Noticias
Portada
Nacionales
Internacionales
Concursos
Entrevistas
Toronteando
Festivales
Editorial
Contacto
¿Quiénes Somos?
Privacidad
Publique en Cañasanta
Colaboradores
CS Banners
Crí­tica de Cine
Crí­ticas de CD's
Gazapitos
Crí­tica de Libros
Enlaces/Links
Literatura
Narrativa
Ensayo
Poesí­a
El Dossier
Opinión
Artí­culo X
Artes Visuales
Pintura
Fotografí­a
Escultura
Artes Escenicas
Música
Danza
Cine
Teatro
Videos
Humor
Ojo Internacional
Gráfico
Literario
Especiales
CS Tunes
Reporte en Cañasanta
Anuncie con Nosotros
Chat
Radio

La matemática del vuelo Imprimir E-Mail
Escrito por Raquel Morán   

 
LA MATEMÁTICA DEL VUELO
 
 
Por Raquel Morán 
 
 
Image
Su nombre era el de un monarca astur de la Alta Edad Media que solamente reinó durante una década y, sin embargo, dejaría una impronta inolvidable en las artes y la política de su época. La estancia del hermano Ramiro en el seno de nuestra familia fue, asimismo, breve, pero nos marcó para siempre. ¿Cómo había de ser de otro modo, constituyéndose Ramiro en el miembro más atormentado, lúcido e inteligente de nuestra familia? Solía encontrarme muchas tardes al hermano Ramiro echado de bruces sobre la cama, llorando. Cuando, inquieto, le preguntaba cuál era la causa de su disgusto, él siempre contestaba, ‘no es nada, Ernesto, tú no entiendes nada, no entiendes nada, estás tan ciego como papá y mamá’, ‘¿estás enfermo?, ¿por eso lloras?’, le animaba yo a confesarse de este modo, pero sólo provocaba la reacción contraria, ‘¡no! Déjame en paz, coge lo que hayas venido a buscar y lárgate con viento fresco’. Tras coger lo que había ido a buscar al dormitorio de Ramiro, que siempre se hallaba mejor surtido que el mío en todo lo necesario a un niño estudioso: libros, lápices, plantillas, mapas..., abandonaba aquella estancia como alma perseguida por el diablo para volver a la salita, en la que aguardaban los deberes. Ramiro tenía por aquel entonces catorce años y ya la vida le dolía tanto. Y la soledad impuesta. Y el dinero que se gastaba en droga. Por eso habría de abandonar los estudios cinco meses antes de cumplir los dieciséis. Quería ponerse a trabajar. Quería ganarse el pan con su propio esfuerzo. Pero únicamente pudo encontrar un empleo, mal pagado, de albañil, en la cuadrilla de un contratista granuja. A partir de ahí, y hasta que se marchó definitivamente de casa a los diecinueve años, el hermano Ramiro derivaría de un trabajo brutalizante al siguiente en el lapso de tres años. De todos aquellos trabajos lo botaban al cabo de unos meses por robar, por vago, por pelearse con los encargados o por fumar porros en las trastiendas. Fue entonces que el hermano Ramiro comenzó a robar, especializándose en el pequeño hurto, en la pequeña ratería, que le enviaría a la comisaría en tres o cuatro ocasiones.


¿Quién hubiera podido salvar al hermano Ramiro del abismo? Sólo su propia voluntad de cambiar. Pero esa voluntad nunca habitó en el corazón del hermano Ramiro. El se hallaba convencido de que no podía cambiar. Y nada le haría cambiar. Nada le haría mudar sus pertenencias al punto medio y dejarse de extremos y zarandajas literarias de sufrimiento y droga. El hermano Ramiro, con aquellas incursiones en territorio vaquero, con aquel halo maldito de delincuente juvenil, era para mí Cristóbal Colón y Pizarro y Hernán Cortés en la misma persona, a la misma hora. No, mejor aún, era Caupolicán, Moctezuma y Jerónimo, era una misma tríada indivisible de hermosos perdedores, de legendarios extremistas. Qué paniaguado y sin chicha me palpaba yo si me comparaba con Ramiro.


‘Ramiro’, solía decirle papá, ‘tienes que hacer algo con tu vida, hijo’. ‘Ya lo hago’ respondía él, ‘permito que pase por encima de mí como un rodillo’.


En ciertas ocasiones, aprovechando ausencias de Ramiro, había penetrado yo en su dormitorio para revolver entre sus pertenencias, pues aquella era la única forma de comunicarme con mi hermano, de alcanzar a conocerle. Hojeaba sus revistas pornográficas, algún Marca atrasado, alguna revista de viajes; olía su ropa, sus vaqueros gastados, sus camisas de colores oscuros, su colección de camisetas; me probaba sus botos vaqueros, leía sus pocas cartas y postales, recibidas de un par de novias, seguramente las más queridas, porque ellas hablaban de amor y porque Ramiro las conservaba en el primer cajón de la mesita de noche, bajo sus calzoncillos de chillón estampado. Me echaba acto seguido sobre la cama de noventa, cerraba los ojos e imaginaba que yo era el hermano Ramiro y que dominaba con un par de huevos los desvanes de la existencia. Con un par de huevos, un par de chutes al día y mucha literatura de aventureros, Kerouac, Ginsberg, cosas así. Solía levitar yo en el dormitorio del hermano Ramiro, abandonaba el cuerpo del aburrido adolescente solitario que era Ernesto, enamorado de mujeres vaporosas, moralista de pacotilla, paseador de abuelos impedidos, y comenzaba a desplazarme por el éter del dormitorio, acariciando con la mirada y la intención sus cosas, pensando que, tal vez, fueran aquellos los mejores extremos a los que llegar, el imaginarse que uno era otra persona y que podía mirar el mundo con los ojos de otro.


A los diecinueve años, el hermano Ramiro se había forjado a pulso un interesante historial de delincuente juvenil. Le faltaba menos de un mes para cumplir los veinte, cuando, sin previo aviso, abandonó la casa de los padres en una huida hacia lo desconocido. Se llevó consigo los escasos ahorros que poseía en su cuenta corriente, su radiocassette, sus cintas de los Dire Straits y Radio Futura, su maquinilla de afeitar eléctrica y un poster de la luna fotografiada desde una de las naves Apolo. Se marchó muy temprano, lo que le dio la ventaja de no tener que despedirse de nadie ni dar explicaciones a nadie. Se desgarró voluntariamente de aquella familia para que no continuaran siendo testigos impotentes de su sufrimiento. Para que no sufriéramos más por él. Quería habitar a solas sus propios extremos. Sé que aún está vivo. Papá me cuenta que, de vez en cuando, recibe extrañas llamadas telefónicas en las que nadie responde a su ‘sí, dígame’, en las que una pesada respiración mantiene el hilo de la comunicación durante un minuto, hasta que papá, cansado y temeroso del juego, cuelga el auricular. En una ocasión, lo que papá escuchó al otro lado de la línea fue el llanto de un hombre, un llanto mortecino que le heló el corazón. Papá está convencido de que aquel hombre es Ramiro.


Cinco años después de su marcha, recibimos la noticia de que Ramiro había sido visto en uno de los barrios más pobres de Madrid. Fue así como conocí a quien se convertiría en mi esposa, Lola. Frente a dos tazas de chocolate, ella me contó todo lo que sabía sobre el Ramiro que había vivido en un edificio cercano al suyo por espacio de once meses.


‘Sí, eres su hermano, te pareces mucho a él. Seguro que, si te quitas las gafas, el parecido aumentará. Pero tus ojos son más bonitos que los suyos, los suyos sólo reflejaban muerte, muerte y desesperación. No sabes cuánto lo siento, Ernesto, has hecho un viaje muy largo para nada, porque Ramiro ya no vive en esta calle, desapareció hace una semana, con el resto de sus, llamémosles colegas. No tengo ni idea de dónde puede estar ahora. Ramiro y sus amigos vivían de okupas en un piso abandonado del portal número diecisiete. Es un piso que lleva vacío muchos años. Pero lo cierto es que una noche forzaron la cerradura y allí se instalaron, hará cosa de once meses. Ramiro y sus amigos se llamaban a sí mismos comuneros, eran hippies trasnochados. En realidad, sólo eran un hatajo de patéticos mendigos drogados hasta las orejas. No robaban, ni eran violentos... Las únicas quejas de los vecinos eran debidas a la música, que escuchaban a un volumen atronador, a los malos olores que procedían del piso y a las peleas con las que saldaban sus diferencias. Ramiro era el mejor de todos, debía de pesar cuarenta kilos. Siempre me sonreía cuando se cruzaba conmigo en la calle. Me pidió un día fuego, así fue como le conocí. Me pregunto cuál era mi nombre, yo le dije que Lola y él respondió ‘es el nombre más sensual y oscuro que haya oído nunca’. A veces le daba algo de dinero... Ramiro era un chico dulce, se le veía la hechura de buen hombre. Pero los demás... eran harina de otro costal: tres hombres y dos mujeres, mala gente, gente del arroyo, miraban a la gente de reojo, murmuraban a mis espaldas... Tu hermano era distinto. Sí, claro que se acordaba de vosotros, te quería mucho, Ernesto, aunque jamás pronunció tu nombre. Sólo me dijo que tenía un único hermano, menor que él , muy inteligente y con mucho coraje. Eso fue lo que me dijo. Decía que adoraba a su madre, y que su padre se pasaba el día construyendo aviones de miniatura, decía que nadie podía hacerlos mejor, que tu padre conocía la matemática del vuelo, eso decía. ¿Y dices que telefoneó a tu padre pidiendo socorro? Sí, claro, debió de ser la noche de la gran pelea. Yo no oí nada, auque creo que armaron una buena serenata, aquella noche alguien sacó una navaja y alguien resultó herido grave, los vecinos avisaron a la policía y se los llevaron a todos en medio de un gran escándalo. No, Ramiro no era el herido. No sé lo que ha ocurrido después. Sólo sé que no han regresado al piso, ninguno de ellos.


-¿Crees que regresarán...alguna vez?
-No lo sé, Ernesto.
-¿Querrías... acompañarme hasta el número diecisiete?
-Claro.
Corté el precinto policial y penetré en el piso. Lola, prudentemente, prefirió permanecer afuera, en el corredor.

¿Qué objetos habían pertenecido al hermano Ramiro de entre los que hallé desperdigados por el suelo de las diferentes estancias del lugar? ¿Había sido aquella navaja de afeitar suya? ¿Aquel Marca atrasado? ¿Aquella pulsera de cuero? ¿Aquella botella de vino? ¿Aquella vela roja? ¿Aquel pendiente en forma de calavera? ¿Aquel frasquito de esencia de jazmín? ¿Aquel hueso de jamón? ¿Aquella bolsa de patatas fritas vacía? ¿Aquella jeringuilla? ¿Aquella cucharilla quemada?

El vómito saltó sobre el piso de terrazo de lo que debía de ser el salón incontrolable, fiero, amargo en su rapidez y su inesperada aparición. Al arrodillarme para expeler los últimos restos de aquella papilla amarillenta, vi claramente el trozo de papel y el dibujo sobre él. En un primer momento me costó reconocer la silueta de un avión en aquel dibujo a tinta azul, conseguido con trazos nerviosos: era un Spitfire Mark VB, el modelo favorito del hermano Ramiro, el que papá había fabricado para él con motivo de su décimo cumpleaños, y había colgado del riel de la cortina, en el dormitorio de Ramiro. Debajo del avión, a manera de pedestal, Ramiro había escrito cuatro palabras: LA MATEMÁTICA DEL VUELO.

El llanto salió de mi garganta, cómo no, mortecino, pero eso sólo fue el principio. Luego, se iría convirtiendo en un quebrado lamento de hombre que se pone en pie después de haber saltado al vacío y se da cuenta de que el vaso de marfil y coral que le ha sido entregado en la ceremonia no es más que una caracola rota entre las manos. Sólo que yo me hallaba todavía de rodillas, junto al vómito, y fue Lola la que irrumpiría en el piso para tomarme por los hombros, para incorporarme y sacarme a la calle, a la noche, helada como acero de guillotina.

Nunca más volví a ver al hermano Ramiro.
 
 
 
 

Raquel Moran.jpg Raquel Morán Sernández nació en Asturias, España, el 27 de marzo de 1969. Cursó estudios de Geografía e Historia en la Universidad de Oviedo, licenciándose en Geografía en el año 1994. Dos años después se marchó a estudiar a Londres, en Inglaterra,  y ha terminado convirtiendo este país en su residencia permanente.
En la actualidad, trabaja como profesora de Francés y Español en un Instituto de Secundaria en Londres, y reside en Ilford, Essex, con su marido y su hija.
 APOLO Y LOS CENTAUROS es su primera novela publicada, disponible en www.trafford.com. Un fragmento de la novela ha sido publicado por www.resonancias.org que es una revista literaria en línea.
También ha comenzado a colaborar escribiendo reseñas para diversas revistas literarias en línea, como www.laurahird.com y www.barcelonareview.com
En la actualidad se halla completando su segunda novela, NO SMOKING, también escrita en castellano.

 
Hits: 281
Comentarios (0)add
Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
smaller | bigger

busy

 
< Anterior   Siguiente >
Printing4u-Interior
ToniBasanta2
Hay 6 invitados en línea