Doña loba se despertó temprano. Bostezó abriendo desmesuradamente la boca, como todo animal bien educado, y miró a sus tres lobeznos que dormían plácidamente. Eran los frutos de su amor, y su amor no andaba nada bien.
El lobo había estado en los últimos tiempos sencillamente insoportable. Primero fue la pelandruja de Caperucita, después el famoso escándalo de Blancanieves, cuando lo descubrieron haciéndose pasar por uno de los enanos, y por último lo que vino a llenar la copa: las andanzas con la bruja. La loba le entregó un ultimátum: ella o la bruja. Y por primera vez el animal se portó de forma sensata. Hacía tres meses que se habían divorciado.
Al llegar a este punto en sus pensamientos, no pudo evitar que se le escapara un lastimero aullido, con el que despertó a Lon Chaney, Jack London y London Bridge.
Sus cachorros se acercaron, el primero mostrando sus facciones humanoides que tantas discusiones le habían costado con su esposo, el segundo con la mirada penetrante que reflejaba pensamientos profundos, amor a la aventura y al peligro, y el tercero exhibiendo ostentosamente su piel metálica, que era la envidia de todos los vecinos del bosque. Los tres eran hermosos y sobre todo muy obedientes.
Doña Loba no perdió tiempo, un último beso a los pequeños, y para la selva a buscar el sustento. La vida en el bosque se hacía cada vez más difícil. A duras penas había conseguido trabajo. Recibía unos míseros reales por amamantar a dos chiquillos impertinentes: Rómulo y Remo. Pero bueno, de algo había que vivir.
Mientras ella se dirigía a su labor, en los oídos de los pequeños aún resonaban las palabras de la madre. “No le abran la puerta a nadie, a nadie. Recuerden que en el bosque hay muchos animales malvados y sanguinarios que se aprovechan de nosotros los infelices”. Y lo que Doña Loba decía, era ley. Se escucharon unos golpes en la puerta y los desamparados lobitos se estremecieron de horror. ¿Sería ese monstruo terrible? ¿Esa oveja desalmada que había aparecido en los últimos días aterrorizando a todos los habitantes del bosque? ¡Había cada leyendas de ese salvaje animal!
Unos decían que había sufrido un trastorno mental en la época en que vivía en el valle, pues le asignaron un pastor y ella, ilusionada con una pradera de hierba fresca, tuvo que conformarse con asistir a una iglesia todos los días, religiosamente.
Otros contaban que esa oveja era el mismísimo demonio que había escapado de los dominios de Polifemo prendida de las ropas de Ulises, rey de Ítaca, de quien había asimilado gran parte de su astucia.
Hasta había quien sostenía que el lanudo monstruo padecía de rabia, enfermedad contraída al atacar a un zorro confundiéndolo con un suculento plantón de hierba, lo que evidenciaba en la oveja cierta afección daltónica.
El asunto es que el enloquecido animal se había obsesionado con los lobos hasta el punto de tener que contarlos por las noches para poder dormirse.
Volvieron a golpear a la puerta y se oyó un grito: ¡Abran!
Jack, amante del riesgo, se dispuso a hacerlo, pero fue detenido por sus hermanos que le recordaron las palabras de Doña Loba. El tiempo pasaba, los gritos y los golpes seguían. El miedo tenía paralizados a los cachorros a los que les parecía sentir la terrible lana asfixiante. Pasaban los minutos, las horas, los días; ya no se oían los gritos. El tiempo pasaba, pasaba, pasaba…
Al fin Jack se decidió, abrió de golpe y se llenó de golpes al caerle encima un torrente de huesos. Junto a la puerta había un papel con una frase borrosa, pero legible:
“Imbéciles, abran! Se me quedó la llave encima de la estufa”.
Mamá Loba.

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