Los ojos de Valeria
ironic that they go for the eyes first 1
Aunque sabía con certeza que no vería una nueva noche, el viejo Alcibíades, Alcibíades Mostaza para los amigos, se levantó temprano, a la hora en que los buses comenzaban a arrojar el humo casi sólido sobre el andén donde dormía. Escondió su colchón y sus cobijas en un lote baldío, se arregló a ciegas la barba con una cuchilla oxidada e inició su rutina de buscar cualquier trabajo. Sabía que había cometido un error y se consolaba tratando de convencerse que ella no lo notaría. Se decía que esa mujer tenía que estar loca para haberle pedido que hiciera lo que hizo, pero sabía que no era así, que ella algún día iba a volver a aparecer.
“Hace tiempo que no sentía tristeza” dijo, limpiándose la cara con el reverso de la manga “Cuando era niño encontré un perro atropellado y se me murió en las manos. Desde esa vez”. “No le va a pasar nada, Alcibíades Mostaza, aquí todos vamos a estar pendientes”. “Ella me va a encontrar, Harold, y me va a cobrar el error”. “Un error es un error. Todo mundo se equivoca”. “Ojo por ojo, diente por diente” dijo Alcibíades y repitió “Ojo por ojo” .
Una mañana, creo que era un miércoles pero a mi edad es mejor afirmar poco sobre todo en asuntos de memoria, caminaba por la calle 36 empujando el carrito de reciclaje. Es cierto, cualquiera que me viera diría que no es cierto, que ya no tengo fuerzas, que este cuerpo que ha durado más que muchos países no podría empujar un carro cargado, pero aún lo hago aunque esté lleno de botellas de vino y latas de zinc que son las cosas que más pesan. A veces me duele la espalda, pero eso es todo. Lo demás funciona, tengo fuerza en las piernas y escucho conversaciones a una distancia más o menos razonable. Además ella no me hubiera llamado si no viera que podía hacer el trabajo, si no hubiera buscado a alguien más joven. Había llovido y me detuve para recoger unas latas medio sumergidas en un charco y ella apreció no sé de dónde. Manejaba un carro lujoso y aunque hubiera venido a pie era el tipo de mujer que llama la atención. Esa pudo ser la razón por la que la saludé haciendo una pequeña como venia y luego me quité el sombrero. Vestía de negro, tenía el cabello negro y también sus gafas eran negras, como de ciego. Sí uno pudiera pensar que una mujer bonita podía estar ciega hubiera pensado eso. Me preguntó si quería ganar algún dinero y le contesté que sí. Uno siempre contesta que sí. Las dos posibilidades que me cruzaron por la cabeza fueron una jornada de jardinería o un trabajo recogiendo escombros. Algo así. Me puso una cita para las seis de la tarde del día siguiente y llegué con diez minutos de retraso. Ella no estaba y como no sabía si ya se había ido o todavía no había llegado me senté a esperarla en el andén.
“Así usted me crea o no, negro Harold, ella va a venir”. “¿Y qué?”. “Usted no sabe lo que he hecho”. “Si no me cuenta no voy a saber”.
Mientras decía esto, el joven sacó una colilla de un montón en su bolsillo y la encendió, un plon profundo, luego otro y eso fue todo.
“Mierda, las colillas cada vez me duran menos”. “Ya le he dicho que no fume delante mío”. “Tranquilo, Alcibíades, sígame contando”. “No le estoy contando nada” “Claro que no, lo que usted me está contando no es nada. A mí desde que me vine de Santa Marta no me ha hablado una vieja en un carro bonito”. “¿Allá sí?”. “No, allá tampoco, pero a veces los tipos que llegaban a comprarme mercancía me visitaban en buenos carros y con buenas viejas”. “¿Y qué más?”. “Nada más, viejo, usted es el que está contando”. “Ella no llegó, la esperé hasta las ocho y no llegó”. “O quizás se había ido antes de que usted llegara”.
Tal vez se había ido antes de que Alcibíades llegara, pero lo encontró al día siguiente. No fue difícil porque Mostaza era un viejo conocido de la calle. Un hombre gordo, con una gordura irónica que parecía fruto de la buena vida; de cara cansada y con aire de sabiduría callejera, tal vez por la barba encanecida. Muy despacio y con muchos detalles insignificantes, como queriendo dar a entender que se lo decía todo para evitar preguntas, la mujer le explicó qué era lo que tenía que hacer. Le mostró una fotografía, era una mujer más joven y ciertamente más bella. El viejo miró sin acabar de creer, pero no supo qué preguntar, la mujer anotó el nombre de la joven en el reverso. Para asegurarse del todo le dijo que la muchacha de la foto tenía un tatuaje grande de ángeles formando mandalas en la muñeca izquierda y cuando salía en las noches, siempre llevaba un gabán azul oscuro. La mujer repitió todas las instrucciones mientras Alcibíades se recostaba en la ventanilla del automóvil y finalizó con una lista de lugares que la mujer de la fotografía frecuentaba. Prometió una paga generosa pero exigió a cambio un compromiso absoluto. La tarea debería cumplirse en un máximo de dos semanas y en las mismas condiciones en que había sido acordada. Alcibíades hubiera podido no aceptar, de hecho hubiera debido no aceptar, pero aceptó. Afirmó con la cabeza y cuando lo hizo tuvo que sujetar su viejo sombrero con la mano izquierda para que no cayera al suelo. La mano derecha la destinó a recibir primero el cofrecito de madera africana y luego la mano pálida y suave de su cliente y sellar el trato. El automóvil arrancó bruscamente mientras la mujer subía el vidrio. Alcibíades tomó su propia mano derecha con la izquierda para comprobar si la suavidad de la piel de la mujer se le había, de alguna manera, contagiado, pero su piel era la misma piel vieja de antes con las mismas arrugas y las mismas venas gruesas y llenas de bultos. Desde esa misma tarde comenzó a seguir a la muchacha de la fotografía. Era muy joven y delgada, tenía el cabello largo y claro, casi encanecido y sus ojos eran por cierto difíciles de definir. La primera vez que los vio de cerca, una tarde mientras ella esperaba algún bus que la haría imposible de seguir por el resto del día, el viejo Alcibíades pensó que ese brillo inusual hacía que no fuera tan descabellado que alguien quisiera robárselos.
Vivía en un edificio del centro y siempre salía sola, pero saludaba a mucha gente por la calle. Frecuentaba cafés sin ser fiel a ninguno. Lo del tatuaje era cierto, se le veía de lejos sobre la muñeca izquierda, y también era cierto lo del gabán; lo usaba casi siempre, incluso durante el día. La eficacia de los disfraces que el viejo Alcibíades utilizaba para seguirla era muy dudosa, una barba blanca y un estómago cultivado con años de esfuerzo son difíciles de ocultar. A pesar de eso concluyó que no trabajaba, o al menos no tenía ninguna rutina de trabajo, y la única manera de interceptarla sería seguirla hasta que por casualidad decidiera cruzar algún callejón donde nadie los viera.
Quince días exactos habían transcurrido sin que me hubiera sido posible llevar a cabo la misión. Valeria, la mujer de la fotografía, elegía calles concurridas o avenidas transitadas para sus desplazamientos diurnos y en las noches alguno de sus conocidos la llevaba a casa. No podía quedarle mal a la mujer del automóvil. El compromiso era claro. Antes de la medianoche del quinceavo día. No tenía duda de que hablaba en serio y tan fácil cómo me había conseguido a mí conseguiría alguien más para cumplir su amenaza. Esperé toda la tarde cerca de su casa. Cuando ya hacía mucho había anochecido, calculo algo más de las diez, empezó a llover y tuve que buscar refugio en un techo saliente. Unos minutos después un fuerte relámpago apagó todas las luces de la ciudad. Debo confesar que estaba asustado, que pensé que con esa lluvia y esa oscuridad recién nacida ella preferiría quedarse en casa hasta mucho más de medianoche y yo incumpliría mi parte del trato.
Entonces la vi salir, llevaba el gabán azul oscuro y lo utilizaba también para cubrir su cabeza. Se despidió de alguien en la puerta del edificio y comenzó a caminar despreocupada, la vi pasar casi a mi lado sin mirarme y comencé a seguirla. Hubiera podido hacerlo ahí mismo, pero ya tenía tan metida en la cabeza la idea del callejón que no hacía más que implorar que ella escogiera alguna ruta con callejones. Caminó por el Paseo España y tomó la calle 37 para cruzar la avenida en frente de las ruinas del Teatro. Entonces supe que tomaría el callejón que pasa por el costado izquierdo del viejo edificio. Corrí para alcanzarla y la agarré por la espalda. No creo que comprendiera, la lluvia no la dejó escucharme. Tal vez pensó que era una pesadilla y una voz dulce la invitaba a despertar. La dejé deslizarse sobre la calle y saqué de mi bolsillo el cofrecito de madera africana en el que debería guardar sus ojos. Hice todo de acuerdo a las instrucciones y le di vuelta al cuerpo para ocultar su rostro. Al ponerme de pie, no sin cierta dificultad pues el esfuerzo me había agotado, la navaja se enredó en sus ropas desgarrando la manga izquierda de su gabán. La sujeté por la muñeca para liberar el jirón de tela y con un horror que superaba el horror de lo que acababa de hacer, me di cuenta de que todo había salido mal. De que estaba absolutamente perdido y condenado.
Valeria miró por la ventana, las calles estaban inundadas y las luces de magnesio aún tenían la incandescencia púrpura que les queda cuando se apagan. Su amiga insistió en una caminata pero no le sonó la idea. Mitad por la lluvia y mitad por el apagón, la calle le pareció insegura, como habitada por quién sabe qué moradores de las tinieblas. “¿Si no quieres ir, tienes algo de ropa abrigada que me prestes?” Valeria no dijo nada, aunque en su cabeza se reforzó la idea de que su amiga estaba tres cuartos de loca. Para al menos evitarle una pulmonía, le prestó un gabán azul oscuro que un amigo le había traído del extranjero. Cuando su amiga salió, cantando y golpeando la puerta sin más intención que la de anunciar su salida con una voz más fuerte que la de la lluvia, Valeria comenzó a calentar agua para tenerle un café a su regreso que supuso pronto, aunque esperaba no tan pronto para que, al menos, el café estuviera listo.
No tenía ningún tatuaje. Nada. En ese momento pensé que quizás la lluvia se lo había borrado. Luego busqué, sabía que era una búsqueda inútil, en su muñeca derecha. El gabán era el mismo, pero el color de su pelo era diferente, rubio pero no tan claro. Estaba perdido pero aún pude decirme “Todos los ojos son lo mismo”. Cerré el cofrecito y corrí a buscar a la mujer del carro. Cuando me abrió le costó trabajo reconocerme, creo que la entrada de su casa estaba demasiado oscura. Le entregué el cofrecito con los ojos adentro y me entregó el dinero. Aparentaba contarlo pero me di cuenta que tenía que palparlo con las manos.
“No entiendo”. “Yo tampoco, Harold, al principio pensaba que era una venganza pero me he convencido que ella realmente necesitaba sus ojos”. “Pero no sería mejor ir a un hospital, aquí o afuera, en lugar de pagarle a un viejo de la calle para que hiciera el trabajo”. “Son cosas extrañas y me van a matar antes de que llegue a entenderlas”. “La mujer del carro estaba loca y la otra era la amante del marido. Debió ser por eso y no lo van a matar”. “Usted sabe que sí”. “Le apuesto tres días de almuerzos a que no le va a pasar nada y usted sigue vivo mañana”. “Créame, negro Harold, si después de esta noche lo vuelvo a ver lo invitaré con gusto”.
Los dos hombres se separaron; el más joven, se llamaba Harold según había dicho el mayor, se fue caminando rumbo al norte. El otro se quedó sentado en su esquina viendo el atardecer sobre las montañas del occidente y las siluetas de los edificios como figuras de cartulina negra pegadas sobre un fondo de todos los demás colores. Entonces apareció el automóvil lujoso. La mujer no conducía, pero Alcibíades no pudo ver quién era el conductor. “Podría ser cualquiera”, pensó. Ella se bajó del auto ayudándose con un bastón de ciego que dominaba con facilidad como si toda su vida hubiera pasado entre intervalos de luz y ceguera. La mujer se quitó los anteojos negros para intentar dirigir al viejo una mirada de desprecio. Llega aquí el momento de decir que esos ojos fueron la última cosa que Alcibíades Mostaza vio en su vida.
De ella no se supo nada, nadie excepto Alcibíades la vio nunca, pero seguramente existió. A él, al viejo Mostaza, todavía se le ve por las calles. Dejó de hablar por mucho tiempo pero, según el negro Harold, ha vuelto a hacerlo “Incluso a veces hace bromas sobre nuestra apuesta y dice que no me va a pagar porque después de que la hicimos no volvió a verme. Yo le digo que si tiene que pagarme y él se ríe”.
Me consta, lo he visto reírse. Pide limosna cuando los automóviles se detienen en los semáforos del centro y siempre agradece a sus ocasionales benefactores. Su carácter sólo cambia cuando alguien pone en duda su ceguera. Entonces no tiene reparo en levantarse los anteojos oscuros y mostrar, sin ninguna consideración, sus cuencas vacías.
NOTA
1. “Irónico que ellos empiezan por los ojos” . La frase se encuentra como epígrafe de la canción “Last Exit” en el cuadernillo del álbum Vitalogy de Pearl Jam. No hay referencias al autor.
Ricardo Abdahllah (Ibagué, Colombia. 1978). Después de graduarse como Ingeniero electrónico y siendo parte del Taller Umpalá fue durante dos años profesor de literatura en la Universidad Industrial de Santander y el Instituto Caldas. Actualmente vive en París y es colaborador habitual de las revistas Rolling Stone, Don Juan y La Hoja. Algunos de sus textos han sido publicados en El Malpensante, Credencial, Avianca en Revista, Gatopardo y la revista Puesto de Combate.

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