Con la fuerza con que se mira desde el rabillo del
ojo, penetraron aquellos perseverantes recuerdos de niño plácido, de
cuando la veía pasar, tejiendo esa sonrisa desdentada al aire, y las
trenzas amarillas saltaban en la espalda y la cara se me ruborizaba con
cada mirada. Era el miedo ese impulso de saltar hacia atrás del muro de
la ventana y casi, sin que se sospechase, sentir su olor imberbe
traspasando los ladrillos resecos y gastados, esperando a que pasara y
ver que se alejara hasta el final, donde quedaba su casa, con expresión
de tono adulto y, soberbia, las mejillas salpicadas de pecas. O
aquellas horas en la escuela, cuando nos colocaban en grupos y quedaba
siempre detrás de su cuello recogido y desnudo; entonces aprovechaba,
como único manifiesto candoroso, para rozarle la frágilpálida nuca con
una hoja de hierba y se volteara, luego, para detractarme mi esencia.
Eran mis primeras conquistas de una mirada punzante y de una boca
retorcida repleta de genio. Así era Marte Idilia cuando encajaba su
entrecejo y la cascada irascible de su frente se tornaba eterna,
despojando sobre mi espíritu un sinfín de blasfemias que, en aquella
edad, ningún chiquillo se atrevía a decir.
…
Las
palabras salen ahogadas, amortiguando un sonido hueco e incomprensible.
Sólo, con ese gesto inconsciente del ser humano para las reacciones
ineptas, se hace una inclinación constante y se agudiza el tímpano para
descubrir las palabras férreas y desacordes del altoparlante. Esperaba
que dijeran mi nombre para dirigirme a la taquilla número cinco y que
la señora de pelo rojizo y de nariz almendrada y voz fañosa me hiciera
firmar los diez mil decretos de la existencia y otorgarme, como si
fuese una caridad honorable de su parte, el cheque mensual de jubilado.
Y
ésta silla ortopédica que le ha partido el culo y la columna vertebral
a más de medio millón de viejos pensionistas, comienza a rasgarme la
espalda y los minutos aquí sentado se hacen interminables, mientras
estiro cada vez más mi oreja y trato de distinguir, dentro del murmullo
incesante de la multitud, los nombres tartamudeados que se escupen del
altavoz. Ninguno se parece al mío y el calor y la gente se aglomeran.
…
Ese
olor insospechadamente áspero y ese jugo con sabor almendrado y
elástico se descubría ante mi empírica búsqueda del beso. Todo nuevo.
Los vellos rubios y delicados de los muslos se enjuiciaban como
cualquier desboque enlucido por el alma. Los senos de Marte Idilia eran
pequeños, parados, rosados y duros. Esa noche la oscuridad cayó de
pronto y nunca sabré como nos desmoronamos tan rápido en el deseo del
impulso y caímos en aquellas oscuras escaleras de la vieja universidad,
para absorbernos dentro de una pasión incontrolable y besos furtivos.
Supe que sentíamos la misma apetencia y tratamos de alargar las horas
saboreando nuestras salivas y emanaciones.
Recuerdo
en esa oscuridad el resplandor de sus ojos, azules y adormilados, y el
miedo de mirarlos. Su pelo, dorado y encrespado en su despeine,
manchando mi cara e introduciéndome, en las sienes, su olor para
siempre. Luego nos descansamos en el tímido sudor y la madrugada se
hizo metálica y fría y, tras los ruegos de un cielo estrellado de un
trópico implacable, nos pusimos la ropa para largarnos y no vernos
jamás.
…
Este
recinto huele a viejos y el olor a viejos es tan repugnante que da
ganas de vomitar. Siento asqueo y puede ser por el calor sofocante de
esta mañana o por el halo triste que se despliega, como una pelota de
tenis, rebotando por las paredes. Me asfixio y esa bocina prehistórica
no se cansa de hablar gorgoteos extraños y sustantivos que no se
parecen al mío; y esta sede flemática no para de murmurar
acatarradamente y me siento un muermo viejo, marchitado por los años y
con los dedos de las manos torcidos y cubiertos de un pellejo arrugado
y escamoso.
Las ganas de salir de este vejestorio son mayores y la concentración me atosiga y quisiera estallar estruendosamente.
Sordo.
Sentí
un silencio total que fue solamente roto por el altoparlante que se
incrustaba en aquella esquina húmeda y mohosa. Esta vez se oyó una voz
clara e inconfundible dictando el nombre que desapareció con todo el
sopor mañanero. Lo oí bien límpido y el nombre Marte Idilia no podía
tener confusión e incluso no podría ser otra con esa edad.
Busqué
como un desquiciado por todos los lados para ver las trenzas doradas y
despeinadas. Otro silencio y la bocina expela mi nombre. Me levanto,
rastreando mi búsqueda por cada cabeza y ser moviente. El paso
invisible hasta el centro y las manos temblorosas cierran el último
botón de mi camisa remendada. Llego y la voz apenas sale cortándose
álgida, repartiendo en el aliento miles de temblores apagados. Le
balbuceo a la señora de la taquilla número cinco y con la misma fuerza
con que se mira desde el rabillo del ojo, volteo mi rostro y observo,
con mi estómago y pecho retorciéndose hasta el fondo, aquella anciana
encorvada y de cabello gris-amarillento bien sucio. Por unos
fragmentados segundos su vista escaló, con un cansancio perpetuo, mi
mirada sorprendida. Allí quedaban, como guardados en el cajón de las
primaveras, unos ojos azules y de un enigma adormilado.
La
convulsión nerviosa evitaba sostenerme del todo recto y el calorífero
ambiente resurgía, con una pesadez mayor, dentro de la sala. Me apoyo
al seco mueble que me separa de la señora almidonada de la pensión y
evito caerme. La hoja incisiva de sus pupilas, nuevamente y con más de
medio siglo de vidorria, ha vuelto a cortar mi respiración por completo.
Es
ella, indudablemente: Marte Idilia, con una vejez que no se asemeja a
nadie. Con un cuerpo diminuto arqueado hacia delante y una vocecilla
decana que raspa su garganta. Sus manos eran huesudas, manchadas y
temblorosas. Me ha visto y apenas ha reconocido a este ser también
longevo. Ni siquiera un ápice de memoria corrió por su mente, mucho
menos los gemidos bajo las estrellas de la escalinata que me han hecho
recordarla hasta la fecha. Se retira. Apenas tomo mis documentos y el
cheque de la pensión y la persigo entre los pasillos hasta la salida.
Me escondo entre los arbustos y las paradas de autobuses evitando que
me vea. Pienso y digo a dónde habrán ido aquellos muslos largos, lisos
y brillantes; a dónde fueron sus hebras amarillas que germinaban de la
piel y esas trenzas de soga que saltaban en su espalda.
La
sigo en pequeños saltos y descubriendo escondites a mi paso. Allí va:
una sustancia pequeña y torcida, sin aquel andar altanero y soberbio de
su niñez y adolescencia, apoyándose en un bastón de roble y un paso
milenario. Me acerco a su espalda, sigilosamente, y trato de rescatar
aquel aroma que podía traspasar los ladrillos de mi ventana.
***
Segundo Premio en el Concurso Nacional "Nuestra Palabra 2005"

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