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Cementerio de Huachipa :: Pablo Salinas Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo Salinas   
jueves, 01 de octubre de 2009

PRIMER PREMIO

VI CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2009

 
 
Cementerio de Huachipa
 
Por Pablo Salinas

   
Image
Trepó al microbús a toda velocidad y sin un centavo en el bolsillo. Una vez en el estribo, sus manos llenas de callos lanzaron al tablero un rollo de papel y tres jabones.

    “Así te pagan ahora en la perrera”, se burló el conductor.

Pero Diego ya no trabajaba en la perrera. Los había robado del hostal donde lavaba taxis destartalados.
    “A ver si así se baña tu cobra”, contestó.

Herido por el comentario, los ojos enrojecidos del cobrador se fijaron en él antes de salpicarle el uniforme con un trozo seco de saliva que salió disparado detrás de un insulto. Una hora después, el vehículo se detuvo en la entrada del cementerio y una sombra gris se lanzó hacia el terral de la orilla de la carretera.

Separó las tres pequeñas flores compradas con las monedas reunidas a cada descuido de las parejas del hostal y corrió lo más que pudo. La tierra inerte del camino se transformó de pronto en una densa nube que le hizo ver todo del mismo color. De ser verano, recordó, su cabello bailaría mojado sobre la cabeza y el resto del cuerpo picaría ferozmente, los dedos de sus pies se tornarían pegajosos en contacto con el zapato, pero también habría gente en el camino. De ser verano, seguramente alguien reconocería al fabricante de ladrillos, al ayudante de la perrera, al que firmaba sus goles con un buen chorro de orina. Pero era invierno y la humedad lo estremecía, desde el pecho hasta los tobillos llenos de cicatrices. Aún así, nada le impidió seguir corriendo hasta alcanzar el gran portón que reconoció de inmediato. “Fuera Sinchis de Pujas”; alguien había pintado en la suciedad de una esquina. Miró al cielo y vio al sol casi escondido tras los cerros. Había que darse prisa.

Para llegar al cementerio tenía que rodear el gran convento. Un perro negro comenzó a ladrar al descubrirlo apilando ladrillos rotos a un costado de una larga pared que cortaba el camino en dos mitades. Diego reconoció a su inesperado compañero de inmediato, era Nerón.

¡Fuera, fuera  mierda! Le gritó con todas sus fuerzas mientras se bajaba el pantalón exhibiendo el  sexo escuálido, pero no muy lejos de  llegar a la adultez. El animal sin embargo, ya le había perdido por completo el interés al encontrar un ave medio muerta, a la orilla del camino.

La inminencia del sereno no permitió mayor muestra de afección, ni al perro ni al perrero, quien  comenzó a trepar rápidamente hasta la cima del portón. Sin embargo, sus impulsos todavía infantiles originaron que menosprecie la bajada, y una de las tres rosas irremediablemente se estropeó mientras caía.

    “¡Conchesumare!” Repitió el eco en cada uno de los cerros aledaños.
Separó aquel capullo de los demás y lo arrojó a un costado del camino hasta verlo caer sobre unos restos de excremento. La presencia de Nerón era señal que su familia se le había adelantado. Si apuraba el recorrido sería posible encontrarlos, seguramente sentados sobre las tumbas. En el cielo, seis o siete gallinazos repetían embrollados desplazamientos aparentemente sin sentido. Mientras tanto, un sol moribundo, ajeno a ese ritual, lanzaba rayos rojizos desde detrás de los cerros más lejanos.

Al cabo de unos minutos, sus pasos dejaron de escucharse, pues pisaba polvo sobre más polvo. Con alegría, subió unos metros hasta las faldas de una pequeña loma y pudo ver el Cementerio de Huachipa en toda su extensión. ¡Tía Lucy! Gritó lo más que le dio la ronca voz, pero el viento soplaba en contra y el alarido no se alejó mucho más allá del final de su larga nariz.

Bajó del cerro a grandes saltos y se dispuso a cruzar el viejo camposanto. Luego de unos metros, el sendero desapareció de improviso y Diego comenzó a tropezar con tumbas encima de otras tumbas. Sus pupilas, profundamente negras, hurgaron entre el desorden de faltas de ortografía hasta que se detuvo sobre una cruz de madera seca, muy apolillada, inclinada hasta descansar sobre un florero roto lleno de orines. Las inscripciones se prestaban a las más variadas confusiones, pero el remedo de letras góticas que formaba el nombre, se resistía tenazmente a desaparecer junto al paisaje alrededor.  Enterró la rodilla de su pantalón agujereado sobre lo que una vez fuera cemento y deletreó; N-é-s-t-o-r N-a-v-i-c-o-l-q-u-i. Las letras se le antojaron de extrañas formas, como figuras de cabellos caprichosamente ensortijados, de cicatrices rubias en los brazos, figuras de cuadernos con puntas dobladas y monstruos garabateados en la libreta, figuras de madre de brazos como martillos, de sangre en la camisa de colegio.

Junto a la tumba de Néstor, cogió su segunda rosa y la introdujo en una botella de aceite cortada por la mitad. Apenas partió, el viento fuerte derribó la botella a sus espaldas y la rosa quedó rodando junto a una tumba donde alguien había escrito “El Apra es el camino”.

Cuando llegó junto a los otros, las cuatro figuras parecieron recibir su metro y algo más con total indiferencia.
    “Para qué habrás venido”, le reprochó el tío Alberto.

    “Tengo pasaje de regreso”, contestó él.
 Los demás se alejaron hacia una de las cruces colindantes y Diego se acercó hacia la tumba que habían dejado abandonada. Sus dedos entrelazados trataron de remedar la solemnidad de un avemaría, pero de inmediato reparó en el jarrón, completamente abarrotado de rosas que todavía brillaban a pesar de la inminencia del crepúsculo. Superando la vergüenza, examinó también su última rosa maltratada, moribunda, y la acomodó sobre el pequeño mar de arreglos florales. Su rosa se asentó sobre las demás como el bigote que algún gracioso había dibujado en el rostro de una virgen pintada en la pequeña pared de la loza. Mientras sacudía sus zapatos llenos de las piedras del camino, la abuela resurgió y volvió a morir en su memoria, al menos un par de veces.
¿Qué quedaría en esas cajas?, se preguntó. La abuela ya no existía, tampoco el amigo  Néstor ni los que llegaron con él desde Pujas. El viento helado trajo un nuevo dolor bajo la espalda y le cortó las meditaciones. El dolor le renovó las energías. Con renovado entusiasmo cogió nuevamente el jarrón. Arrancó las flores que habían traído sus familiares y arrojó el ramillete sobre una vieja tumba de adobe que había perdido el nombre. Después colocó nuevamente el jarrón en su lugar, contento de ver que su flor quedaba como único regalo para la abuela.

Eran ya casi las siete y los fieles se marchaban, abandonando el cementerio y a un cuarteto de músicos algo borrachos repartiéndose el jornal. Antes de partir, la tía dejó caer un líquido semejante a una gaseosa oscura  sobre el último montículo.

“¡Salud tío Daniel!”, acompañó el tío Alberto.

Nerón, a lo lejos, corría en dirección contraria a todo el mundo y, tumbando con su gran cabeza a niños y borrachos, se lanzaba a la búsqueda de residuos de comida.

Al llegar las siete, ya la noche se había apoderado del cementerio. A lo lejos empezaban los bombazos iluminando por segundos el horizonte rojizo que proyectaba la ciudad. Las hileras de pequeñas lucecitas que salían del cementerio comenzaron a apurarse. Detrás de una de estás luces, la familia de Diego avanzaba nerviosamente atravesando el callejón formado entre el cerro y una larga pared que moría en el portón del convento manchado por la hoz y el martillo. Era un portón nuevo y mucho más grande que el anterior, volado de un dinamitazo.

Uno de los monjes comenzó a tañer una gran campana, señal de que el lugar quedaba cerrado a todo el mundo, pero Diego no se apuró, dejándose alcanzar por el mismo perro que antes le había ladrado y que ahora dibujaba alegres piruetas a su alrededor. “Peeeeeerrito, perroconchetumaaa”, le gritaba, satisfecho de pensar que el eco de su voz estaría asustando a los niños que no habían llegado todavía al paradero.

Cuando Diego trepó el muro de salida, pisó sin saber una de las rosas que había estropeado en su larga carrera. Al caer al otro lado, un montón de piedrecillas se le metieron entre los dedos del pie. Mientras se sentaba sobre una gran roca para sacarse los zapatos escuchó el estruendo de un balazo y Nerón rodó, en una nube de polvo, desde las faldas del cerro hasta la base del muro de ladrillos.

    “Le di, le di” gritó el vigilante del convento desde lo alto de una torre, al tiempo que recargaba su fusil, y Diego tuvo que correr dejando los zapatos junto a los pedazos quemados del antiguo portón. Atrapado por el miedo, el sendero se le hacía interminable y  parecía que nadie lo había caminado todavía.

Casi debajo del gran portón, Nerón todavía se resistía a morir sin terminar de masticar, ya débilmente, una pierna y algunas plumas de aquel pájaro moribundo que había encontrado en el camino.

“¡Alto el fuego!”, gritaba un monje desde dentro del convento, pero el vigilante ya estaba listo para un segundo balazo.
 
 
***


Pablo Salinas
nació en Lima en 1973. Es graduado en periodismo en el Perú y actualmente realiza un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Ottawa. Fue editor de la Revista Tinta y Papel en Montreal y de El Barco de Papel de la misma ciudad. Ha publicado diversos cuentos y poemas en revistas y páginas web. Así mismo forma parte de la primera antología de escritores latino-canadienses “Retrato de una nube”, publicado en 2008, la antología Las imposturas de Eros y la antología del Salón del libro hispanoamericano, Voces con vida de la ciudad de México en 2009.  Sus cuentos “ El camino de regreso” y “Padre José” que obtuvieran menciones honrosas en el concurso Nuestra Palabra 2008, figuran en el libro “Cuentos de nuestra palabra en Canadá: Primera hornada, de la editorial Nuestra Palabra, Toronto, 2009.
 
 
 
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