada pide para él, es el hombre quien se angustia en la
búsqueda de ese “ardor divino” y “el otro” que atormentado por ese
extraño mal escribe:
Pero tú, nada pides?
- Nada pido…
-De modo
que no tienes deseos?
- Sí, por Dios!
- Luego, ¿todo
cuanto deseas logras, alcanzas cuanto esperas?
- No, por mi fe; yo tuve mil sueños fracasados;
mas, qué importa! son bellos frustrados o logrados:
para que se renueven yo podo mis quimeras 13
“Un venezolano que hubiera nacido en las últimas décadas del siglo
pasado -el 70, el 80, el 90- y cuya edad de razón correspondiera a los
regímenes de Castro y Gómez, no habría visto en torno suyo ni podía
aspirar ni desear otra cosa. Lo que entre nosotros se llama cultura no
es propiamente la identificación o comprensión con la tierra sino la
fuga, la evasión”.
Mariano Picón Salas
Luis Enrique Mármol pertenecía a esa clase privilegiada de hombres;
culto, inteligente e hipersensible, nacido en esos momentos de la
historia venezolana, atrapado en ese ambiente político-ideológico; y en
ese mundo gira su poesía en torno a su propia individualidad donde se
refugia agobiado, atormentado y decepcionado del universo que le toca
vivir, haciendo los primeros esfuerzos contra el Modernismo decadente y
tan aplaudido frenéticamente en los recitales auspiciados por el
tirano Gómez.
Y entonces, despliega el amor a su tierra, a su Patria:
“Y por dulce Patria este dolor de amor
cuya inmensidad íntima cabe en cada dolor!”
(…)
“Y esta emoción de Patria, donde apunta, seguro
y ansioso, el gesto del sacrificio futuro!” 4
En este poemario, como ilustre miembro de la Generación del 18,
subjetiviza el paisaje melancólico como el alma del poeta, valora el
entorno destacando elementos de los que no se ocuparon los anteriores
movimientos, haciendo de la naturaleza un objeto de meditación, amigo
de senderos solitarios, de follaje sereno y sombras apacibles, de
bosques penumbrosos y tardes de grises nostálgicos:
Viejos parques anémicos, mohosos, carcomidos,
donde tuércese el viento, silbando entre los robles,
tus viejos robles, dolorosos como gemidos,
retorcidos cual fósiles esqueletos innobles!
(…)
El sol tenía anemia, como la luna, pálido,
la tarde extendía sobre la abrupta sierra;
un pino impresionista, puntiagudo e inválido,
temblaba bajo el frío que plateaba la tierra.10
En este marco que ya es asomos de la Vanguardia, se integrará
perfectamente este poemario “La locura del otro”, aporte peculiar a la
poética central de la Generación del 18, de un idealismo
filosófico de raigambre bergsoniana donde el hombre no sólo se percibe
a sí mismo como durée réelle, sino también como élan vital.
Herético, iconoclasta, ajeno a toda cultura escolástica, expresa:
Vida, dame la estúpida serenidad de un santo
o vuélveme mis locas inquietudes de ayer! 14
Y la verdad, glotona de sueños insaciable:
-Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable,
Alucinada de amor y de luz,
Encontrarás el tedio en todo lo invariable,
En dolor del anhelo en lo inestable,
¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz! 14
Y el Dios vuelve hacia ellas sus pálidas miradas
pero se queda mudo, inexorablemente…13
Su ilusión revive al evocar la hermosa ingenuidad de la infancia en su
constante soñar con bondad, ternura, belleza que sólo percibe el alma
infantil:
Y así la vida toda, llena de perspectivas
renovadas sin tregua, con enorme fe lírica
en la bondad, en la ternura, en la belleza!...15
¡Ah mi loca confianza en el bien de la vida,
el balbuceo alado de las primeras rimas,15
Y aún le queda embeleso para la mirada de la mujer amada, convertida en
categoría de ilusión, de don casi inalcanzable, es a ella a quien canta:
Viene a mí tu recuerdo, y tu recuerdo apresa
como un cristal a mi alma rebosante de sueños;
tu nombre es una lengua de llamas que me besa;
tu suavidad es bálsamo de ideales beleños! 16
Me juzgas simple y ser perversa quieres;
estás inerme y no has adivinado
que soy una emboscada de deseos! 17
Hay una conciencia pesimista en todos los poemas de este poemario “La
locura del otro”, es una convicción melancólica de la inutilidad del
entusiasmo en la vida, la felicidad, que el poeta considera
absolutamente inalcanzable. Luis Enrique Mármol se “encuentra” en sus
poemas con el “otro”, una versión de su mundo, y ese “otro” funciona
como árbitro, como amigo confidente, como conciencia de ser, juntos
recolectan sueños, divagan, objetan, sufren, cuestionan la existencia;
y ellos “el poeta” y él, “el otro” se dan cabida dentro del desorden
del mundo, en el turbio desaliento del desconcierto de la vida, en los
en su mayoría codiciosos cambios sociales; donde cada rasgo poético
deja de ser objeto de lujo verbal y se vuelca en la conciencia del alma:
Los bosques penumbrosos no me sugieren nada
nuevo; y me han invadido dolorosas angustias;
mi alma es como una casa hoscamente cerrada 11
¿Cuál es el yo recóndito y cuál el fútil, cuál el modelo y cuál la
réplica en este inquietante acervo interior? No puede afirmarse, pues
en el orden de la conciencia “el poeta y el otro” nacen simultáneamente
en un sólo y mismo acto poético.
La dimensión ontológica de su poesía, su léxico conceptual y
filosófico, nos recuerdan, las tendencias introspectivas en un camino
sin retorno hacia uno mismo, del poeta boliviano José Eduardo Guerra
(1893-1943), en su poemario “Estancias”:
“Por donde voy pasando voy dejando / algo que es de mi ser sin ser
yo mismo / y me presento al mundo disfrazado / con disfraz de pasión mi
escepticismo”, “para vivir es ya muy tarde, / para morir es muy temprano”.
Nos señala el escritor venezolano Rafael Clemente Arráiz:
“Pocos, como Luis Enrique Mármol, fueron, ni son, tan viva vena de
intimidad derramada hacia la angustia. Fino cerebro inquisidor, mirada
profunda y en permanente trance de hallazgo, la sustancia suya es
aquella esencial a todo soñador veraz. De la intimidad, su poesía se
nutre; poesía dramática, en densos remolinos reflexivos, que,
culminantes, lo entregan a la desolación.”
Muere el poeta, tal como lo había presentido en su poema “Canto de ingenuidad” del poemario “La locura del otro”:
Y han pasado los años… y han pasado los sueños,
y la Vida ¡la vil! sólo se rinde a golpes…
y el alma que ha perdido su quijotismo impávido,
en el estremecido reposo del acecho
sólo el momento espera para el zarpazo enorme…
y ojalá la sorprenda la muerte antes de darlo! 15
(Ah! fue cuando mi ingenuo sentimiento mancharan
con mis heridas y las heridas de otro,
y un entreabierto lirio que llevaba en el alma
no se mustió de golpe, pero tornóse rojo!) 15
Y el libro primigenio, su primer y único poemario “La locura del
otro” queda terminado y con él la poesía de Luis Enrique Mármol, de
“aquel otro…” que anduvo por entre sueños “loco como la vida”, entre
los laberintos de su estro, dejándonos a la intemperie con él, en la
antesala de su dolor, en el zaguán de sus tristezas, y… su lector será,
un lector-poeta.
Un dolor transparente de mis pupilas rueda,
y esta rutina que pugna por ser, tan sólo queda
de aquel otro que estaba loco como la vida! 18
Referencias Bibliográficas
Extractos de poemas:
1. “Misantropía”
“El viento que me nombra”. Luis Enrique Mármol. Monte Ávila Editores C.A., 1976.
2. “El apóstol maldito”
“El devenir de la palabra poética”. Vilma Vargas. Venezuela Siglo XX. Universidad Central de Venezuela. 1980.
3. Dedicatorias
4. “Canto de exaltación”
5. “Canto absurdo”
6. “Claro recuerdo”
7. “Incoherencias”
8. “Siempre solo”
9. “Paseo”
10. “Paisajes”
11. “Hoy tengo un ansia…”
12. “Todos iban”
13. “El nuevo evangelio”
14. “Iluso ayer”
15. “Canto de ingenuidad”
16. “Una mujer llena de luz”
17. “Motivos triviales”
18. “Aquel otro…”
“La locura del otro”. Luis Enrique Mármol. 1ª edición. Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A., 2007.
Obra Literaria:
“Pastiches Criollos”. Luis Enrique Mármol. Caracas, Tip. Venezuela, 1924.
“La locura del otro”. Luis Enrique Mármol. Caracas, Lit. y Tip. Vargas, 1929.

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Tú y el poeta son dos hermosas joyas de nuestra literatura.
Vinicio Nava