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Ensayo y Error Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Almira Picazo   

 


 

ENSAYO Y ERROR

 


 

 

 




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Encontré al hombre por casualidad, a punto de morir envenenado, si no de sed o de insolación, en medio de la selva cerca de Puerto Nariño.


Al recordar ahora aquel episodio me parece inverosímil. Quién le iba a decir a Larsen y quién me iba a decir a mí que nuestra aventura (al menos la mía) acabaría aquí, en Milán. La selva, que para muchos anticipa la imagen más fiel del Infierno, nos parecía la obra más perfecta y acabada de Dios.


El Amazonas cruza el centro de Puerto Nariño tras dejar Leticia en un recodo. El arrabal se confunde con los primeros árboles, avanzadillas enmarañadas, fantásticas, de la selva, entre las casuchas, los muros y los campanarios. Nuestro convento ocupa uno de esos márgenes, semejante a una escollera desbordada por la vegetación.


Un día recorría los márgenes del río en busca de plantas para nuestro herbolario, cuando vi acercarse una canoa. Al verme, los dos ticunas que la guiaban la embarrancaron en el limo y se precipitaron a mis pies. Del fondo de la barca salió un gemido tan débil que al principio dudé que fuera humano:


-¡muy enfermo, muy enfermo!


Corrí. Entre los tres logramos llevarlo a la enfermería. Era todavía un hombre corpulento, rubio, alto, pesado aunque la fiebre casi lo había consumido. Los indios me explicaron que lo habían encontrado hacía dos días vagando solo por la selva. Uno de ellos había logrado arrancarle la caja donde guardaba, como un tesoro, algunas hormigas Conga muertas y una orquídea de la especie vanilloideae. No era pues, un buscador de caucho ni de tesoros si no un sabio, por lo que decidieron ayudarle.


Durante varios días estuvo inconsciente y más de una vez le acercamos el espejo a la boca, perdida entre la barba. Hasta que un buen día abrió los ojos.


Nos contempló atónito. Habló en su idioma, luego probó con el inglés, el alemán, el francés, el castellano:


-quiénes.
-tranquilícese.
-quiénes.
-hermanos jesuitas.
De pronto giró los ojos
-¿qué ocurre?
-debo marchar, ¡es hora de marchar!


Logramos sujetarlo en la cama.


-¿es por esto?


Al ver la caja se revolvió hacia mí. Los ojos se le humedecieron y la boca esbozó una sonrisa exangüe. Como si no diese crédito a su suerte, separó cuidadosamente la tapa agujereada, olvidado completamente de nosotros. Al cabo, se dejó convencer como un niño de que le convenía comer algo y dormir, aceptó con la única condición de no separarse de su tesoro que acomodó, cuidadosamente, bajo la almohada. Luego salimos y cerramos la puerta con llave.


En los días siguientes fuimos conociendo su historia. Al caer la tarde y en las primeras horas de la mañana, en plena estación de lluvias, salíamos a admirar el margen de la selva apenas alterado por el arrabal; descendíamos el río en busca de mariposas y flores raras; o nos demorábamos en el herbolario donde yo había improvisado un rudo laboratorio, una especie de rebotica. El profesor Larsen se apoyaba en mi brazo, enclenque, y me sacaba la cabeza. Cuando el hermano Jesús dejó de venir nuestra amistad se estrechó y aumentaron las confidencias.


Tres años atrás, en 1738, el famoso naturalista y médico Carlos Linneo de la Universidad de Upsala, lo había enviado junto con sus mejores alumnos, aprovechando los viajes del capitán Cook, a explorar y buscar especies en alguno de los cinco continentes. Al profesor Larsen le había tocado América del Sur. Se trataba de completar el Sistema Naturae de Linneo y de modificarlo en aquellas clasificaciones taxonómicas que aún estuvieran incompletas o fueran inexactas. Me confesó que él hubiera preferido la Laponia, no sé si hablaba en serio.


Debido a su peculiar castellano, a menudo me parecía más infantil de lo que en realidad era. Si alguien ama su trabajo y lo realiza por tanto metódica y concienzudamente, en vez de buscar la gloria, la riqueza, o satisfacer cualquier ambición, entonces parece un niño.


El profesor Larsen se emocionaba ante la vista de un hormiguero. Sus ojos, ya lo he dicho, se empañaban fácilmente, y sólo parecía vivir ante la Naturaleza, que en la selva tropical y ecuatorial es desbordante, imprevisible. Cuando supo que yo también coleccionaba insectos, y sobre todo hierbas alucinógenas y medicinales, me abrazó entusiasmado:


-¡tú comprender mí, tú y yo!
-¡por favor!, me azoré, un simple boticario.
-no, esto Dios, Dios en todo, tú lo ves.


Sonreí.


A mi memoria acudían lecturas juveniles de sabios (y no tan sabios) franceses, la manida imagen del Gran Relojero.


-¿no echas de menos tu país?
-al principio, mucho diferente. Días cortos y muchos tejados.


El profesor Larsen tenía una memoria prodigiosa. Apenas necesitaba tomar notas. Su especialidad, de las más difíciles, eran los insectos. Se podía pasar horas y horas en cuclillas, inmóvil: los lentes (que descubrimos milagrosamente intactos en uno de sus bolsillos, junto a un cabo de lápiz) en el tembloroso tabique nasal; las manos escondidas entre la vegetación. La vida social de casi todos los insectos le fascinaba, y le parecía encerrar un sinfín de enseñanzas desaprovechadas, vírgenes:


-ellos de Dios recién salidos, bromeaba.


Sólo cuando algo le llamaba la atención, le desconcertaba, se armaba de lápiz y papel. Cuando la rareza era extrema, capturaba con dolor y cuidado el espécimen y lo guardaba con un remordimiento inusual en un científico:


-vida no mía, ¿pero qué hacer?


De súbito corría hacia mí, lanzaba una exclamación, y cuando el ejemplar lograba escabullírsele lloraba como un niño y arrojaba todo lo que tuviera en las manos.


-¡nunca más, nunca más!


Un día, al término de uno de esos inacabables crepúsculos del trópico, me arrastró a su habitación y con mucho misterio extrajo la cajita, su tesoro:


-¿tú guardar secreto?
-¿qué es?


Cerró el postigo y la abrió muy despacio, como si temiera que fuesen a escapársele, que hubiesen revivido.


¿Qué había que ver? Nos acercamos a la lámpara. Apenas distinguí los puntitos resecos de las hormigas, el borrón pálido de la flor. Entonces mi amigo me ofreció sus lentes para que los utilizara como lupa.


Descubrí algo monstruoso: de las patas de las hormigas Conga emergían sendas membranas, como mástiles de otras tantas alas truncadas; en cuanto a la flor, el estambre superviviente semejaba el cuerpo de una mariposa inconclusa, fallida, que en el último momento se hubiese decantado por una orquídea de alguna de las muchas variedades que hay en la selva.


Estuvimos un buen rato absortos, contemplándolo en silencio. Nos anocheció sin que nos diéramos cuenta.
Le hice una pregunta pueril:


-¿dónde los has encontrado?
Extendió uno de sus largos brazos:


-por ahí.


Poco a poco extendimos el radio de nuestras exploraciones entre Puerto Nariño y Leticia, en un trozo de selva asfixiante siempre a lo largo del río, empapados y acribillados por los mosquitos. Larsen, agotado, menos hecho a la selva que yo, se aplomaba contra los árboles y rozaba sin querer toda clase de ortigas venenosas. Ya parecía a punto de abandonar cuando el grito de un tucán, el chapoteo de una babilla, lo devolvían a su entusiasmo.


El convento no era lugar para un seglar, para más inri luterano, así que en cuanto estuvo recuperado buscó una habitación en el arrabal, en la misma calle, para satisfacción del padre Jesús y de los demás hermanos. Al poco le llegaron unos paquetes y una carta de su país.


Además de la nueva edición ilustrada del Sistema Naturae de su maestro y una carta agradeciéndole su expedición desde Upsala, me enseñó entusiasmado el formol, las lupas y las planchas de vidrio.


-¿qué es esto?


Tradujo del alemán: “Introdución a la Cosmología y a la Cábala, por el rabino de Jerusalén Salomón Jerashim”, edición de Berlín, 1704.


-mi interesar mucho la Cábala.
-sólo te falta ser masón.
-¡también!, bajó la voz hasta un susurro: ¡todos nosotros logia!


Me abstuve de preguntarle a quién se refería con ese todos.
La habitación, minúscula, mal ventilada, orientada a poniente, rezumaba como un baño turco. No corría un hilo de aire.


-hay una Biblioteca en el Convento.
-¡yo ver!, se levantó.
-¿ahora?


Me arrepentí. La sala, excavada en buena parte en el suelo, nos alivió del calor y los mosquitos, que se ensañaban especialmente con mi amigo. En cuanto nos instalamos en la maciza penumbra, vio tras los anaqueles atiborrados de manuales de seminario lo que buscaba. Los días siguientes los dedicó a copiar de aquellos libracos herejes dejados allí por Dios sabe quién. De todas formas nuestras exploraciones por los alrededores no habían dado el resultado esperado y, hasta que volvieran las semanas de lluvia, anunciadas por las atronadoras crecidas de Río Branco, aquel era el mejor rincón para él.


Volví, pues, a mi herbolario y a mis caminatas, mis visitas a los indios y mi rastreo en busca de hierbas medicinales. A veces, al principio o al final del día, me cruzaba con el profesor Larsen en el vestíbulo o en la puerta del convento, y me saludaba casi sin verme. Por esos encuentros fugaces supe que seguía viviendo en la misma habitación y que, de momento, no pensaba marcharse. Barrunté que debía estar escribiendo algo y en dos o tres ocasiones estuve a punto de preguntarle.


Así transcurrieron varias semanas, sofocantes y tranquilas.
Un día regresaba con la bolsa llena de hierbas cuando me encuentro con el hermano Jesús y con otro monje, un agustino. Existe una antigua antipatía, incluso enemistad entre nuestras órdenes. Pero lo que me alarmó (el convento de los agustinos, siempre desierto, no queda lejos del nuestro), fue la forzada amabilidad con que el agustino me preguntó por las investigaciones de mi amigo.


Así lo llamó, “mi amigo”, con cierto retintín.
Naturalmente, yo le expliqué todo lo que sabía. No tenía nada que ocultar. De repente recordé la caja con las hormigas y la orquídea:


-¿ha pasado algo?
-bueno, encontramos esto.
Como un prestidigitador, desplegó la palma de la mano con una de las hormigas deformes.
-¿se ha fijado en esta hormiga?
-sí.
-¿y?
Descargué el peso sobre el otro pie y me limpié el sudor de la cara.
-supongo que le interesan esas cosas, yo sólo soy un boticario.
-y un hombre de Iglesia.
-queremos que se haga con sus cuadernos.
-¿para una encuesta?
-tal vez, cuando sepamos el alcance.

-voy a verlo, me despedí. Recogí las ortigas que se habían desparramado por el suelo y me alejé hacia la casa de Larsen. Me pareció oír pasos.


La noche caía, profunda y sofocante entre las callejuelas. Encontré a mi amigo trabajando a la luz de la lámpara. De pronto temí que cogiera la malaria o el tifus. El buen color que había recobrado durante su convalecencia se había esfumado, y sus ojos habían adquirido la fijeza de los de los locos.


-no cierre la puerta, márchese esta noche.
-¿marchar?
Del corredor llegaban ruidos de ratones y susurros.
-esta noche, ahora no. Yo le avisaré.
-¡yo no encontrar mi caja!
-ya lo sé, por cierto…


Larsen atacó su pipa, ancha y corta, la mano vuelta sobre las cuartillas garabateadas.


-¿qué les ha dicho?
-no decir mi descubrimiento.
-¿qué descubrimiento?


Un golpe seco, como si hubiese rodado o caído un mueble pequeño pero pesado, resonó al fondo del pasillo.


-ya hablaremos, a media noche, hasta entonces no se mueva, no diga nada.


Cuando ya me deslizaba hacia la puerta, oí cómo alguien se alejaba y se perdía sigilosamente en las tinieblas de las escaleras, hacia el patio.


Hacia media noche golpeé en la ventana del profesor. Al instante asomó su cabeza, luego, no sin esfuerzo, logró sacar una pierna y un brazo, y el resto del cuerpo. Despacio, cuidado. Cargados con provisiones y agua para tres días, nos alejamos hacia el río que se deslizaba oscuro y callado por el arrabal en la noche sofocante.


Durante dos días avanzamos deteniéndonos lo imprescindible para comer y dormir. Yo sabía que los familiares del Santo Oficio de Puerto Nariño intentarían darnos alcance, ayudados por los indios ticunas, y tal vez por los uruníes del manglar. A ratos me parecía oírlos en el fondo de la selva, cuchicheando, hilvanando sus pasos ansiosos, entre gruñidos de perros, pisándonos los talones; y todo ello, en mi pánico, mezclado y confundido con los ruidos de la selva y del río. Hacíamos pues, turnos para comer y para dormir. Sólo cuando, mediado el tercer día, el techo de la selva se ennegreció y comenzó a llover (unos gruesos goterones, cálidos y pegajosos, que empapaban todo y que en pocos minutos arrancaron del río un estertor espeluznante), nos arriesgamos a buscar un refugio y a encender una fogata.


Como todo estaba empapado, el humo estuvo a punto de atufarnos en nuestra guarida. No obstante, por primera vez pudimos descansar. Sobre todo yo, pues, para no alarmar al profesor, me había callado mis aprensiones y fingía dormir mientras vigilaba.


En fin, se preguntarán por qué hice esto: huir, convertirme en un proscrito. Y no sabría aún hoy dar una respuesta exacta, convincente, aún para mi mismo. Supongo que actué por un impulso. El profesor Larsen era una buena persona y me caía bien, y siempre recelé de la Inquisición, de sus métodos y su espíritu cristiano. Quienes me acusan de haberme dejado influir por un hereje sencillamente no conocieron la sencillez, ni el entusiasmo, ni la bondad natural de este hombre. Tampoco soy un producto de mi siglo, que ahora llaman de las Luces, ni pongo la Razón por encima de todo. Actué simplemente por simpatía y quizás por humanidad, y también, por qué no decirlo, porque me sentía intrigado por aquel “descubrimiento” misterioso.


El profesor había rozado algo que, aún antes de conocerlo, me intrigaba. Pero solo en estas selvas, no hubiese sobrevivido ni un día. Descubrí que entre sus papeles, que se empeñó en cargar, llevaba mapas y dibujos (que luego supe hechos de su propia mano) de aquellas regiones en buena parte aún inexploradas por los europeos. No le hubieran servido de nada de todas formas, como tampoco el conocimiento profundo de la naturaleza que le rodeaba, sin un guía experto. No es que yo fuese el guía ideal, pero al menos sabía moverme y podía, llegado el caso, contactar con alguna tribu chapurreando su idioma, remontando Río Branco.


Además, al tercer día se nos acabaron las provisiones. Incluso el agua era un problema, pues ahora el río bajaba crecido, lleno de cadáveres. Sobre todo al oscurecer, o cuando la crecida descansaba, los oíamos reventar hinchados como tambores, y al instante los sabíamos atorados de moscas. Con todo, Larsen se negó a abandonar ni un solo papel. Endeble, muy debilitado, marchaba tambaleándose, dando traspiés, hasta que al fin me decidí a compartir su carga, a regañadientes. Gracias a nuestros conocimientos de botánica pudimos comer algo y beber directamente de las hojas de ciertas plantas. A veces un golpe de suerte nos hacía con un ratón o con un pajarillo, que churrascábamos y devorábamos de inmediato sin mediar palabra.


Al menos aparentemente dejaron de perseguirnos. Quizás nos dieron por muertos o, es lo más probable, pensaron que no valía la pena seguirnos más allá y que, si sobrevivíamos, de cualquier forma tendríamos que volver. El caso es que, al tercer día, dejé de oír a mis espaldas aquel susurro ansioso, aquel gruñido de pesadilla. Así, cuando llegamos a la falda de la primera montaña y nos acomodamos en una gruta poco más ancha que una grieta, pude dormir por primera vez toda una noche.


Un día, al despertar, mareados por el hambre y la fiebre, vimos a dos o tres hombres que nos rodeaban gesticulando. Al ver que abríamos los ojos se apartaron. Enseguida reconocí a tres uruníes y, escarbando en mis recuerdos, encontré las palabras de saludo de su idioma. Inmediatamente sus semblantes se relajaron, sonrieron. Al cabo de media hora estábamos en su poblado, en un claro algo más alto que el bosque, rodeado de montañas.


Allí soplaba el fresco, el calor agobiante se disipaba en la montaña. No me di cuenta de una cosa hasta que, al día siguiente, tras dormir casi veinticuatro horas seguidas, nos llevaron ante su Jefe.


Tanto éste como los hombres que le rodeaban, todos tenían seis dedos en las manos, y el dedo pulgar les dificultaba prensar al estar alineado con los demás. Yo sabía que los uruníes son quisquillosos, por lo que disimulé mi sorpresa.


Después de comer y beber, les indicamos lo que queríamos. Al parecer, nuestros perseguidores habían estado muy cerca de nosotros, más de lo que imaginábamos, y dos de ellos habían muerto en las crecidas. En cualquier caso, habían estado a punto de capturarnos. ¿Por qué nos buscaban?


Larsen desplegó uno de sus mapas. Luego sacó de su bolsillo lo que, a simple vista, parecía una cigarra cuyas alas estuvieran a punto de convertirse en hojas. Con el dedo índice señaló un punto del mapa:


-no hicimos nada reprobable, dije en su lenguaje ceremonioso.
-¿qué es?, señaló la cigarra.
-un oxicron.
-ox-i-cron, repetí.
-mí explicar, comenzó Larsen, abriendo un libro entusiasmado: Él, señaló hacia las nubes, hacer los oxicron.
Nuestro anfitrión examinó absorto el ejemplar que casi se le deshace entre los seis dedos.
-yo también oxicron, dijo, levantando alegremente la mano.


Larsen asintió.
En ese momento creí que había firmado nuestra sentencia de muerte. Entonces el uruní empezó a reír tragando grandes sorbos de aire:


-¿por qué buscar?, dijo.
-mi querer comprenderle a Él, volvió a señalar el cielo. Se lo traduje, y su semblante se serenó al punto:
-venir.


Al fondo del poblado, en los establos y los corrales, se apiñaban gallinas de cuatro patas; conejos con alas; pavos reales bicéfalos; ovejas con un cuerno en la frente…


-todos oxicron.


Una nube de chiquillos y desocupados nos rodeaba ahora, riendo. Pero aún hubo más. Cuando la multitud hubo saciado su curiosidad ante nuestras manos de cinco dedos, nos condujo a un huerto que había disimulado junto a la empalizada. Lo que vimos superó nuestras expectativas: un gran emparrado del que colgaban ratones que se removían chillando trepaba tembloroso entre frutales cubiertos de una especie de plumaje brillante.


-¡oxicron!, repitió Larsen.


Y señaló al cielo.


Al día siguiente nos condujo al margen de la selva indicado en el mapa. Una luz distinta, maciza, barría el agua y los grandes, extraños árboles, que se agitaban aún sin viento. Nos explicó que se trataba de un lugar sagrado pero peligroso.


Vimos un águila harpía con un mono entre las manos, un mono diminuto y albino. Sus alas de más de dos metros, rozaban las hojas.


Avanzamos cautelosamente por la orilla cenagosa. Una babilla emergió semejante a un pez, con aletas en vez de patas. De pronto me pareció que miles de ojos nos observaban. Pese al aspecto terrible de todo, nuestro indio nos explicó que la mayoría de los oxicron eran inofensivos.


El profesor dibujaba y anotaba todo. Cazaba insectos que engrosaban la caja agujereada de sus monstruos.
Un yaguareté (Pantera Onca) se deslizó sobre nosotros piando como un pájaro. “Inofensivo”, recalcó nuestro guía. En un claro, en cambio, nos rugió un venado que acechaba entre las bromelias. Y el agua abierta al cielo se rizó con el bordado de una anaconda.


El centro de aquel santuario lo ocupaba un inmenso jardín de orquídeas, enredaderas y victorias regias. Las flores volaban de una planta a otra y parecían inquietas por nuestra presencia. En su primer viaje, Larsen había cometido el error de adentrarse allí.


-muy venenosas.


Al fin encontramos la canoa abandonada entre unos juncos. La corriente la había empujado río arriba. Hasta las Leyes de la Física parecían funcionar allí de otra forma.


Nos deslizamos por el centro silencioso del agua. Empezaba a anochecer. La mayoría de los oxicron son cazadores nocturnos.

 




No recuerdo cómo, todo se me aclaró de repente.


Hacía años, recién llegado aquí, participé en la evangelización de los indios. Nuestras expediciones nos hacían recorrer, incansables, selvas y montañas; aprender miles de palabras y costumbres, algunas fascinantes.


Aquella noche mientras dormíamos estalló un incendio en el poblado. Ya sofocado, desvelado, fui al borde del bosque.


-¡soy idiota!


Había oído aquella historia tantas veces, en tantas lenguas y circunstancias, que no había reparado en ella como no se repara en la tabla de multiplicar. Mi primer impulso fue correr y despertar a Larsen. Estábamos en grave peligro.


Los alguaciles rodeaban ya el poblado.


Habían incendiado la endeble empalizada y disparaban sus arcabuces, entre hachones moribundos, contra las sombras.


El hermano agustino, familiar del Santo Oficio, interrogaba ya a mi amigo. Se había apoderado de la caja y la hacía resonar como una pandereta.


-no entiende, intercedí.
-¡ya entenderá!


Arrojó la caja a su bolsa y ordenó que nos ataran.


No voy a describir las penalidades que pasamos. Durante semanas, quizás meses, fuimos huéspedes de aquel hombre. Al fin partimos, aherrojados en la bodega hedionda de un barco que hacía la ruta de Lisboa. Desde allí fuimos conducidos como presos del Santo Oficio, a través de desiertos y montañas, hasta Milán.


Llego, pues, al punto en que me encuentro ahora. No he vuelto a ver a Larsen desde aquella noche fatídica aunque si lo he oído balbucear y gritar. Lo he dado por muerto muchas veces, ¿cómo interpretar si no los intervalos de silencio?, hasta que sus alaridos me han devuelto la esperanza y el horror de nuevo.


Ayer fue mi primera vista ante el Tribunal. Alineados bajo un grotesco crucifijo, sobre una tarima, mis jueces han leído uno por uno, con voz monótona y dulce, los cargos sin mencionar ni una vez a Larsen. Tal vez su condición de luterano lo haya salvado, o quizás haya muerto al fin.


Nieva tras el enrejado y el vidrio coloreado y, con todo, plomizo, de la ventana.
El juez me hace reconocer uno por uno los diminutos oxicron. Luego me pregunta por qué he ido a la selva.
Siento una repentina fatiga, y mi indiferencia parece desconcertarlo.
A continuación, lee un ensayo aparecido recientemente en París sobre nuestro viaje.
Prosigue con el tomo de la Cábala del rabino Salomón Jerashim:
“Toda la Creación de Él que conocemos es sólo el último ensayo de una serie quizás infinita…”
Y continúa con una antigua cosmología Inca, también incautada en los papeles de Larsen:


“Viracocha creó el mundo seis veces antes de quedar satisfecho. Entonces, sólo entonces, se retiró a lo inaccesible adoptando la forma del Sol”.


Mostrándome una de las hormigas Conga de la caja de Larsen, me preguntó:


-¿es esto una prueba de lo que aquí se dice?
-tal vez sea la versión definitiva.


Sonrío pensando que Larsen hubiera aprobado mi respuesta.

 

 

 

 

***

 

 

 


 

 

 

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