El quebranto de lo riguroso
Los bronces del hotel Francolino brillaban como nunca antes visto; era una luminosidad minuciosa y sin transiciones. Margarita, la joven mucama recientemente empleada en dicho establecimiento, había trabajado en una joyería ofreciendo el servicio de ventas y de atención al cliente, donde por un módico aumento de sueldo, adquirió la ardua y aburrida experiencia de pulir finos metales.
Sobre todos estos brillos que refulgían como una estrella fugaz en la estancia de la noche, cayó la atención de un hombre netamente maduro que ingresaba a la lujosa fonda; no reparó en emitir juicio alguno, más que la ya expuesta contemplación. El anciano, al ritmo paulatino y seguro de su edad avanzada, se dirigió hasta donde el conserje y se presentó:
-Buenos días joven. Soy Esteban Freire.
-Buenos días caballero –le correspondió el conserje. –Yo soy Arturo Gordillo. Dígame, ¿en qué puedo serle útil?
El señor Freire apoyó su maletín sobre el suelo y respondió:
-Es de mi interés alquilar una habitación por un par de semanas.
-Todo depende caballero –partió en voz del conserje como una estampida de polluelos que no atraería otras cosas sino diminutas complicaciones. –Sepa usted que aquí nos ajustamos a reglas estrictas con respecto a nuestros clientes. De todas maneras no se alarme, las precauciones que exige el derecho de admisión, son para beneficio de nuestros usuarios; además es muy sencillo, usted sólo tiene que contestar una serie de justificables preguntas.
El anciano inclinó su cabeza hacia delante y con un movimiento noble de su diestra tomó el sombrero que portaba y le sostuvo con ambas manos tras su espalda, entonces indicó:
-Comience cuando lo desee...
-¿Viene acompañado? ¿Esposa, hijos, nietos, hermanos, sobrinos, mascotas?
-No se preocupe –dijo con amanecida naturaleza. –Vengo solo. Nadie acompaña a este simple viajero.
Gordillo liberó una alborotada risa que escindió el formal cuello de la seriedad, hasta convertirla en difunta; inmediatamente con la voz entrecortada por la hilarante soltura, procuró explicar el imprevisto desliz:
-Sepa usted excusarme. Le explico: recordé cuando una vez un cliente nos respondió exactamente lo mismo y, en la primer noche en cuanto nos distrajimos, introdujo una familia de enanos que había escapado de un circo, junto con el mono que ejecutaba el acto principal y un par de magos que hicieron desaparecer todos los ceniceros y las toallas del hotel. ¡Hubo que llamar a la policía! Sin embargo, los facinerosos se fugaron a tiempo, y lo peor de todo, es que como paga nos dejaron al mono y unos tres pequeños trajecitos de gitano.
El silencio se hizo abismático; se escucharon las respiraciones aceleradas de los dos sujetos, e inclusive, se podía oír un tercer aliento arrítmico, proveniente de una entidad irreverente y agonizante. El hirviente enmudecimiento y el rostro sumamente adusto y juicioso del señor Freire, opacaron los esplendorosos brillos del edificio de alojamiento e inmediatamente corrigieron la falta de diplomacia y de civilidad de Gordillo.
-Acepte mis disculpas... Fue una incauta expresión. Y dígame, ¿toca usted algún instrumento musical, ya sea saxofón, clarinete, armónica o tumbadoras?
-No. No soy músico.
-Perfecto... –mencionó el portero. –Los músicos suelen ser algo escandalosos.
-Si usted cree eso...
-Aprovecharé para informarle que aquí no se permite el acceso con radio grabador, video juegos o cualquier otro tipo de aparato, cuyo uso implique la aparición de ruidos molestos y perturbadores.
-Está bien... –le dijo sin disimular la impaciencia que se escapaba por un monótono y pronunciado martillar de la punta de uno de sus zapatos. –Está muy bien, casi hasta lo felicito. Pero... ¿me otorgará la habitación?
-Espere, espere –le retuvo con renovada confianza. –Me olvidaba; por si acaso le agradasen los paseos nocturnos, en este pueblo no se cruzará con trasnochadores ni con ningún ser arrebatado por la extremada ingesta de bebidas.
Al señor Freire, este comentario le cayó como una indirecta con la punta de acero ataviada con un vistoso moño de seda.
-Yo no bebo y siempre me acuesto temprano, por lo tanto evitaré cruzarme con ebrios y trasnochadores; aunque tal vez, por lo ya visto, no alcance evitar el detenerme ante algún aldeano al que le sobre el tiempo suficiente como para hacerme perder el mío.
-Sepa comprender las molestias causadas –razonó el conserje con el habla trémula. –Como ya he mencionado anteriormente, “las precauciones son para beneficio ideal de nuestros usuarios”. Pero sin más que decir, el hotel lo admite como huésped.
Apresuradamente sellaron los últimos acuerdos necesarios y el señor Esteban Freire gozó de pernoctar en un lugar relativamente lujoso y confortable.
Las horas transcurrieron con serenidad y debido a un hostil descenso de temperatura, no se escuchó ningún ebrio alardeando su fama de tal, ni tampoco los ruidosos cánticos de trasnochadores. La fría noche aseguraba el silencio y el sosiego.
Al día siguiente, ya sobre las ocho de la mañana, la joven Margarita recorría los aposentos ofreciendo el desayuno correspondiente según los encargues establecidos. El exquisito aroma a café y a té, incorporado con el sonido chillón del contacto repetido entre cucharas, tazas y platillos, despertaba a todos los huéspedes que habían contratado el servicio de habitación. Pero al llegar a la puerta de nuestro distinguido protagonista, Margarita notó que nadie esperaba tras ella, y, que además, se presentaba cerrada. A pesar de ello, se hallaba convencida de que sin importar el motivo, el desayuno debía ser entregado. Así se procuró llevar a cabo.
En un momento determinado, un par de alaridos petrificantes atravesaron todos los pisos silentes del hotel. Se escuchó el cerrar violento de una puerta. Los gritos saturaban el lugar. La mucama bajó corriendo por las escaleras. Su rostro, pálido y espantado como el de una dolida presencia fantasmal. Pasó impetuosamente por un lado del gerente -Antonio Francolino- y por las fauces del conserje, y prosiguió hasta la puerta principal de la hospedería de la cual se alejó como ahuyentada por un hecho fatal y aciago, mientras sin juicio gritaba una y otra vez: ¡Madre santa el viejo!... ¡Madre santa el viejo!...
Ambos hombres se contemplaron y uno de ellos preguntó a sovoz: ¿El anciano es un santo, un delirante místico o aun es algo mucho peor?
Acosado por la irresolución y por un electrizante estado de alerta, Gordillo completamente intimidado se dirigió hacia la habitación del señor Freire. Las palpitaciones de su corazón eran estallidos atómicos. Padeció un extraño temor. Le temblaban las manos. Dudaba en avanzar. No pactaba con la calma. Subía torpemente por las escaleras. Los nervios le devoraban el control sobre sí mismo. Los segundos se condensaban en la eternidad, se dilataban en la realidad y se traumaban en la personalidad.
Cuando el conserje retornó a la sala de recepción, fue hasta donde el gerente quien le esperaba con una ambigüedad que le carcomía de piel a ego, y le comentó con la voz alterada por el misterioso acontecimiento:
-¡Sabía que el viejo escondía algo que nos daría problemas! ¡Lo supe desde que lo vi entrar!
-¿Acaso es un degenerado? ¿O el hombre está involucrado con el terrorismo? –reputó el gerente.
La respuesta demoró en surgir, hasta que, con las palabras preparadas dispuso sus siniestras alas a volar:
-Je... No. El señor Esteban Freire está involucrado con un mundo lejano y jactancioso... ¡Es un cadáver!

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