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Partiremos, si les parece bien, de
la constatación de dos paradojas. La primera nos concierne a todos.
Continuamente escuchamos hablar de globalización, de uniformización,
hasta de homogeneización; y de hecho la interdependencia de los
mercados, la rapidez, cada día más acelerada, de los medios de
transporte, la inmediatez de las comunicaciones por teléfono, fax,
correo electrónico, la velocidad de la información y también en el
ámbito cultural, la omnipresencia de las mismas imágenes, o, en el
ámbito ecológico, la llamada de atención sobre el alza de la
temperatura de la tierra o la capa de ozono, nos pueden dar la
impresión de que el planeta se ha vuelto nuestro punto de referencia en
común. Esta planetarización puede, según los ámbitos que afecte y la
opinión de los observadores, parecer como algo bueno, un mal menor o un
horror, pero es, de todos modos, un hecho. Por un lado, sin embargo,
vemos multiplicarse las reivindicaciones de identidad local con formas
y a escalas muy diferentes entre unas y otras: el más pequeño de
nuestros pueblos ilumina su iglesia del siglo XVI y exalta sus
especialidades (Thiers, capital de la cuchillería, Janzé, cuna del
pollo de granja); o bien los idiomas regionales recobran su
importancia. En Europa y en otras partes del mundo los nacionalismos
renacen o se vuelven a inventar. Los resurgimientos religiosos se
fundan en un pasado recuperado o reconstruido (la religión maya, el
movimiento de la mexicanidad en América Central, el neochamanismo en
Corea del Sur). Los integrismos se generan, con más o menor vigor, en
el seno de religiones basadas en textos sagrados. Estas
reivindicaciones de singularidad a menudo están en relación (en
relación antagonista) con la mundialización del mercado y tal vez
asistimos hoy en día, en Rusia, en América Latina o en Asia, a
fenómenos que no son signos exclusivos de lógicas monetarias,
bursátiles o incluso económicas. Aquí, otra vez, las opiniones pueden
diferir, pero para el conjunto, cada uno puede constatar felizmente que
el mundo no está definitivamente bajo el signo de la uniformidad y a la
vez inquietarse ante los desórdenes y las violencias que genera la
locura identitaria.
La segunda paradoja me resulta más
personal. O más bien tiene que ver con la disciplina a la cual
pertenezco. Los etnólogos son por tradición especialistas en sociedades
lejanas y exóticas para la mirada occidental, o especialistas en los
sectores más arcaicos de las sociedades modernas. Entonces pues,
legítimamente nos podemos preguntar si están mejor situados para
estudiar las complejidades del mundo actual, si su terreno de
investigación no se está reduciendo, desapareciendo. No lo creo; creo
incluso lo contrario. Y es quizá al justificar esta afirmación
paradójica que podré contribuir a explicitar la gran paradoja, la que
nos concierne a todos, la paradoja del mundo contemporáneo, a la vez
unificado y dividido, uniformizado y diverso, ala vez (ya volveré a
estos términos) desencantado y reencantado.
Mi argumento principal será que los cambios acelerados del mundo actual
(pero también sus lentitudes y sus cargas) constituyen un desafío para
el enfoque etnológico, pero un desafío que no lo toma del todo de
improviso, por razones que quisiera señalar brevemente antes de llegar
al tema principal del debate. El método etnológico no tiene como
objetivo final el individuo (como el de los psicólogos), ni de la
colectividad (como el de los sociólogos), pero sí la relación que
permite pasar del uno al otro. Las relaciones (relaciones de
parentesco, relaciones económicas, relaciones de poder) deben ser, en
un conjunto cultural dado, concebibles y gestionables. Concebibles ya
que tienen una cierta evidencia a los ojos de los que se reconocen en
una misma colectividad; en este sentido son simbólicas (se dice por
ejemplo que la bandera simboliza la patria, pero la simboliza sólo si
un cierto número de individuos se reconocen en ella o a través de ella,
si reconocen en ella el nexo que los une: es ese nexo lo que es
simbólico). Gestionables porque toman cuerpo en instituciones que las
ejecutan (la familia, el Estado, la Iglesia y muchas otras a distintas
escalas).
La observación antropológica siempre está contextualizada. La
observación y el estudio de un grupo sólo tienen sentido en un contexto
dado y además se puede comentar la pertinencia de tal o tal contexto:
jefatura, reino, etnia, área cultural, red de intercambios económicos,
etcétera. Ahora bien, hoy en día, incluso en los grupos más aislados,
el contexto, a fin de cuentas, siempre es planetario. Ese contexto está
presente en la conciencia de todos, interfiere desigual pero en todas
partes de manera sensible con las configuraciones locales, lo cual
modifica las condiciones de observación.
Es al análisis de este cambio al cual les invito ahora. Lo podemos
localizar, me parece, a partir de tres movimientos complementarios:
♣ · El paso de la modernidad a lo que llamaré la sobremodernidad.
♣ · El paso de los lugares a lo que llamaré los nolugares.
♣ · El paso de lo real a lo virtual.
Estos tres movimientos no son, propiamente dicho, distintos unos de los
otros. Pero privilegian puntos de vistas diferentes; el primero pone
énfasis en el tiempo, el segundo en el espacio y el tercero en la
imagen. Baudelaire, al principio de sus Tableaux parisiens [Retratos
parisinos] evoca París como un ejemplo de ciudad moderna. El poeta,
acodado a su ventana mira
"...el taller que canta y que charla;
Los tubos, los campanarios, estos mástiles de la ciudad,
Y los grandes cielos que hacen soñar con la eternidad."
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