A Manera de prólogo Apócrifo
“No es fácil volverse escritor, pero tampoco es fácil volverse inútil. Para conseguirlo hace falta una buena articulación entre el aprendizaje de los pecados y otras siete circunstancias que se acarrean: las escuelas a las que se concurre, las familias en las que uno se cría, las vejaciones sufridas, las esperanzas que se esfuman, los fantasmas que vienen de visita, lo vagabundo que se termina por ser y las demencias de las que nadie te salva.”
Ermanno Cavazzoni
El desfile del mundo
Quiéreme cuando menos lo merezca, por que será cuando más lo necesite
Dr Jeckyll
Pienso que la gente insiste en erigir monumentos al mito fabricados en terquedad armada y parangón de acero, contra los cuales se destroza el más elocuente de los testimonios. Persiste en usar de las comparaciones como bitácora de sus turbios trayectos.
—¡Que bien te conservas! No haz cambiado de un ápice. Es como si nada, mi amiga, tal parece que fue ayer. Ni una arruga. Veinte años no es nada, tiene razón el tango.
Después de cuarenta y ocho ciudades, trece países, dos hijos, un cambio de apellido, dos abortos, un divorcio, treinta y un amantes contando los virtuales, doscientos veintiún fracasos con la misma cantidad de frustraciones que conllevan, cuatro empleos, un ingreso en psiquiatría, siete muertes familiares, cinco permutas, tres extracciones dentales, novecientos orgasmos sin contar los fingidos, un sobrinito in vitro, tres años de anorexia, cuarenta pesadillas en color, una detención por posesión de sustancias ilícitas, muchos desencuentros, medio quinquenio de manutención y uno de soledades, un cáncer, catorce amigos eclipsados y una pérdida irreparable, varios escándalos, algunas deudas, nueve ciclones y muchas amenazas, cuatro guerras y una inminente hecatombe nuclear, tres accidentes incluyendo un intento de suicidio del cual creo soy protagonista, cuatro derrumbes contando el del Muro de Berlín y el de mi casa, tres manuscritos y un guaguancó más tarde, que lo halaguen a uno así es un insulto.
—¡Estás igualita!
—No exageres María Elvira, las cremas no hacen milagros.
DF deja de mirar por la ventanilla y me clava unos ojos en los que está inscrito un ¡cállate, hacen falta pruebas contundentes para matar esa ilusión! E inmediatamente, cara hacia el paisaje, exclama: ¡Mira, vacas! Después dicen que en este país no hay reses. Mienten. Te das cuenta, chérie, (se dirige a mi en francés) tendrías que tener como yo ahora dos vacas, no importa que estén anémicas, para rebatirle a María Elvira el ideal de un Allá.
María Elvira entama su segundo párrafo de cumplidos, con los ojos velados por las sucesivas gasas de la quimera y las emanaciones del opio que afecta a la porción femenina del pueblo: la moda.
—Estás lindísima, si te viera Yves St. Laurent —insiste mi amiga imitando al decir Laurent el acento de Mireille Mathieu.
—…a través de tu deformación óptica.
Mi cinismo completó su frase. Creo hay que ser muy ácido para corroer ideales de tuétano inoxidable, hay que arremeter con ganas contra el andamiaje que sostiene una hipotética Zona de Libre Comercio donde todos somos ricos o nos aprestamos a serlo. DF desaprueba mi ironía. Él sostiene que hay que argumentar con ejemplos. Pero los paradigmas no llegaron al río, como dicen lo hace la sangre. El Chofer nos interrumpe y se presenta.
—Zoilo Benítez, para servirle.
Y sin ton ni son asume el rol de arbitro.
Oye, Mari, —replica el chofer de nuestro Chevrolet museable, que homicida y alegremente abandona su mirar la ruta, para echar sobre mí toda su piedad de chofer y cónyuge de una modelo criolla cuyo culo no entra por la puerta de este carro —tú estás ciega o no desayunaste, estás borracha o en trance para decirle a etaniña quetá bien conservada. Yo no sé cuánto pesaba antes, (no te conozco turista), pero Allá ¡juégatela al canelo! estaba estudiando para comino, imperdible, pomo de leche o pluma. Tiene las ojeras que le dan al pecho, y en el pecho no hay nada ni migas del naufragio; lo que atraviesa su rostro no son arrugas, son cicatrices; su pelo es la prueba de la antiestética que no conoce lo que excitan los tintes rojos. Le faltan varias muelas. Le dieron con una tabla por la espalda y le desinflaron el volumen y la esperanza ¿Por qué la ofendes diciéndole que está igualita? A no ser, (no te conozco turista y lo ratifico), que siempre fue así de fea.
—Gracias —digo poniendo la otra mejilla exaltada y masoquista.
Ah, apostilla el chofer y yo me acomodo en el asiento, feliz, me digo salivando que de seguro va a argumentar sobre la anatomía en la estética tropical y del anómalo, desinformativo y congénito culto al canon occidental que Aquí padecen todos menos él. Pero no. Zoilo desvía una vez más, asesina y amenamente, su mirada de la carretera para dirigirla sobre DF.
—Y usted, el francés, broder, no vaya a meterle mano a las dos vacas para llevárselas como prueba de no se qué embuste, por que lo que sí no es mentira es que Aquí, socio, el hurto de ganado mayor es sancionado con más severidad que un accidente mortal sobre la vía, provocado por un chofer irresponsable que en vez de estar mirando palante, se pone a conversar con los pasajeros del asiento trasero.
Inmediatamente, Zoilo Benítez tranquiliza a los probables lesionados con un “no se preocupen este Animal está amaestrao. Anda solo. Es un veterano y se conoce el camino mejor que yo.” El Chevrolet ronronea con júbilo campechano. El autoradio entona las gloriosas notas de Caballo Viejo entonadas con brío por Barbarito Diez. DF caricaturiza el recelo de los exploradores frente a los autóctonos usando, a falta de una cruz, del yelmo Louis Vuitton para protegerse. María Elvira me acaricia las manos zurciéndole las alas al aura del reencuentro. En la jungla del cielo vuelan otras auras. Mari parece suplicar a las tiñosas. Pedirles le revelen por qué culpabiliza, si por los veinte años, por la mentira magnánima sobre mi estado físico-mental en pos de nuestra reunificación étnica, o por el ¡que bien te conservas! que me hace sentir que acabo de aterrizar llena de escarcha directo de las neveras del CEE en las que he permanecido congelada junto a las lonjas del anca capitalista y a la margarina que me hubiera evitado compartir la gaveta con los cadáveres de todas las víctimas de la desnutrición universal, para convertirme en la encarnación del cómo protegen el frío y la alimentación variada a la vanidad y al cutis, no importa si el portador de la huera epidermis esté viva o no. Ni que todo esto sea el producto descompuesto del calor y la utopía. Uff.
Hablando de calor, milagroso suplicio que en este país patrocina Nuestra Señora de la Claridad, bajo un dantesco solazo reverbera nuestro auto fabricado para transportar gangster en las yardas nevadas de Chicago. La autopista deviene utopía transitable donde se alucina con palmas guisantes y sopa de tomeguines en jícaras, iguanas fritas sobre hojas de plátanos que rebuznan cerca de manantiales de cerveza cristalina y de vacas pendencieras que se asan con ardor.
—De la alucinación sólo las vacas no son asadas, —corrige María Elvira. El resto es posible. En esta (a)utopista atravesada por líneas de tren y cientos de cruceros, las vacas se suicidan. Cuenta Mari, afilando una sonrisa cáustica, y rescatándonos de los sueños de chuletas conservadoras, para corroborar lo dicho por el chofer sobre el hurto del ganado mayor.
—Las vacas se tiran exasperadas contra las locomotoras. Son trágicas. Todos los días cuando pasa el tren lechero las vacas se dan muerte de un modo atroz. Sobre los raíles ensangrentados quedan sus carcasas. Después, llega la policía. De las carcasas ya no queda nada. Las vacas se volatilizan. Sus carnes y órganos desaparecen. Se esfuman. Maleficio bovino. Ni oreja ni rabo. A veces la policía se tropieza con un genital o un diente. Los chismosos y los disidentes comentan que al otro día en la Estación de Policía sirven al personal picadillo de recuerdos cárnicos. Mentira. Esta gente especula sin saber. Lo que ofertan en la Unidad es picadillo de recuerdos sin carne. Aquí nadie se atrevería a robarse una res para comérsela. No, nadie se atreve a matar una vaca. Sin embargo, si algún campesino les susurra al oído a las vacas trágicos desenlaces y canciones de amor imposible, de esas como para cortarse las venas o lanzarse delante de un tren, no hay ley que incrimine al campesino. La culpa de creer en esas sandeces la tienen las vacas. Estos animales se suicidan por convicción propia. Cuando mueren aplastadas por el tren lechero, el sol las evapora. Un misterio en esta utopía transitable. Es por eso que alguno que otro día, dormimos satisfechos de nuestra sed carnívora. Sabes que nos gustan las historias bestiales. A veces hasta le ponemos velas a las vacas junto a los cirios encendidos a Nuestra Señora de la Claridad.
—Allá vacas no ser suicidas. Allá las vacas estar locas —aclara DF.
Las vacas alimentadas con otras vacas no soportan la antropofagia y se desquician. Es un padecimiento mortal. Maleficio bovino y humano, digo en complemento. María Elvira rezonga. De todas maneras ella prefiere el cerdo y su marido es vegetariano.
—Tú ves Mari, Allá todo NO es mejor —arguye Zoilo Benítez, que se voltea nuevamente, obviando el retrovisor y todos los espejos, confiado de que de tal modo evita el espejismo.
Y ejemplifica. Me mira y después observa al cara pálida de DF. No, a él sí que no le venden el cuento presentándole a un espécimen como DF: timorato con la alegría hipotecada e incapaz de domar su carro para que le obedezca; que vota socialista por deuda y no por convicciones, así paga lo que debe con desgano al resto de los desheredados planetarios. Luego, ahorra para venir Aquí a completar la deuda, regalándose un baño de cruda realidad con decíbeles histéricos, que el bobo DF toma por regocijo endémico. Y se mete en la crisis que nos carnavaliza a sufrir estoicamente, y por un corto plazo, de los apagones del hado, los muelles sueltos del colchón de la indigencia, la hilaridad frenética del Bar de la esquina, el peculio arquitectónico de las ruinas, la proliferación de beatos, beodos y cucarachas en nuestro pan de boniato. Después, asfixiándose en medio de la exótica pelotera de esta comparsa de miserias, se convence que fue una suerte su aborto de revolución en el 68 ¡Y menos mal que él no lleva el fracaso en la frente, mientras me lleva a mí con orgullo del brazo!, ignorando que él es el único imbécil que se atreve a pasearse en público, en un país donde la grasa no es vulgar sino divina, con este otro tronco de aborto, pálido, insepulto y antípoda de Oshún, que soy yo. Este otro espécimen con el cual a él, Zoilo Benítez, conductor afortunado de que existan en este mundo quienes le paguen al animal la gasolina y a él los chicharrones, no lograrán convencerlo jamás de que Allá todo es bueno. Esa es su verdad real, palpable y comestible. Lo demás, diversión ideológica.
Para que conste, vuelve a dirigirse como un hermano mayor a María Elvira.
—Desengáñate Mari, los magos son los diseñadores de las publicidades donde la piel regenera con engañosa rapidez y en treinta minutos se te alisan las arrugas del rostro y los pliegues del alma. Mira a tu amiga y consuélate con un “lo que se pierde en lozanía, se gana en experiencia”; “lo que ayer fue ímpetu, hoy es sagacidad”, que estoy seguro cuestan menos que las cremas y producen el mismo resultado. No hay misterio. A partir de los cuarenta nada interrumpe el declive en la tragedia hormonal. Imagínate, si uno tiembla ante lo predecible ¿qué dejar para lo desconocido? A mi la edad no me asusta, lo que me aterra son los avatares de su itinerario. —Finalizó el chofer que ya no controlaba el nuestro. Soltando el timón y de espaldas al camino por el cual su Chevrolet se dirige raudo y con los ojos cerrados, ya que él viene de envolvérselos colgando su camisa del retrovisor sin tener en cuenta que los espejos laterales están rotos.
DF emite extraños alaridos. María Elvira sigue contemplando las auras. Cerré los ojos. Sentí Mi Pueblo acercarse. ¿Se habrá vuelto desconocido todo lo predecible?
—Estamos llegando al hoyo, etaniña, abre los ojos.
Uf, suspira DF. Ja, solfea María Elvira. ¿Y?, especula el chofer. Brumbrun, dice con convicción el carro.
Ah, —invoca María Elvira— qué van a decir los otros cuando vean lo elegante que andas. Ese conjunto debe costar lo que uno gana en cinco años ¿Cuánto lo pagaste? Estoy segura que nada más con lo que valen los zapatos me hubiera podido comprar una casa. Te ves igualita. Como si…¡tan fina!
Cuando la desigualdad se interpone en un diálogo en el cual camuflado detrás del discurso de la edad se halla el de la Bolsa, lo más factible es detener el Chevrolet unos segundos, meterle mano al monedero y entrar en la primera Tienda Caracol que te tropieces en la autopista, para escuchar el mar entre sus anaqueles. El mar de una abundancia tan simulada como el océano dentro de una concha. Y llenar bolsas para equilibrar las fluctuaciones de la otra Bolsa y del discurso.
Muchacha, dale que te entiendo. Eso también, pastas, aceitunas, pollo, 3 botellas de aceite, servilletas, detergente. Lo mismo para el chofer. Que no te falte nada. No te justifiques. No puedo comprarte una casa, pero coge un juguetito para el niño. No sientas vergüenza. La que debiera abochornarse soy yo que me estoy pagando una tregua. Comprándole a la vida una licencia para que logremos celebrar pautas y discutir de algo que la crisis socioeconómica del país y de tu vida torna inverosímil: nuestras miserias. ¿Una botella de ron? ¡Claro! Sentémonos a beber, ahora en el asiento trasero del auto de Zoilo y luego allí, en ese mismo Parque donde antaño la diferencia entre tú y yo no era un efecto inmediato del dinero, sino de las aspiraciones:
¿Qué vas a hacer tú cuando seas grande? Irme, te respondí. Yo seré bella, auguraste. Seguramente lo fuiste y cantas ¡y si te fuiste perdiste! más alto que el autoradio. Tienes razón. Lo de liar bártulos y echar a correr fue tan pueril como creer que uno pertenece a un sitio, sin saber cuánto del sitio te pertenece. La clave no se hallaba en alzar vuelo, sino en saber discernir qué se lleva consigo.
—¡Y si te fuiste perdiste! —se suma el chofer al coro.
Me perdí. Te perdí. Conjugando el verbo de todas las dilapidaciones, diría: nos perdimos. Ahora soy, como tantas mujeres, la esposa de un desconocido y la desconocida de sus propios amigos; y ya no sé quién soy. Pero tengo que tirar el cráneo por la ventanilla de este Chevrolet y callar. No detallarte. No desmentir o dudar, para que tú asumas la menopausia como este pueblo asume su decadencia; al son de la dignidad y el desparpajo. Aquí el hombre vive de agua y fervor. Mientras, yo esconderé mi vejez María Elvira, porque no hay nada más triste que la senilidad de una leyenda.
—¡Brindemos! Echa un chorrito por la ventanilla.
DF no bebe, es abstemio. El Chevrolet deja que su amo Zoilo se empine la botella. Coge niña métete un buche. Pásame la botella: 75ml a 40° equivalen a 0 desinhibición = delirio + calentura del sistema gástrico intestinal y de las sedientas neuronas en las que terminan los intestinos.
Perdido todo recato, te descubres predicador de tus más expatriados secretos. Dices muchas malas palabras que no es necesario transcribir para imaginar los efectos de la degradación alcohólica. Evacuas, por casualidad cerca de los lugares asignados a estos menesteres, los albañales o las ventanillas traseras de un Chevrolet, toda la escoria que llevas dentro. Posees la justificación para andar por la vida dando tumbos, en plena pérdida de sentido y de tu cámara fotográfica, que has olvidado entre los espirales de la Tienda Caracol, lo cual convierte tu viaje en el equivalente de lesión de un amnésico imbuido en redescubrir quién es, dónde está y con quién. Como todo borracho que se respeta, te pones la mano en el pecho y Luna que se quiebra contra las tinieblas de mi soledad ¿a dónde irás? No sé. Dices y te confiesas mientras le besas los cachetes llorosos a María Elvira, que va por el tercer capítulo de la telenovela abrazada al cuello de su mejor amiga. Hip.
El chofer canta canciones donde envía cartas a su madre y se caga en la de alguien que no repara los baches de esta carretera desde hace siglos. DF sigue cubriendo su tórax con algo; en este caso, medio almacén de quincallas que huelen a chinería. Bebo. No abro los ojos. María Elvira rumia Hip-notizada por que no le confieso el precio de mis zapatos de cristal. Tras los vidrios macilentos por el polvo de la utopista, el Chevrolet esquiva socavones y abismos con una certeza increíble. Se agita libre. Me aterra su certidumbre de animal que anda solo y surca ciego hacia delante, los ojos tapados, porque se conoce mejor que nadie y que yo el camino y rompe sereno las rejas de tiempo contra el parabrisas. Yo rompo el silencio, pensando en el Chevrolet y dirigiéndome a María Elvira.
—No sé quién soy mi amiga, si “La que llega” o “La que se fue”.
—Las dos, cariño, tú siempre has padecido de desdoblamiento de la personalidad.
Escarbo en sus carcajadas. Verdad que aquí la angustia es reciclable. El humo® lo salva todo. Me río. DF ríe pero desentona, él es zurdo de oreja foránea. Zoilo Benítez ríe a quijada batiente. El Chevrolet ronca de contento. Mi Pueblo salpica el cristal del parabrisas, ya no tan lejos. O quizás sí, lejos y detrás de esos vidrios sucios. De esos falsos espejos a través de los cuales desfila el mundo.

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