MINI-CUENTOS
Por José Raúl García
No escatimaba tiempo ni esfuerzo en buscar en todas partes. ¿Qué buscas, hombre, con tanto afán? –preguntaron algunos. La verdad, la infinita verdad –respondía siempre. Un buen día, la encontró; entonces comenzó a buscar con mucho más empeño. ¿Qué buscas, hombre, si has encontrado la verdad, la infinita verdad? Busco donde esconderla.
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Las costumbres de los hombres decidieron invitar a la muerte a su fiesta anual porque concluyeron que morirse es la más común de las costumbres.
Ya en el festín, ésta se mantenía callada y sola, mientras las otras costumbres se divertían. Pero la hipocresía secreteó algo a la envidia, que repitió las palabras al egoísmo y éste a otra costumbre y, todas de acuerdo, finalmente, rogaron a la muerte que hiciera un brindis y ella, resuelta y solemne, alzó la copa y, mirando al resto de las costumbres, dijo: “SALUD” .
QUERÍAN OLVIDARLO SIN REMORDIMIENTO:
Lo condecoraron.
A pesar de la gran huelga de actores afuera, el teatro estaba abarrotado. Era de gran interés el debut de los actores androides programables. Fue un éxito rotundo: las caracterizaciones eran perfectas, los diálogos perfectos, las intenciones, las voces, los desplazamientos perfectos, todo estrictamente programado en un solo ensayo anterior a la premier. La ovación fue perfecta.
Un hombre logró tapar el sol con un dedo y allá se fueron muchos a aguantar la luz con sus dedos alzados. Un verdadero ejercito de dedos, efímeros.
-Al fin podrás tener todos los pajaritos, como querías, en esta jaulita.
-Pero esa jaula es muy chiquita, abuelo.
-Esta jaula tiene a todos los pajaritos del mundo: “LIBRES” –dijo el anciano, poniéndola en las manos del niño, que se quedó maravillado.
Pero el niño creció y los pajaritos se le escaparon.
Sentí una algarabía que llegaba desde la calle y decidí bajar. A escasos metros, la gritería tomaba aires de tragedia. Una multitud traía a un hombre. Lo insultaban, lo golpeaban, le arrojaban piedras. Me abrí paso entre la gente para saber quién era el sujeto que, finalmente me dejó pasmado cuando lo tuve delante. Aquel hombre que quizás estuviera ya prefiriendo un linchamiento, no era más que yo mismo, que me miraba desde su rostro amoratado, pidiéndome auxilio con los ojos de terror. Mi reacción fue apretar el puño y descargarle un golpe en la cara que le hizo caer de bruces. La multitud se me abalanzó entonces, y me pasearon en hombros.
(Primera mención concurso “El Dinosaurio 2006”)
Lo torturaron, pero por más que lo torturaron, no le hicieron hablar. Entonces lo mataron, pero por más que lo mataron, no le hicieron callar.

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