COMEDIA DE DOS CIUDADES.
LA
CIUDAD MÁS GRANDE DEL MUNDO no existe, porque las ciudades son tan
extensas como el tiempo que tengas para visitarlas. En esto las
ciudades son parecidas a los amores: vas descubriendo cada día y a cada
momento una faceta nueva; todos son diamantes... algunos pulidos y
otros en bruto. Si eres de aquellos que tienen vocación de joyeros, un
amor puede durarte toda la vida. Y una ciudad, por pequeña que parezca.
Pero París no es una ciudad pequeña y New York tampoco. Yo tuve que vivir en ellas, las dos a la vez, durante un año.
Trabajaba en una firma multinacional y me tocó participar en lo que llaman un task force, un grupo formado ad hoc para una tarea específica, cuyo propósito era negociar una fusión muy apetitosa pero de condiciones complejas e intrincadas.
Al
cabo de un mes de volar al menos dos veces por semana comencé a sentir
el efecto: era como tener dos amantes que ignoran la existencia de la
otra y piden para si una atención total que no eres capaz de darles. Y
ninguna era mía del todo, porque mi domicilio real estaba muy lejos de
ambas.
Las reuniones
eran siempre en las mañanas. Las tardes eran para mí y para las
ciudades, que había conocido como turista pero que ahora formaban parte
de mi vida en la medida en que vivía en ellas, aunque fuera sólo la
mitad del tiempo.
Vivía
en sendos hoteles, por supuesto, pero en poco tiempo los empleados
dejaron de considerarme un huésped más y pasé a una categoría
imprecisa: no era un cliente habitual ni tampoco un residente fijo, era
un “intermitente” que ya tenía habitación habitual y una agenda regular
que los concierges preparaban para mí con esmero y placer.
El verdadero concierge de vocación disfruta realizando su trabajo y
encontrando el espectáculo, el restaurante o el paseo que mejor
conviene a su cliente, pero pocas veces dispone del tiempo necesario
para llevarlo a cabo hasta el fin: el turista lo abandona antes de
concluida la obra. Conmigo era diferente. Lo que esta vez no alcanzaba
a ver o a hacer quedaba pendiente para la próxima visita. Así fui
conociendo las dos ciudades, primero como un visitante experimentado y
luego como un habitante flotante, con la ventaja de disponer de más
tiempo que la mayor parte de los residentes para dedicarlo a la
exploración de lugares y secretos.
Me
gusta perderme en las ciudades. Vagar sin propósito definido, sin tomar
en cuenta el tiempo ni el recorrido determinado que lleve a un lugar
donde se debe hacer algo; las calles cobran una vida diferente cuando
uno puede detenerse toda una tarde en un café o caminar sin parar de un
extremo a otro, o en círculo, dejándose llevar por una intuición, un
color, una atmósfera. Se encuentran así lugares que jamás se habrían
conocido de otro modo y pareciera que se va descubriendo el alma de la
ciudad, ese aroma que sólo aquellos que la aman de verdad conocen y que
no está descrita o señalada en ninguna guía.
Un jueves, en París, me detuve en un pequeño restaurante en la Rue Saint Georges, en el 9º arrondisement. Es un sitio pequeño que se distingue por su atmósfera aérea y fresca de los otros bistrots
de la zona, poblada por pequeñas tiendas de anticuarios en las que se
puede perder una mañana entera, no tanto por los objetos que se exhiben
sino por las historias que hay detrás de ellos, que uno puede imaginar
o averiguar, si tiene habilidad para hacer que los propietarios cuenten
las peripecias por las que pasaron para hallarlos en tal o cual pequeño
pueblito, en tal o cual mansión de una viuda que se deshacía de su
pasado para irse a vivir a otra parte.
Me senté en la terraza;
quería disfrutar de un día cálido de primavera, poco frecuentes en
París. Era jueves, como dije, y había llegado de New York el martes.
Estaban aún frescos en mi mente los recuerdos de un paseo por Central
Park en compañía de una joven llamada Cecilia. En primavera, New York
renace con un ritmo que le es propio: se despeja el cielo y el aire y
pareciera que la atmósfera anunciara en silencio el momento en que el
telón va a levantarse para empezar a mostrar los retoños, los pájaros y
el despertar de los verdes y los demás colores. Todo es teatral en New
York, mientras que en París todo tiende a ser poético o filosófico.
Cecilia caminaba a mi lado y hablaba de su proyecto de tesis. Es
estudiante de artes y explora las nuevas tendencias de la expresión
multimedia. Nos conocimos en el East Village una tarde en que yo andaba
tras las huellas de un gato siamés.
Es cierto; hay una tienda cuya ubicación exacta no mencionaré pero que
está dedicada a comprar y vender objetos y literatura relacionada con
magia y espiritualismo. En la vitrina hay escobas de bruja de distintos
modelos para diferentes ocasiones. Cuando entré por vez primera,
atraído por la abigarrada colección de cosas que nunca en mi vida
había visto, un gato siamés pasó a toda velocidad entre mis piernas y
por poco no me hace caer al piso. La dueña, una señora muy guapa de
falda larga y ojos negros que me tomó por el codo con intención de
evitar que me desplomase sobre una pirámide de muñecos de cera para
sortilegios de amor, me explicó cuando me repuse y acepté sus
disculpas, que el gato estaba enamorado. Se llamaba Cornelius, en honor
y recuerdo de un famoso mago medieval, según me dijo. No se sabía quién
era su afortunada Julieta, pero se presumía que no era del barrio,
porque Cornelius desaparecía por días enteros y volvía con el aspecto
de quien ha hecho un largo camino a casa.
Tres semanas después volví a pasar por el lugar y me encontré a Norah,
así se llama, en la puerta de su tienda con cara compungida. Me contó
que Cornelius tenía tres días sin aparecer y que sospechaban lo peor.
En ese momento llegó Cecilia. Era la dueña de la madre de Cornelius,
que traía una almohadita en la que el minino había dormido cuando era
un bebé. Cecilia sostenía que el olor y las “vibraciones” de la
almohadita servirían para hacer “conexión sensorial”, algo que, según
me explicaron, era como buscar agua en el desierto con una horqueta.
Dije que el experimento me resultaba interesante y me permitió
acompañarla en un paseo al azar por East Village y ABC
Town que concluyó en un terreno baldío que la comunidad ha rescatado y
en el que hay una suerte de laberinto artístico-mágico muy peculiar. Un
chico y una chica sentados en un banco nos vieron llegar y observaron
con atención a Cecilia, que caminaba con la almohadita extendida
delante de si como si fuera un ciego con su bastón.
- El gato estuvo aquí anoche- dijo la chica ¿Es un siamés?
Cecilia lloraba de la alegría. ¡Cornelius estaba vivo! La chica le dio
detalles que confirmaron su esperanza y volvimos a la carrera a darle
la noticia a Norah.
Al encontrarnos en Central Park, dos semanas después, supe que el
siamés había regresado a casa sano y salvo después del largo, tórrido e
inquietante romance.
A Nicole, la dueña del restaurante de la calle St. Georges, se le
salían las lágrimas de la risa cuando le conté la historia. Había
preparado un pot au feu
magnífico y compartía conmigo la mesa en la terraza, para refrescarse
un rato del calor de la cocina. Es una chef excelente. Sus
“creaciones”, como le gusta llamar a sus platos, tienen siempre algo
inusual y a veces realmente inspirado, que convierten las comidas más
sencillas en sorprendentes combinaciones de sabores y aromas que lo
hacen a uno sentirse en un cuento de hadas: el cuento de Nicole, que es
ella misma un hada contemporánea. Al cabo de varias visitas nos hicimos
amigos. Cada vez que nos veíamos me preguntaba por New York; me había
convertido en su corresponsal privado, papel que me gustaba porque
siempre la encontraba atenta a los menores detalles, que a veces
anotaba en una libreta. Quería visitar América pronto y explorar
lugares inusuales.
...Llegué con Cecilia hasta la calle 75 y decidimos tomar un café en la tercera avenida, cerca de su casa.
Fue allí donde comenzó la comedia.
Debo
decir que llevo diez años recorriendo el mundo y conociendo toda clase
de gente de maneras inhabituales: no sé si forma parte de mi “destino”
o si es simplemente una condición típica del viajero que soy, sumada a
mi interés por comunicarme. Lo cierto es que he hecho muchos amigos y
aún mantengo contacto con buena parte de ellos. Pero la amistad es una
cosa y lo que me sucedió con Cecilia algo diferente. Sí, nos
enamoramos, pero no es esto lo peculiar, porque la gente se enamora
todos los días en todas partes. Para transmitir parte de eso que a
falta de mejor palabra llamo magia, debo relatar los hechos como
ocurrieron. Aunque tal vez esa sería una tarea imposible. Diré algunas
cosas que recuerdo, porque ya ha pasado algún tiempo y la memoria ha
ido transformando las imágenes y convirtiéndolas en algo parecido a lo
que retenemos de los sueños al despertar.
Aquella
noche Cecilia durmió conmigo en el New York Palace, en la calle 57, que
era el hotel donde yo paraba. Tres días más tarde estaba yo en el Hyatt
Madeleine, en París. Y la noche de ese jueves, que es el día del que
hablaba hace un rato, cuando contaba mi placer al probar el pot au feu,
Nicole pasó también la noche conmigo. Tal vez esté abusando del lector
al contarle estas intimidades, pero me he propuesto ponerlas sobre
papel para tratar de entenderlas yo mismo, porque lo que sucedió a
partir de ese momento y que ya se había presagiado en mi estado de
ánimo alterado por compartir mi vida entre dos ciudades, no podría
haber sucedido de otra forma que como sucedió. Lo que quiero decir es
que todavía no sé cómo ocurrió realmente y que lo cuento para
descifrar mi sentimiento íntimo de que aquello debía
ocurrir. Los lectores juzgarán si es así o si se trata de mi delirio,
que con el tiempo se ha ido apaciguando pero que aún dura. Es para ello
que me he tomado, y me tomaré, la libertad de narrar cosas que de otra
manera guardaría para mí.
La
mañana del Viernes desayunamos en el hotel y esa misma noche volvimos a
vernos en el Boudah-Bar, un lugar de moda que tiene como principal
atracción, en cuanto a decorado se refiere, una enorme estatua de Buda,
colocada en una de las paredes de un recinto de techo muy alto,
equivalente a tres pisos de un edificio normal. En las terrazas
internas laterales hay mesas iluminadas de manera tenue, y la música es
una síntesis muy bien lograda de estilos eclécticos con ritmos del
mundo entero a la manera new age. Se han puesto también de moda los
discos que llevan como rúbrica el nombre del establecimiento.
Comimos sushi y conversamos poco. Nos dedicábamos a mirarnos a los ojos
sin decirnos nada, tal vez había demasiadas preguntas a las que no
podíamos responder. Pero he dicho que era una comedia, y lo fue, porque
dos días más tarde la escena se repitió en Manhattan, frente al río, en
el River Café.
Tanto
Cecilia como Nicole son mujeres de la nueva era y su reacciones ante la
realidad de esa relación compartida con un océano de por medio, aunque
diferentes, tenían en común que en lugar de celos lo que mostraban era
una gran curiosidad. Era yo quien peleaba sólo con un sentimiento de
culpabilidad en el que faltaba lo principal: una víctima. Porque las
dos chicas sabían de la existencia de la otra (yo las había puesto al
tanto antes de que aquello comenzara) y se veían como protagonistas de
una película en la que compartían el rol estelar en una rivalidad
puramente formal, porque a ninguna de las dos le interesaba quedarse
conmigo. Lo que les atraía era el affaire por si mismo, que
se producía gracias a mi doble domicilio y a mi mala costumbre de
contar a todo el mundo todo lo que me sucede, como estoy haciendo ahora.
La negociación avanzaba y pronto concluiría de una manera o de otra. Lo
comenté –otra vez mi bocaza- y la situación entró en una nueva
dinámica: había comenzado el segundo acto.
Nueva
York, ya lo dije, es teatral. Cecilia y yo nos dedicamos a ver todas
las piezas que se exhibían en Broadway, incluso las que ya habíamos
visto. Apenas llegaba del aeropuerto me ponía al tanto del programa.
Iba colocando los programas de mano sobre el escritorio como quien
colecciona estampas en un álbum: parecía que si llegaba a completarlo
ganaría una batalla en la que le iba la vida (en la película, claro)
Fue así como tuve que ver otra vez Lyon King, The Phantom of the Opera
y hasta la insoportablemente larga y antigua Cats. Por su lado, Nicole,
y conste que no se conocían entre ellas ni se habían comunicado de
manera alguna, hizo algo parecido con la alta gastronomía Parisina. Eso
nos llevó incluso fuera de París, porque cenamos un día en el famoso
restaurante de Malmaison donde aún se preparan los platos que comían Napoleon y Joséphine.
Fue un tour frenético que me dejó exhausto. No puedo quejarme, dirán
ustedes, porque la situación que relato es quizás el sueño dorado de
muchos. Pero en la realidad las cosas no se sienten como en la ficción,
ya que esta última es reflejo de los deseos de quien la escribe o la
crea y tiene el arte para convencernos de que los personajes realmente
experimentan lo que él, o ella, imagina.
Mi cabeza tenía, más que nunca, dos hemisferios completamente
distintos. Las promesas de placer de ambos romances habían quedado
atrás. También el encanto de las dos ciudades. Pedía el café en francés
en Lexington Avenue y daba al taxista una dirección del Upper East Side
en pleno Marais. Mis amantes –todavía se mantenía el fuego- se
divertían corrigiéndome cuando acertaba a decirles su verdadero nombre,
cosa que pocas veces ocurría. Fueron adquiriendo, o eso pensé yo,
gestos de la otra, gustos de la otra. Un día Nicole me recibió con
entradas para una comedia en el teatro del Rondpoint de Champs
Elysées...A mi regreso a New York Cecilia había hecho reservación para
cenar en... ¡Ya no lo recuerdo! El olvido es el único alivio para esta
pesadilla de amor, esta tragicomedia que debía suceder, como dije,
aunque pronto espero olvidar también por qué.
Fue
el diez de junio cuando firmamos el documento final. Era una mañana
preciosa y yo salí del edificio de Park Avenue con las manos en los
bolsillos, silbando “my favorites things “ de Coltrane, mis cosas
favoritas, una tonada alegre que recuerda lo que más ama uno en la
vida. Y aquel día lo que yo más amaba era que volvía a ser libre. Iba
caminando como un chaval por la calle, sin rumbo preciso, cuando oí
unos pasos que se acercaban de prisa y la voz que pronunciaba mi
nombre. Me detuve, me di vuelta y tropecé con la carota sonriente de mi
jefe que me ponía su tosca mano adornada con un Bulgari demasiado
grande en el hombro. Lo había dejado en la reunión conversando con sus
colegas de la compañía que hacía minutos se había convertido en hermana
de la nuestra y había supuesto que iría a almorzar con ellos. Pero no.
- Los has hecho muy bien- me dijo.
- Gracias.- no cabía responder otra cosa.
- No sé qué habríamos hecho sin ti...
- Creo que ahora tendrán que arreglárselas solos – dije con la mejor
sonrisa que pude producir para no parecer descortés.-Mañana salgo de
vuelta a...
No
me dejó terminar. Había corrido tras de mí para darme la excelente
noticia de que me habían ascendido a coordinador bilateral permanente.
Sería la envidia de toda la organización. ¿Quién se da el lujo de vivir
en París y New York a la vez?
No diré qué fue lo que sucedió,
dejaré que el lector lo imagine. Sólo agrego que, como me dijo Norah el
día que me leyó el tarot, “tenía que suceder”.
Cañasanta, septiembre 2006.

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