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Minificciones (cuentos) Imprimir E-Mail
Escrito por Marcos Rodríguez Mejías   

 
 Minificciones
( cuentos ) 
 
 
 
 
 
 
 
El incendio

Una noche mamá nos despertó alarmada.
—¡Se quema la casa! ¡Se quema la casa! —gritaba.
Tenía un claro paisaje de terror en el rostro.
Yo, al ver la mano macabra de la llamarada
no le di importancia y me eché a dormir de nuevo.
Aquello, no era tan grave.
A diario, la lengua endemoniada de mi padre
desataba peores infiernos.
 
 
 

 
 


Ana

Ana la llaman, Ana “La Nana”. Cada mañana abraza la danza amarga: alza la casa, lava, plancha.
La carga cansa, acaba. La ama maltrata, paga mal. Ana calla, agachada. La ama, Sara Lara (dama malvada, capataz), la manda a labrar. Ana, cansada, acata, labra la granja, amarra las parras, trabaja, trabaja, trabaja... Al acabar, Sara la amarra a la cama. Hasta la mañana la para. ¿Yantar? ¡Para nada!
—¡A trabajar, haragana pagana! ¡A trabajar, zángana!
Ana acata. Cansada, abraza la danza amarga. Al acabar, acaba amarrada.
Ana trama matar a la ama. Al llamarla para trabajar al aclarar la mañana, Ana agarra la pala, ataca sagaz, la mata. Sara sangra. Ana la ata, agarra la pala, cava... Al acabar arrastra a la canalla al parral, a la zanja cavada. Al zamparla, la tapa.
—¡Rata malvada! ¡Larva!
Acabada la zangamanga tramada, Ana “La Nana” va tras la gata, la atrapa, la abraza.
Ana danza sardanas, alaba a Satanás. Satán alaba la hazaña.
Ana danza halagada, canta... canta...
 
 
 
 

 
 


Los charcos

Llovió. No fue una lluvia común. Cayó del cielo una ciudad mágica, escrita en agua, una ciudad acuarela idéntica a la que habitábamos hace mucho tiempo. Las gotas fueron diminutos círculos de un espejo fragmentado que nos reflejó una cara limpia, nueva, transformada. Los charcos proyectaron un lugar parecido al nuestro, pero no era el nuestro, aquel repleto de ruido, violencia y poblado de gente vacía y sola.
Por eso lo dejamos desolado y nos lanzamos a los charcos antes de que se secaran, para habitar de nuevo la vieja ciudad que un día deformamos hasta volverla inhabitable.
 
 
 
 

 



Dios

Dictador de doctrinas, detentador, Dios dice: “¡Discípulos, dadme dinero, derramad dádivas dignas de Dios!”
Decepcionado, Don Diablo, decente decano de demonios, decisivo dice: “¡Dios, deja de defraudar discípulos!”
Disgustado, Dios desafía: “¡Defiéndete Diablo!”
Defensivo, Don Diablo dice: “¡Desvergonzada deidad decadente, deja de delinquir! ¡Demuéstranos dignidad! ¡Déjate de discursos disparatados! ¡Danos democracia!”
—¡Diablo..! ¡Déjate de diatribas! —Dios, desatado, desenfunda... dispara...
Don Diablo, desfallece dolorido.
Dios, deidad divina disfrazada de diablo, desmoralizado determina desenmascararse.
La fe de un náufrago
Una botella de vino fue arrastrada por el mar a la orilla de una playa. A punto de colocarla en la basura un turista, su hijo le advirtió que no lo hiciera. Tal vez un genio podría estar atrapado adentro.
El hombre sonrió y en su intento por demostrarle al niño la inexistencia de seres mágicos, le quitó el corcho al envase. Del casco vacío, salió el grito de auxilio de un náufrago atrapado en una isla desierta.
 
 
 
 

 
 


Enigmas

Primero surgió la fascinación por el fuego. Después, el enigma de los sueños. Siguió el qué habrá al otro lado de los mares y los fenicios se aventuraron a cruzarlos. Muchos dudaron que la Tierra fuera redonda, pero finalmente Copérnico lo demostró. Después llegó la pregunta: ¿habrá vida en otros planetas?
En 1964 Yuri Gagarin pisó la Luna. Viajar más allá del Sol fue el sueño del hombre sólo ayer, cuando descubrieron lo más absurdo, que de cualquier forma inscribieron en su ilusa historia de hazañas. Se dieron cuenta que todos eran millones de locos escenificando un gran melodrama.
 
 
 
 
 


Amor a primera vista

El pordiosero de la cuadra se paraba frente a la boutique de trajes nupciales. Le gustaba contemplar a través del aparador a una figura esbelta, de fino rostro. Para él no había mujer que la igualara. Era lo que siempre había soñado.
La gente lo veía como a un loco peligroso cada vez que recitaba versos de Neruda, pero poco le importaba que el dueño del local lo corriera a puntapiés o llamara a la Delegación de Policía para que lo apresaran.
Nada impedía que el menesteroso volviera al escaparate, donde un maniquí de figura femenina aparentaba mirarlo y conmoverse ante cada palabra de amor pronunciada:

Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca...
1

Aquel hombre barbado y harapiento un día no pudo resistir más. Tomó una piedra y rompió el cristal de la boutique. El propietario de la tienda y quienes caminaban cerca del lugar quedaron asombrados, inmóviles, al ver que una mujer corría alegre, vestida de novia, tomada de la mano del pordiosero de la cuadra.

(1) Me gusta cuando callas... (fragmento), de Pablo Neruda
 
 
 
 
 




SOBRE EL AUTOR:

Marcos Rodríguez Leija (1973. Nuevo Laredo, Tamaulipas/México). Comunicador social radicado en Mendoza, Argentina. Desarrolla su trabajo en cuatro áreas: periodismo, literatura, música y fotografía.

Premio Nacional de Periodismo e Información 2000-2001 en crónica en medios impresos (México). Autor de los libros Minificciones (cuentos, 2002, IMC) y Pandemónium (cuentos, 2001, ITCA). Colaborador de diversas revistas literarias internacionales.

Para conocer más sobre su trabajo:
www.diariainvencion.blogspot.com
www.myspace.com/marcosleija
www.redescritoresespa.com/M/marcosrodríguez.htm
 
 
 

 
 
 
 
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