Adelaida sabe que es por el pantalón. Que mil veces se
lo probó y mil veces algo, por dentro, le decía que no era lo que
estaba buscando pero se quedó con él. Adelaida sabe que nunca se hace
caso, que le cuesta convencerse, que no es de las que lo tiene fácil
para conseguir algo en esta vida. Está casi segura que es por el
pantalón, aunque puede, también, por la combinación de este con los
zapatos, por los zapatos mismos, tal vez por el tipo de faja que lleva
puesta. Norma no piensa ahora. Baila y despliega todas sus armas
alrededor del muchacho que, dos tragos por medio, le invitó a compartir
la pieza. Se sabe con suerte. Rechina de felicidad por este medio punto
de ventaja que le saca a su amiguita de salidas. Simula los tropiezos y
sonríe.
Hasta La Cascada de la Ocho y la
Setentayalgo han llegado las dos esta vez. A La Cascada, bar de barras
y mesitas, como tantos otros de Miami, que, por obra y gracia de
alguien o de muchos, perdió su nombre cierta noche para ser simplemente
El Palacio de las Arrugas en la ciudad. La Cascada, risa de quienes aún
no necesitan llenar su soledad apurada; meca de los que, esperanzados,
en otros cuerpos
sueñan encontrar el calor que, a ellos mismos, falta.
Nerviosas,
desde el viernes, en la fábrica donde pegan etiquetas a los pomos que
luego llenarán de perfumes y cremas, ellas se ponen de acuerdo. Escogen
el lugar, dejan claro la hora en que deben reunirse, intercambian
opiniones sobre la ropa que piensan lucir este nuevo sábado de
búsquedas y posibilidad. Se encomiendan a Dios y piden por que a mucho
no asciendan los gastos de hoy.
Norma, Adelaida,
Susanita, Marta o Carmelina. La Cascada, Victor’s Café, Las Casas
Juancho o Cañí. Remiendos y descosidos. Hormas y zapatos. Huequitos en
el mapa para el colorín de la ilusión
Que aún es
temprano, piensa Adelaida; que debe tener calma, no perder el control,
mantenerse clara para dominar la situación. Como un aditamento incómodo
y pesado, no propio, siente, allá debajo, el prominente estómago que,
cree, no poder ocultar. Y llena los pulmones de aire y se contrae. Y se
pregunta cuándo es que empezarán a hacerle efecto esos tragos para
sentirse más relajada, más suelta, más como le gustaría ser.
No
ha dejado de mirar ni por un instante, como quien no quiere pero si, a
su amiguita de siempre. Su amiguita que baila y parece más feliz que
casi nunca. Su amiguita a quien reconoce más delgada, sólo algo, y un
poco más joven, sólo un poquito. Y más fresca y más descarada y más
regalona. Por eso es que la llaman y por eso es que no tiene que
luchar, como ella, desde la mesita en el rincón tratando de parecer
natural cuando no lo está.
Pero, también,
Adelaida más seria. Y aguarda por su momento. Porque siempre habrá
quien, cansado de todas, busque a alguien diferente; alguien en quien
descubrir lo que en otras no ha podido; alguien serio y amoroso que ni
siquiera tenga que ser tan atractivo, ni tan fiel, ni quererla mucho o
vivir únicamente para ella; alguien a quien bastaría dedicarle sólo un
tiempito y que no la hiciera sufrir tanto. A quien dedicarse en cuerpo
y alma a cambio de un rato de cariño pleno y sincero cada vez que se
pudiera.
Adelaida está casi segura que es por el
pantalón. Y por esa barriga que no desaparece así se ponga tres fajas,
una encima de la otra. Y por los tragos que no empiezan, de una vez por
todas, a hacerle efecto.
Y porque no es como Norma. Y porque aún es
temprano. Y porque aquellos mexicanos, a su derecha, todavía no han
reparado en el par de tetas que quieren salirsele de la blusa. Adelaida
intuye y espera.
En
Cañí canta Lumey; y David Santiago. En el Hoy como Ayer Albita y Malena
y, más atrás, en El Cuarto de Tula, Cristina Rebull. Annia los viernes
en La Casa de La Medina y, los sábados, la propia Mirtha con algún
invitado. Susanita, Marta, Carmelina, Norma o Adelaida conocen del
programa, de lo que cada sitio puede ofrecer, de lo que allí pueden o
no toparse. A uno y otro van indistintamente o a todos en una sola
noche cuando los ánimos no están para permanecer por mucho tiempo en un
mismo lugar. En la fábrica se ponen de acuerdo, sobre la marcha, según
vayan las cosas, planifican el itinerario.
Y
adoran a Carlucho, el de los chistes, y sueñan con que Adrian, siempre
correcto y adorable, les dedique algún guiño, desde el estrado,
mientras da pie a que entre el próximo intérprete o anuncie que llegó
la tanda de bailables para que aquellos tomen el merecido descanso y
los demás se “quiten las cosquillas”. Y conocen a Barbarita Tún Tún y a
Mirthica, la del telescopio, y llevan en su cartera desde sacacorchos
hasta agujetas esperando porque comience el jueguito de
quien-primero-llegue-aquí-trayendo-un... para reír y olvidarse del
mundo, abandonando por un segundo su verdadero objetivo de atrapar al
primero que les diga “ jí ” y regresar, al menos hoy, dando tumbos del
brazo de quien sea.
Susanita, Carmelina, Marta...
sacuden el polvo de la letanía una o dos veces por semana y allá lejos,
en el taller, dejan a Dios y al Diablo arreglándoselas como puedan al
tiempo que se pintan la sonrisa de carmín, se cuelgan el bolso que él
les regaló y aquel vestido que nunca estrenaron rejuvenecen a fuerza de
nuevas puntadas y viejos trucos. Nerviosas, puestas de acuerdo, desde
el viernes, al calor del amor en un bar, ellas se marchan.
Que
el próximo lunes comienza de nuevo con los ejercicios se jura Adelaida.
Y que ahora sí se mantendrá firme con los horarios. Con los horarios,
con la dieta, con los parches, con las pastillas. Porque el fin de
semana que viene no la cogerá en estas otra vez. Y qué tal si
desapareciera por un tiempo, si de tripas corazón hace y se queda
encerrada y luego regresa con unas cuantas libras de menos, con otro
tinte, otro peinado, nueva ropa, otro estilo. Y si aprovecha y se va
hasta Dominicana donde, según dicen, las cirugías no cuestan tanto. Y
si se va más al Norte con sus sobrinos. Y si busca otros barcitos donde
ir, allá por la playa, donde nadie la conoce. Las burbujitas suben de
la garganta a la nariz y, sospecha Adelaida, que lo que en verdad
quiere es romper a llorar ahora mismo y gritar, gritar tanto como pueda
hasta quedarse vacía de tanto pensamiento, de tanta preocupación, tanto
por qué sucederle precisamente a ella.
Si no
estuviera Norma ahí enfrente; ni los de la barra o los mexicanos de la
derecha. Si no hubiera nadie por los alrededores buscando de quien
reírse o con quien hacer la noche. Pero ahí están y Adelaida no piensa
darles el gusto. Y si se les ocurre pensar que llora ella porque es una
vieja que no ha podido empatarse esta noche, que lo que está es
desesperada, que es una alcohólica, una extravagante, una loca que sale
a cazar balseros recién llegados o indios sin documentos. No, no piensa
ella dar el gusto a nadie. Y recoge la lágrima que nunca fue y se
dispone a imaginar mejores cosas como aquello de la florecitas y los
montes verdes que Juan Clemente le aconsejó cuando se tiraba en una
cama a morir, sin deseos de hacer nada, ni de ver a nadie, ni de salir
a la calle. Cuando rompió la ducha y se peleeó con Norma. Cuando empezó
a tomar las pastillitas rojas que el propio Juan Clemente le trajo.
No,
Adelaida sabe-se sabe-diferente y trata de alejar cualquier mala idea,
cualquier fatalismo. “¡Dios mío, florecitas y praderas, florecitas y
praderas!” se repite al tiempo que empina el vaso en el que hasta hace
poco hubo un trago de vodka.
Lumey es gorda y
David Santiago guapachoso. Albita famosa, Malena estable y Mirtha,
Annia, la Rebull así, en su estado natural, de mejores recuerdos
viviendo, con los de siempre a mano, al menos.
Lumey es gorda. Y,
también, simpática. Y con la voz de angel que a nadie interesa porque
las curvas faltan. Y no es joven Santiago, como tampoco ya Malena.
Como, igual, la otra y la que le sigue y la que nunca estuvo. Pero
firma en la tienda de discos más cercana quien mejores cosas tuvo que
decir en su anterior grabación y, el concierto de la española, abre la
misma que en la OTI estuvo y, junto a Sonia Silvestre, comparte
escenario la hija de la del sentimiento grande. Y, a veces, por la
pantalla, de ramajazo, una canta herida y la otra anuncia un show donde
estará, además, un conocido trasvesti. Y se desparraman por el
tinglado, cuando el sol no está, Bofill, Amaury, la Nenita, el Pible,
un médico salsero y quien no mucho tiempo lleva pero con fama vino y
carita de niño bueno. Los remiendos y el descosido. Las hormas y el
zapato. Muchísimos huequitos en un mapa para el comodín de esta ilusión.
Norma
y Adelaida no siempre pueden ir a donde quisieran. Y, entonces, cruzan
la calle y entran al matadero y, con mucho cuidado, sobre todo al
principio, tratan de no mezclarse tomándose su traguito a mitad de
precio y deslizándo las monedas por el traganíquel para que Paquita les
recuerde que no son ellas las únicas a quien traicionan o tratan como
basura. Y sienten que la canción les parte el alma y no se explican qué
mal hizo a Dios esa pobre mujer para que el destino la haya tratado de
tal manera y llore y suspire y, se corra el maquillaje junto al lunar,
cada vez que cante. No son un buen lugar los mataderos y ni Dios ni el
Diablo, ni nadie en el taller, deben saber que, alguna que otra noche,
cuando el dinero da sólo para el traganíquel o el traguito malo, allá
ellas se van a solapar rencores y recorrer, con las miradas, las
entrepiernas del que juega al billar. Aún cuando conocen del programa,
de lo que cada sitio puede ofrecer, de lo que allí pueden o no toparse;
aún cuando a uno y otro van, indistintamente o a todos en una misma
jornada cuando los ánimos no están para permanecer por mucho tiempo en
un único lugar; aún cuando, Susanita, Carmelina, Marta, no tan a menudo
como desean, pueden ver a la Albita, o reir con Carlucho o esperar
porque Adrián, tan correcto, tan adorable, les dedique algún guiño
mientras da pie a que entre el próximo intérprete o anuncie que llegó
la tanda de bailables para que, aquellos, tomen el merecido descanso y,
los demás, “se quiten las cosquillas”.También, sobre la marcha, según
vayan las cosas, Adelaida, Norma, Susanita, Carmelina, Marta, a fuerza
de puntadas y de viejos trucos, desvían sus tacones y cruzan la calle y
deslizan la moneda para recordar que no sólo a ellas traicionan o
tratan como basura. También a ellas se les corre el maquillaje y les
brilla el lunar y, también, mirando la entrepierna, preguntan a Dios
qué mal han hecho para sobrellevar semejante destino.
Desde
la mesita, en el rincón, con los botones de la blusa abiertos allí
donde se sabe y, las piernas, entrecruzadas buscando soporte, Adelaida
aprieta las mandíbulas y cree odiar a casi todo el resto de la
humanidad. A estas alturas del partido por su cabeza ha pasado de todo
y, además del vodka, en quien ya no confía, recuerda, con desdén, esa
Radio Amor donde puso el anuncio y en la que todos son jóvenes y
atractivos y maduritos pero interesantes y con mala suerte. Y se
pregunta si era Nestor atráctivo o madurito o interesante. O si Juan
Ramón o Juan Oscar. Y se pregunta por qué rumbos anda el muchachito
solitario en busca de mujer mayor que la Hermana Dina vió en sus
cartas. O el moreno de quien le habló La Faraona. O ese famoso toque de
locura que iba a cambiar su vida para siempre que el Profesor Kurú, “el
que hace lo que nadie puede”, le aseguró hace unos meses. Al tiempo que
Norma sigue con sus risas y tropieza y despliega sus armas y se amarra
a la cintura que más cerca tiene, Adelaida, también, piensa en el Señor
y en que no lo está atendiendo como él se merece .Y supone que es por
eso por lo que nadie se le acerca, por lo que todo le sale mal. Que es
un castigo y que se lo tiene bien buscado. Pero cómo si viene aquí, o
allá, o, aún, más lejos, todos los sábados y se acuesta tarde y cansada
va a poder ir a misa temprano al día siguiente. El tiene que
comprenderla, nadie mejor que El que lo ve todo, que tiene el poder,
que es el juez supremo, que quiere lo mejor para sus hijos, que da la
absolución cuando se ha sido buena como ella. Y clama porque le
encuentre un hombre, cuanto antes, porque no puede más, porque está al
borde de la locura, porque no sabe qué hacer en medio de este laberinto
que no comprende. Y le cuestiona el por qué con Norma es así de
benévolo. Por qué no con ella que es mucho más digna. Y, le aclara, que
Norma no es tan buena como parece, que tiene un hijo en su país al que
no atiende, un hijo que tendrá los mismos años que ese, con quien ahora
baila y se rechupetea de arriba abajo. Y se arrepiente y se dice que
no, que no puede pensar así, que mala, mala, Norma no es, que, a fin de
cuentas, es la amiguita que tiene y no es lo mismo venir sola a estos
lugares porque tendría, entonces, que sentarse en la barra y, ya se
sabe, se pensaría que es ella lo que, en realidad, no es. Y mira para
los mexicanos a su derecha y se fija en el escarranchaíto, siempre le
han gustado los escarranchaítos, y lo imagina desnudo, e imagina
desnudos a los demás que lo rodean y le da lo mismo porque quitar las
botas y las medias y los pantalones y los calzoncillos a un borracho,
para lidiar con él, manejarlo a su antojo, es cosa que no varía téngase
este cuerpo o cualquier otro.
Adelaida esta casi
segura que es por el pantalón. Y por esa barriga que no desaparece así
se ponga tres fajas, una encima de la otra. Y por los tragos que nunca
empezaron, de una vez por todas, a hacerle efecto. Y porque no es como
Norma. Y porque ya no es temprano. Y porque los mexicanos, a su
derecha, no han reparado, todavía, en el par de tetas que quieren
salírsele de la blusa. Adelaida intuye. Y espera. Porque el fin de
semana que viene, se jura, no la coge en estas otra vez.

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