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Marte Idilia Imprimir E-Mail
Escrito por Gélico   
martes, 29 de mayo de 2007

 marteidilia.jpg

Segundo Premio en el Concurso Nacional "Nuestra Palabra 2005"

 
Por Gélico



 

Image
Con la fuerza con que se mira desde el rabillo del ojo, penetraron aquellos perseverantes recuerdos de niño plácido, de cuando la veía pasar, tejiendo esa sonrisa desdentada al aire, y las trenzas amarillas saltaban en la espalda y la cara se me ruborizaba con cada mirada. Era el miedo ese impulso de saltar hacia atrás del muro de la ventana y casi, sin que se sospechase, sentir su olor imberbe traspasando los ladrillos resecos y gastados, esperando a que pasara y ver que se alejara hasta el final, donde quedaba su casa, con expresión de tono adulto y, soberbia, las mejillas salpicadas de pecas. O aquellas horas en la escuela, cuando nos colocaban en grupos y quedaba siempre detrás de su cuello recogido y desnudo; entonces aprovechaba, como único manifiesto candoroso, para rozarle la frágilpálida nuca con una hoja de hierba y se volteara, luego, para detractarme mi esencia. Eran mis primeras conquistas de una mirada punzante y de una boca retorcida repleta de genio. Así era Marte Idilia cuando encajaba su entrecejo y la cascada irascible de su frente se tornaba eterna, despojando sobre mi espíritu un sinfín de blasfemias que, en aquella edad, ningún chiquillo se atrevía a decir.




Las palabras salen ahogadas, amortiguando un sonido hueco e incomprensible. Sólo, con ese gesto inconsciente del ser humano para las reacciones ineptas, se hace una inclinación constante y se agudiza el tímpano para descubrir las palabras férreas y desacordes del altoparlante. Esperaba que dijeran mi nombre para dirigirme a la taquilla número cinco y que la señora de pelo rojizo y de nariz almendrada y voz fañosa me hiciera firmar los diez mil decretos de la existencia y otorgarme, como si fuese una caridad honorable de su parte, el cheque mensual de jubilado.
 

Y ésta silla ortopédica que le ha partido el culo y la columna vertebral a más de medio millón de viejos pensionistas, comienza a rasgarme la espalda y los minutos aquí sentado se hacen interminables, mientras estiro cada vez más mi oreja y trato de distinguir, dentro del murmullo incesante de la multitud, los nombres tartamudeados que se escupen del altavoz. Ninguno se parece al mío y el calor y la gente se aglomeran.


 



Ese olor insospechadamente áspero y ese jugo con sabor almendrado y elástico se descubría ante mi empírica búsqueda del beso. Todo nuevo. Los vellos rubios y delicados de los muslos se enjuiciaban como cualquier desboque enlucido por el alma. Los senos de Marte Idilia eran pequeños, parados, rosados y duros. Esa noche la oscuridad cayó de pronto y nunca sabré como nos desmoronamos tan rápido en el deseo del impulso y caímos en aquellas oscuras escaleras de la vieja universidad, para absorbernos dentro de una pasión incontrolable y besos furtivos. Supe que sentíamos la misma apetencia y tratamos de alargar las horas saboreando nuestras salivas y emanaciones.
 
Recuerdo en esa oscuridad el resplandor de sus ojos, azules y adormilados, y el miedo de mirarlos. Su pelo, dorado y encrespado en su despeine, manchando mi cara e introduciéndome, en las sienes, su olor para siempre. Luego nos descansamos en el tímido sudor y la madrugada se hizo metálica y fría y, tras los ruegos de un cielo estrellado de un trópico implacable, nos pusimos la ropa para largarnos y no vernos jamás.


  …   



Este recinto huele a viejos y el olor a viejos es tan repugnante que da ganas de vomitar. Siento asqueo y puede ser por el calor sofocante de esta mañana o por el halo triste que se despliega, como una pelota de tenis, rebotando por las paredes. Me asfixio y esa bocina prehistórica no se cansa de hablar gorgoteos extraños y sustantivos que no se parecen al mío; y esta sede flemática no para de murmurar acatarradamente y me siento un muermo viejo, marchitado por los años y con los dedos de las manos torcidos y cubiertos de un pellejo arrugado y escamoso.

Las ganas de salir de este vejestorio son mayores y la concentración me atosiga y quisiera estallar estruendosamente.

Sordo.

Sentí un silencio total que fue solamente roto por el altoparlante que se incrustaba en aquella esquina húmeda y mohosa. Esta vez se oyó una voz clara e inconfundible dictando el nombre que desapareció con todo el sopor mañanero. Lo oí bien límpido y el nombre Marte Idilia no podía tener confusión e incluso no podría ser otra con esa edad.
 
Busqué como un desquiciado por todos los lados para ver las trenzas doradas y despeinadas. Otro silencio y la bocina expela mi nombre. Me levanto, rastreando mi búsqueda por cada cabeza y ser moviente. El paso invisible hasta el centro y las manos temblorosas cierran el último botón de mi camisa remendada. Llego y la voz apenas sale cortándose álgida, repartiendo en el aliento miles de temblores apagados. Le balbuceo a la señora de la taquilla número cinco y con la misma fuerza con que se mira desde el rabillo del ojo, volteo mi rostro y observo, con mi estómago y pecho retorciéndose hasta el fondo, aquella anciana encorvada y de cabello gris-amarillento bien sucio. Por unos fragmentados segundos su vista escaló, con un cansancio perpetuo, mi mirada sorprendida. Allí quedaban, como guardados en el cajón de las primaveras, unos ojos azules y de un enigma adormilado.
 

La convulsión nerviosa evitaba sostenerme del todo recto y el calorífero ambiente resurgía, con una pesadez mayor, dentro de la sala. Me apoyo al seco mueble que me separa de la señora almidonada de la pensión y evito caerme. La hoja incisiva de sus pupilas, nuevamente y con más de medio siglo de vidorria, ha vuelto a cortar mi respiración por completo.
 

Es ella, indudablemente: Marte Idilia, con una vejez que no se asemeja a nadie. Con un cuerpo diminuto arqueado hacia delante y una vocecilla decana que raspa su garganta. Sus manos eran huesudas, manchadas y temblorosas. Me ha visto y apenas ha reconocido a este ser también longevo. Ni siquiera un ápice de memoria corrió por su mente, mucho menos los gemidos bajo las estrellas de la escalinata que me han hecho recordarla hasta la fecha. Se retira. Apenas tomo mis documentos y el cheque de la pensión y la persigo entre los pasillos hasta la salida. Me escondo entre los arbustos y las paradas de autobuses evitando que me vea. Pienso y digo a dónde habrán ido aquellos muslos largos, lisos y brillantes; a dónde fueron sus hebras amarillas que germinaban de la piel y esas trenzas de soga que saltaban en su espalda.
 

La sigo en pequeños saltos y descubriendo escondites a mi paso. Allí va: una sustancia pequeña y torcida, sin aquel andar altanero y soberbio de su niñez y adolescencia, apoyándose en un bastón de roble y un paso milenario. Me acerco a su espalda, sigilosamente, y trato de rescatar aquel aroma que podía traspasar los ladrillos de mi ventana.

 **

 
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Comentarios (2)add
...
escrito por Gris Falco , septiembre 24, 2007
Cuento bello y triste. Tambin muy real. Suspiro
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...
escrito por Gris Falco , septiembre 24, 2007
Cuento bello y triste. Tambin muy real. Suspiro
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