FRAGMENTO DE NARRATIVA
Por Víctor J. Maicas
Héctor Senara creció entre el amor a su madre y el odio a su padre, hasta que a los dieciocho años lo pilló la guerra.
Experimentó la crueldad del campo de batalla en sus propias carnes, teniendo que soportar la imagen cruel de la muerte, pero sobre todo la del sufrimiento. Debía matar a hombres que no conocía, porque alguien al cual tampoco conocía, así lo había ordenado desde un despacho. Sus ojos vieron matanzas realizadas a soldados y civiles, sin importar ni querer averiguar si se trataba de personas inocentes o no. Al fin y al cabo la muerte estaba justificada, pues aquéllos se encontraban en el bando equivocado, y miles de hombres y mujeres acabaron con sus sueños rotos. Cada vez que apretaba el gatillo, Héctor sabía que una bala no sólo acaba con la vida de una persona, sino con sus ideas y sus proyectos. Esa mezcla de metal y pólvora no sólo mataba a un cuerpo de carne y hueso, sino que con ella mataba también sus sentimientos y su ternura. Y no sólo los suyos, sino los de sus familiares y amigos. Sabía pues que una simple bala era capaz de acabar con la ilusión y la esperanza de decenas de personas, como la que mató a su amigo Roberto. Lo había conocido en el frente, hacía apenas unos meses. Su carácter jovial y despreocupado hizo que se sintiese cómodo junto a él, pues sus risas tratando de olvidar aquel infierno en el que vivían, le hacían recuperar la serenidad en algunos momentos. Éste le hablaba de todo, de su mujer, de sus hijos, de la pasión que sentía cuando su club de fútbol , el Banona, metía un gol, o de la felicidad que experimentaba al comprobar que en el mundo todavía había gente que se preocupaba por los demás, como era el caso de ellos dos. Nunca se separaban, y en cada enfrentamiento con el enemigo se cubrían mutuamente las espaldas. El carácter optimista de Roberto le hacía superar su desesperación, como cuando al tomar por las armas alguna ciudad comprobaban de qué forma el enemigo había fusilado antes de abandonar su posición a todos aquéllos que no eran fieles a su causa. No sólo eran cuerpos de hombres en descomposición lo que encontraban, sino que ancianos, mujeres y niños también sufrían su intransigencia.
Cuerpos devorados por las moscas y cuyos intestinos desparramados servían de alimento a las ratas. El mundo, o los que mandaban en él, se habían vuelto completamente locos, solía pensar Héctor, y era justo entonces cuando la fuerza de su amigo intentaba calmar su desesperación. Éste, visiblemente impresionado también por aquellas carnicerías, sacaba fuerzas de flaqueza para desviar momentáneamente su mente y la de su amigo hacia otros pensamientos, invitando a su imaginación a que los transportara a tiempos pasados en los que la vida mostraba su cara más amable, pero aún así, Héctor era incapaz en muchas ocasiones de recobrar la serenidad. Pensaba en los generales y en los políticos, en cómo decidían protegidos por la seguridad de sus despachos, el destino de millones de personas, las cuales sólo formarían parte para ellos de una macabra estadística de víctimas si finalmente conseguían sus objetivos.
Un homenaje, en el mejor de los casos, sería el único consuelo para esos hombres que lo habían perdido todo, mientras presidentes de estado y militares de alta graduación seguirían disfrutando sin remordimientos del triunfo de los olvidados. Y también pensaba Héctor que una simple placa los recordaría, mientras los otros pasearían su desvergüenza adornando con joyas a sus amantes y engalanando a sus mujeres sin ningún tipo de rubor.
Esta vida es sólo para ellos, seguía pensando, siempre lo ha sido, y precisamente son estos mismos los que escribirán la historia. Ésta siempre recuerda a un gran conquistador, pero nunca a sus víctimas ni a los que perecieron por su causa. Las maldades que cometieron raras veces están escritas, pues siempre es el vencedor el que las narra. Millones de personas mueren por defender una causa, sea justa o injusta, pero siempre sobreviven los mismos, ésos que amparados y resguardados por la distancia libran las batallas sin arriesgar sus vidas ni las de sus familias. En efecto, todos estos pensamientos lo desgarraban por dentro. Héctor odiaba las guerras, pero sobre todo a aquéllos que las provocaban sin tener en cuenta las obscenas y desgarradoras consecuencias que éstas acarrean a gentes anónimas e inocentes. Sí, hombres anónimos e inocentes como su amigo Roberto, que ya no podría jamás jugar con sus hijos ni acariciar a su esposa. En infinidad de ocasiones recordaba cómo en su lecho de muerte y en mitad de una desoladora trinchera, su amigo le pidió que le diera a su mujer un beso de su parte, pero en la mejilla, claro, y que les dijera a sus hijos que su padre los estaría observando y cuidando siempre, porque era mago, como él siempre les decía, y que nunca consentiría que nada malo les ocurriese. Que fuesen fuertes y valientes, y que cuidasen siempre de su madre.
Aquella horrible palabra de seis letras llamada guerra, que muchos pronunciaban tan a la ligera y sin medir sus nefastas consecuencias, significaba para Héctor la confirmación real del sadismo de la raza humana, la cual era capaz de acostumbrarse a ella como si una parte de nosotros mismos se representase en sus actos. Actos espeluznantes y macabros que día a día iban desgarrando sin compasión el verdadero sentido de la vida, y dejando atrás esa virtud aliada del hombre llamada bondad.
Así es, estos pensamientos se entremezclaban en la mente del joven Senara mientras en su memoria retenía obstinadamente, y contra su voluntad, imágenes de una crueldad que él nunca había visto hasta aquel momento. Cadáveres mutilados y en descomposición formaban parte de sus días, al tiempo que la suave brisa del amanecer golpeaba su sentido del olfato, tan pronto despertaba de aquel sueño reparador en el que su mente lo había sumido la noche anterior. Así es, el viento arrastraba sin querer el nauseabundo y pestilente olor de los cadáveres en putrefacción que la batalla del día anterior había dejado tras de sí. Pero no sólo eran los sentidos del olfato y de la vista los que sufrían aquel sin sentido, sino que los otros tres tampoco se quedaban ajenos a aquella situación. Sus oídos ya no sólo estaban agotados por el fuerte silbar de los proyectiles y el ruido ensordecedor de las bombas, sino que lo peor aparecía cuando éstas cesaban y daban paso a aquella infinidad de lamentos salidos de las mismas entrañas de las gentes. Y aquel macabro sonido de quejidos y maldiciones daba paso inmediatamente a un horror más intenso, pues con sus propias manos debía recomponer los cuerpos devastados de niños que le suplicaban su ayuda para poner fin al desgarrador sufrimiento que las terribles heridas de la metralla habían causado en sus jóvenes y tiernas carnes. Se hizo un experto, a la fuerza, en hacer torniquetes y taponar la sangre de los cuerpos maltratados por aquel vil metal que no diferenciaba entre niños y adultos, ni tampoco respetaba a mujeres y ancianos.
No, no era sólo una guerra entre soldados, pensaba Héctor, sino que ésta es una guerra contra todo y contra todos. Y sin poder darse una mínima tregua, el sentido del tacto daba paso al del gusto, pero no porque éste tuviese que entrar en acción, sino por todo lo contrario. En efecto, era el hambre la que entonces les recordaba, a él y al resto de seres humanos que sufrían la guerra en primera persona, que su presencia siempre está omnipresente en este tipo de situaciones y conflictos. Cuerpos esqueléticos y fantasmagóricos formaban parte de aquel puzzle inacabado en el que unos cuantos «iluminados» habían abocado al resto de sus compatriotas a sufrir. Por eso, en una ocasión, cuando su mente no pudo asimilar el horror que sus ojos vieron una vez finalizada la batalla, su conciencia lo instó a liberarse de ese peso obligándolo a sacar de su interior la rabia contenida. Escribió entonces una escueta carta a su madre en la que le indicaba muy brevemente que el horror, además de consumarse, no tenía fin:
Hola madre:
Hoy, tanto nuestro enemigo como nosotros mismos, hemos
asesinado con nuestras bombas al sol y a la luna, a la música
y también, al canto de los pájaros. Sí, madre, los hemos
asesinado porque atrás quedan niños y mujeres, ancianos y
jóvenes, que ya jamás podrán contemplar un amanecer con el
sol como protagonista, ni una luna llena repleta de armonía
y pasión. Ya no oyen ni sienten, y por eso ya nunca jamás,
podrán escuchar la dulzura de la música a través del delicado
canto de los pájaros. Así es, madre, los hemos asesinado
con nuestras manos al disparar ese vil metal que sólo sirve
para exteriorizar lo peor de nosotros mismos. Ya no queda
nada atrás, madre, sino humo y desolación.
Es curioso cómo la vida de los humildes no vale casi nada, pensaba el joven Héctor, pues son esos desconocidos que forman parte de una gran masa social de olvidados que a nadie importan, a pesar de que «ese nadie» son ellos mismos y que constituyen el noventa y nueve por ciento de la sociedad. Y siempre se decía para sus adentros lo mismo: «dicen que la unión hace la fuerza, pero yo me pregunto cuándo sucede eso, viendo sobre todo que ese solitario uno por ciento es capaz de manejar el mundo a su antojo».
La guerra acabó, pero entonces llegó la paz de los vencedores o la soledad de los vencidos, como se la quiera llamar, y Senara comprobó en sus propias carnes cómo el horror no tenía fin. Nunca había confiado en la mayoría de aquellos políticos que siempre pregonaban su buena voluntad cuando estaban en la oposición, y que llegados al poder parecía como si de repente hubiesen sufrido un ataque de amnesia. Pero se dio cuenta de que puestos a elegir, al menos éstos acataban la voluntad del pueblo, no como aquel dictador triunfador de aquella cruel guerra, que decidió eliminar a todos los que no pensaban como él.
Pero lo que más le conmovió fue cómo todavía existía gente que lo apoyaba aún viendo sus asesinatos y sus represiones sin control. Tuvo que esconderse durante varios meses, pues simplemente el hecho de haber pertenecido al bando perdedor, lo condenaba irremediablemente a morir en el paredón. De la noche a la mañana, hablar en su lengua materna representaba ser sospechoso, y su cultura y sus tradiciones de hacía cientos de años se convirtieron en proscritas. El hambre y la miseria de la posguerra pasaron de largo por el hogar de los vencedores, mientras que los vencidos y los que no gozaban de millones en sus cuentas de ahorro, sufrieron un sinfín de penalidades que nunca antes hubiesen imaginado. Héctor nunca fue un gran creyente, pero sí sentía en su interior esa bondad que sólo algo no terrenal puede concederle a un hombre. Sentía que el bien siempre debía prevalecer sobre el mal, y no le preocupaba si a ese bien lo denominaban Dios, Alá o Yahvé. Por eso, cuando comprobó que las altas jerarquías de la Iglesia apoyaron sin complejos al dictador, como siempre habían hecho con la gente pudiente, prometió que jamás volvería a pisar una iglesia. Poco antes de huir de Banona, la ciudad que lo vio nacer, desahogó su rabia cuando se vio sorprendido por un obispo en la casa de éste, a la cual había entrado en busca de alimentos para apaciguar aquel cuerpo suyo que hacía tres días que no recibía nada sólido en su maltratado estómago. El hombre lo miró, le suplicó que no lo matara, y le aseguró que podía coger cuanto quisiese. Él le respondió que tan sólo quería comida, y que no era como esos uniformados que iban matando por ahí a la gente. En ese momento se sentaron los dos en aquella lujosa mesa repleta de manjares, y mientras Héctor devoraba velozmente todo lo que podía, el obispo no apartó su mirada de él. Fue entonces cuando…
***
Viajero incansable y nacido en el invierno de 1964 en la ciudad de Castellón, Víctor J. Maicas ve publicada su primera novela, “La playa de Rebeca” (Éride ediciones), en noviembre de 2007. En noviembre de 2008 se publica su segunda obra con el título de “La República dependiente de Mavisaj” y, justo un año después, sale al mercado su tercer trabajo, “Año 2112. El mundo de Godal”, cuyo denominador común con respecto a sus anteriores novelas es, además de un cierto aire de suspense, ese espíritu crítico e inconformista que su autor plasma de una forma clara y precisa. Además de las mencionadas obras, Víctor J. Maicas ha escrito artículos para periódicos como el “Levante”, “El Punt/Avui” y para diferentes publicaciones digitales relacionadas con el mundo de la cultura como por ejemplo la prestigiosa revista literaria de ámbito latinoamericano “Cañasanta” o el boletín mensual de “Escritores.org”, así como para el noticiario “Bottup” (periodismo ciudadano), participando también como ponente en las “III Jornadas de escritores pro Derechos Humanos” organizadas por el Ministerio de Cultura y el Ateneo Blasco Ibáñez. En la actualidad es miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s como Medicus Mundi, ACSUD-Las Segovias o Manos Unidas.

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Leí su historia y me gustó muchísimo. Me identifico con ella, pienso y siento igual que Héctor:la manera como describe la destrucción física y espiritual del ser humano por la guerra, y e odio por los políticos y generales que hacen la guerra desde sus escritorios, como si los soldados fueran simplemente máquinas.
Buenos augurios,
William Almonte