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Rafael Dussán: soy voyeurista, pero también actor Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Ensuncho Bárcena   

 

A los cuarenta años Rafael se cansó de vivir en Bogotá. No lograba sacar de su memoria las imágenes del Caribe que descubrió en el Haití de su infancia, ni el par de años que vivió en París como artista.


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El artista...
Había iniciado su propio camino en las artes con cursos de Artes Plásticas en Cooperartes, cursos libres de la Universidad Nacional y con los maestros Manuel Hernández, Maria Cristina Cortes, Nelly Rojas, Gloria Caicedo y Justiniano Duran. Había sido profesor en varios colegios y universidades de la capital. Había enseñado Filosofía e Historia del Arte, Antropología Filosófica, Figura Humana y Estética… pero no estaba satisfecho. Algo por dentro le encendía las ganas de viajar. Entonces decidió quemar sus naves e instalarse en Cartagena.

 

Allí lo conocí, una mañana de noviembre de 1998. En la capilla del recién restaurado Hotel Santa Clara, lugar que inspira una devoción silenciosa. Rafael estaba sentado en el suelo, dibujando a los bailarines de la Compañía El Puente, mientras ensayaban. Es la primera imagen que tengo del artista. Recuerdo que me acerqué a apreciar su trabajo y me di cuenta que su mano se movía con los bailarines, como haciendo parte de la coreografía. Nunca antes había presenciado esa ceremonia íntima que es una sesión de dibujo con modelos, no había visto semejante respeto por el cuerpo en movimiento. Tuve la sensación de que ese hombre barbado y con mirada de incesante observador tenía el nombre y el aura de un gran artista.

 

El Personaje

La vida de Rafael Alfonso Dussán Mejía comenzó el 2 de agosto de 1957, en la capital de un país convulso y diezmado por la violencia política. Siendo un niño a su padre le correspondió trasladarse por motivos laborales a Haití y la familia fue con él. En la isla, habitada en su mayoría por descendientes de África, el pequeño Rafael descubrió el color del Caribe, el calor del trópico y el erotismo. Un descubrimiento triple que marcó su vida de hombre y de artista.

 

Al regresar a Bogotá, se descubrió en una ciudad fría que le decepcionó y le hizo meditar sobre el futuro. A los 19 años obtuvo su diploma de bachiller del Colegio “Emilio Valenzuela”. Al año siguiente ingresó al Seminario Mayor de Bogotá, donde estuvo hasta los 26. Durante dos años fue sacerdote, pero se dio cuenta que había cometido un gran error. No podía seguirse engañando. Para él el erotismo era una de las experiencias vitales del ser humano y renunció al sacerdocio. Decide entonces estudiar Psicología en la Universidad Javeriana, al tiempo que tomaba cursos de Artes Pláticas en la Universidad Nacional de Colombia. Culminó su Licenciatura en Teología a los 31 años. Al año siguiente participó en su primera exposición colectiva en el Museo de Arte Contemporáneo, a los 33 tuvo su primera individual en la Casa Negret, ambas en Bogotá. Entre el 90 y el 93 desarrolla una obra abstracta, "sin cuerpo", algo como los espacios donde más tarde aparecerán los cuerpos. Al cumplir la edad de Cristo sintió deseos de irse, de perderse, de olvidarse. En estas circunstancias llegó a París en 1993, donde estudió Grabado Moderno en el Atelier Contrapoint 17.

 

Luego de dos años regresa a Colombia, cuestiona a fondo su trabajo y cae en cuenta de la necesidad de trabajar seriamente la figura humana. Es en ese momento cuando la fuerza del cuerpo y el erotismo salen en erupción, pero Bogotá es una ciudad en la que la piel se esconde bajo kilos de ropa. Necesitaba recuperar el tiempo perdido. Recobrar las imágenes del Caribe, el calor del trópico, el erotismo de las negras. Viajó a Cartagena, decidido a reencontrarse consigo mismo.

 

En la hechizante ciudad del Caribe Colombiano afirma su decisión de ser artista, pero con un eje: el cuerpo. Cartagena lo une con su pasado de Haití y con su deseo profundo por explorar el movimiento, el erotismo y el cuerpo. En Cartagena se integra a un colectivo de artistas que a finales de los noventa sacuden las viejas estructuras del arte local y nacional, sin que el país se percate de ello. Hace parte del Festival de las Artes, una experiencia artística sin igual en Colombia en la que bajo el concepto de Memoria e Imaginación un grupo no menor a 500 artistas de todas las áreas (Pintura, Escultura, Danza, Música, Fotografía, Literatura, Teatro y Cine) se dan cita durante quince días cada año (1998 y 1999) con la idea de celebrar las Artes en una dimensión desconocida hasta ese momento en nuestro país. La iniciativa, liderada por un grupo de artistas – entre los que se contaba Rafael – y encabezada por los bailarines y coreógrafos Álvaro Restrepo y Marie-France Delieuvin; desafortunadamente no obtuvo la respuesta institucional para hacerla sostenible, pero si la del público quien colmó las plazas, calles, parques y teatros para apreciar el trabajo de artistas venidos de todos los continentes. Para quienes vivimos la experiencia, nos resulta inolvidable e irrepetible.

 

Tras vivir tres años maravillosos en Cartagena, aquella erupción del Erotismo se confirma y enriquece en su trabajo, pero Rafael decide abandonar la ciudad porque se siente atrapado por su embrujo. Tiene ganas de volar a otras latitudes a seguir haciendo lo suyo. Piensa entonces en regresar a Europa y lo hace finalmente en 2002, cuando comienza su periplo por las ciudades esenciales para la Historia del Arte, el Erotismo y la Literatura. No tardaría en exponer su obra. Su primera muestra europea tiene lugar en San Leucio di Caserta, Italia. Luego siguieron Avignon, Arles y París en Francia, Florencia, Venecia, Bologna y Génova en Italia, una colectiva en la ciudad alemana de Weimar y Milán, donde vive en la actualidad.

 

A lo largo de este recorrido vital por Europa, Rafael ha estudiado a los grandes maestros de la pintura y el dibujo. Por sus ojos pasan Rafael, Miguel Ángel, Da Vinci y otros maestros del renacimiento italiano, que sin duda contribuyen a su afinación de la técnica primigenia de la pintura occidental: el dibujo. Dussán se instala entonces en una tradición, innovándola, llegando a concretar lo que llamaría yo un renacimiento americano. Paralelamente, en estos años Dussán lee a fondo a Giacomo Casanova, al Marqués de Sade y a Georges Bataille, con cuyas visiones enriquece su universo descriptivo. Incluso ha ilustrado recientemente una edición alemana de “La Historia del Ojo” de Bataille.

 

En estos últimos años su trabajo con la figura humana ha ganado una madurez impactante. Su trazo es cada vez más impecable; así mismo, el sentido de su obra ha adquirido una contundencia narrativa y al mismo tiempo onírica, que la hace sin igual en la plástica colombiana y yo me atrevería decir que americana.

 

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La obra
La Crítica

 

En un país en el que la crítica de arte está en decadencia por estar en pocas manos, no siempre bien intencionadas ni interesadas en el desarrollo multidimensional del arte; en una ciudad en la que las escasas firmas dedicadas a este oficio sólo se limitan a unos cuantos nombres y galerías, creo necesaria la reproducción del texto que acompaña al catálogo de la más reciente exposición de Rafael Dussán. Porque comparto la visión del comentarista, porque valoro la obra de un artista cuyo trabajo expresa un sinfín de sensaciones: desde la incomodidad hasta la crítica de la realidad política imperante y de la hipocresía moral del país. Y estoy de acuerdo con que su obra está cargada de sentidos y no se limita a la fina ejecución, como bien lo expresa Alonso Restrepo de León en el siguiente texto.

 

Dussán: El Denunciante, El Rebelde

Desaparecidos Góngora, Grau, Luis Caballero y Darío Morales, Colombia aparecía huérfana de dibujantes. El dibujo, piedra angular del arte pictórico es oficio refinado, indispensable, pero si sólo cumple con estos atributos se convierte en un expertismo; dibujar bien es un paso delante de la artesanía, pero ¡nada más!

Cuando el dibujo es vehículo de denuncia, protesta, juicio implacable, se ennoblece y coloca a su ejecutor en el camino de la sublimación, de los que asumen el papel de vigilantes del comportamiento social y notarios del acontecer de los países, en los críticos atentos y justos de la sociedad.

Munch cuando crea “El Grito”, refleja la angustia existencial del hombre, lo conmueve y lo obliga a repensar su destino antes de verse inmerso en la desesperación y desembocar en la última salida, el suicidio – fue Camus el que sentenciaba en el Mito de Sísifo que el hombre recurría al suicidio cuando se enfrentaba al absurdo.

La principal función del Artista es la alertar, prevenir e intentar señalar caminos que lleven al arrepentimiento, la rectificación y al anhelado espacio en que podría prosperar la paz. Cuando Dussán grita “Esta Guerra de Mierda” recuerda a la sociedad-desasociada en que vivimos, que hay que detener la marcha antes de sumergirnos en el lodo de la infamia. Es el grito valeroso que ordena: ¡Ya Basta!

Pero él no sólo denuncia la infamia de la guerra, también explora los vericuetos de la mentira, de los falsos dogmas, de la hipocresía que condena al sexo per se. Los directores, los predicadores de la falsa moral, esos que utilizan sus canonjías para oficiar en la oscuridad la orgía que mancha a niños y adolescentes y que cuando son descubiertos, tratan de apagar la protesta con donaciones económicas y así esquivan el condigno castigo, son denunciados, señalados y estigmatizados en las obras de Dussán.

Muchas otras lacras quedan descubiertas en sus inigualables ejecuciones y nosotros esperamos con creciente expectativa su arribo definitivo a la pintura, a la que ya se acerca. Quiero reafirmar mi apreciación: en la Colombia de hoy ningún dibujante alcanza a igualarlo.

 

 
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Rafael Dussan
La Entrevista

Comparto con ustedes la siguiente entrevista que le hice a Rafael Dussán, con motivo de su más reciente exposición individual que se puede ver hasta finales de agosto en la Galería Alonso Arte de Bogotá (Calle 85 No. 11-53 Int. 2).

 

¿Qué significa para ti exponer en Bogotá?

-Muchas cosas, Juan. Sólo pensar que yo hice la obra pensando y sintiendo que quería exponerla acá… porque es conectarme con mis raíces, una forma de agradecer mi propia historia, mi origen. Además, considero que hay un sentimiento que lo tiene todo artista y todo escritor también, que es el de un mesurado deseo de reconocimiento en su tierra, no por cuestiones de fama ni por cuestiones de exaltación del ego, sino porque en mi caso hay una sensación de ser un poco espejo de lo que es esta realidad nuestra; y quisiera que la gente se vea en lo que yo hago porque estoy trabajando muchas cosas que yo veo en la realidad nacional. Aparte, cuando yo trabajo allá en Italia o en Francia mi inspiración está conectada con esta luz, con estos colores, es una constante la conexión con la gente, con las miradas de las que hemos hablado, con los cuerpos obviamente. Y Bogotá es mi origen, mi historia, mi infancia; tanto que ahora que he estado recorriendo las calles he recorrido sobre todo los sectores en los que me moví en mi infancia y en mi adolescencia. Y sigo sintiendo que son lugares donde me alimento, donde me nutro para poder seguir expresándome.

 

Tengo muchas sensaciones con tu trabajo. Una de ellas es tu interés por hacer crónica de la realidad social y política. En otros percibo una exploración de la memoria íntima.

-Sí, pero a veces de manera inconciente, a veces de manera conciente. Muchas veces descubro y encuentro cosas que no estaba buscando. Muchas veces busco cosas y logro expresarlas, pero yo lo que siento es que las que tienen más fuerza son aquellas en las que no busco intencionalmente.

 

Sino que son más oníricas…

-Yo me boto a trabajar. Ya el trabajo de los títulos de las obras, el trabajo de la reflexión, como lo que hacemos ahora, es posterior. Porque si lo hago antes, me freno. Necesito un estado onírico, un estado de libertad interior para poder dejar que las cosas salgan.

 

Tu relación con el cuerpo, es decir, con el cuerpo que dibujas, la siento una relación de choque y aceptación. Tus dibujos a veces expresan una cierta violencia: la violencia del poder, de lo íntimo. ¿Cómo ha sido tu relación con el cuerpo?

-Ha sido contradictoria. Ha sido una relación de rechazo y aceptación. Ha sido una relación erótica de placer, pero también de dolor. Digo yo, con mi propio cuerpo -por un lado- pero también con el cuerpo de los demás. Pero cuando ya me ubico en el cuerpo colectivo, en el cuerpo de los otros, hay una relación del cuerpo con el mundo de la sensualidad, del goce, del baile, del Eros, pero también de una sensación que se liga con la guerra, con el odio, con el poder. Es como si para mí el cuerpo me permitiera trabajar esas dimensiones que nos acompañan siempre: Eros y Thanatos. Sólo que cuando me meto a sentir o a conectarme más con la realidad colombiana muchas veces surge esa parte thanática, que la veo ligada a la guerra, al abuso del poder, a un país que lo sigo viendo desgarrado de injusticias, de diferencias de clases sociales privilegiadas con otras desprovistas de todo. Creo que en Colombia es el Thanatos el que prevalece y se esconde un Eros asustado y culpabilizado que emerge sobre todo en los juegos de doble moral hipócrita y mercantil. Eros estrangulado entre un deseo natural y espontáneo y una conciencia moral cristiana represiva y negadora de la vida. Además creo que hay que trabajar mucho todavía el campo de la memoria histórica, de la aceptación de lo que somos, del mestizaje. Entonces toda esa rabia que yo experimento ante esas desigualdades la transformo en cuerpo y en cuerpos que muchas veces expresan rabia. Por ejemplo, por citarte, hay personas, entre ellas allegadas y familiares que siguen considerando que mi trabajo es demasiado angustioso, demasiado thanático, lo llaman “negativo”, inquietante, y yo lo que pienso es que mi trabajo definitivamente está fuera de un contexto de decoración. Ninguna obra la hago pensando en que va a salir bien con el sofá o las cortinas, ni siquiera ahora que estoy trabajando los colores. Porque incluso los colores los estoy trabajando por cuestión emocional, no en el sentido estético de decoración.

 

En ese sentido, ¿a ti te gustaría más ser adquirido por coleccionistas que por amas de casa?

-O por amas de casa que tengan un grado de sensibilidad con el que puedan reconocer un mundo onírico, un mundo de expresión y de emociones. Pero no el espectador que simplemente se queda en la mirada decorativa: “que sale bonito con”. Lo que siento es que mi trabajo incomoda a esa gente, le incomoda porque mucha gente me dice “yo no voy a poner en mi sala un cuadro que me recuerde la guerra” o que le recuerde los horrores de la violencia en Colombia, o un cuadro que le conecta con una orgía porque allí el problema es de tipo moral cristiano de culpabilidad. Yo lo que siento es que trabajo dimensiones del ser humano que todos las vivimos pero que somos tan hipócritas y tan asolapados que no las hacemos explícitas, ¿no? Entonces yo me tomo el trabajito de hacerlas explícitas, hasta donde puedo.

 

También veo una conexión entre lo íntimo y lo público en tu obra…

-Sobre todo cuando hago el trabajo erótico, trato de romper la barrera de lo íntimo-privado con lo colectivo-público. De pronto por eso trabajo espacios orgiásticos porque es como mi manera de llevar lo privado a lo colectivo, que me parece que es el encanto que tiene al menos como sueño o como fantasía el elemento orgiástico, que era tan fuerte en la cultura romana, en los griegos y en otras civilizaciones.

 

¿Qué tan orgiástica sientes nuestra cultura?

-Creo que por moda parece que en Colombia han empezado a darse cierto tipo de situaciones de cafés y bares donde la gente hace intercambio de parejas y demás, pero me sigue preocupando porque lo sigo viendo como una cuestión de moda o que se hace porque viene de Europa. Entonces yo creo que lo orgiástico o lo erótico es hermoso cuando se da espontáneamente. Lo que yo percibo es que estamos atados con todo el bagaje cristiano o judeo-cristiano de una moral contra el cuerpo, de mitificación absoluta de la unión matrimonial y de haber ligado el Eros al Amor.

 

¿Tú crees que ya te zafaste de toda esa carga?

-No, claro que no. El hecho que lo pinte no quiere decir que me lo he zafado, o de pronto lo dibujo y lo pinto porque no logro aún vivirlo, no sé si lo viviré. No sé si podré soportar el peso de la culpa de vivir las cosas tal como las dibujo, lo que yo sé es que cuando las dibujo también lo hago con una intención de provocación, incluso por provocarme a mí mismo, pero también por provocar a los demás y sobre todo a esa hipocresía de doble moral.

 

¿En tu trabajo has estimulado situaciones orgiásticas?

-Mira Juan, ahí ya te estás metiendo en otros terrenos… Sí, alguna vez sucedieron cosas que me acercaron pero no me llevaron a la conclusión del hecho. Pero si pude vivir situaciones donde fui observador o voyeurista y creo que todos los artistas – sobre todos los visuales – lo somos, es inevitable. Ahora, yo enfatizo la dimensión sagrada de lo erótico, la sacralidad del placer y el Eros, porque la civilización cristiana occidental absolutizó la unión entre Matrimonio y Eros, Eros y Reproducción, Eros y Amor… rechazando el valor del Eros “en si mismo" y su sacralidad en cuanto que expresa entre otras (ya sea en lo privado o colectivo) el goce y la celebración de la vida.

 

¿Eres voyeurista?

-Sí, claro. Pero también actor.
 
 
 
 

Para mayor información del artista puede visitar su WEB SITE

 

 

 


 

 

 

 

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