GANADORES DEL CURSO “CREACIÓN LITERARIA”, DE LA UNIVERSIDAD DE TORONTO
El curso “Creación Literaria”, de la Universidad de Toronto, Canadá, se crea como un taller literario para el desarrollo y fortaleza de futuros aspirantes a la literatura (narrativa) en español y autores literarios residentes, en su mayoría, de ésta ciudad. Auspiciado por la Universidad de Toronto y dirigido por la escritora mejicana Martha Bátiz Zuk, el taller concluyó su espacio el pasado diciembre del 2009. Según las propias palabras de Martha, quien impartió el taller, se siente muy feliz con los resultados de este curso. Los estudiantes dicen que aprendieron mucho y que lo pasaron muy bien -tuvimos una atmósfera agradable, a pesar de severas críticas-, y en la School of Continuing Studies quedaron tan contentos con el resultado, que ya se abrió la continuación del curso (un nivel más avanzado: Creative Writing II in Spanish) para abril, y una repetición de esta versión para principiantes en el próximo septiembre. Esto es un gran logro para nuestra comunidad, pues garantiza una permanencia y presencia dentro de la institución con el prestigio que esto conlleva, amén de abrir un espacio para otras personas interesadas en el proceso creativo-literario en nuestra bella lengua.
La Revista Cañasanta, desde un principio, apoyó este proyecto de la profesora y escritora Martha Bátiz Zuk; y decidió ejercer como jurado para la selección de los cuentos ganadores -desde la propia valoración de la revista- y fuesen publicados en nuestro órgano electrónico. Nuestros amigos lectores pueden evaluar, de igual manera, con sus comentarios, los siguientes cuentos que, según su posición y resultado final, publicamos a continuación.
A. F. Gélico
Director
(pulsar en los títulos para dirigirse a los cuentos)
***
Por Graciela Mantero
-Hoy llegaron dos más- dice con voz baja y temblorosa, dirigiéndose a su padre.
Al llegar a la casa cansado de la jornada de trabajo, Ruperto se sienta en el sillón como dejándose caer. Y nuevamente vuelve a decir “volví a subir dos”. Gervasio, su padre, lo escucha en silencio, pero sabiendo el dolor que siente su hijo. Por lo general Ruperto disfruta de su trabajo, le gusta, y además tiene muchos amigos con los cuales pasa gratos momentos, haciéndole más llevadera su labor. No es la primera vez que los ve llegar. Ya es habitual verlos ahí. Pero cada día le resulta más dificil, y su dolor se va transformando en rabia, desesperación y resentimiento.
Ruperto es de perfil bajo, un muchacho de rostro ovalado de líneas armónicas y equilibradas. Cae un descuidado mechón de cabello castaño sobre su frente, y su sonrisa contagia confianza. Ruperto tiene cuerpo de atleta profesional, sus años de entrenamiento futbolístico lo mantienen en forma, a pesar de no practicarlo más.
- Hola hijo, otra vez te tocó a vos. No leí nada en los diarios.
-Ya saldrá la noticia. Bueno ya no es noticia. ¡Pobre gente! Si supieran cómo sus héroes llegan a su destino final, después de tantos honores. La mayoría son jóvenes y con familias e hijos a quienes criar. Bueno, mejor no hablar más. Ya fue bastante para el día de hoy.
-Trata de descansar un rato y olvídate, que no vas arreglar el mundo.
El padre, conocedor de lo sensible que es su hijo, trata de no tocar más el tema, para que él descanse tranquilo. Gervasio no es inconmovible. Los años le han dado esa coraza para resistir con más fuerza los golpes sentimentales; aunque muy racional en sus conceptos, de tanto en tanto asoma esa debilidad que tiene todo humano. Ruperto, sentado, se saca las botas y las tira a un costado, estirándose hacia atrás desabrocha el pantalón verde del uniforme, logra sacárselo, y se acomoda en el sillón e intenta dejarse llevar por el sueño, que le resulta imposible conciliar.
La sonrisa que a veces deja escapar en su trabajo, es apenas una mueca disimulada de alegría. Él no es el mismo desde que carga esas cajas. Sus amigos tampoco. Algunos han perdido las ganas de hacer chistes burlones a sus compañeros canadienses. Los llaman canacas fallados, les han enseñado a tomar mate, típica bebida de los países a los cuales ellos pertenecen. La mayoría son argentinos, uruguayos y chilenos, que se complementan muy bien a la hora de los apodos y comentarios jocosos, pero éstos desaparecen ante la imagen desoladora que, cada vez con mayor frecuencia, se presenta ante sus miradas.
Su padre coloca debajo de su cabeza una almohada, como si ésta pudiera ayudarle a conciliar el sueño a su hijo. Gervasio apaga la luz y se retira. El reloj que está en la pared sigue palpitando segundo por segundo. Las gardenias perfuman el ambiente y parecen traerle más aún el recuerdo de esas dos banderas, que inmóviles, vestían el regreso final. Aquellas flores eran las preferidas de su abuela, que había muerto hace dos años. Su abuela tenía la costumbre que todos los días veintiséis de cada mes, fecha de fallecido su esposo, colocaba una gardenia en un florero al lado de la foto de él. Las agujas siguen marcando rítmicamente el tiempo que no fue y que injustamente perdieron. Ruperto trata de olvidar, pero no puede. Vienen a su mente mil cosas juntas, y con su imaginación trata de armar un rompecabezas formado con pasajes de una corta vida. “¿Tendrán hijos?”, se pregunta.
Esas dos cajas embanderadas se sienten ligeras como plumas comparadas con el peso emocional que los abruma a él y a sus compañeros de trabajo al tener que cargarlas.
En la oscuridad del living, una puerta entreabierta gime y pinta con sombras el rostro triste de Ruperto. “De qué sirve, les mienten, les hacen creer que son los salvadores y van a parar a un sucio matadero sin sentido. Ahora se encuentran ahí, condecorados en sus cajas de madera lustrada con manijas de bronce’’.
Pasan las horas, y cada una de ellas parece tener el doble de minutos. El reloj marca las siete. Se levanta sin haber podido dormir. Se dirige al baño, moja su cara con agua fría. Se mira en el espejo y observa los rastros de su mala noche debajo de sus ojos melancólicos. El reflejo de su rostro le hace pensar y agradece a la vida el regalo de estar vivo y compartiendo junto a los seres queridos cada minuto de su existencia. Sin hacer ruido, va a la cocina, prende la cafetera y se prepara un café. Echa tres cucharaditas de azúcar como queriendo endulzar los amargos fantasmas de la noche. Mientras lo toma despacio y en un profundo silencio, solamente roto por los golpes que produce la cuchara de metal en el borde de la taza de porcelana, estira la mano y toma el periódico que le ha dejado su padre sobre la mesa. Lo mira, lee las noticias que van apareciendo en los titulares.
El alza del petróleo en primera plana y el efecto dominó de la economía mundial resaltan en la portada. Sigue pasando páginas y, en la carilla seis, encuentra la foto de dos jóvenes soldados canadienses muertos en combate perdidos entre las hojas del periódico como queriendo volver a la vida. Están ahí los rostros y los detalles visibles de sus vidas. Uno de ellos, tal como lo había visto Ruperto en su rompecabezas imaginario, deja dos hijos - de cuatro y ocho años-, vivía en Alberta en una ciudad pequeña. El otro tan sólo tenía veintiséis recién cumplidos, no tenía hijos y vivía en Calgary. “Ellos ya no sienten’’, piensa Ruperto, y se levanta moviendo la cabeza. Una convulsión de sentimientos de angustia se apodera de él, pensando en los pequeños que no volverán a ver más a su padre, y la imagen de la madre que, desconsolada, llorará aferrada al recuerdo de su hijo.
Una lágrima contenida se le escapa de los ojos, surca el rostro y moja el labio de Ruperto. Se seca con la mano el gusto salado de la desolación. Deja a un costado la taza de café que no termina, y que aún despide humo caliente, se pone el uniforme verde de la aerolínea para la cual trabaja, calza las botas gastadas que había dejado al costado del sillón, y se dirige al aeropuerto. Su auto está frío, igual que los dos cadáveres que yacen en los ataúdes que fueron rumbo a Alberta en un avión comercial. Ruperto hoy desea cargar solamente valijas en los aviones.
Por Ericka Brett
Hay escarmientos en las leyendas que golpean las realidades a mansalva, pues el orden de las cosas y el tiempo de los gitanos siempre son perfectos y se deben mantener. Por encima de cualquier profecía.
Así fue que, en algún momento y lugar, una caravana de diez carretas se bamboleaba por los caminos como una manada de elefantes tristes. Los gitanos cruzaron puentes llenos de musgos y recorrieron campiñas de tierras ajenas hasta que el frío y el cansancio se les metieron en el cuerpo como un suplicio. Ramiro, el patriarca corpulento con la cara cruzada por una pelea de navajas, se arropó con la cobija. Su barba hirsuta y un enorme arete de oro en la oreja izquierda le daban un aire de pirata amargado. Sentado en su carreta azul, frenó al asno y levantó la mano. No le sentaban bien los cambios de itinerario, pero sin otra opción, indicó una parada y la recua de carretas se adentró en un olivar para acampar.
Dentro de una de las tartanas, Kefa lanzaba conjuros y le daba a beber a una gitana una pócima, amarga y babosa. Le palpaba la panza templada en busca de indicios del parto inminente. Pero la gitana llevaba tres días mordiendo una toalla, ahogándose en dolor. Las otras mujeres le secaban el sudor y hablaban, pero ella no las escuchaba.
−Las señales están chungas, muy malas. Esta criatura se consumirá en su propio fuego- dijo Samara, moviendo sus ojos delineados con henna, por la borra de café que quedaba dentro de un pocillo de peltre golpeado por todos lados.
−Nada de eso- dijo Magdala con su sonrisa de dientes chuecos y cariados, mirando en la bola de cristal. −Su destino está lejos de aquí.
−Somos calé ¿no?- se burló Zafira. − Esa bola tuya está rajá.
−Apúrate con la palangana de agua hervida- ordenó Kefa. Rasgó sábanas y limpió el cuchillo en la llama de la vela. La luz de luna se coló por una ventanilla y la gitana pujó hasta el último aullido. Luego el silencio de la muerte la envolvió como el fin de un hálito de tormento.
–Una menos que sufre- susurró Kefa, aún sosteniendo la mano a la mujer.
Zafira y Magdala sabían que debían comenzar el velatorio y la mortaja de flores. El resto del clan quienes, afuera se calentaban en torno a la lumbre, hicieron alabanzas de la muerta, olvidando lo malo y lloraron a gritos. Todos menos Ramiro. Es el castigo de su rebeldía. No se deja el clan por un lacró extranjero y se regresa, así como así - pensó Ramiro, cuando le trajeron la noticia. Acarició el cuchillo curvo que llevaba en el cinto, seguro de que el extranjero no molestaría más.
Las tres mujeres rodearon a la cosa inmóvil que parecía una niña, llenas de curiosidad. Los presagios no habían sido suficientes para comprender por qué tanto barullo para nacer. Era minúscula y mal nutrida. Su piel azulada estaba fría, pero llevaba un lunar rojo en la espalda con el signo del ave de fuego. Espantada, Magdala se tapó la boca con sus dedos de rama y lloró de desconsuelo, pero agradeció a la providencia que aquella criatura no viera el mundo.
–Si hubiese vivido, sin duda se habría quemado- afirmó Samara con borra de café entre los dedos. Kefa iba a taparla toda en una manta, cuando un leve berrido les devolvió el espanto a las mujeres.
Después de los ritos de sepultura de la gitana, Ramiro se sentó bajo un árbol a contemplar el horizonte en la víspera de una tormenta. Demasiados cambios. Demasiados problemas. Este mundo, con su nueva velocidad se rebela contra lo importante y los tiempos se trastocan cada vez más. Y ahora tengo esta maldición de niña. Miró a la miniatura que apenas se movía entre las cobijas y supo lo que había que hacer. Volutas de bruma burbujearon entre las piedras de la vereda y el profético viento del Norte rasgó el cielo en centellas y ráfagas de agua. Después de horas de tempestad, los gitanos se repusieron, como se reponen siempre de lo que dejan atrás, pues nada les pertenece.
−Debemos seguir– dijo Ramiro a secas. Y cuando Ramiro hablaba, los demás obedecían. En la fila del evo, los gitanos se dispusieron a cargar con sus casas a cuestas como si fuesen caracoles.
−Pero, ¿qué hacemos con la enanita? Ninguna de nosotras tiene leche para ella- se preocuparon las mujeres.
–Déjenla en el bosque- ordenó Ramiro. Se arremangó la única camisa, acartonada y teñida con la pestilencia de mil faenas sudadas, y se montó en su carreta.
Pero Remedios, una vieja de vientre seco y tez cuarteada por una viudez temprana, miró hacia atrás y vio la manito mora asomarse entre las cobijas. Tomó a la niña entre sus brazos, mirándola con un amor desconocido hasta entonces y las entrañas se le volvieron de cera derretida.
−¡Tan indefensa! ¡Pobrecita! Hay un fulgor en tus ojos- le susurró −Como en los de tu madre. Te llamarás Saraí y te cuidaré de las hogueras- le dijo la vieja.
Aún a sabiendas de que la niña sería consumida por una ardentía y con los días contados, Remedios apuró el paso caminando a distancia tras la caravana para no revolver más desasosiegos. La cargaba como si fuese una muñequita, la bañaba todos los días con jabones robados en los pueblos y le limpiaba la boca con hojas de yerbabuena que recogía en el camino. El tiempo hizo de Saraí un hada flacuchenta y retaca de nariz puntiaguda y manitos inquietas. Cuando cumplió quince años, Saraí aún se ponía los mismos faldones de lana ajada que usaba cuando tenía cinco.
Remedios le enseñó los secretos de las cartas del Tarot, a recitar conjuros en caló y a predecir desastres en la bola de cristal.
−Ven, te voy revelar cómo se leen las líneas de la vida y del corazón- le dijo Remedios una tarde.
En ese momento, Saraí sintió que le picaban las palmas de las manos y se las miró, pero Remedios la paró en seco.
−Jamás debes leer las propias. ¿Me lo juras?- dijo, tomándole las manos con fuerza y no se habló más del asunto.
Ramiro no alejaba a Saraí de su vista, pues siendo tan pequeña, la reconoció como un saco de oro cuando una noche, la niña se sentó frente la hoguera y leyó las llamas ante el asombro de todos. Cuando los gitanos se durmieron y sólo quedaron algunas brasas y muchas cenizas, Saraí reconoció el ardor que llevaba más adentro que las venas.
La enanita montaba a pelo los caballos andaluces, jugaba con los loros parlanchines y cuidaba las gallinas que ponían huevos de oro en cestas amarradas a los lados de las carretas, mientras móviles de conchas marinas irradiaban el sol de lo posible. Pero sus ojos rayados eran tristes, pues no había desolación mayor que no pertenecer al lugar al que estaba condenada. Siempre tuvo que conquistar su vida en un mundo demasiado grande, oculta bajo la sombra de las leyendas trashumantes. Pero era en esa sentencia donde radicaba su fuego.
−¿Qué hay allá afuera?- le preguntó con su vocecita de duende a Remedios, un día que recolectaban bayas en el monte.
−El mundo por el que viajamos- respondió Remedios, escondiendo la pesadumbre de lo inevitable.
−Digo, en las afueras del clan-.
−Malos agüeros, Saraí, malos agüeros- contestó Remedios, recordando la rebeldía de la madre de Saraí. −Debes mantenerte siempre con el clan. Los de afuera no nos quieren, pues somos diferentes. ¿Me entiendes, Saraí?- le dijo sosteniéndole la carita con ternura.
Inocente del velo de maldición que le custodiaba, Saraí vio pasar las estaciones desde la misma altura de toda su existencia y vio morir a la tutelar anciana. Quedó con un peso lastimero, el cautiverio de Ramiro que la despreciaba como a una esclava en miniatura y la compañía de los fantasmas que le susurraban clarividencias al oído. Pero cuando les preguntaba, urgida, por la suya, sólo se escuchaba un viento que bajaba de las colinas y se la llevaba a otros confines.
Al anochecer, en el campamento se encendían los lares y se asaban jabalíes coronados de tomillo y romero. Después de cenar, los gitanos cantaban coplas de destierro en los violines armenios, las guitarras flamencas y las palmas acompasadas. Ramiro miraba a Saraí de lejos, con motivos de lobo. Pensaba y pensaba. Mantenerla pesaba más que un remordimiento; nunca sería una novia con precio; nadie la desposaría ni cuidaría de ella. Mardita la hora en que acepté cargar con ese peazo e mujé. Es igual que su mae, una tarambana- pensó. Se quitó la pañoleta abusada de polvo del camino y se tapó la cara para dormir. En sus sueños, Saraí lanzaba monedas al aire, mientras corría ladera arriba. El sonido de los cobres que traería Saraí con sus magias, lo despertó dispuesto a no dejar que su nueva suerte se le escapara de las manos. Al amanecer, la paró frente a él y, con el dedo apuntándole la carita, le dio instrucciones precisas de su nuevo acto de magia. Saraí lo miraba como se mira un árbol desde abajo. La niña pensó que si él hubiese querido pisarla, lo único que quedaría de ella sería una mancha en el piso. Pero de un golpe súbito, Saraí le mordió una pierna. Ramiro aulló con furia y la encerró en una de las jaulas de las gallinas, con órdenes de dejarla sin comida por dos días. Pero, cuando Ramiro salía a cazar, las gitanas le pasaban pedacitos de pan mojado en leche como si estuvieran alimentando a una paloma herida. Pero al llegar la mañana, Saraí no pudo evitar su suerte.
La horda zíngara llegó al pueblo y desordenó las plazas con su música de jarana y los monos saltimbanquis. Montaron carpas de colores primarios y carteles que incitaban a descubrir los bizarros inventos recopilados en los confines del mundo. Ramiro cargó a Saraí como si fuese un gato callejero y la paró en un taburete frente a los curiosos.
− ¡Vengan, vengan! ¡La enanita que camina sobre carbones encendíos como si ná! ¡Es un espectáculo único en el mundo y todos sus alrededores!- anunciaba Ramiro, con su voz de bestia portentosa.
-¡Ramiro, no. Le vas a hacer daño!- lloraban Kefa, Magdala y Samara.
-¡Callen, mujeres tontas!-.
Saraí tomó aire y, tal como lo veía frente a su hoguera en las noches, tomó el primer paso sobre las brasas tintineando su cinto de monedas y su pandereta demasiado grande.
− ¡Gitanos mentirosos! ¡Farsantes!- abucheaban unos con rabia y desprecio, aunque algunos se agolpaban, curiosos para atestiguar los secretos del fuego a los piececitos de Saraí. Era una santa desvalida en medio de un castigo infernal. De repente, un hombre de saltó de la muchedumbre hacia Saraí con una vara, al tiempo que los zapatos se le encendían. Asustado, corrió aullando a apagar la candela en un tonel de agua de lluvia, mientras otros reían a carcajadas.
−¡Es cosa del infierno!- bramó el cura tratando de ahuyentar aquellos actos que no eran de Dios.
Pero Saraí pudo ver compasión y ternura en algunas caras. Entonces, urdió un fin de supervivencia, un plan de fuga. A ratos, se agazapaba en la penumbra de las callejuelas, entrecerraba los ojos y estudiaba a los cándidos transeúntes. Saraí les tomaba de las manos con el permiso concedido sólo por ella misma. La gente la miraba como a un angelito inofensivo, pero Saraí no los soltaba y quedaban sometidos a su absoluta voluntad. Desde abajo, arqueaba una ceja y escudriñaba las líneas, paseando la mirada de las manos a los ojos del consultante. Las imágenes saltaban de los rosados surcos y Saraí se convertía en un canal de presagios. Los leídos quedaban mirándose las manos y Saraí se desvanecía dejando un leve mareo de azahares. Pero Ramiro se dio cuenta del propósito de Saraí y se llenó de rabia.
−Dame el parné que te has ganao o te parto la jeta. Y si piensas en huir, te mato- le dijo, alzándola del suelo como una muñequita de trapo. Ramiro le quitó lo poco que había cobrado leyendo manos, le escupió los pies para alejarse la mala suerte y le dio la espalda.
Saraí se acostó llorando, pero no todo estaba perdido. Acarició su bolsa y se durmió. Había luna roja y la despertó un calor que le manaba de las entrañas. Los grillos entonaban operetas, los búhos envolvían todo con su mirada de miedo y los murciélagos revoloteaban enloquecidos. Una bruma de plata se abría hacia el río sonoro a medida que Saraí avanzaba por la vereda y las hojas secas crujían bajo sus pisadas. Al borde del río, formó una copa con las manos para calmar su sequía. El agua, temblando entre los dedos, como un cristal hechicero, magnificó la telaraña de sus manos. Saraí no quiso mirar, pero su curiosidad pudo más que su sensatez. Y entonces, leyó las historias de su pasado y los presagios de su futuro. Respiró pues supo que le había llegado la hora. El agua se escurrió por sus brazos y, como azogue volvió al río. Con la conciencia en remolino, deambuló por el bosque y las mejillas se le iban encendiendo.
Ramiro y los gitanos regresaron al campamento sin Saraí. Furibundo, el patriarca lanzó un puñado de cenizas en las caras de las mujeres que lloraban a la desaparecida.
−Esto es lo que queda de Saraí y lo que le pasó por querer escapar. ¡Quien desafía nuestra ley, lo paga caro! Su destino está consumado- exclamó seco. Los otros hombres juraron que la recordarían como un fantasma vuelto antorcha que se apagó cuando la luna roja se volvió espejo.
* * *
Un camión cargado de fruta rebasó a la caravana por el camino pedregoso. La nube de polvo que dejó tras de sí escondía una imagen sonreída junto al viejo conductor.
Saraí iba vuelta llama libre hacia su próxima vida.
Por Clara Meer
Dos días después de cometer el primer crimen de su vida, Lucio se despertó de buen humor. Mirándose en el espejo, se enjuagó con vigor el rostro de rectos ángulos cinematográficos, y se preparó para afeitarse. La noticia de su hazaña había corrido presurosa por entre las calles soleadas de Soñestelugar, pero por el momento él se había mantenido reacio a comprar siquiera un periódico o encender la televisión. Lucio se colocó con cuidado la suave crema mentolada, su preferida, y la preferida de ella. La cuchilla doble de la maquinita descartable lo raspaba agradablemente. Sus ojos azul gélido se clavaron en la imagen que le devolvía el espejo, y Lucio no pudo evitar una media sonrisa de satisfacción ante un trabajo bien hecho, “afeitada al ras” dijo en voz alta, como rezaban esos insufribles comerciales en los que una rubia curvilínea se pegaba insinuante al caballero en cuestión. Eran las siete y media de la mañana y a las nueve en punto comenzaba su clase en la Universidad de la Ciudad, así que tenía tiempo para vestirse con delicada parsimonia, dedicándose más de lo normal a elegir el vestuario para ese día; traje de chaqueta gris con corte italiano, pantalones rectos sin pinzas y camisa azul celeste que obviamente le resaltaba esa mirada lejana y cautivante.
“No puede ser”, la temblorosa voz femenina se le cruzó vertiginosa por la mente, y lo hizo parpadear mientras terminaba de abrocharse el último botón. “No, por favor” suplicaba ahora, ya desprovista del tono altivo que era su característica distintiva. Lucio sacudió la cabeza de lado a lado para espantar aquel pedido vano, y el placer que le producía su recuerdo, y se afanó en cambio en la tarea de sacudirse unas pelusas imaginarias del pantalón. Finalmente se dirigió hacia la puerta de su pequeño pero impecable apartamento.
En la calle el golpe de sol le dio en la cara, como ocurría cada uno y todos los días del año en aquel lugar de ensueño. En Soñestelugar no había tormentas espantosas o días excesivamente grises, sólo una lluvia suave para mantener el índice necesario de humedad, y que por lo general se presentaba en la noche, cual tímida hada temerosa de interrumpir la rutina celestial de sus habitantes. Y así como la lluvia apenas mojaba esas pieles privilegiadas, las lágrimas jamás las tocaban, salvo alguna furtiva que de alegría a veces podía escaparse del algún rostro feliz. Céspedes eternamente verdes, salarios siempre justos, amores correspondidos que nunca herían corazones; ese era el lugar que Lucio iba a cambiar de un soplo.
Dio unos pasos rápidos que acortaron certeros la distancia de diez cuadras que lo separaban de su salón de clases. Mientras caminaba por las calles, Lucio podía percibir un estupor mudo en el ambiente y en las bellas caras de la gente. Algo inusitado había sucedido, y sus secuelas estaban apenas comenzando a sacudir la apacibilidad de aquel privilegiado rincón del mundo. El que él hubiera sido el causante de tal revuelo le estaba volviendo esa caminata insípida en una marcha casi triunfal, y tuvo que contenerse de demostrar la íntima satisfacción que se le asomaba a los labios al cruzarse con azorados colegas y estudiantes.
Ya más cerca vio los coches bloqueando la entrada, con esas sirenas que sin emitir sonido no obstante giraban rojas e irritantes. Una cinta amarilla había sido colocada en el sitio del delito, y serios hombres en uniforme hablaban en sus aparatos al tiempo que tomaban notas en bloques. Alicia tomando furiosas notas en su cuaderno, Alicia tecleando con estrépito en su laptop, su cabello rubio cayendo alborotado sobre su frente y el ceño fruncido por la concentración. Alicia, reseñadora del mundo…
Los pensamientos de Lucio volvieron a una de esas mañanas perezosas de fin de semana. Aquel día la luz se colaba animosa como siempre por la pequeña ventana del baño. La decoración tenía tintes casi hospitalarios y lo único que destellaba un color vivo era una planta colocada en el descanso de dicha ventana, que de tan verde parecía plástica. Sentada en el borde de la bañera apropiadamente blanca, Alicia leía guiñando un ojo para menguar el efecto del sol reflejado en las páginas que se alborotan en sus manos. Cada tanto tomaba un lápiz con el que se había recogido el cabello en un moño y hacía unas anotaciones rápidas. Algunos sonidos desaprobatorios salían de sus labios algo secos, un “mmm” por aquí, un “tch”, por allá.
–Creo que el que tendría que estar molesto tendría que ser yo, ¿no Licia? -le dijo, entre serio y divertido mientras terminaba su rutina de acicalamiento diario. –Digo, ¿qué pensarían mis alumnos si supieran que una compañera de ellos les está corrigiendo los ensayos de mitad de semestre?
– ¿Y qué pensarían si en cambio se enteraran de que su súper admirado profesor está compartiendo sábanas con la brillante rebelde que se sienta en primera fila? Lucio había permanecido aparentemente inmutable ante el refute de Alicia, la única reacción una casi imperceptible sombra de ira que se le cruzó por el rostro recién perfumado.
–Convengamos que no somos originales… Nuestra historia, le pertenece a los anales de algún culebrón mexicano.
Alicia había levantado el rostro con un movimiento brusco.
–Odio ser un cliché -le había dicho, al tiempo que volvía a mirar los papeles que tenía en la mano. –Estas cosas, teoría, crítica, análisis, ¡lugar común! A esta altura, ¿no preferirías que alguien se hubiera cortado con una de las hojas, hubiera entregado el ensayo con sangre y todo, y hubiera escrito alguna reflexión alrededor de la mancha roja?
A él la idea le había parecido brillante en realidad, y era un vuelco irónico darse cuenta de que su marcha hacia una existencia ordinaria continuaba implacable: la alumna estaba superando al maestro.
El murmullo creciente de las voces lo volvió al presente. A Lucio le agradó la pulcritud del uniformado que le cortó el paso. Le preguntó el nombre, y tras consultar un aparato electrónico, le dirigió una mirada algo torva.
–Profesor Solís, me imagino que está enterado de lo que pasó- le dijo.
Y él fingió la adecuada consternación, mientras que en su mente pasaban en rápida sucesión los hechos de la noche anterior. Cómo había cargado el cuerpo pálido y rígido de Alicia en una bolsa de basura negra, un envase escueto para un cuerpo con significancia monumental, eludiendo experto las cámaras cuya exacta localización él ya se había memorizado, y lo había depositado límpido y silencioso ante las grandiosas puertas góticas de la universidad. La anticipación de lo que él, el más lúcido de todos, iba a poner en movimiento y que ahora estaba sucediendo ante sus ojos, lo había estimulado de manera tal que le había causado una erección. Una similar excitación lo inundaba ahora, y tuvo que acomodarse con disimulo mientras torcía la cara en una muy creíble mueca de disgusto. Había cometido el crimen del siglo, el que iba a sacudir a esa inerte ciudad feliz de la hipócrita modorra que la había convertido en el lugar más tétricamente idílico del mundo.
–Espeluznante sin dudas oficial, qué horror, era una muchacha fantástica. Me gustaría poder hablar con mis alumnos, tranquilizarlos aunque sea un tanto.
–Las clases están suspendidas- el oficial lo miró ahora con más respeto. Pero puede contactar al decano y esperar de este lado del cordón policial.
Mientras se dirigía hacia donde se habían reunido sus colegas y alumnos, Lucio no pudo evitar conjeturar que pasaría si se llegara a descubrir lo que había hecho. ¿Qué motivo buscarían los expertos para explicar ese súbito cambio de conducta de uno de los ilustres habitantes de Soñestelugar? Lucio se vio a si mismo, libre ya de ataduras de decoro y compostura, contando la historia de aquel día en que había decidido matarla, el mismo día en que había entendido que se había enamorado de ella.
El mundo casi perfecto en el que habitaban había encontrado el ajuste definitivo en el instante en que ella asomó su hermosa cabeza por su oficina, pues fue allí cuando Lucio supo que iba a ser suya más pronto que tarde. Después de una agonía exquisita en su cortedad, Alicia lo había besado impetuosa un día mientras caminaban por uno de los parques que rodeaba el augusto edificio en el que ambos pasaban la mayoría de sus horas. Lucio había dibujado en su mente aquel interminable beso muchas veces, y su dichosa fruición había vuelto las palabras innecesarias. Pasaron la primera noche juntos en su blanco departamento, la voz un tanto chillona de Alicia y sus suspiros de placer habían llenado en un instante el aire vacío. El suyo fue un encuentro sin pruritos o cuestionamientos triviales: ¿Profesor y alumna involucrados amorosamente? ¿Diferencia de edad de quince años? Esas mundanas objeciones no le pertenecían a él ni a ella, Lucio había encontrado el par para su impar. Como él era ácido e irónico, ella era franca y abierta, dispuesta en un instante a discutir sobre Foucault y David Letterman o a rascarle la espalda mientras él analizaba alguno de los tantos ensayos que venían a parar a sus manos, y que con descaro ella había comenzado a mirar con ojo intuitivamente editor.
Una mañana cuando estaba afeitándose como cada día, Lucio comprendió algo que lo llenó de terror por primera vez en su dichosa vida. Estaba en el punto álgido de su existencia, una cumbre de satisfacción que sabía nunca más podría superar. Al igual que Alicia, Lucio detestaba pensar en frases hechas, pero en ese momento eso fue lo que se le pasó por la cabeza: “marcha abajo, jamás voy a volver a sentirme tan pleno y feliz como ahora. De aquí en más mi vida irá en descenso”. Vio en el espejo una mujer bella e inteligente, vital y humana, jugando con la lata de espuma de afeitar mentolada, emulando una actividad cotidiana con delicia, imitando sus concentrados movimientos con una maquinita rosada. Si ese día se había despertado con el convencimiento de amar a Alicia como no había amado a ninguna otra de sus conquistas peregrinas, en ese instante puntual, maquinita de afeitar en mano, el amor cruzó un umbral invisible y se saludó con el odio, y el horror en su expresión dio lugar a la satisfacción que tiene aquel que sabe con certeza lo que debe hacer. Terminó de afeitarse con la música de las risas de Alicia de fondo. Depositó su maquinita de afeitar azul limpiamente sobre la pileta y con suavidad le quitó el frasco de espuma de afeitar de las manos a aquella mujer casi niña. Lo siguiente que pudo sentir, y fue una sensación tan intensa que soslayó cualquier emoción que hubiera experimentado antes, fue la piel tersa del cuello de Alicia. Sus ojos, los ojos cuyo color había resistido definición tras innumerables y fútiles intentos conjuntos, lo miraron fijos, contradiciendo el pataleo de sus piernas largas y las toses solapadas rogando por aire. La respiración de Alicia fue poco a poco perdiendo vigor, al tiempo que sus extremidades fueron perdiendo movimiento entre espasmos exasperados. El ruido de sus delicados huesos quebrándose bajo sus manos le había parecido extranjero, como proveniente de otro planeta. La mirada se le había congelado en una expresión final que a Lucio se le antojó plácida, comprensiva y solidaria con sus razones. La había contemplado durante un largo rato y luego, con un gesto tierno, le tocó los párpados, permitiendo que sus ojos ahora ya opacos finalmente se hundieran en una cerrazón eterna.
Tres días después de cometer el primer crimen de su vida Lucio se despertó sereno. El día anterior, la ciudad había, en cambio, amanecido en el terror transparente que había causado encontrar el cuerpo de Alicia sin vida en la puerta de la Universidad de la Ciudad; él, sin embargo, había vivido el día más excitante de su vida. Había actuado el rol impecable de profesor afligido, consolado a sus paranoicos alumnos, súbitamente conscientes de que el mundo circundante había perdido su lustrosa laca de perfección, y arreglado la continuación de las clases para cuando la policía se decidiera a despejar aquellos severos salones. Aunque su presencia se respiraba como el aire, Alicia no había intervenido en ninguna de sus conversaciones. La reseña de su muerte, la de Alicia Míster, brillante joven de diecinueve años, a manos de un autor desconocido, había sido noticia de primera plana, y el ciberespacio se había poblado de estatus con caritas tristes en Facebook, al tiempo que ya había aparecido un racconto en Wikipedia, bajo la entrada inaugural de Soñestelugar. Lucio sonrió con ganas ante las preparaciones de su intocada ceremonia matutina. Afuera, por primera vez desde que él tuviera memoria, llovía a cántaros y adentro de ese baño blanco inmaculado, sentada en su lugar de siempre estaba Alicia… sonriente, intensa, dispuesta.
Por Xiomara Ottati
Albert entró sin aliento llamando a su madre a gritos, ¡mamá, mamá! La buscó rápido en la habitación ubicada a la derecha de la entrada principal, siguió el pasillo hasta el recibo-comedor-cocina en el fondo de la casa mientras gritaba, ¡aquí están!
Tenía su rostro juvenil pecoso enrojecido, el cabello castaño alborotado y los ojos grises llenos de lágrimas. A sus catorce años conocía el sadismo y la maldad del ser humano. Cada vez que ellos pasaban por el pueblo, reunían a gente en la plaza para ser testigos de su circo de sangre. Él, al igual que todos los demás, observaba cómo fusilaban o violaban sin poder decir nada por temor a ser el próximo. Una de las ejecuciones que más le impactó fue la de la esposa e hijo del barbero, ocurrida el verano pasado. Una cálida tarde de julio los habitantes de la villa se habían reunido en la plaza a celebrar el aniversario de la aldea. Las mujeres habían preparado limonada para calmar el calor del día, y buñuelos para endulzar el cuerpo. Los niños hacían magia con la imaginación, y con la tierra y las piedras inventaban los juguetes más fabulosos, camiones, carretas, muñecas o cunas. Albert tocaba su acordeón mientras sus amigos lo acompañaban con la guitarra, la armónica y el canto, creando el ambiente festivo.
De pronto, ellos llegaron con sus lustrosas botas negras y su impecable vestimenta. Al verlos, todas las personas enmudecieron. Un niño de unos seis años de edad se soltó de la mano de su madre al tiempo que ésta trataba de sujetarlo, se acercó a uno de los vehículos para tocarlo, con la curiosidad e inocencia propias de la edad.
— ¿Te gusta, quieres pasear?— preguntó el conductor mientras se bajaba.
La madre se acercó y pidió disculpas por la impertinencia de su hijo:
—Lo lamento señor, es sólo un niño y no había visto un vehículo así antes. Vamos hijo, ven— dijo ella desviando su mirada, al tiempo que trataba de apartar al pequeño del enemigo.
Todos los aldeanos contemplaban como un coro silencioso. Algunos bajaban la cabeza, otros miraban hacia el cielo a la espera de una ayuda; no faltaban los que se apretaban las manos mientras el sudor del miedo corría por su frente, o aquellos cuyo cuerpo flaqueaba y permitía que salieran sus cálidas aguas amarillas.
—Mujer, ven, no te vayas, no te lo lleves— dijo el hombre, tomando al niño por el brazo.
— ¡Deje que me lo lleve! ¡Deje que se vaya, es sólo un niño! ¡Por favor!— suplicaba la madre con voz ahogada.
El individuo rió, así como sus acompañantes. El copiloto sacó su arma, apuntó a la sien del niño y ordenó a uno de sus compañeros:
— Tú, trae a la mujer— ordenó, mientras la miraba con lujuria.
— ¡No me hagan daño, piedad! ¡Por favor! — exclamaba ella entre lágrimas y súplicas.
Uno a uno los camaradas se posaron sobre ella como buitres sedientos de carroña. Hicieron de ella un títere y por cada gemido recibía a cambio un morado en su rostro. La gente observaba paralizada la grotesca y burda situación, y ahogaban en silencio la ira y los deseos de venganza. La escena duró una eternidad y las súplicas del niño sólo sirvieron para enardecer al enemigo quien, ya saciado, apretó el gatillo hacia la cabeza de la mujer, dejándola sin vida. El pequeño fue a abrazar a su madre.
— ¡Mamá, no, no!— gritaba y lloraba sin consuelo.
El individuo al mando colocó su arma en la sien del niño y disparó. Montaron sus vehículos y salieron del pueblo de la misma forma como entraron, como guerreros victoriosos.
A pesar de los meses transcurridos, ese acontecimiento invadía los sueños de Albert, quien despertaba sudando mientras gritaba “déjenme, no me maten. Mamá, ayúdame”.
Cuando él entró en la cocina encontró a Hélene frente al fogón de leña terminando de cocinar la tortilla de espinacas que sería la comida del día, y a la abuela Madeleine quien, sentada en el sofá, arreglaba unos calcetines. No saludó.
—Mamá, están en la colina y son ocho— dijo Albert.
Hélene volteó lentamente su cuerpo, que parecía un tren cargado con vagones viejos, y dejó caer la sartén. En sus agotados ojos verdes se podía ver pánico. Pasó sus manos temblorosas por su cabello, cuyo color a tierra húmeda había sido invadido con las huellas de una vejez temprana, y empezó a sentir como si alguien le agarrara la boca del estómago.
— ¿Cómo vienen esta vez? —le preguntó a Albert.
—A caballo — respondió él.
—Sal al patio y busca a tu hermana, rápido— le ordenó.
Ella movió la mesa y el tapete del suelo para abrir la guardilla subterránea, al tiempo que la abuela Madeleine, arrastrando sus pies cansados, escondía la costura, buscaba las cartas en la gaveta de la cocina y repetía entre dientes:
—Dios mío protégenos, ampáranos, ten piedad de nosotros.
Parecía una escena de teatro muchas veces ensayada, todos los movimientos eran automáticos para las dos. En ese último año se había convertido en una rutina esconder a los más jóvenes para preservar las familias, pues aquellos hombres venían en busca de mujeres para violarlas y muchachos para asesinarlos sin piedad frente a los aldeanos y sus familiares.
Antoinette entró corriendo en la casa seguida de su hermano, repitiéndole sin cesar “no pienso esconderme esta vez, no me importa lo que digas”. A sus frescos quince años poseía el temple de una
mujer mayor y no le tenía miedo al peligro. Se plantó frente a su madre con su esbelta figura y mientras se recogía sus rizos caoba en una cola, le decía:
—No pienso esconderme esta vez, ya está bueno de ser gallina. Saca la escopeta del abuelo y el rifle de papá y vamos a enfrentarlos.
Albert se unió a su hermana:
—Sí, mamá. Somos una familia, debemos mantenernos juntos. No las vamos a dejar solas con ellos. Los enfrentaremos si es necesario.
—Ya ha sido suficiente con la muerte del abuelo y la desaparición de vuestro padre, nosotras ya hemos llorado lo que teníamos que llorar. No pensamos verlos partir a ustedes también— dijo la abuela Madeleine con firmeza.
Y Hélene, con voz autoritaria, agregó:
—No estoy dispuesta a perder el tiempo discutiendo lo que ya se ha dicho muchas veces. Yo no podría soportar que ultrajaran y mataran a mis hijos delante de mí. No se discute más el asunto. ¡Bajen!
No tuvieron otra opción que bajar las escaleras en silencio, ellos sabían que ambas tenían razón. La abuela cerró la puerta, colocó la alfombra y la mesa de vuelta en su sitio habitual, y se sentó a jugar solitario, pero con el corazón a punto de explotar por el miedo. Entretanto, Hélene recogía la tortilla del suelo y pensaba qué les diría.
La puerta del frente se abrió de una patada; eran los soldados alemanes. Uno de ellos entró primero en la habitación, para revisar si había alguien escondido debajo de las camas, y el otro fue hacia la cocina, donde se encontró con Hélene. Tomándola por el cuello, le preguntó en un mal francés:
— ¿Dónde están las jóvenes?
—Aquí sólo vivimos mi madre y yo— respondió ella calmadamente.
El militar, un hombre alto, fornido, con cabello canoso rapado casi al raso, insistió sin soltarla mientras que el más joven, no mayor de veinte años, rubio con ojos de águila, ya en la cocina, apuntaba con su rifle la cabeza de la abuela.
—No te creo, mujer. ¿Dónde las escondes?
—No hay jóvenes acá —repitió ella con decisión.
De pronto se oyó una ráfaga de disparos afuera. Los dos oficiales se miraron con ojos de extrañeza y salieron a ver qué pasaba. A lo lejos, en la plaza, sus compañeros se enfrentaban a tiros con miembros de la resistencia francesa, quienes los venían siguiendo desde hacía varios días. Algunos de ellos yacían en la calle acribillados a balazos al tiempo que el único sobreviviente, un hombre delgado, de unos treinta años, con expresión de arrogancia, era hecho prisionero. El militar de mayor edad hizo señas con su cabeza a su compañero indicándole la dirección donde se encontraban los caballos. Con mucha prudencia corrieron hasta doblar la esquina donde montaron los animales, y trataron de huir a todo galope.
Algunos de los insurrectos franceses cubrían la salida sur del pueblo. Estaban apostados a los lados de la vía detrás de unas inmensas rocas a la espera del enemigo. Habían colocado hilos de nailon atados a los árboles de un lado al otro del camino a la altura de las patas de los caballos, para detener a los alemanes que trataran de escapar. Cuando los dos animales pasaron se tropezaron emitiendo un relinche agudo; los soldados cayeron rodando por la tierra. El oficial más viejo golpeó su frente en una piedra, y empezó a sangrar, semiconsciente, mientras que el otro fue a dar justo debajo de uno de los caballos, exclamando gritos de dolor.
Los rebeldes se acercaron, los desarmaron y les apuntaron con las ametralladoras:
—Si te mueves eres cadáver— decían.
Ayudaron al animal a moverse y tomaron al joven alemán por los brazos y la cabeza para ponerlo en pie:
—Muévete, rata asquerosa— exclamaban, mientras éste decía palabras en alemán y escupía el piso.
Lo condujeron hacia donde estaba su compañero, a quien –aún aturdido- ya tenían amarrado con los brazos hacia atrás.
Entre risas y burlas los llevaron a empujones y patadas por todo el camino de tierra de regreso a la aldea:
—Muy valientes los arios. Y ahora ¿quién tiene el mando? ¿A quién van a suplicar? Caminen, malditos, que ahora viene lo bueno.
En la aldea, cuando los disparos cesaron, Hélene se asomó con cautela a la puerta para ver cuál era el motivo de tanta algarabía. Vio que la gente corría por la calle rumbo a la plaza mientras comentaban:
— ¡Atraparon a los alemanes y vienen hacia acá!
Ella regresó a la cocina a contarle la gran noticia a la abuela Madeleine mientras, juntas, movían el tapete del suelo y la mesa para abrirles la puerta de la guardilla a Albert y Antoinette. Hélene, contagiada de la emoción de la gente, les contó sobre los últimos acontecimientos:
— ¡Hijos, atraparon a los soldados cuando salieron del pueblo y los traen hacia acá!
— ¡Vamos! — dijo la abuela.
Los aldeanos se habían congregado en la plaza, acomodándose como si estuvieran en el circo romano. En tres de las farolas, las mismas que habían sido testigos de innumerables ejecuciones desde que comenzó la guerra, los rebeldes engancharon cuerdas que adornarían el cuello blanco de los sobrevivientes en la emboscada.
La gente enardecida gritaba sin cesar:
— ¡Traigan a las bestias!
— Asesinos malditos, queremos que los maten— vociferaban.
— ¡Muerte, muerte al animal sin piedad! — pedían con palos y piedras en las manos.
Los tres alemanes fueron obligados a arrodillarse en la tarima que servía para acomodar a los músicos los días de fiesta. Los ojos del prisionero que había recibido el golpe en la frente ardían de terror, y fue el primero en solicitar piedad:
— No me maten, soy un oficial con rango en la zona, les puedo ser más útil vivo que muerto.
El barbero del pueblo se abalanzó al alemán con un palo, atinándole un golpe en la cabeza:
— ¡Sabandija asquerosa! ¡Asesino de niños! ¡Violador de mujeres!
El camarada, con un grito de dolor, cayó al suelo con la cabeza brotando sangre, todavía vivo.
Los ojos de águila del joven soldado estaban desorbitados viendo la ira y deseos de venganza a su alrededor.
—Yo sólo cumplía órdenes, no me maten, ellos son los culpables— señaló con su cabeza al militar en el suelo. —Apresan a nuestras familias si no queremos hacer lo que dicen, nos obligan a matar en nombre de Alemania— rogaba en su mal francés.
El cuerpo delgado del tercer alemán comenzó a temblar, mientras que toda su arrogancia salía líquida por entre sus pantalones:
—Yo no soy un asesino, soy un maestro obligado a combatir. No me maten. ¡Piedad por favor!— imploraba.
Esas palabras hicieron hervir los demonios de odio reprimidos en la gente. Les arrojaron piedras, les pegaron con palos y les escupieron mientras repetían los nombres de los seres queridos:
— Por Jean Claude, amado esposo— lloraba Camile, la vecina de Hélene, lanzando piedras.
— Pierre, hijo querido, esto es por ti— chillaba Ivonne, la modista del pueblo, escupiendo a los alemanes al tiempo que les pegaba palazos.
— Mi Phillippe, que Dios te tenga en la gloria— gemía la abuela Madeleine mientras Albert le ayudaba a tirar piedras con la fuerza que el horror contenido provoca.
— ¡Maldito asesino de niños, muere, muere! — repetía él una y otra vez.
— Por mi hija Anisette, ¡muere violador! — gritaba Antoine el bodeguero, golpeando una y otra vez con un palo al oficial de mayor rango.
— ¡Consúmete en el infierno asqueroso infeliz ultrajador de mujeres!— berreaba François, el carnicero del pueblo cuando le arrojaba las piedras más grandes que encontró a los tres hombres.
— Germinal, hijo querido… Sufre, desgraciado asesino— clamaba Marie, quien le tiraba piedras al más joven de los tres.
— ¡Cuelguen a las ratas asesinas!— pedía Antoinette por la memoria de su abuelo.
— ¡Queremos justicia por todos los inhumanos asesinatos! — vociferaba Hélene.
Los bramidos de dolor de los alemanes se perdían en el eco de rabia de los aldeanos. Uno a uno descargó los deseos de venganza acumulados durante esos años. Los minutos pasaron con lentitud para todos los testigos de esa querella. De pronto no se oyeron más lamentos, los tres cuerpos yacían como monigotes de paja en la tarima, cubiertos de sangre, inertes. Poco a poco la ira se calmό y cada habitante del pueblo regresó a sus hogares en silencio, con las cabezas bajas. Los franceses insurrectos bajaron de los faroles las cuerdas que no habían alcanzado a utilizar, cubrieron los tres cuerpos con tela, los montaron en una carreta y se los llevaron al cementerio para enterrarlos en una fosa común.
De vuelta a la casa, Hélene, su madre y sus hijos iban callados, sin mirarse, sumergidos en sus propios pensamientos. Caminaban con los pies arrastrados como si cargaran un saco de tierra en la espalda. Al llegar, Albert y Antoinette se sentaron en el sofá y empezaron a llorar. Las lágrimas, los gemidos de miedo y rabia reprimidos se ahogaban en el alivio de la revancha, y las palabras se perdían en el vacío:
— Lo que hicimos hoy fue un acto de bajeza, el mismo que ellos han hecho todos estos años — decía Albert con voz quebrada por el llanto.
Antoinette, lloraba y asentía con la cabeza, y con la mirada puesta en su madre comentó:
— Lo que pasó en la plaza fue una bestialidad. Criticamos a los alemanes y no somos diferentes a ellos.
Hélene se acercó a sus hijos, los abrazó y besó en la frente, y les dijo:
—No hay excusa que justifique nuestras acciones de hoy, ellos actúan de esa manera por convicción y nosotros lo hicimos por desquite. Debemos perdonarlos y perdonarnos a nosotros mismos, pues al final todos estamos tratando de sobrevivir.
—Oremos por el alma de esos soldados y por la nuestra. Que Dios perdone nuestros pecados, y nos ayude a encontrar paz — dijo la abuela Madeleine, extendiendo sus manos para tomar las de ellos.
Cañasanta © 2010

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