CABEZAS CAMBIADAS
Por Carlos Almira Picazo
El catedrático Petronio Varo se despertó con la sensación de haber rodado por un precipicio. El cuerpo molido, los ojos llorosos, el rostro hinchado. Miró, perplejo, ante sí, como si no reconociera lo que veía. ¡Vaya nochecita! Poco a poco fue reconociendo su habitación y se tranquilizó.
Al principio las piernas se negaban a responderle. Plantó el pie derecho fuera de la cama y avanzó a tientas por el suelo helado. La oscuridad era casi absoluta. Encontró el interruptor junto a la puerta. Al llegar al armario lo abrió, ya bajo el chorro de luz, y se quedó un minuto contemplándose.
-¿quién anda ahí?
Dijo esto y se volvió. Su mujer, Livia, llevaba ya un rato levantada. La oyó trastear en la cocina. Así que estaba solo, con aquel extraño detrás. Y no era cosa de ponerse a gritar a las seis de la mañana. Aparte de que, a veces, los ladrones reaccionan violentamente cuando se sienten descubiertos y perseguidos.
Inmediatamente pensó en la escopeta con la que a veces salía a hacer el pánfilo por el monte. Pero además de no saber dónde estaba, le faltaban cartuchos y seguro que no disparaba. Basta que uno necesite una cosa para que no funcione.
Por otra parte, el intruso le era familiar, incluso conocido. Era alguien de la casa, ¿pero quién? Y fuera quien fuese, aunque hubiese sido su propio padre, ¿qué hacía detrás de él mirándose en el espejo de su armario como un bobo, a las seis de la mañana?
El catedrático Petronio Varo, práctico además de intelectual, hombre de probados recursos, decidió fingir que lo tomaba por una alucinación, por un sueño, y girarse de pronto cuando el bribón no lo esperase.
Satisfecho por su astucia y por su audacia, se relajó y comenzó a quitarse el pijama.
Cuando se desvestía y se bañaba, le gustaba cantar. Así que empezó a improvisar una canción que había escuchado en el coche la víspera. De paso llamaba la atención de su mujer que seguía preparando tranquilamente el desayuno.
Un silencio profundo, plácido, llegaba del resto de la casa y de la calle. La ventana, negra, reflejaba la habitación inusualmente desordenada, como un segundo espejo. Había una quietud de invierno.
Transcurridos varios minutos (durante los cuales el catedrático Petronio Varo no desaprovechó la ocasión de estudiar disimuladamente al intruso), se decidió a volverse por fin.
Allí no había nadie.
El catedrático Petronio no creía en los fantasmas. Encendió pues, la lámpara de la rinconera y comenzó a registrar la habitación.
Ya no le importaba estar desarmado. Lo prioritario era resolver aquel enigma. El ladrón no había tenido tiempo ni ocasión de escaparse. Además, no se había apartado de su nuca en ningún momento. Mientras se vestía lo había visto en todo instante tan cerca de si, pegado a su espalda, que casi tenía la sensación de oírlo respirar. Luego estaba allí.
Si hubiera querido herirlo lo hubiese hecho.
-sal y arreglemos esto pacíficamente.
-no tengo nada de valor, añadió.
El intruso callaba, obstinado.
Previendo que pronto empezarían a fallarle las fuerzas y a flaquearle la voluntad, Petronio aceleró su registro, haciéndolo extensible a la cama, a la butaca, y al pequeño aseo. Luego, sin saber por qué, miró por la ventana, que seguía cerrada sobre la callecita nocturna. Se volvió bruscamente en dos ocasiones. La ropa de la víspera estaba tirada por el suelo. Intentó recordar, tal vez ahí estuviera la clave. Pero aquellas horas de la víspera se le revolvían en la memoria, en una maraña confusa.
Entonces vio aquello por casualidad, junto a sus pantalones: un cabo de hilo, ni fino ni grueso, de color carne algo encendida, de un palmo aproximadamente de longitud.
Iba a avisar al ladrón de que el dinero y las joyas las guardaban en el Banco, cuando oyó la voz de su mujer que lo llamaba a desayunar. Y corrió al espejo.
¡Otra vez estaba allí!
Para ser una broma ya estaba bien. De pronto, recordó que algunos emperadores Flavios habían sufrido de alucinaciones al final de su vida, como consecuencia seguramente de sus excesos y su crueldad. Él era pacífico y por encima de todo, metódico. Creía en la Razón. No obstante, es posible que haya cosas en el Universo que no comprendamos. Supongamos que fuera un fantasma (en tal caso, quedaba descartado que fuese un ladrón), ¿pero sería inofensivo? ¡Dios mío!
Se apartó del espejo y, antes de que pudiera verse de nuevo, le ocurrió lo siguiente:
El curso de sus pensamientos tomó un derrotero incontrolado e imprevisto; de pronto, empezó a pensar en mujeres, ¡y a verlas! mujeres desnudas y que venían a desnudarlo a él, sonriéndole con lascivia, “Petronio, cachondo, ¡cómo nos pones!” Ya había creído liberarse de ellas cuando inesperadamente empezaron a girar allí mismo, tan reales que parecían flotar ante sus ojos, un torno y un estante lleno de cacharros y botes de esmalte y barbotina. Sonó una campanilla lejana, dulce, que le puso los pelos de punta, y se vio a sí mismo caminando hacia un horno, que arrojaba su borrón rojizo sobre la penumbra, con una tosca figura de cerámica en la mano.
Entretanto, su mujer seguía llamándole: “¡Petronio!”
¡Me estoy volviendo loco!
En su atolondrada precipitación se había puesto la corbata sobre la camiseta.
Muy cerca, en ese mismo momento, en la casa de enfrente, su vecino Tomás Amador se agitaba en sueños. Pero sus habituales visiones se habían transformado en una pesadilla en la que él mismo balbuceaba en una lengua muerta e incomprensible.
Ninguno de los dos tenía naturalmente, idea de lo que le estaba ocurriendo al otro.
Entre los zapatos de Tomás Amador también había un cabo de hilo, idéntico al que encontrara poco antes Petronio, igual en grosor, en color y longitud.
Disgustado por aquel sueño absurdo en que no aparecían chicas de Play Boy, Tomás Amador había sacudido a su mujer, que roncaba a su lado, y, dando abundantes manotadas en el aire, como si se estuviese ahogando en un pozo, bañado en sudor frío, repetía: “animula, vagula, blandula, hospes… etc, etc.
-Ya has vuelto a beber.
Livia fue a buscar a su marido.
-¿no oyes que te estoy llamando?
Éste, sentado en calzoncillos ante el espejo del armario, se contemplaba fijamente, como fascinado.
Algo vacilante, encaramada sobre sus hombros, estaba la cabeza de su vecino, Tomás Amador.
Al oír entrar a su mujer (ya no pensaba en fantasmas), se le cayó de la mano, resbaló revoloteando por el aire, el cabo minúsculo de hilo.
Tomás Amador no pudo ya conciliar el sueño. Irritado, confuso, puso la cabeza bajo el grifo y empezó a asearse.
Su mujer, Pura, dormía profundamente. Después de insultarle, se había dado la vuelta contra la pared expulsándole literalmente de la cama. La habitación estaba helada. En la ventana se habían formado carámbanos de hielo. Afuera se recortaba, mortecino en el amanecer, el patio lleno de tendederos.
¿Pero acaso había bebido? Por una vez ella no tenía razón. La víspera se la había pasado trabajando en el condenado mosaico para la fábrica de cerveza. Desde que se quedara solo en el taller, tras la deserción del bribón de su ayudante, los encargos se le acumulaban con la misma rapidez que las deudas. Compromisos y trabajo, ¿tenía acaso tiempo y ganas de beber como antes?
Tal vez al terminar, ya entrada la noche, había vuelto por la calle del bar Especies, por si quedaba algún conocido rezagado. Pero se caía de sueño y además se sentía muy raro. Después sólo recordaba aquel sueño y aquellas palabras, como sacadas de un sortilegio, que lo habían despertado.
Mientras se vestía entre los restos de la oscuridad, se sorprendió pensando en Livia (¿o Lidia?), la mujer de su vecino. El profesor le había encargado hacía ya semanas la reproducción de un mosaico romano en estilo norteafricano, que representaba a una pareja de patricios afincados en Cartago. Le había traído fotografías, dándole las medidas, y consejos para que el resultado aparentase antigüedad. Y allí seguían durmiendo el sueño de los justos.
¿Qué podía hacer él?
Mateo Amador temía desde hacía días la llegada del profesor, la indignación de aquel hombre, por lo demás de aspecto pacífico y honrado. En cuanto a su mujer, apenas había cruzado con ella dos palabras en las escaleras de los almacenes de madera. No era del tipo que le hacía volverse por la calle, ¡qué diablos! ¡Por qué ocuparse de ella!
Se deslizó, apartándola de sus pensamientos como una nube de tabaco, el paso furtivo, hacia la cocina, en busca de café. Pura guardaba todos los licores bajo llave. En cuanto acabara el mosaico de la fábrica, la emprendería con aquellos dos romanos, y en paz. El profesor quedaría contento.
Afuera hacía más frío aún. Una mañana deslavazada, gris, de invierno, se colaba por la ventana de la cocina. La calle, transversal de una avenida, comenzaba lentamente a despertar.
Encendió un cigarrillo para desperezarse. Entonces notó algo en el pie. Pegado en el zapato por dentro había un trozo de hilo, exactamente igual al que había encontrado su vecino Petronio Varo horas antes entre sus pantalones. Iba a tirarlo al fregadero junto a la ceniza, cuando vio algo que lo dejó perplejo, helado:
¡En el agua estancada, sucia, lo contemplaba su vecino, el profesor!
¡Lo haré esta misma mañana, se lo prometo, tendrá su mosaico!
Y sin esperar al café corrió a la calle con la boca seca.
Petronio Varo se había encerrado en su despacho. Ya eran las nueve. A las diez tenía clase. Llamó a su ayudante, el becario de doctorado Felipe Bueno:
-no me encuentro bien, ¿puedes darme la Historia de segundo?
-¿a qué hora es?
-a las diez.
Hay una pausa. Por la ventana resbalan algunos rayos de sol. Sin darse cuenta, el catedrático Petronio Varo se ha puesto a examinar el embaldosado granadino que adorna el marco (la Facultad ocupa un antiguo convento desamortizado en el siglo XIX). El jardín de lo que fuera el claustro brilla bajo la escarcha. De pronto se da la vuelta y encara a su becario:
-ya no se hacen baldosas así.
En realidad quería decir: “no sé lo que me pasa”.
-es verdad.
-¿entonces? (en “su” cabeza pugnan dos frases, “¿le gusta la cerámica?” y “¿no me notas nada?”).
Esto, que nadie haya notado el cambio de cabezas, lo tiene intrigado. Ni siquiera su mujer, que conoce a Mateo Amador. Cuando le ha insinuado sus aprensiones, se ha echado a reír y se ha ido.
-a las diez, no se preocupe.
El joven sale de la habitación sonriéndose bajo la incipiente barba de sabio.
Ya solo, Petronio Varo examina por enésima vez el misterioso cabo de hilo que lo trae de cabeza. De cuando en cuando contempla el jardín. Decide ir a ver a su vecino esa misma mañana. Él tiene que reconocerlo, tiene que reconocerse a sí mismo. Tal vez haya una solución. Y si no la hay, quiere hablar con el sujeto que le ha suplantado. Porque él, Petronio, ha salido perdiendo en el cambio, ¡de todas las cabezas de la ciudad ha ido a tocarle precisamente aquella! Baraja todas las cabezas que podían haberle tocado, y su rostro (el rostro del otro) se contrae sucesivamente de horror, de gozo. El mismo curso de sus pensamientos demuestra lo absurdo, lo insostenible de la situación.
Claro que no puede presentarse ante su vecino y reclamarle sin más aquello. Hay un encargo, empezará por ahí. Los asuntos se le acumulan. Cada día encuentra la mesa llena de papeles: invitaciones a congresos, a tribunales, memorias, compromisos. ¡Y tiene que ocuparse de aquello!
Verdaderamente el mundo es injusto. Resulta asombroso.
Mientras cavila en lo que hacer, toma el cenicero, una obra tosca, mal cocida y peor barnizada. Sus dedos recorren con sabiduría las aristas, las rugosidades, los límites del dibujo. Se da cuenta y lo arroja lejos de sí. Se acaricia el cuello donde la leve papada (esta si es suya) se interrumpe en un surco irregular, a modo de cicatriz.
“Por aquí”, piensa, con un escalofrío. La sola idea de volver a sufrir aquel trasplante le hiela. Piensa en el pobre Luis XVI y en Maria Antonieta. Dicen que no se siente nada en el momento, todo el horror se acumula en la fracción de segundo inmediata.
De súbito se le ocurre que Mateo Amador pueda estar maltratando su cabeza. Cuando la recupere, tendrá que reeducarla. Las figuras borrosas de Luis XVI y Maria Antonieta guillotinados dan paso a la efigie de Pamela Anderson en topless.
Del pasillo llega el barullo del cambio de clases.
Otra cosa que le intriga es ese residuo de su antigua personalidad. Hubiera sido infinitamente mejor ser Mateo Amador con todas las consecuencias, sin ningún recuerdo de su otro yo, y viceversa. En tal caso, más que de un cambio de cabezas habría que hablar de un cambio de cuerpos. Él, es decir, el otro, se habría levantado con su cuerpo, y viceversa, y, sin ni siquiera pensarlo, cada uno se habría ido a la casa y al trabajo del otro como lo más natural del mundo, que a partir de ese momento serían los suyos. Mateo Amador con su cuerpo y él con el de aquel. En tal caso, no le importaría que aquel le atiborrase el cerebro (que seguía considerando suyo por el maldito residuo) de resultados deportivos y de imágenes pornográficas, o que se hiciese un corte al afeitarse. En cuanto a él, podría pensar todo lo que quisiera, tan feliz, en sus puntos de cocción, sus barnices, y sus azulejos.
El jardín aparecía ahora apagado, sin la escarcha. Los pasillos en silencio.
¿Cómo iba a arreglárselas a partir de ahora? ¿Cómo iba a explicar la Historia de Roma con la cabeza de un ceramista? ¿Cómo iba a disimular el deseo, la lascivia de albañil, ante sus alumnas (a las que de pronto miraba el trasero con la boca hecha agua)?
¿Cómo, cómo, cómo?
Mateo Amador, más tranquilo, había aminorado algo el paso. Ahora marchaba a grandes zancadas, no obstante parsimonioso, como un turista embelesado en las bellezas locales. Se detuvo un buen rato a contemplar el puente romano y entonces sintió hambre.
Entró en el primer bar próximo al río y pidió (su lengua pidió por él), un café vienés. El camarero, que lo conocía (pues el taller no quedaba lejos de allí), se sonrió. “¿Qué, nos estamos refinando?”. Azorado, Mateo iba a rectificar, en realidad prefería despabilarse con su buen café solo, bien cargado, con un chorreón de coñac Magno, pero ya fuera por un prurito de orgullo, ya por un descontrol de sus deseos, añadió intentando con todo darle un acento chusco: “y un bilbaíno con mantequilla a la plancha”.
-¡va, vienés y bilbaíno!
El bar bullía, animado por los que tomaban el primer receso del trabajo. Contraviniendo también en esto su inveterada costumbre, Mateo se sentó junto a la única ventana del local, y empezó a mover las manos y a pensar.
El exceso de trabajo, sin duda, le había hecho ver a su vecino reflejado en el fregadero. ¿Cuántos años tenía ya? La hija del dueño se acercó con una bandeja. En torno a él flotaba un aire de burla, de comedia.
Con todo, terminaría el encargo esa misma mañana. No obstante, aún daría un rodeo por el centro, para despejarse antes.
Tomó la taza del dichoso vienés, el dedo meñique separado de los otros, y untó el bollo crujiente, que se descascarillaba por los bordes. Con cuidado de no tirar ninguna miga, se lo fue comiendo mientras trataba de recordar la clasificación de la Liga. Al fondo flotaban melancólicamente las botellas.
Cuando salió las calles estaban mucho más animadas. Los autobuses, repletos, jadeaban por las estrechas calzadas arboladas. Se detuvo ante algún escaparate. Las tiendas acababan de abrir. De pronto, sin proponérselo, topó con un quiosco.
Y de nuevo, para su asombro (y el del vendedor, que también lo conocía), pidió un Le Monde Diplomatique, naturalmente la versión francesa, y cigarrillos Dunhils, y se alejó dejando pasmado al quiosquero, un ex futbolista mutilado.
Se sentó en un banco (había tiempo), y comenzó a leer el editorial.
La situación en Oriente Medio se había agravado; Venezuela y Brasil firman un acuerdo frente al MERCOSUR; crisis demográfica en China, originada por el infanticidio de niñas; la globalización económica empuja al alza el precio del grano de café…
¡Cuántas cosas pasan en el mundo!, se decía. La pierna derecha cruzada sobre la izquierda, algo retraída para no estorbar el paso, balanceándose. Entró en los artículos de fondo, uno por uno: ¡cuántas cosas!
Ante él, flotando entre unos plátanos (plantados durante la ocupación napoleónica), estaba la Biblioteca Municipal, un antiguo casino del siglo XIX. Ascendió ágilmente las escalinatas tras apagar la colilla y tirarla a una papelera, y entró. El interior, sumido en penumbra, lo intimidó un poco al principio. No obstante en cuanto se instaló con su Historia de Roma de Momsen se sintió como en casa. Se percató de los dos tipos de personas que predominaban en la sala: los ancianos y jubilados, que leían el periódico; y los jóvenes que se afanaban con sus apuntes y fotocopias.
Descubrió con asombro, que podía leer las inscripciones latinas que mencionaba a cada paso el autor. Fue directamente a las páginas donde se describía la crisis de La República en el siglo I a.C., y de inmediato, se le ocurrió relacionarla con la ruina del pequeño y mediano campesino italiano, fruto de la rápida expansión imperial. Algunas de las estudiantes llamaron su atención durante una fracción de segundo, desconcertándolo apenas. Le hubiera gustado tener papel y lápiz para anotar allí mismo todas las ideas que se le ocurrían. Su cabeza era un hervidero.
La ventana dejaba entrar la mañana.
El bar de la Facultad estaba desierto cuando entró Petronio, por ser hora de clase. Pidió un coñac y esperó junto a la barra, ensimismado.
No tenía hambre. Con las prisas y los sobresaltos se había olvidado del abrigo y tenía las manos heladas.
Su cartera abultaba con papeles y libros, sin abrir desde la víspera. Se la había colgado sin darse cuenta, por costumbre.
Mientras fumaba y sorbía a pequeños tragos el coñac, dejaba vagar la imaginación. Antes de salir del despacho se había asegurado de que no había nadie. Su primera intención era bajar a la ciudad, a algún bar donde nadie lo conociera. No había cogido el coche y el autobús estaría atestado de estudiantes, bajaría pues paseando. Cuando iba por el tercer coñac, entró un grupo de estudiantes. Petronio levantó su copa hacia ellas.
Se formó un grupo en torno a él. Sobre su coronilla alborotada, flotaba una pelusilla blanca. Los ojos lascivos, chispeantes, resbalaban de una a otra. Ahora le pedían el aprobado general, las preguntas del examen, ¡y por Dios, se las hubiese dado si las hubiera sabido! “Esperad”. Vació la cartera sobre el mostrador.
Al apoyarse topó con la cicatriz del cuello, donde sobresalía casi imperceptible el hilo que lo unía a la cabeza.
La carretera que baja al Monasterio de la Cartuja estaba aún cubierta de niebla. El profesor Petronio desapareció en la primera curva. Ya no tenía frío pero se tambaleaba.
Mateo Amador oyó la campanilla de la puerta. Perplejo, como si fuera la primera vez, desvió los ojos del libro hacia allí con la intención de despachar pronto a quien fuera. Una penumbra fresca lo envolvía. Tras él se abría una ventana.
Eran más de las cuatro. El horno seguía apagado. El resto del taller yacía en una lánguida inmovilidad.
Un hombre gordo, bien vestido, se plantó ante él:
-¿dónde está?
¡El mosaico de la fábrica! Mateo saltó de la banqueta sin cerrar el libro, y corrió al rincón donde las piezas, ya pintadas y barnizadas pero aún crudas, esperaban junto al horno. Al contemplarlas le pareció una obra fina, artística: un moro grueso, de aproximadamente medio metro de diámetro, levantaba una botella de cerveza con la Alambra al fondo. Debajo, en letras rojas, se leía la marca Alhambréis:
-¿dónde está el mosaico?
-aquí.
Fastidiado, comenzó a explicarle que era imposible. Él no lo entendía. Por el horno… debía entregarlo hoy pero era imposible.
Cuando ya estaban junto a la puerta, volvió a ver en la cristalera a su vecino Petronio. El hombre se alejó protestando, pero Mateo ya no lo oía.
Volvió a acomodarse en su taburete, entre la mesa y la ventana.
Cuando salió del último bar, cerca de la calle de San Matías, Petronio Varo buscó un banco. Un crepúsculo incipiente doraba y a la vez oscurecía, las calles. Se sentó en un escalón. Había perdido la cartera. Llevaba el abrigo abierto, y uno de los zapatos desacordonado.
Sin saber cómo (a un misterio sucedía otro), había acabado en la Plaza de las Pasiegas, cerca de las cuchillerías. Una bicicleta sin ruedas, de afilador, arrojaba ramilletes de chispas frente a una puerta. Un grupo turbulento de chiquillos jugaba a la pelota en la plaza.
Encendió el último Kruger y descubrió al ángel, la espada levantada entre los tejados.
Lidia había estado toda la mañana telefoneando a la Facultad. Al fin, decidió subir. Su marido no estaba, había pasado a primera hora de la mañana por su despacho y luego se había ido sin decir adónde. Decidió esperar a la noche para denunciar su desaparición. Se sentía culpable por haberlo dejado ir a trabajar aquella mañana y no hacía más que asomarse a la ventana, mirar el teléfono y dar vueltas por la casa.
Al otro lado de la calle, la señora Pura veía la televisión comiéndose una tortilla de patatas. Sabía que su marido tenía encargos atrasados y que, de todas formas, encontraría cualquier excusa para volver cuando le diera la gana. A las once bostezó una, dos veces, y se fue a dormir.
Antes, su vecina salió, paraguas en mano, bien abrigada. Al recordar que Petronio le había hablado aquella mañana infausta del ceramista Mateo Amador, decidió hacer una última tentativa desesperada e ir al taller a preguntar. Mientras se alejaba por las calles barridas por el viento, empeñado en desarmarle el paraguas, se dio cuenta de lo absurdo de la hora y de la situación en general. Conforme se acercaba iba creciendo su furia.
Al fin, vio la calle y la ventanita del taller iluminada al fondo. Empujó la puerta haciendo tintinear la campanilla, y entró.
A las ocho en punto, Mateo Amador puso el cartel de cerrado pero, en vez de salir (hacía frío, llovía), decidió quedarse un rato leyendo. Tras él la radio daba música clásica. Estaba en lo más interesante de la lectura cuando oyó el tintineo de la puerta. Al alzar los ojos se topó con el profesor que avanzaba, descompuesto, hacia él.
Apenas tuvo tiempo de protegerse del hachazo que le seccionó el cuello, y su último pensamiento fue: “¡por un mosaico!” La cabeza cayó limpiamente sobre La Historia de Roma de Momsen.
Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta.
Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.

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