| Alberto Rodríguez Tosca - Poesía |
| Escrito por Cañasanta | |
| domingo, 25 de enero de 2009 | |
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Alberto Rodríguez Tosca
Poesía
Alejandra Pizarnik
Porque tú no querías ni siquiera
Nadie contó contigo
¿Por qué entonces
Tenías el valor. Tenías las manos limpias
Letanía del dragón de Claudiantonia
En el tatuaje de tu espalda
consigo adivinar las líneas que faltan en las palmas de mis manos.
Sobre la tinta verde se despliega la angosta geografía que alguna vez
configuré en un sueño y nunca más y nunca volvió a rasgar con su filosa realidad
el entusiasmo de mis noches. Ahora recorro el paisaje el dibujo
encerrado la silenciosa explosión que retiene tu piel como un mensaje para nadie
escrito en una piedra invisible y lanzado con amorosa furia y para siempre
al abismo del mar.
Confusión de los peces
que se refugian en torno y murmuran con acento grave la voluptuosidad
de la grafía el sonido interior las canciones el peso de los significados
que ahora asciende y yo escucho encima de este océano inmenso mal repartido
entre la severidad de mi insomnio y el sabor el vaho la amarga paz
que despide tu cuerpo al dormir.
A duras penas
logro separar la corporeidad del vacío y los alegatos de la alucinación. Grabo
en el aire una falsa leyenda y comienzo mi lectura de la soledad
con un gesto aprendido a propósito en las madrugadas de ayer. Hay
una predestinación en la agonía no despiertes ahora duerme finge
que estás viva duerme no despiertes nunca.
Si al menos
cesara el tableteo del reloj su inclemente neón arrojando números a la pantalla
con la misma celeridad con que avanzan las sombras hacia
las fantasmales afirmaciones del espíritu ¡si irrumpiera al menos en la habitación
la memoria de este instante grabado con lava rencorosa en el mapa
de una vida anterior! Yo sabría qué hacer cómo acunar la lengua del dragón
para que fuera salterio su fuego y no himno crónica de la miseria y no
recuento miserable del fuego común respirando por la lengua de los dragones
comunes para complacer el hambre de fiesta de este circo ya no
humano que desborda sus graderías de aplausos sombreros al viento vivas
al dragón que sufre en silencio porque nadie comprende su ademán
su grito su mueca profunda detenida en la alta noche sobre la espalda
de una mujer desnuda.
Duerme.
Ya no tienen remedio los caminos que erré. Encontrarán su castigo en los tribunales
del alba. No despiertes ahora duerme no conozcas mi nuevo rostro.
Ruego porque no hayan entrado a tu sueño los artificios de mi dolor duerme.
No escuches ni siquiera mi ruego. Duerme duerme no despiertes ahora.
Nunca
Cría mujeres
¡Ah mujeres hermosas no se hagan¡
Viéndolas llegar a la Universidad
Cuántas de estas muchachas
Cuántas reventaron de fiebre
Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
Toda la dicha está en una cabina de teléfono
y toda la mugre y todo
Ningún sitio mejor
Yo soy
No hay diferencia entre tu palabra
Asoma
Señor,
Reconócelos
No necesitan tu perdón pues
La tierra
No te culpo por eso. Al fin
Infelices las multitudes
Pero no se preocupe, Señor: la ciudad
Yo estoy más cerca de todo eso
¿Se comprende que hablo por mí,
¡Ah si ser el hombre y Dios
Adiós.
para Rafael Alcides,
A la manera de Empédocles
«yo he sido una vez águila y moza y pez mudo en el mar»
El extranjero
Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar. Esta
ciudad no es mía. La recorro sin prisa. Dejo que me recorra como lo
haría la mano de una niña abandonada en una caja de cartón ante la
puerta de un prostíbulo. La ciudad ignora que yo existo. Me escurro
entre portales, columnas, puentes, autos, muros, gente. Soy un fantasma
aferrado a su túnica como al último madero de un bosque a punto de
zozobrar entre las ruinas de un suburbio en llamas. En cada esquina me
aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo.
Asechan los ladrones. Los asesinos cumplen su ronda alrededor de los
ensueños del paseante solitario. Despiertan exhaustos los amantes al
regreso de la dura faena. Si algo le pasara a la isla en peso que llevo
en el bolsillo, la lluvia que ha empezado a caer quedaría congelada en
el aire y tendríamos que abrirnos paso por entre espadas de hielo. Si
algo le pasara a la isla que llevo en el bolsillo. Me resguardo en la
barra de un bar del barrio La Concordia y pido una cerveza y un reloj.
Busco el aturdimiento en el reloj y la hora exacta en la cerveza.
Escribo este poema al dorso de la carta donde me advierten que debo
seis meses de alquiler. ¿Será muy tarde ya para rendirle cuentas de las
derrotas de anoche a la noche de las derrotas de mañana? En la mesa
contigua un hombre llora, otro habla con la sombra de un barco que
navega desconsoladamente en la pared. Yo pago la cerveza y vuelvo a la
intemperie de un mundo que gira a la velocidad de un lirio. Sí, esta
ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es
del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de
extranjero para salir a caminar.
Alberto Rodríguez Tosca nació en Artemisa, La Habana, Cuba, en 1962. Poeta, ensayista y narrador. Ha publicado Todas
las jaurías del reyOtros poemas (Premio Nacional de la Crítica, 1992), El
viaje (Ediciones Catapulta, Colombia, 2003), Las derrotas (Premio David de Poesía, 1987),
(Ediciones Unión, 2006). Sus poemas y cuentos han aparecido en
antologías publicadas en Cuba, España, Argentina, México, Colombia,
Venezuela, Puerto Rico, Austria, Italia y Estados Unidos. Reside en
Colombia desde 1994. Dirige un taller de escritura en la Casa de Poesía
Silva.
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