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VISITA PARA EL ALMUERZO
Literario
Escrito por Carlos Fundora   

 

A duras penas Marie pudo retener el tubo de ensayo que tenía entre los dedos cuando el reloj dio las diez de la mañana y su esposo irrumpió precipitadamente en la casa. Marie lo miró contrariada. En los años que llevaban de casados era la primera vez que Pierre regresaba tan temprano de la Universidad. 

 

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La materialización del horno microwave tuvo que esperar hasta finales del siglo XX.
-¡Deja todo lo que estás haciendo! –indicó Pierre- Y enciende la cocina que tenemos unos invitados para el almuerzo.
-¡Pero Pierre…! –exclamó Marie bastante descompuesta. -¿No podías haber escogido un peor momento? Estaba a punto de hacer un gran descubrimiento. Además, hoy no vino mi asistente y sabes que la cocina no es mi fuerte.
-¡Por favor! –interrumpió el hombre. –No protestes más y vamos a ver qué podemos preparar entre los dos.
-¡Buen cocinero eres tú! –lo atacó mientras se levantaba de mala gana. –Espero que la visita sea gente muy importante.
-No sé quienes son exactamente. Solo me dijeron que se trata de unos científicos extranjeros.
-¡Ah, bueno! –dijo ella dulcificándose un tanto. –Teniendo en cuenta que son extranjeros…
-¿Crees que una fuente de lentejas sea un menú atractivo para ellos?
-Pierre querido. ¿No recuerdas que las últimas lentejas que nos quedaban tenían, según tú, un alto contenido de hierro y las echaste a perder con los experimentos sobre el magnetismo?
-Es cierto, Marie. Vamos a mirar lo que nos queda en la bodega. ¡Pero suelta ese maldito tubo de ensayo, por Dios!
-¡De eso nada, querido! Capaz que pierda lo que he adelantado.
El matrimonio revisó sus reservas alimenticias y se decidieron por un cuarto de pollo que de puro milagro había rebasado dos inviernos.
-Podemos preparar una buena sopa. –propuso Marie.
-¿Crees que logres ablandar eso? –preguntó Pierre que aún no había podido determinar a qué especie de animal pertenecía aquello.
-¡Por supuesto! –contestó la esposa. –Sólo tengo que lograr una proporción de 2Cc de H2O por cada centímetro cúbico de superficie sólida y lograr la temperatura adecuada para llegar al punto de ebullición.
-¡Marie, Marie! No teorices más que no estamos en el laboratorio y acaba de encender la dichosa cocina.
-Está bien, querido. Mientras tanto, sujétame con mucho cuidado el tubo de ensayo.
-¡Vaya con el tubo! Ni que fuera la gran revelación. –Protestó Pierre.
Mientras Marie se dedicaba a calentar la hornilla su esposo levantó el tubo de ensayo y apreció el alto nivel de uranio que tenía este. Sin proponérselo vertió parte del contenido sobre la mesa salpicando de paso la carne fosilizada que tenían para el almuerzo.
-¡Pierre! –estalló Marie ante la distracción del esposo. -¡Mira lo que has hecho! Ahora la cena va a tener que esperar porque tengo que hacer unas pruebas urgentes.
Con cierto complejo de culpa Pierre soportó los veinte minutos que su esposa estuvo midiendo, analizando y comprobando el contenido del tubo.
-¡El radio, el radio! –exclamó al fin Marie.
-¿Este? –preguntó Pierre mostrándole un pequeño receptor de baterías.
-¿Qué idiotez es esa, Pierre? Acabo de descubrir un nuevo elemento: El Radio. ¡Mira! Mira la magnitud de las radiaciones que se han producido…
-¡Y mira! –interrumpió él. –mira como las radiaciones han puesto la carne que íbamos a preparar. Está blandita, blandita.
-¿Qué puede significar eso, cariño? –inquirió la esposa.
-Dentro de poco tiempo. –sentenció Pierre. –Se cocerán los alimentos mediante un sistema de rayos de forma tal que significará una verdadera revolución en el terreno culinario. Por el momento vamos a reservar esta primera experiencia para nuestros convidados.
El azar quiso que los invitados, representantes del premio Nobel, tuvieran un incidente que les impidiera acudir al almuerzo previsto con los esposos Curie. Marie logró que Pierre se entusiasmara tanto con la radioactividad que dejaron a un lado el pedazo de pollo hasta que se descompuso.
La materialización del horno microwave tuvo que esperar hasta finales del siglo XX.

 

 

 







 

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