Y mientras más me alejaba,
permanecía más tiempo inmóvil...
Tiene que ver con las leyes. “Don Mario Libreest: ficción del autor”
Por ALEJANDRO LOPEZ URQUIZA
Uno sabe que va a morir, es innegable, pero nunca imagina nada más allá de esa sentencia…
Comencé a trabajar a los siete, mi padre cansado de emborracharse decidió quitarse la vida. Mi madre se hizo cargo de cuatro niños que fueron muriendo uno a uno hasta que “su posibilidad le impidió dejar que yo muriera“, con estas mismas palabras lo decía mi madre cuando se sentaba con su cara dura arrodillada ante el fogón y me miraba de frente para recordarme que en algún momento sus actos demostraron lo mucho que me quería... no ella, sus actos. Recuerdo con cariño a mi madre, siempre estuvo atenta, trabajando en el día, ya en la noche, ya sin luz, con lluvia o bajo el sol, procurándome -decía-. Nos quedó la tierra, seca, afortunadamente mi padre pudo sembrar antes de que la guadaña se quedara incrustada en su carne, rodeándole por una mitad... Llegué cuando su último suspiro y vi de inmediato como se iba volando su alma (eso es lo que dijo mi madre que era lo que vi cuando llegué), tenía el mango del fierro juntito al corazón y el filo le corría por el pecho de tal forma que la punta le tocaba la espalda, como abrazándolo... En el hombre y su muerte, su forma de muerte, siempre existe una simbiosis. Mi padre imaginaba constantemente que su arma le era arrebatada y con ella misma le asesinaban, la llevaba amarrada a su muñeca izquierda en cada segundo del día, en cada minuto de la noche. En su muerte. ¿Cuanto tiempo?! Solo dios sabe!
Se acercaban las fiestas de mayo, mi padre juraba en la capilla no tomar desde la víspera y ese día estaba sobrio, algo parecido a la sobriedad más bien dicho, creo que llevaba tantos años tomando que en su cuerpo no podía existir la sobriedad. Se levantó temprano anunciando que iría a la capilla, cada año el cura del pueblo le esperaba ese día, le esperaba para echarle en cara todos los insultos recibidos a lo largo del año. Dicen que mi padre salía de la cantina trescientos cincuenta y cuatro días al año y al pasar por donde el cura le insultaba diciéndole que algún día vengaría las muertes de sus antepasados. Recuerdo bien que ya era hora de la merienda y mi madre alistaba el nistamal, esperábamos con ansías, no por la feria, sino por las gordas que mi madre sabía echar al comal en estas fechas, las rellenaba con higos, higos que cristalizaba con piloncillo y miel y que durante mucho tiempo guardados debajo del tapanco lograban hacerse realmente duros. Meses antes, Agustín de cuatro años peleo con Camila de nueve y, llorando, le arrojó la conserva tomándola en plena huída, asestándole el proyectil en las sienes, lo que significó un castigo para todos, la culpa había sido de Camila. Mi madre tiró las gordas esa noche y todos dormimos temprano. Estuvimos enojados con Camila durante meses, nadie habló con ella, ella no hablaba con nadie, fueron meses enteros en que nos reuníamos todos para escondernos en los carrizos y Camila seguía su rumbo sin decir palabra. Fue hasta ese día cuando por fin nos dijimos algo todos, con ella, para todos: ¡Ya se murió! Fue un decir de sorpresa, no de miedo, no de sentimiento ni dolor, de sorpresa, todos pensábamos que nunca sucedería, ahora lo sé. Eso era lo que pensamos. Fui el primero en darme cuenta, mi madre me mandó por la gallina colorada, estuve buscándola alrededor de la finca, ya estaba oscuro, las últimas tórtolas se aventaban al aire en conjuntos de millares y se asentaban en las ramas de los oyameles, oí el ruido de la colorada y la seguí, usando el sentido, cuando la encontré no corrió y pensé que cada vez me volvía más hábil para atraparlas, la verdad es que la gallina estaba paralizada por la muerte, por su próximo deceso y por el último resuello de mi padre –lo entiendo ahora-. La encontré picando la carne muerta del muerto, antes que nada tomé a la colorada y vi clarito como subía el aire que salía del cuerpo tieso, dijo mi mamá que llevaba mucho rato muerto pero que su alma no podía salir de él hasta que alguien lo encontrara, para descansar en paz, dijo. Me acerqué, sólo para estar seguro que era él, había algo de fascinación en mí sobre la escena y en el hecho de que el actor haya sido precisamente él… es fascinación, ahora se como se llama aquello que sentí pero en ese momento solo sentía algo bonito y feo a la vez, el no decir, el no saber nombrar las cosas, los sentimientos, es regalo de la lejanía, del apartamiento, no podía darle nombre a eso hasta ahora.
Lo moví para verificar que en verdad hubiese terminado y después fui donde mi madre. No la encontré, no quise gritarle para que mis hermanos no se enteraran, pero llegaron todos, pareciera que eso que le salio de la boca a mi papá les hubiera ido a dar vueltas frente a sus narices, como anunciándoles un: ¡ya me voy! Mi madre se puso a cavar a un ladito del granero, ahí le ayudamos a meter a mi papá, todos le echamos tierra, todos, marina de dos años se arrastraba y también intentaba movimientos dirigidos a tapar el hoyo. Tuvimos que desenterrarlo, ya más de noche, a mi mamá se le olvidó que tenía ganas de quitarle la guadaña. Entonces ya solo fuimos Camila y yo y entre todos tomamos las cubetas y lo desenterramos; ya descubierto, doña Prisciliana Gálvez le quitó la guadaña y dijo algo así como: “Con esa misma”. Nos pidió que regresáramos a dormir y así lo hicimos, ya había sido el día más largo de nuestras vidas en convivió con mi padre.
Las primeras palabras de Camila en un año, fueron también las últimas, se fue, después supo mi madre que la había arrollado el tren por allá por Tuxpan y que fueron tantos los vagones que le pasaron por encima que no pudieron juntarla, eso le dijeron, pero como la cabeza quedó intacta -le decían- no faltó quien dijera que era la hija de Estorgio. “Doña Prisciliana, la tatema está disponible en el ayuntamiento -mencionaron los agentes- por si quiere darle una cristiana sepultura”. Le pregunté a mamá si quería que fuera por la cabeza y me dijo que era muy poca cosa como para ir a recogerla, “Los del pueblo saben que hacer con esas cosas” –dijo-. Cuando Camila se fue no dijo nada, pero se le veía clarito en la forma en que tomaba la falda que quería no regresar nunca, eso lo entendió bien mi madre. Salió tras de ella y regresó muy tarde sin ella. Esa noche mi madre se veía cansada y al día siguiente preguntó si nadie había venido preguntando algo, diciendo algo, quería saber no se qué.
En junio a Marina le empezaron a dar vómitos y mi madre sudando caminó con ella, horas, hasta llegar al hospital en Tuxpan, regresó sola. No supimos nunca que pasó, nadie tampoco preguntó, quedábamos dos… los hombres. Todos los días me levantaba con el gallo cuando clareaba un poquito, me llevaba las dos vacas a pastar al cerro y regresaba al medio día para desgranar el elote, mi madre ordeñaba a las vacas y yo molía el maíz en el metate. Siempre fue inteligente mi madre y por eso rentó la parcela al señor Julián de la tienda de San Lucas; por eso también, cuando preguntaron dos policías por mi padre les dijo: “Ya lo conocen, hoy está aquí, mañana allá, solo dios sabe donde está”. Esa mañana los policías se quedaron a almorzar y nos pidió a agustín y a mí que nos fuéramos al monte, que cuando bajara el sol nos regresáramos puntuales. Jamás regreso nadie a preguntar por Don Estorgio. Agustín y yo, con un año mas encima, ayudábamos en todos los quehaceres, recogíamos el pago de la parcela, unas monedas y mucho en grano, lavábamos las vacas y matábamos codornices con la chispera de Estorgio. Mi madre vivía bien, ya con sólo dos hijos procuró llevarnos a la escuela del pueblo, “Vicente Guerrero número 1” se llamaba, Agustín aprendía rápido, me enseñó a contar, pero era muy distraído y peleonero. “¡Me llaman de nuevo a la escuela para darme la queja y te atienes a las consecuencias! -le dijo mi madre- no solaparé las cosas que haces muchacho”. Agustín guardaba su coraje y lo desquitaba desgranando maíz. Avancé rápido y pronto me cambiaron de primero a cuarto año, mi mamá dijo que debíamos hacer lo posible por salir de ahí, de irnos y hacer vida en otra parte. Se vino otro junio y don Julián dijo que ya tenía parcela, que ya no quería la tierra, nos quedamos otra vez como cuando vivía mi padre, como cuando éramos todos. Un día Agustín sufrió dolor de estomago, mi madre, triste, lo cargo y comenzó a sudar, sudando se lo llevó en brazos al hospital de Tuxpan, para entonces ya teníamos la burra. La seguí durante un tiempo, cansado, detrás de ella, se hizo noche y se paró, bajó de la burra y al verme me ordenó que regresara inmediatamente, so pena de las varas de membrillo -hay una marca en mí que todavía no se borra, fue del membrillo en vara que me untó mi madre cuando maté la gallina, fue un accidente, solo quise regresarle el huevo por donde salió, era un niño-. Me regresé a la casa y, en la última mirada atrás, vi cuando mi madre subía de nuevo al onagro, supe entonces que igual que pasó con Marina, mi madre regresaría sola. Esa noche lloré, quizá por los muertos, quizá por niño, lloré mucho, hasta quedar dormido.
Éramos mi Madre y yo. “Así ha querido que sea, solo los dos mijo” –decía- Trabajábamos duro, mi madre se las ingenió para cambiar la burra por dos mulas. Dos mulas más viejas que matusalén – decía – No se cansaba de repetirlo todos los días la vieja, pero eran esos viejos cuadrúpedos los que nos posibilitaban llevar la tierra a las casas grandes del pueblo. Nos íbamos temprano al monte, juntábamos la tierra y cuando el sol asomaba ya estábamos subiendo el primer empedrado del caserío. “El monte es bondadoso, siempre da y pocas veces quita hijo”. Al bajar con la tierra teníamos que hacer lugar en los costales, ya para los quelites, ya para los tecomates, ora para espinacas, después para los berros, hasta hubo un día que regresamos con dos iguanas de collar amarillo, mi madre hizo un caldo y me enseñó a picarles el pescuezo y chupar la sangre, muy dulce al principio, sin sabor después... “No te la tomes toda que te desmayas” -me repetía-. Después de vender la tierra, los quelites o lo que fuera, mi madre se regresaba a la casa y yo me quedaba en clase, el profesor Atanasio mandó muchas veces a mi madre las notas de agradecimiento y felicitación por mis calificaciones. Terminé la primaria… empezaron mis recuerdos.
Me preguntó muchas veces por mi parecer y yo siempre le dije que no me quería ir, llegó el día y, con el boleto de ida apretado en las manos, trepado en el camión, me despedí de mi madre.
Los internados no son buenos para nadie, hacen que uno se vuelva más uno, ¡si! Todos juntos comíamos, todos juntos dormíamos, todos callados llorábamos, todos también seguíamos en nosotros mismos, sin un decir, sin oír. Cuando nos sacaban era al parque de la ciudad, prohibido alejarse, prohibido platicar con la gente, prohibido no saludar correctamente, prohibido seguir siendo niños. En las noches, después del atole con bolillo, podíamos ir a las pilas y lavar los tenis, eso, siempre que no hubiera habido queja de uno durante el día.
La secundaria en el internado pasó rápido, para entonces ya sabía hacer roperos, soldar estructuras, cocer, coser, y pintar lienzos, los del instituto vendían las pinturas nuestras cada mes en la capital, siempre con el mismo cuento “Arte de los niños pobres del internado San Lucas, compre hoy y regale sonrisas para siempre” las cartulinas con la leyenda duraron siendo las mismas desde que llegué hasta que salí, lo recolectado no alcanzaba siquiera para comprar otras, ni los papiros egipcios descubiertos eran tan susceptibles a la luz como esos cartones. Habían anunciado meses antes que habían terminado las clases y regresaríamos a nuestras casas, se fueron todos y vinieron otros, yo no me fui… les gustaban mis dibujos.
Hice todo para poder huir, para escaparme, para dejar de estar viviendo ahí conmigo solamente; una noche, decidido, asalté la oficina del prefecto y robe mi certificado. Salí, escapé. Llegué muy noche a la capital, me dolían los talones, si Aquiles hubiera tenido los míos no estaría muerto. No se van de mi memoria aquellos días, dormí sobre el acueducto, ya me habían contado que “niño en la calle, niño al orfanato” ya sabía cuanto costaba eso. En la mañana me fui al mercado, cargué seis canastas y las llevé a los domicilios, comí lo que quise, me dieron ganas de escribirle a mi madre, quise agarrar un camión y volver, pero algo muy en el fondo me decía que yo quería un regreso permanente. Por un momento pensé lo que quería decirle en la carta, recordé que no sabía leer, pensé poner una nota al final diciéndole: “Pídele a don Julián que te la lea, el si sabe, si no busca al profesor Atanasio”, ahora me da risa; mi mamá no era tonta, recibiéndola iría corriendo con don Julián y le diría que se la leyera, le hubiera dado gusto oír “pídele a Don Julián. . .” porque sabría que seguía pensando igual que ella, que era listo, que ella lo era.
Esta en mi memoria cuando pude llegar a una casa estudiantil en donde todos vivían como en el orfanato, sólo faltaban los candados en las puertas. Ahí comencé a solicitar mi ingreso a la preparatoria, ya había perdido un año escolar gracias a los que “me regalaron” la secundaria. Después de un año lavando la ropa de los estudiantes logré mi ingreso a la media superior, ahora me lavaban a mí. En la escala de la vida siempre existe alguien muy abajo y otro más abajo todavía, la razón solo permite pensar en los superiores como una cuestión no de ideal sino de desbancada. Con el tiempo me fui a la facultad de medicina, había algo en mí que me obligaba a salvar gente… mis recuerdos. Después de grandes esfuerzo conseguí lo que quería, uno siempre lo consigue, es cosa solo de uno. Algún mal indecible me aquejaba, mis colegas y yo no sabíamos que me obligaba a tener dolorido el pecho todo el día, tuve tiempo y decidí buscar mi vida… la que se había ido, la que había olvidado. Recordaba que mi madre dijo algún día que mis hermanos murieron de lo mismo, a excepción de Camila obviamente. Decidí regresar al rancho, mi madre había muerto cuando cursaba el primero de medicina, era la segunda vez que regresaba desde mi salida, la primera fue para quemar la casa y vender la parcela, para enterrar a mi madre.
Todo estaba diferente. El hospital era muy grande ahora, afortunadamente un excompañero y colega atendía los menesteres administrativos del nosocomio, no le dio gusto verme… igual me atendió. Los registros médicos, expedientes de ingresos y demás documentos históricos databan de 30 años anteriores a mi nacimiento, ninguno hablaba, hasta la fecha, de la muerte de mis hermanos. Se reducían las posibilidades. En las oficinas del registro civil solo encontré el número de acta de fallecimiento por atropellamiento de Camila, el verdadero atropello era el sistema que me remitía a los archivos de la capital “con suerte allá los encuentra, es un papel muy viejo” -dijo el leguleyo detrás del escritorio-. Salí desilusionado, seguro de que ahí terminaba mi paseo… por este mundo, ¡qué forma de recrearse! –dije-. Pasé por la tienda de Don Julián, era lo único edificio del pueblo que seguía igual, la misma pintura, las mismas marcas de corazones sobre la banqueta, puestas por algún escuincle en el cemento fresco, Don Julián sentado en la misma silla roja tejida con junco, su piel un poco mas pegada al hueso, pero las mismas ropas. Me acerqué esa tarde y le dije que era yo, lo tuve que repetir seis veces hasta que, sin expresión en el rostro, me dijo que me reconocía como el hijo de Prisciliana. También hablo de la tristeza de mi madre, de las tantas noches que la vio llorando al pie del olmo junto a la mangana, con su botella de mezcal. Le dije que mi madre no tomaba, que fue mi padre quien bebió hasta no aguantar más… repitió que hablaba de mi madre, y mientras lo pronunciaba fijaba sus ojos en mi pecho, me tocó con cierta humildad que me cayó como golpe.
No hubiera venido, no hubiera necesitado… no hubiera, no hubiera, no hubiera… -era mi pensamiento-.
Esa misma noche me revolví la cabeza tratando de entender lo dicho por el vejestorio, queriendo extraer algún evento olvidado, pude sacar de mis recuerdos un olor avinagrado que desprendía mi madre en las mañanas. Me vestí de inmediato y corrí descalzo, como en aquellos años, hasta el olmo en la mangana, me senté sobre una roca y recordé a mi madre sentada ahí bebiendo mezcal, sola, llorando, emborrachándose, todavía estaba la piedra en que se sentaba, busqué algo, una pista, algo en el lugar que lo haya hecho agradable para prisciliana, no encontré mas que tierra y pasto. Estuve sentado horas, pensando, fue hasta la llegada de la luz que miré desde ahí un árbol que disimulaba una cruz bajo sus ramas, corrí hacia él, desesperado sin saber por qué, con ese aliento que se va y agita el corazón, taquicardico, irracionalmente, me acerqué y quité las ramas. Sobre la corteza se observaban grabadas tres cruces y una equis, el pasto bajo el tronco no crecía igual que alrededor, era más bonito. Lloré, lloré mucho, quise a mi madre, la odié, quizá… por el miedo que nunca le tuve, quizá porque me quiso… quizá... Amanecí tirado junto al árbol, junto a las cruces y la equis, junto al pasto diferente, sobre los huesos y la carne que hicieron lo suyo como el mejor fertilizante para este pasto tan hermoso. La mañana era bonita, muy bonita diría yo, en contraste con mi espesa penumbra interior. Contraté dos peones, los llevé al lugar y les pedí que cavaran… ahí estaban una a una las cruces, Agustín, la primera, Marina la segunda, unos brazos largos y sin cabeza que supe le pertenecieron a Camila… pero faltaba la equis… mi padre yacía detrás del granero, no sería él de quien en el árbol se tachaba su ausencia… era una equis… algo no realizado… una ausencia… ¡faltaba yo!
ALEJANDRO LOPEZ URQUIZA
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