Normalmente, cuando le preguntan a un
escritor por la gestación de una obra le preguntan por la suya. Normalmente
encontramos las respuestas habituales: que si me lo pasé muy bien escribiéndola
(mentira, mentira), que si ha sido un placer (ejem, esto cuesta mucho) que si
tal que si Pascual…
Hoy les voy a hablar de una chica
que ha escrito un libro llamado Las
Chicas del Óleo y que ha editado Akrón. ¿Por qué sobre éste? Digamos que
Isabel del Río es la persona con la que discuto por las noches (y a la mañana
siguiente, ¿suficientes pistas? Creo que incluso demasiadas).
Vivir de cerca (y tan de cerca) lo
que es la gestación de un libro se hace curioso. Cuando un escritor tiene una
idea, no para con ella hasta darle forma. Y es que escribir un libro tiene
mucho de trabajo, pero también de suerte y oportunidad. Puedes pasar horas
delante del ordenador que la cosa no irá hacia adelante o puedes, en cambio,
estar tomando algunas copas y la idea surge rápidamente (es que con el alcohol
me cesan los temblores). Y otras (como en el caso que nos atañe) vienen de un
estudio de casi diez años. Cuando conocí a Isabel ya hablaba sobre las mujeres
pintoras. Sus argumentos eran (cuanto menos, sorprendentes): las mujeres no habían
estado más o menos sometidas que los hombres en la Antigüedad, lo que pasaba es
que en la Modernidad se había silenciado sus papeles protagonistas para
potenciar más el “cualquier momento presente es mejor que el pasado”.
Cuando Isabel comenzó a escribir el
libro la obra ya estaba madura. Me explico: un libro requiere un proceso de
distanciamiento para reflexionar sobre las intenciones primeras y la adecuación
del texto a la idea primera. En este caso, Isabel ya tenía tan interiorizada la
idea que pudo preocuparse por otros aspectos de la obra (más formales, en este
caso).
Isabel tuvo mucha suerte en este
último aspecto (de suerte nada, reflexionar sobre un tema te da muchísima
ventaja) y así pudo dotar al libro de otras cualidades que no suelen brillar en
un ensayo: locuacidad, humor e inteligencia. Y es que en Las Chicas del Óleo se ve algo más que una intención didáctica (que
también la tiene): el libro entretiene y nos llama la atención de vez en
cuando. Cuando ya termina el adagio Isabel hace sonar los platillos y nos
despierta de la reflexión con sentido del humor y perspicacia. Muchas veces, y
siempre desde la perspectiva del novelista, los ensayos adolecen totalmente de
estilo y se limitan a plantear unos hechos o reflexiones de una manera objetiva.
Desde mi punto de vista, la objetividad ha de existir, sí (y desde luego, un sí rotundo) pero no por ello descuidar
cuestiones de estilo. No podemos perdernos en un interminable párrafo para
justificar un dato (el lector se aburrirá) y así sucede en muchos ensayos de
los normalmente calificados como “serios”.
El libro evolucionó poco a poco,
despacio… hasta que llegó el momento de la primera lectura (sí, adivinen quién
fue el agraciado, el mismo que escribió el prólogo y el mismo que ahora se
dirige a ustedes): a pesar de que aún se añadieron alguna cosas más, el libro
estaba curiosamente listo. Este hecho no sucede casi nunca (¿cuántas veces
reescribió Dostoievsky El Idiota?
Unas cuantas) y constituye un extraño milagro. Fue luego cuando se añadió un pequeño
prólogo que yo mismo escribí (¿para completar las páginas que quería el editor?
Será un enigma que mil sabios tratarán de resolver durante siglos).
Poco tardó en leerlo el editor (que
responde a las siglas de JMMV) que, aunque sea editor, todo hay que decirlo, es
un buen tipo y un amigo (sí, nadie es perfecto). A las pocas semanas el libro
ya estaba impreso y se mandó a la distribuidora.
Y esto, amigos y amigas, es lo que
podemos decir sobre el libro de la persona que me aguanta cada día (y a la que
aguanto). ¿A quién le interesa la anécdota del vil traidor que le sugirió
cambiar una coma ante la mirada de asesina de la escritora? (lo sé, la anécdota
es bastante jugosa) ¿A quién pueden interesar las discusiones que sostuvo con
otras mujeres defendiendo sus ideas? ¿A quién las opiniones sobre una tal Frida
Kahlo?
Encontramos algunas de estas
respuestas en el libro, sí. Otras se las llevará el viento.