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Escrito por Martín Cid
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viernes, 02 de abril de 2010 |
Crisis, crisis, crisis
Por Martín Cid
Hace no demasiados días mantuve una extraña charla con un editor de cuyo nombre sí quiero acordarme pero que, me temo, no citaré. Para quien no lo sepa, el camino del libro es largo y duro, y desde que el autor lo termina hasta que se pone a la venta hay un terrorífico camino que a la mayoría desanima. La mayoría de los libros terminan en la basura sin ser editados, seamos conscientes de ello. Hay otros que cuentan con la suerte de tener un editor que confía en ellos y los edita. Y el editor entonces se encuentra con un largo y terrorífico camino también: la distribución.
No es fácil, partamos del hecho evidente. La distribuidora tiene varias editoriales y para distribuir los libros de las editoriales en librerías (se suele hacer un contrato de exclusividad con dicha distribuidora) cuenta con unos comerciales que van de librería en librería intentando colocar los libros.
Cuando un autor consigue, por fin, publicar un libro, se encuentra con la terrible sensación de que su libro no es un best-seller (como suponemos, él esperaba). ¿Por qué no está mi libro en el escaparate y por qué no está mi rostro en los rascacielos de las grandes ciudades? La respuesta a la segunda pregunta sería más o menos: porque no te pareces a ninguna modelo conocida y Brad Pitt sólo hay uno. La respuesta a la segunda es un poco más complicada pero igual de frustrante.
La crisis ha impuesto un curioso sistema democrático y populachero consistente en que como no se venden tantos libros como antes el sistema se compacta para intentar vender el mismo número de libros pero ofertando un menor número de títulos. De esta manera, las editoriales y distribuidoras se logran mantener en tiempos de crisis preparándose para regresar a la situación anterior (en la que pueden ofertar un mayor número de títulos).
De esta manera, llegamos a tener la sensación cuando entramos en cualquier librería que los títulos son exactamente los mismos que en la anterior, porque como el lector lee menos hay que asegurar la venta (y siempre es más rentable un libro a 30 euros de una tirada de 300.000 ejemplares que uno a 15 de una tirada de 1.500). Esta literatura del best-seller es, no lo olvidemos, la que más conviene a las grandes editoriales porque son las que verdaderamente son capaces de realizar una tirada de 300.000 ejemplares y venderla en pocos días. El beneficio es enorme como también es enorme la inversión en publicidad.
Pero la distribución, debido a la publicidad invertida, también responde.
¿Y dónde se quedan esos títulos de 1.500 ejemplares que tienen que recurrir al “boca a boca” para justificar la inversión? Sencillamente, en los almacenes de las distribuidoras que nada pueden hacer con ellos porque las librerías (también en crisis) no los solicitan. Estamos ahora en una crisis que, como todo cataclismo, está beneficiando a los grandes grupos editoriales, creando así un oligopolio de facto. Terrible, ¿verdad? Sí, pero el asunto será aún más terrible cuando la crisis se supere, ya que estos oligopolios tendrán el poder y cualquier editorial pequeña lo tendrá aún más difícil (si cabe) para abrirse paso en un mercado totalmente prohibitivo en precios. Y esto es así porque les interesa a las grandes editoriales (esas que editan 300.000 libros).
Hoy, amigos míos, no he hablado de cultura. Sólo de libros que nada tienen que ver con la cultura. Libros nacidos para vender. Con el único fin de crear un sistema económico duradero. Y esto, definitivamente, no es literatura. Y esto, definitivamente y justificándose en una crisis, es asesinar la literatura. El que tenga oídos que entienda.

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