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Amor a primer Candombe Imprimir E-Mail
Escrito por Mauricio C. Moday   

 
AMOR A PRIMER CANDOMBE
 
 
 
Autor  Mauricio C. Moday
 
 
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Wilson nació en los alrededores de Carmelo Uruguay,  con esa típica característica de la vecina orilla. Era mulato, con su pelo de rulos pequeños y ojos muy grandes. Sus dos amores desde botija1 fueron el balón pie y la guitarra eléctrica.

Cuando llegó a La ciudad de La Plata tenía dieciocho años. Compró su pase en permuta por otros jugadores, uno de los dos clubes más importantes de la ciudad. El joven venía del equipo de Danubio, con buenos antecedentes, ocupando el puesto de zaguero central.

Cuando cumplió todos los requisitos legales con el club, comenzó a entrenar. La recepción que sus compañeros le efectuaron fue excelente, integrándose rápidamente al plantel. Con gran sacrificio, llegó al puesto de titular seis meses después.

Nunca abandonó su otra pasión, así que preguntando aquí y allá llegó hasta un bajista muy importante de la música Platense, quien aceptó impartirle clases de dicho instrumento.

Se le podía ver por las tardes con el bajo colgado sobre sus espaldas, enfundado en un magnifico estuche y caminando por la avenida rodeada de tilos.

Entrenaba de mañana temprano, luego comía una porción de pizza y una gaseosa y tomando su bajo eléctrico que guardaba en su casilla del club. Durante la semana, se encaminaba a tomar sus clases de música. Cuando llegaba el viernes, lo llevaba a su departamento que tan amablemente le había alquilado los directivos de la entidad. Durante los fines de semana, concurría a uno de los varios boliches que rondaban a la Estación Vieja, donde predominaban los parroquianos que escuchaba jazz. Esta zona parecía el barrio francés de  Nueva Orleans en Louisiana, al sur de los Estados Unidos. Allí, los centenares de descendientes de esclavos, que habían llegado para el cultivo del algodón, cantaban en los pequeños bares sus blues y espiritual nativos, acompañados por una trompeta y un contrabajo solamente.

La música de Wilson le fue inclinando hacia ese son, pero con el agregado del candombe de su Uruguay natal. Integró por primera vez un conjunto, cuando un bajista del mismo se enfermó de improviso. Siempre le acompañaba su instrumento y esa noche justamente lo había llevado. El solo nombre de su profesor le abrió la puerta a reemplazar el bajista ausente. El grupo, de mediana calidad, tocaba jazz puro y algunos blues que le hicieron recordar a su infancia en la ciudad de Carmelo. Ninguna dificultad le ocasionó acompañar al conjunto y sus acordes fueron muy aplaudidos. Aquella noche regresó tarde al departamento, muy cansado y algo tenso todavía por  el debut  pasado.

Al día siguiente, jugaba de titular en su puesto de siempre. Pero la trasnochada le costó una grave lesión  en la rodilla izquierda. Fue a defender una  pelota, algo blando muscularmente, contra un contrario que enderezaba hacia el arco. Un sonido como un latigazo se escuchó ante el choque de ambos. El tono que oyó Wilson en su cerebro, junto al dolor que tenía era tan atroz, le hizo pensar que estaba fracturado. Inmediatamente, le sacaron en camilla y le internaron en el sanatorio de la calle 51. Las radiografías y los otros estudios mostraron que la rotura de los ligamentos era grave. Permaneció internado y a las cuarenta y ocho horas le operaron. Pero su rodilla jamás recuperó su total movilidad. Casi con seguridad no volvería a jugar fútbol. El total restablecimiento le llevaría  cerca de un año.

A los cinco meses, comenzó a andar con muletas e intensificó sus conocimientos teóricos de música, integrándose a un conjunto que tocaba tango fusión y milongas. Sabía que no era su fuerte, pero necesitaba ejercitar el instrumento y hacerse conocer en el ambiente de jazz. Pese a su yeso y muletas, jueves y domingos ejecutaba su instrumento subido a un taburete alto por todos los bares de la Estación Vieja.

Los acordes de su tango ablusado, con cierto dejo de lamento de sus espirituales, le hicieron ocupar un lugar importante entre los ejecutantes del instrumento. Fue elegido rápidamente.

Cuando le sacaron el yeso y se le efectuó la rehabilitación, se encontró con la realidad de su rodilla. La inestabilidad de la misma, no le permitiría jugar más a la pelota. Entonces le faltaron dos cosas para que la felicidad volviera a alumbrar sus grandes ojos.

Es en ese momento de su vida conoció a Goyo Carrasco, que venía de Montevideo como percusionista, tocaba el bongó y la tumbadora2. Establecieron una amistad de compatriotas y, en las numerosas charlas que tuvieron, decidieron formar un nuevo conjunto con orientación rioplatense. Sólo les faltaba un teclista que interpretara sus sentimientos.

Cuando llegó aquel domingo de invierno en uno de los bares de la Vieja Estación, con sólo unos pocos amigos para escuchar y algunos parroquianos tomando café, Wilson empuñó el bajo y comenzó a tocar  con acordes de banda uruguaya carnavalesca, su amigo Goyo le acompañó en la tumbadora.

     De inmediato, la vio en la puerta. No dudó  ni por un segundo que era la mulata más hermosa que había observado en su vida. Vestida con un trajecito rojo entallado al cuerpo y zapatos de tacos altos muy finos. Ella, nacida en Costa Rica, se acercó a la banda fumando y se sentó en una mesa muy cercana pidiendo un jugo de naranja.

Los acordes del candombe parecieron recordarle a su añorada rumba y poniéndose de pie como impulsada por un resorte, comenzó a moverse hacia el teclado que se encontraba solo, esperando quien lo ejecutase. Su figura oscilante, voluptuosa y cautivante recorrió los pocos metros que la separaban del instrumento y arrancó de pie, con los acordes del candombe rioplatense, como si toda su vida hubiese tocado lo mismo.

Continuó meneándose y ejecutando el teclado. Wilson, impactado, ejecutó el bajo como si fuera la última vez de su vida que lo haría y ella ya enardecida por la música y el son ancestral que ejecutaban. Se desplazó junto a Goyo  y tomó el bongó comenzando una percusión infernal de ambos, que puso a todo el público de pie aplaudiendo a rabiar.

Cuando finalizó su espectacular e insólita función, un aplauso cerrado desde todos los confines de la Vieja Estación sonaron en sus mentes durante varios minutos. La gente había salido de todos los bares hacia la calle al  escuchar el son del tamboril.

Wilson supo que acababa de nacer su trío Uruguayo de Candombe y, sin duda, su familia para siempre.

                     
 
   
                                               

1)    botija: niño en idioma vulgar uruguayo.
2)    tumbadora: timbalera o tamboril uruguayo

 
 

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Mauricio C. Moday.
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Breve referencia de mis antecedentes: Soy médico jubilado. Mi especialidad fue la Terapia Intensiva. Fui jefe de la UTI del Hospital San Martín de La Plata, Argentina, durante 19  años hasta mi jubilación. Escribo desde mi juventud, pero por el tipo de trabajo, que tenía, abandoné transitoriamente. Durante la Jefatura solo junté datos para con la jubilación dedicarme a pleno. Fui alumno de la Profesora Mercedes González Pérez durante casi tres años. Ella vive en Madrid y me comunicaba por Internet y por chat. Fue la asesora de cursos a escritores noveles a distancia de la Editorial “El País Literario”. Me enviaban material didáctico y deberes que corregíamos y además debía casi obligado, escribir diariamente. En la actualidad tengo una novela publicada sobre el Papel de los sindicatos y la Justicia en la Historia Argentina reciente, libro  de Poemas en Maqueta, y más de treinta cuentos, poemas y aforismos. Poema publicado por Editorial Dunken en el libro “Vuelo Intimo” de poetas noveles. ASEGURO NO TENER DERECHOS COMPROMETIDOS DE LAS OBRAS CITADAS. Muchas Gracias.

 
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Comentarios (1)add
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escrito por maria cristina corbo , abril 13, 2008
Me encanto' la sencillez y claridad de la narrativa.De corazon,una uruguaya en Canada.
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