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El Man que no supo decir Por favor Imprimir E-Mail
Narrativa
Escrito por María Angélica Franco   

 

 

Esta sí fue una historia de verdad... con nombres y todo.

 

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Era una más de muchas noches de rumba “caché” (término utilizado por Demetrio, coprotagonista de este paseo) en el Bar, sitio escogido por la Revista Punto G, como uno de los mejores de Colombia en el recién estrenado milenio; cuándo su propia y efímera leyenda, hoy olvidada al terminar convertido en  lugar de after-parties para cierta cofradía de habitantes de la noche, en nada opacó a la de la originaria Quemada (1). Sofronín y su guitarra, convocaban a la Bohemia Cartagenera, de verdad-verdad.
Una de esas noches, mas no la más inolvidable de todas ellas, en la que coincidimos con uno de los famosos ángeles de Victoria’s Secret, despojada de sus alas, pasando la Semana Santa en la casa de la Calle de Santa Teresa con su entonces novio, Julio Mario Santodomingo Jr. Karen Mulder, supermodelo de la era de las grandes: Naomi, Claudia, Christy y Kate, de incógnito a la ciudad con su entourage. Sólo yo la reconocí. Días después se supo a través de la sección de farándula del Noticiero del mediodía. No alargaré más el cuento con infidencias del Jet-Set internacional y criollo...Una de esas noches, conocí al propio man que no supo decir por favor. 
Hacía mucho calor, lo sufría en carne propia por los pantalones cafés forrados en satín que en mala hora se me ocurrió desenterrar del closet- pantalones para la rumba, al fin y al cabo-testigos mudos de recuerdos tristes de noches alegres.
Las persianas  que miran hacia la calle del Landrinal estaban abiertas de par en par y ni un soplo de brisa entraba por ellas. El espejo cuadrado de la entrada devolvía imágenes de caras abrillantadas por el sudor, buscando sitio en la barra enchapada en retal de mármol con sus lamparitas colgantes de luces amarillas que derretían rápido el hielo de los tragos con los que inútilmente se intentaba aliviar la sofocación. Las patillas y los morenazos de Martha Sánchez parecían evaporarse dentro de sus marcos.
Listo para sonar, estaba el piano acústico vertical y todos los personajes que a juicio de una veterana columnista, integraban el “Mercado del Usado”, estaban ubicados en los sofás blancos en los que una vez derramé accidentalmente una copa de vino tinto. Sin vestigios del impasse, nos encontrábamos sentados en un pequeño living-room, compuesto por dos
puffs blancos, la poltrona apoyada contra la pared y una coffee table.
Éramos asiduos del Bar porque nos eximía de saludar a nuestros pares en edad. Pasábamos medio desapercibidos entre tantos vejestorios con ganas de darse una segunda vuelta, gracias a la lipo, el lift o los implantes de cabello.
No obstante, al ver sentada en la sala contigua a una jovencísima futura Señorita Colombia, nos preguntamos: ¿Gente joven en nuestro very own, semi-private and personal playground? 
Con la risa nerviosa que le ataca en situaciones sociales, Demetrio comía Maní La Especial. Serena e indiferente, fumaba a medias un Kool Light mentolado. Mi cartera café, con la mariposa volando sobre las flores bordadas, la caja de cigarrillos y un encendedor verde fosforescente comprado al chacero de turno en la puerta del establecimiento, nos miraban de frente en la mesa de centro.
Un grupo de gente bonita se unió al nuestros vecinos: El compañero de colegio de mi room-mate durante la Universidad, del que me alejé por su conversación jovial e incontenible, productora de Jet-Lag, en un vuelo de Aerorepública CTG-BTA. No me gusta que se me sienten al lado en los aviones, menos cuando voy en la mitad de un puesto para tres pasajeros. Prefiero la ventanilla o sentarme sola para poder dormir. Los acompañaba un flirt furtivo de la misma room-mate, Macho re-macho, machito de barrio desde que recorría la Avenida Piñango en su bicicleta de Cross BMX.
Con ellos, la niña más cute de estos lares, una belleza rubia con cara hermosa y piel de porcelana comparable con las Ice Queens de Hitchcock, pero con el toque dorado que sólo se posee al nacer y criarse como una princesa en el Kalamarí Caribe.  Con ella, el más exitoso yuppie, el mejor partido, dueño del Chozón, de todos los ases bajo la manga y los sartenes por el mango y otra gente, entre tipos y viejas, haciendo bulto.
La velada transcurría envuelta en una atmósfera densa por tanto humo de cigarrillo, aromas de colonias pour elle et pour lui, tufo de Whisky, tufo de Tres Esquinas y tufo de los que se olvidan cepillar los dientes antes de salir de casa. Demetrio iba por su trago número mil; mientras yo daba vueltas a un cóctel zanahorio desde hacía un millón de años luz, perpleja al escuchar corear la Bomba, pero no la versión bacana,  la de Ricky Martin, sino la de Azul- Azul:
“Suavecito para abajo, para abajo, para abajo...”.
Mi despistado escort, el elusivo, omnipresente y ubicuo cavalier servant, para quiénes desconocían su secreto mayor, anunció que se disponía a levantarse, atravesar la multitud y hacer fila en el patio, para ir al baño.
-¡No me dejes sola!- Supliqué. Presagiaba una inminente catástrofe.
-Tengo que ir al baño...- Susurró él. Nature calls...Estaba que se meaba.
-Nooo...- Lancé una mirada de advertencia ante la peligrosa cercanía con el combo del malvado de la película, el cuadriculado sátrapa del Sacro Imperio Romano, sentado dándome la espalda.

-María Angélica, me voy a mear aquí.- Demetrio cruzaba las rodillas igual que los infantes a los que recién han liberado del yugo de los pañales desechables.
-Bueno, ves pues.- Dije resignada.
Sola, solita sola, no quedó más remedio que poner cara de ovejita inofensiva, para que las mapanás que tenía al lado no me fueran a sacar los ojos.
No tengo una reputación que cuidar, mi status de pelá rara me libra de más de cuatro cosas. Fraternizar con locas de diversos grados de trastornos mentales, de personalidad y preferencias, es como ser amiga de Dios y del Diablo: En ciertos casos, ayuda... y bastante.
Además, cuento para mi protección personal en discotecas y sitios públicos varios, con un elaborado dispositivo de seguridad consistente en tres círculos de candela a mi alrededor, bordeado por un pozo en el que nadan babillas, amparado por alambre de púas electrificado. Nada iba a pasar.
-Y nada que llega Demetrio, vale...-
Fui abruptamente sacada de mis divagaciones por una voz cercana:
-Oye, préstame el encendedor.- Autómata, pasé el yesquero.  En el instante, no reaccioné.
Demetrio regresaba del baño con cara de ponqué. Feliz de la vida. Como si activaran un botón de pánico, el lighter fue devuelto sin medir distancias ni  mediar palabra, sin dar las gracias, sin ningunos na´.
-¿Viste?- Indiqué entre dientes.
-No, ¿qué pasó? ¡Cuenta!- Miraba en todas las direcciones, menos  a dónde tenía que mirar.
-El encendedor...el man...- No lograba armar frases completas por el shock. 
-¿Cuál, cuál es?-Lo señalaba con la cabeza. -¿Quién es?-
-Obvio que sabes quién es...-La cara de Demetrio indicaba lo contrario. Articulé el nombre por debajo de cuerda.
-¡AAHH...!- Procede a ponerse frenético al saber a quién lidiábamos. La risa nerviosa exacerbada ¡Qué boleta!
Gradualmente, el estupor fue cediendo; pero ambos quedamos mosca. Me parece increíble que exista una persona que no cuente en su léxico con el vocablo POR FAVOR. Es por eso, además de nuestro hablao´ golpeao´, que los cartageneros tenemos fama de ordinarios. Nos la merecemos gracias a especimenes como ese.
Aprovecho para echar un vistazo al man: Anodino. ¿Anodino? ¡No!
-Not exactly.- El mantra del Deme cuando, según él, ya está “Jorocho” (2). Le adorna el atributo que embellece a cualquiera, ese que le adjudicó Jay Gatsby a la voz de Daisy Buchanan. El je ne sais quoi mencionado en Kissing Jessica Stein, “Sexy-ugly”; aplicado en este caso, a la inversa.  
Estaba distraída, cuando nuevamente... ¡Qué casualidad! Justo Demetrio se acaba de levantar de su silla rumbo al tocador,  la voz a mis espaldas ordena:
-Préstame el encendedor.-  El que espabila, pierde.
¡Pa´qué fue eso!   Con el empute reflejado en los ojos y el resto de la cara inexpresiva, zampé el encendedor sobre la mesa aneja, rodándolo con la
mano. Temí que se reventara en pedacitos del tamaño de esmeraldas.
Ensayé mentalmente: -La tuya por si acaso...- Toda una declaración de guerra abierta.
¿Y el man? El man nada, hey...Al mejor estilo barranquillero. Fresquísimo, como una lechuga rizada, prendió su Marlboro Light,  colocando el encendedor de regreso en nuestra mesa, con la sincronización perfecta del actor que recita su parlamento, camina y masca chicle. ¿Yo? Muda de la rabia, con ganas de patear al muy... el muy...¡ #~$%&/# !
-¿Viste?- Dije a Demetrio que se sentaba ajeno a lo sucedido.
No tenía ni fruna idea, por supuesto.
-¿Otra vez te pidió el encendedor”- Más risas nerviosas y un buche de trago caliente de tanto esperarlo sobre el portavasos de Diner´s Club.
Terminada la noche, ellos se fueron primero, quizás a rematarla a otro lado y después ya sabes a dónde y a qué.
La intriga triunfó: ¿Cómo puede existir alguien tan letrado, sibarita, exquisito, refinado y sofisticado que no sea capaz de decir algo tan
sencillo como “Por fa”, “Porfis” o Please?
¿Será que como dice Diomedes Díaz, “...Hay unos que creen que el mundo es de ellos y los demás viven alquilados”?
Al igual que sucede con las brujas, no hay que creer en ellos, pero de que los hay, los hay.
Lo más abominable que ilustra el panorama radica en el hecho de haber sido hipnotizada por la flauta al son de la que baila cualquier cobra hindú, entregando sin chistar en dos ocasiones, lo que se me demandaba imperativamente. ¡Me da ira cada vez que lo recuerdo!
¿Drama- Queen? ¿Drag- Queen? Puede ser, pero se me voló la piedra.
Volvimos a coincidir en las mismas compañías. La pataleta fue  contenida oportunamente por Demetrio, acusándome de ser presuntamente, no pasiva-agresiva, sino agresiva- agresiva; desplegaba su rara habilidad simultánea de sentarme a la fuerza en la mesa de Pazza Luna con una sola mano,- la otra se encontraba ocupada atacando unos spaguettis- y quejándose del sabor a caldo Maggui de la salsa napolitana. Preocupado, porque para él, el concepto de pelea callejera o catfight  se limita a halar pelo, puyar ojo y volear cartera. Con los periódicos del día enrollados bajo el brazo, saliendo de una ardua jornada de trabajo, el man agarró un segundo aire que le daba ánimos para vigilarnos cual jardinero a dos grillos colados en invernadero de orquídeas.
Durante una húmeda tarde de Septiembre, lo pillé solito y de buen genio, encaramado en una banca de la Plaza de San Diego, aplaudiendo y chiflando la versión del Porro “La Vaca Vieja”, interpretado a dúo por la Dorreen Ketchen´s Brass Band y la Banda de Música Departamental. Espiando tras la fuente a la que ilumina el primer rayo de sol en las mañanas, descubrí que lo amansa all that jazz.
Estuvimos sentados en cafés contiguos la Pascua siguiente, en la Plaza de Santo Domingo, a punto de ser presentados por un colega de Demetrio. La bella blondie frustró el conato de acercamiento, apareciéndose a saludarlos efusivamente. Cuando el intercambio de nombres se hizo impostergable, el tipo huyó de la escena, saltando volardos como acróbata peripatético.
Sentí una profunda compasión ¿Acaso pensó que le íbamos a cobrar su fechoría?
El incidente del encendedor revivió al hojear el catálogo “A LESS IS MORE 2001-2002”, dejándonos prendados del “Firebird” diseñado por Stefano Giovannoni:
-¿Qué tal si esta Navidad el man recibe un paquete en su oficina, empacado bien glamoroso, adornado con una ramita de muérdago. Cuando lo abre, encuentra dentro de la caja de cartón Kraft, el Firebird (con su peculiar figura) y una tarjeta de papel de fibra vegetal que diga: “A LA ORDEN ”?
-En Eurolink de la 85 lo tienen. Te lo encargo.- Lo dice en  serio.
Sacudo la cabeza: -¿Estás en las pepas? Diciendo por favor... ¡Así si se lo mando!-
Después de eso, siendo open-minded por legítimo instinto de conservación, nada me extraña. Cayeron las Torres Gemelas  y no van a haber personas que se rehúsen a decir por favor.
“El tiempo pasó, como una estrella fugaz...”en la canción de Big-Boy y en un periplo de tres años que se llevaron consigo sucesos, amigos, conocidos y sentimientos.
Era la convocatoria anual para el premio a Organizaciones Culturales de Excelencia del Ministerio de Cultura y la segunda candidatura para el galardón del Colegio del Cuerpo. Fuimos invitadas de boca a ver su ópera prima, “El Alma de las Cosas”. Angie, previsoramente nos esperaba en el Teatro Heredia, para asegurarnos buenos puestos. Llegamos tarde, encandiladas por el sol de las 3 p.m. Gina suspiró luego que nos dejaron entrar de mala gana.
Hablando de las típicas cosas de mujeres mientras esperábamos al autorización para ingresar a la platea, vimos entrar al productor musical de Wayobé, a una soyada que estudió francés con Gina y al man.
¡Está igualito! Parece el retrato de Dorian Grey. Sin envejecer ni un solo día, el mismo demonio chino de siempre. Se sentaron en la fila de al lado, pateándose completica la historia del ex novio de Angie. ¡Ah...el primer amor!
No abrí la boca, ni por el putas. Me arriesgaba a una prueba audiovisual en mi contra, si me pillaban diciendo algo políticamente incorrecto. En ese mismo recinto, Juan Ensuncho filmaba su documental “ El otro es el reflejo”.
Antes de finalizar el 2004, en el Claustro de Santo Domingo, escenario mágico en el que se rodaron escenas de “La Misión”, (Sí mi llave, Jeremy Irons estuvo en Cartagena.)se presentaron Fragmentos de las Obras del Grupo Piloto Experimental. El man y su amigo productor estaban entre el público. Se me erizaban los cabellos de tenerlo como cofrade en las clases de Danza Contemporánea. Para evitar que ocurriera un  Murder in the dance floor, los mecanismos de defensa automáticos, una vez él entraba al salón, eran hermetismo total y sacarle el cuerpo a los ejercicios de sensibilización  á deux.    
Terminada la presentación, decidí cruzar unas cuantas palabras de cortesía con mi compañero de estudios, para despojarme un poco del estereotipado papel de “beatch”.
¿Qué hizo el tipo? Empieza a llamarlo enfáticamente por su nombre y el otro no lograba dar con el lugar desde donde provenía la voz que lo solicitaba con tanta urgencia.- Insiste. Al ver que los llamados resultaban infructuosos, lo agarra por los hombros, le da una vuelta de canela que corta la conversación que sostenía con otra persona, poniéndonos frente a frente.
A todo perro le llega su día. Casi cinco años después, los dos,  frente a frente. Ya Demetrio no está, la muñeca de porcelana tampoco. Son clavo pasado, como lo son las noches de rumba, los cigarrillos, los tacones altos, los capuccinos de Juan del Mar, mucho menos tomar trago ni tinto. Muy de vez en cuando un iced tea, siempre y cuando no sea de Long Island.
Llegó la hora de ser como el mono sabio, ciega, sorda, muda e inmune a préstamos de brickets u otros  adminículos que encierren agendas ocultas. Quedamos solos en un semicírculo de luz, como dos gallos de pelea en feria de pueblo. La que no le habla a nadie, afila las espuelas. El propio man que no supo decir por favor, el único, el original- pilas con las falsificaciones- casi vomita. Demetrio Muñoz, esta va por ti.
De cerca, está más rucho, tiene canas, sigue flaco pero le ha salido panza de lobito con tenis y camiseta. Nos presentan.
Tan viejo y sortea la situación a trompicones. Se nota en el lenguaje corporal, la tensión en la cara; enroscado como un armadillo ante la señal de alerta. Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir.
Mejor dicho socia... ¡Quién te manda a buscar lo que no se te ha perdido! Saluda. Ni una traza de emoción en la voz. Devuelvo el saludo con un apretón de bienes de manos muertas. Por supuesto que se tu nombre. El ritual es una mera formalidad. ¿Malintencionada?
-Mucho gusto...- Respondo con la mejor sonrisa, pletórica de poise y elegancia. La red estaba tejida, no iba a esperar a que me aniquilaran. Tenía que zafarme de la trampa más rápido que Houdini. ¡Marica el último! ¿Y entonces?
Por el pasillo del Claustro, divisé a Álvaro Restrepo, mi salvador.
-Hasta luego, que estén muy bien, permiso.- Te ví te veré.
Ante la mirada del par de conspiradores, caminé hasta el que antes del espectáculo, disertara sobre los planteamientos de Stewart Hodes ex partenaire de Martha Graham, quien elaboró un particular paralelo entre danza y deporte y sus efectos en el desarrollo de los individuos: “...Los últimos tienden a separar a las personas por géneros, mientras que aquella tiende a reunirlas.” (3)
-¿Cómo está?- ¡Qué lisa! -Él, sabio, se las pilla al vuelo; estampándome un beso. ¡Pa´ que sean serios y se organicen!
Hacer la transición de Santa Patrona de los malqueridos y los malparidos a un estado de Sat-Chit-Ananda (4), es factible. Harsh feelings? Ninguno. Todo bien. Rectitud y pureza de intención. Parafraseando a los vendedores de dulces que se suben en los buses:
“La decencia no pelea con nadie”. Pero... ¡Ojo!   Hay que aprender a nadar entre tiburones.  

 

 

(1) La Quemada: Película del Director italiano Guillo Pontecorvo, filmada en Cartagena en 1969. Protagonizada por Marlon Brando, con la actuación del palenquero Evaristo Márquez.


Establecimiento nocturno de corte Bohemio, famoso por las actuaciones en vivo del guitarrista Sofronín Martínez; abierto al público hasta finales de los noventa.- Cambió su nombre al El Bar, operado por el empresario del sector  de  los restaurantes, Gustavo Piqueros. Terminó convertido en Giromatto, Parrilla y Bar.

(2) Jorocho: Borracho, embriagado, en alto estado de alicoramiento.

 (3)Álvaro Restrepo: La Danza es una metáfora del amor. Febrero de 2006. En: El Mundo de Ensuncho. http://ensuncho.blogspot.com
(4) Sat- Chit- Ananda: Sat: Realidad. Chit: La naturaleza, la forma. Ananda: Beatitud,  dicha, felicidad.
RAYNAUD de la Farrière, Serge. Yug, Yoga, Yoguismo. Una matesis de psicología. Diana. Doceava reimpresión. México. 1982.

 

 





 

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