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Escrito por Daniel Alejandro Gómez   



 
 
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Por Daniel Alejandro Gómez
 
 
 
 
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Cuando los demás corrían, yo corría, si todos estaban bajo la lluvia, yo también me mojaba como un buen cristiano. Si había que jugar a tocar el timbre de las casas y después escapar, yo tomaba cartas en el asunto también. Si era necesario perseguir gatos, no iba a ser yo el que cambiara la música de la jornada. Pero, con todo, era el mejor lector del equipo; secreta y furtivamente, en las horas en que no estaba con los otros chicos, yo me largaba varios kilómetros, y por varios siglos visitaba Inglaterra, Francia y todos esos lugares, porque por ahí se metían los temas de mis libros; y estaba tan absorto y emocionado con lo mío, que apenas escuchaba la señal del resto del equipo, señal que consistía sencillamente en un silbido que venía de la calle, donde todos nos reuníamos. Sí, y cómo deseaba yo que alguien me regalara algún libro, algún libro de Julio Verne específicamente; ya que bien sabían todos mis familiares y los vecinos adultos que eran los libros de Julio Verne los que, precisamente, menos mi madre estaba dispuesta a comprarme o a regalarme.
 
 

Por supuesto que leí el Tom Sawyer, era lo suficientemente mal alumno y mal civilizado como para hacerlo con ese placer y comprensión que dan una camaradería incluso literaria. Así que, y como el libro hablaba de ello, yo sabía sobre casas embrujadas, y creía que lo sabía todo, porque a mis libros de ficción los consideraba yo más verdaderos y justos y sabios que toda esa procesión de libros de estudio con que nos tenían cautivos en las horas de colegio. Ni bien propuse el tema, a los chicos les encantó la idea de entrar en una casa, embrujada o no; y estaba bien que se hubieran encantado, digo, cinco años atrás por lo menos, cuando había varios terrenos baldíos para explorar; pero entonces digamos que todo el local, nuestro barrio, estaba repleto y sin una butaca libre, y todos los antiguos lugares en que antes jugábamos a los soldados o a los indios, cuando éramos más chicos, ahora eran respetables solares, de grave y ceñudo aspecto de ciudad, de gravedad civil: como estatuas de cemento y de tejas de inmaculada solidez y perpetuidad. No obstante, la suerte nos iba a variar para mejor el humor, y apenas dos semanas después de la orden del día que yo había puesto a circular en aquel pequeño parlamento que formábamos todos juntos, sentados en algún pilar del gas y mirando la calle desierta, el viento se puso a soplar a nuestro favor.
 
 

Yo creo que el Marce se fue convencido de nuestra inocencia; me imagino que todavía pondría las manos en el fuego por todos nosotros, y seguro que se las quemaría, porque creo que nunca se enteró de lo que pasó; y sobre todo hubiera quedado bien escaldado en su relación con el Ferna, que precisamente fue el que propuso la idea de entrar a su casa, y cuando todavía el humo del caño de escape del  camión de las mudanzas que se llevaba al Marce para otro barrio no había desaparecido de nuestra vista. No fue cosa de mucho esfuerzo el ponernos de acuerdo, y el tema de la conciencia no era algo tan inquietante teniendo en cuenta que éramos muchachos, adolescentes. Aunque luego descubrí que en el mundo de los adultos la conciencia, en verdad, no es para nada algo inquietante. Pero nosotros todavía teníamos algunos remilgos de candidez; así que varios se opusieron a los propósitos de nosotros tres, el Ferna, el Gabi y yo; aunque juraron solemnemente que nos dejarían hacer, y que nada dirían.
 
 

La casa tenía un buen pasillo para entrar, con una puerta de verjas que se abrió fácilmente con un cortafierro. Entramos una luminosa y helada mañana; y de tan orgullosos que estábamos, seguro que solamente nos faltaba plantar ahí una bandera como los estadounidenses en la luna. Recuerdo bien el fondo de la casa del Marce, porque uno no tiene un territorio propio todos los días de esta vida; ya que muy pronto lo consideramos más propio que nuestros calzoncillos, nuestras medias, más propio que todo nuestro ser y seguro que más propio y más íntimo que hasta la mugre de las uñas. Era nuestro, la cosa estaba sacada de nuestra propia luz y cerebro, y era también algo portentoso, por ser intelectual, y conseguido sin esfuerzo ni trabajo alguno. Así que estábamos en todo ese continente, digamos, de pasto y árboles frutales, con un trozo de cemento, en donde había una pequeña pileta también de cemento, con sus paredes levantadas por encima del suelo y altas de tal forma que para ver bien el fondo de la pileta uno tenía que echar por ahí un concienzudo vistazo; la pileta estaba bajo una parra de uvas negras, con anchas y muy verdes hojas que brillaban bajo el sol.
 
 

Yo creo que exploramos nuestra tierra mejor que Robinsón a su isla. No dejamos ni la sombra de un centímetro de todo aquel lugar sin indagar maliciosamente, ni una bendita pulgada de desconocimiento piadoso en todo el terreno, ya que siempre nos deteníamos para hacer alguna atorrantada.
 
 

Bueno, nosotros teníamos cuentas que saldar con la madre del Marce, mujer de temperamento bastante justo, pero de mal carácter. Lo conciliamos bien entre los tres, y nos entraron esos remilgos por el Marce; pero conjuramos el tema diciéndonos, más o menos, que el Marce era el Marce pero que su madre también era su madre; así que no era cuestión de que por las ramas nos olvidáramos del tronco, digamos.
 
 

A ella la odiábamos cordialmente, ya que la conocíamos casi desde la cuna; de otra forma nuestro odio hubiera sido intolerable para aguantarla ahí tan cerca, porque no nos tenía más simpatía, pensaba yo, que la que pudiera tener por los gatos callejeros a los que solía convidar con veneno.
 
 

Ella estaba a la moda, cualquier cosa que fuera joven y fresca la tenía por acólita. Recuerdo las impresionantes medias radiantes de colores chillones como un arco iris que se puso por encima de unos pantalones sueltos y flojos como los de una quinceañera cuando surgió- y ella lo practicó devota y fiel a su estilo- algo que me parece se llamaba gimnasia-jazz, una cosa que fue como el surgir de un enorme pez, con ruidos y rugidos y estrépitos del fondo del mar para tan solo volver a sumergirse para siempre. Se perfumaba más que un jardín de lavanda. Tenía una forma de hablar tan moderna, que a veces usaba términos que ella creía la mar de modernos, y eran tan modernos porque en verdad todavía no habían nacido para el resto de la humanidad. Y con todo su maquillaje parecía más pintada que la Mona Lisa, y era seguramente igual de antigua, aunque ya hablaré algo de sus famosos treinta y cinco años.
 
 

Así que rompimos cosas por acá y por allá, investigamos el agua verdosa y podrida de la pileta, cortamos ramas de árboles, matamos caracoles, tiramos barro a las paredes, destrozamos la parrilla para los asados, rompimos con el cortafierro un alambrado con enredaderas, que servía para guardar los rosales de los que también nos encargamos en ese clima de humorada infernal, corrimos como indios en una película de John Wayne, que eran de las menos saludables no solamente para los malvados sino también para los indios y para los mexicanos también, y nos afanamos en perseguir una rata mejor que una cuadrilla de gatos. Estuvimos unos buenos días holgazaneando y atorranteando por ahí.
 
 

Bueno, una mañana ya estábamos hartos del asunto. Solíamos traer comida, para pasar el rato. Nos tirábamos bajo la parra, con ese aroma a uvas y el trino de los pájaros, y nos dábamos a charlar, así medio arrastrados. Yo a veces fumaba algo, siempre lo hacía cuando tenía un público disponible, pero ya no pasábamos de ahí. Esa mañana, el Gabi fue la causa del cambio de papeles. Dicho sea de paso, era el Gabi porque nos llamábamos todos con el  “el” y un diminutivo; los imitadores de la televisión y el cine al menos no hubieran tenido éxito en mi barrio con sus nombres- el Cholo, la Chona, la Beba, etc-, porque no usábamos ese libreto. Repito que siempre usábamos el nombre, aunque en diminutivo y sí con ese “el” tan de barrio y suburbio. Así que estábamos desilusionados y a punto de abandonar aquella tierra sin más novedad, como Colones fracasados, cuando de pronto el Gabi nos mostró que se había traído una salchicha, pero cruda. De inmediato propuse cocinarla. Ellos me preguntaron cómo, y yo señalé todos los árboles que teníamos a nuestra disposición semejando un Adán que indicara el jardín paradisíaco antes de la ira de Dios; y ellos se pusieron la mar de esperanzados y agarramos una pequeña pero acogedora hacha que habíamos encontrado, y, con ese afán de nuestros oscuros y malvados corazones, nos pusimos a la labor en un bonito limonero, porque nos parecía tan bonito que nos hacía más ilusión el tumbarlo y sacar la madera para cocinar esa salchicha. Bueno, sacamos una linda cantidad de leña, y parecía que hubiéramos arriado todo un bosque. Intentamos brotar el fuego con unas ramitas chiquitas, o dejar la madera bajo los rayos del sol; mas luego pusimos las esperanzas en un prosaico, tecnológico y despiadadamente materialista encendedor que yo había traído. Había un pedazo del jardín sin nada de césped; era todo polvo y tierra, todo limpio y seco como la sed. Hicimos allí un fuego que podría haber servido para asar una hacienda más allá en el interior de las pampas, y yo pienso que la salchicha se hubiera cocinado igual de satisfecha con mi encendedor; pero esa no era nuestra visión de una situación romántica. No; teníamos que hacer un buen fuego tal que salimos con algunas quemaduras y los pulmones más llenos de humo que un fumadero de opio, y cuando aquel infierno rojo y amarillo se levantó tanto como el mismo árbol del que lo habíamos insuflado, pusimos cerca la salchicha; que se cocinó, claro, y se cocinó lo suficiente como para tres o cuatro salchichas, o incluso media docena, y yo creo que podríamos haber cocinado toda una fábrica de salchichas allí, porque cuando la sacamos no se podía diferenciar demasiado del carbón puro y corriente y moliente, y estaba más dura que un pedazo de plomo, y seguramente igual de comestible. Pero nos la comimos, los tres, y nos dimos cuenta de que nuestra imaginación nos daba una mano para convencernos los unos a los otros de que era exquisita, y un manjar de los dioses, mas poco nos ayudó esa misma imaginación después, con esas vueltas y retortijones en el estómago.
 
 

Pero el fuego siguió ahí, a lo suyo, ya que no era cosa que se pudiera apagar con los dedos, como una vela. Aunque nos parecía lindo, y además se había ido el sol, pero quedaba una suficiente claridad gris. Así que estábamos satisfechos y felices, con ese fuego en medio del pasto; y seguimos así hasta que del fuego, porque las ramas quemaban rápidamente, no quedaban más que unos cuantos centímetros de diversión de ondulantes pero cada vez más débiles formas rojas y amarillas, cuando de pronto escuchamos ruido de pasos en el pasillo.
 
 

De inmediato me tiré a la pileta, así con el agua podrida, aunque a mí me parecía más agua bendita que si se hubiera encargado de ella el mismo Papa con todos sus rezos y plegarias y encíclicas y excomuniones, porque iba a ser esa agua la que me iba a permitir mantenerme escondido, al menos durante pasado un largo medio minuto, el tiempo mío de quedarme bajo el agua; después no sé, supongo que habría sacado apenas la nariz, quedarme otro medio minuto y así. Si me descubrían- que según un sano juicio era lo más probable, aunque nosotros teníamos todo lo sano que uno pueda tener a esa edad, excepto el juicio, que nunca se tiene sano a esa edad-, lo más probable era que me agarraran y me hicieran pagar, por la razón o por la fuerza, la atropellada que habíamos hecho por ahí, fuera quién fuera el que había entrado por el pasillo. Yo creí escuchar unos pasos por el cemento, mientras estaba bajo el agua, y pensé en lo que debería decir cuando me vieran, mas confié un poco en mi buena suerte y otro poco en mi imaginación mentirosa; digo, para justificar mi presencia ahí, una presencia que nadie había pedido, que nadie había solicitado y, algo peor, me imagino, que nadie había deseado ni deseaba todavía y ni nadie jamás, excepto mis dos cumpas, iba a desear nunca. Al final me animé a asomar la cabeza, y no había ninguna persona extraña por ahí. Ya no había nadie. Después miré alrededor; mis dos cumpas habían tenido mejor suerte, porque justo en el momento de los pasos estaban al fondo del terreno, así que salieron de detrás de unos árboles, y ellos me susurraron que, en efecto, alguien había entrado aunque no habían visto quién; y claro que ellos, cuando se escondieron detrás de los árboles, le dieron más y mejor tiempo a su miedo que a su curiosidad. Así que apagamos el fuego que restaba lo más rápido que pudimos con el agua de la pileta, y sin más ceremonia yo, empapado y verde como si me hubiera escupido una tribu de gente resfriada, trepé al techo, y desde allí me dejé caer por el techo de la casa vecina, y seguí por los techos, como un gato en celo, hasta llegar a mi casa sano y salvo.
 
 

En cuanto a la persona que había entrado, yo no sé muy bien por qué no me hizo salir de la pileta en donde estaba, ya que en verdad me había visto. Pero supongo que es una cosa no tan oculta como lo pueda parecer al principio; y si el lector sigue, más adelante la va a descubrir conmigo, según creo, y sobre todo también su sorprendente consecuencia.
 
 

A los pocos días vino Beatriz, y claro que conocía el desastre que habíamos hecho en su casa, y Dios sabe que las cosas que dijo entonces a mi madre me sabían como una sigilosa gloria en sus labios; me parecía que ella vertía, secretamente y sin saberlo, música y miel hacia mis oídos.
 
 

Mi madre la saludó, recuerdo, y le dijo que la veía bien; eso quería decir que la veía joven, que era lo que interesaba a Beatriz, y claro que mi madre sabía que ella tenía sus bien cuidados treinta y cinco años a la rastra, aunque nada le dijo; se sabía por omisión.
 
 

Beatriz tenía siempre treinta y cinco años, no había forma de que pudiera hacérsele cumplir más. Y eso que yo esperé el milagro durante varios años. Era un cierto día de agosto de todos esos años en que estuvo en el barrio, que yo recuerde, en que cumplía siempre sus treinta y cinco años de rigor, puntual como un reloj suizo, siempre que éste estuviera parado y no funcionara. Y no se podía sacarla de esa edad. Ahora me la imagino canosa, arrugada, con hijos y nietos alrededor, pero siempre con esos treinta y cinco dorados años suyos, clavados en su cuerpo como un bando en la plaza pública, y que me imagino llevará hasta la tumba. Y no hay quién pueda decir lo mucho que deseé en esos años que el ignorante señor Einstein se levantará de la tumba, y revisara un poco sus anticuados y caducos y un poco cautos conceptos del tiempo, revisión que yo tenía para ofrecerle en aquel prodigio mío. No sé cómo habrá hecho ella cuando los hijos cumplieron cuarenta; además de violar las leyes de la física habrá violado las leyes de la biología, y todas las que sean necesarias para cumplir sus treinta y cinco años rítmicos y puntuales. Pienso que ella es un buen ejemplo de que a veces no es cosa fácil hacer cumplir años a una mujer, como no sea para atrás; y tan para atrás que Beatriz habrá terminado por pasar a ser su propia nieta, si ponemos las manos en el fuego en su palabra y no en cosas tan poco sustanciales para ella y su perenne juventud como la física o la biología.  
 
 

Bueno, Beatriz había venido a saludar a todo el barrio, porque como digo tenía su carácter, pero no niego que los afectos también le ocupaban un poco el tiempo, y poseía muchos por ahí en casa. Ella me preguntó, ni bien había entrado a casa, que por qué yo no le daba un beso; mi madre se sonrió bondadosa; y para colmo Beatriz lo había dicho así como con un aire maternal, que me dejó atónito y en silencio. Mas entonces empezó dele que dele con el asunto de su casa. No voy a intentar mucho reproducir su jerga moderna de hablar, nadie la entendería; pero yo escuchaba todo su, hoy lo sé, elaborado y muy calculado discurso un poco apartado, sombrío, con una cara de pena y compadecimiento y condolencia silenciosamente exultante:

    -Sí, Mary -decía Beatriz-. Deben haber sido hombres. Nadie hubiera podido arrancar ese limonero. Mi marido una vez trató de sacarlo, y usted sabe lo fuerte que es mi marido. Pero el árbol siguió ahí, mejor plantado que una piedra. Y fíjese el desastre que hicieron en las paredes, picaron toda una pared; parecía que la hubieran masticado, fíjese. Y ese fuego, claro, me imagino que se habrán hecho un asado; sin dudas se hicieron un asado, porque nadie puede decir que no entraron para otra cosa que para pasarlo bien; y no un asado cualquiera, no, habrán hecho todo un asado en mi jardín, porque no se explica semejante fuego- yo pude ver claramente las cenizas-, y Dios sabe que ahí hubo un fuego, y sino-decía para mi callado júbilo-yo no sé en qué día nací. No podrían haberlo hecho mejor, nunca vi ladrones tan sigilosos; nadie los vio ni los escuchó ni los olió, siquiera, por acá en el barrio, y me pregunto por qué no se llevaron algo de adentro. Claro, yo pienso, Doña Mary, que eran tan astutos que ya sabían que la casa estaba abandonada, y que dentro no había nada que valiera la pena. Sí, esos tipos son más astutos que el año cero, porque todo lo de este mundo lo habrán inventado ellos. Sí, señora. No, y esos venían de otro lugar. De lejos, muy lejos de acá, Mary. Y la fuerza que habrán tenido que usar para tirar afuera ese limonero, y la audacia para hacer todo ese asado, la comida de un batallón de hombres a juzgar por el fuego que prendieron, se lo juro, y ahora yo tengo que pagar de mi bolsillo todos los destrozos, incluida una ventana que no sé para qué rompieron.
 
 
 

Bueno, lo de la ventana había sido una invención mía, de mi propia cabeza, y yo bien sabía por qué lo había hecho: para divertirme, claro. Y entonces me había parecido una buena diversión; pero escuchar eso de que lo tenía que pagar de su propio bolsillo, que un destrozo en esa casa tenía que pagarlo ella misma y que no andaba larga de bolsillo según yo bien sabía, fue como cortarme las alas, porque no se me había ocurrido, en la atolondrada, ese percance hasta entonces, solamente habíamos tenido un poco de comezón en el corazón por el hecho de entrar a su casa sin vela para el entierro. Y ya no me pareció tan divertido ni lo de la ventana, ni lo del fuego, ni lo de romperle cosas. A un adulto no se le ocurriría semejante incomodidad, pero un muchacho como era yo entonces sí, aunque no fuera más que por un minuto. Así que un minuto después ya estaba bien otra vez, inocente, sano y fresco como una manzana, y seguí escuchando el dolido parloteo de Beatriz hasta que se fue, y yo no dije nada.
 
 
 

Sin embargo, nos confabulamos para no entrar más a la casa, aunque ninguno respetó la decisión. Fácilmente, la primera vez que rompí mi palabra y, en vez de reventar con el cortafierro la nueva cadena que habían puesto, trepé piadosa y como dulcemente por la verja para pasar un rato en el jardín del Marce, pude ver las huellas en el barro o el pasto aplastado. Era claro que mis compañeros también rompían su palabra sin decir nada, pero pronto me quedé yo solo: ningún forastero excepto yo entraba en ese nuevo continente mío. Y seguí y seguí violando las fronteras hasta que ya había empezado el colegio secundario, y por suerte la casa seguía sin venderse, y casi nunca venían a limpiarla o cosas así; y cuando venía Beatriz a hacer algo de eso, solamente se quedaba unos minutos. 
 
 

Sucedió un día en que tenía que ir al colegio secundario. Una mañana.
 
 
 
Me puse la corbata como una horca. Me enfundé en el saco como en una camisa de fuerza. Los zapatos se me metieron como cadenas en los pies. Y para culminar mi atavío, esa mochila repugnante, igual que si yo cargara una bolsa del puerto o todo el peso de las almas pecadoras, pues ése era un peso sutilísimo, un peso que ni el más sagaz de los alquimistas y sabios podría descifrar ni desentrañar: el peso del conocimiento.
 
 

 Afuera, apenas salí, era desalentadoramente temprano, porque el asunto, como todas las cosas desagradables, había de hacerse temprano, igual que una ejecución.
 
 

    Empecé a caminar, entonces, para la parada del colectivo; había llovido el día anterior, y entonces el barro se me metía por los zapatos. Bueno, eso del barro estaba bien. Era como una mancha, algo que cambiaba un poco el paisaje. Así que, como quien dolorosamente busca una cara amiga en una reunión con desconocidos, miré hacia el barro, y vi varios hormigueros, y algunas lombrices, por ahí, perezosamente haraganeando. Yo, con un aspecto sombrío, como con nubes en mi corazón, me acerqué a ese espectáculo, y obtuve una confortación que me duró un par de minutos. Pero se me hacía tarde. Gracias a Dios, el colectivo vino rápido; me senté al fondo, como siempre, y me apretujé soñoliento, mientras escuchaba al colectivo traquetear en el camino para el colegio. Entonces se me ocurrió que era mi cumpleaños.
 
 

Bueno, con tantos exámenes y cosas yo me lo había olvidado como un marido al aniversario de casamiento. Claro que nadie de mi familia me había visto todavía- yo me preparaba y me levantaba solo para ir al colegio mientras mi madre y mi hermano dormían-, así que ninguna persona estuvo obligada a decirme el feliz cumpleaños; pero me sorprendió que en mi casa no se hubiera tocado siquiera el tema en los días anteriores. Llegué a pensar que incluso todos habían olvidado mi cumpleaños; y sombrío y triste pensé que también habrían olvidado mis regalos. Sin embargo, como verán, mi cumpleaños no fue olvidado, y aquella vez tuve un regalo especial, un regalo muy especial.
 
 

Así que ahí estaba, con mi memoria bien repuesta y saludable y teniendo que ir en ese colectivo, que me dejaba justo a la puerta del colegio. Hasta que, claro, pensé que el colectivo no necesariamente tenía que llegar a mi colegio, al menos no el colectivo en el que viajaba yo.
 
 

Me bajé en una parada no lejos de mi casa: miré alrededor como un conspirador, y pensé en algún lugar donde nadie podría reconocerme, para pasarme furtivo todas esas horas de colegio, y luego volver a casa más santo que un cura. Entonces se me ocurrió un lugar bien seguro; y desanduve todo el camino, ya que a esas horas todavía en el barrio estaban todos durmiendo como marmotas. Llegué hasta mi cuadra, y luego hasta la casa del Marce, que seguía abandonada. Entonces hice mi inocua entrada por encima de la verja, porque guardaba todavía la mala conciencia con los destrozos que había hecho, y me tendí en el cemento, bajo la parra, y se me ocurrió que todo estaba por ahí muy, muy pacífico, tan pacífico que también se me ocurrió que yo tenía mucho sueño, y antes de que se me hubiera interpuesto apenas un miligramo más de alguna ocurrencia nueva, yo estaba más dormido que un cementerio. Y lo que sucedió luego, no sé cuántas horas después, fue el sentir que alguien me zamarreaba la cara, el abrir los ojos y ver y sentir el sol tan alto como si el cielo lo tuviera por mástil, y estas palabras, abiertamente maternales y secretamente dolidas:
 

    -Juanjito, Juanjito, despertáte que el sol no muerde-me decía-. Esta vez no me escuchaste venir. Bueno. Más bien no te hubiera servido escucharme: la pileta ahora está seca. Tu madre está preocupada, nene, pero yo sabía que ibas a estar acá. Dale, tenés una fiesta sorpresa en tu casa, y tu vieja me invitó. Tomá, feliz cumpleaños. Pero yo ya me tengo que ir.
 
 

    Me dio un beso en la mejilla. Y se fue.
 
 

Se fue dejándome ahí, bajo la parra, con todo ese terreno bajo mi ley y gobierno y soberanía. Pero claro: me conocía, me conocía desde la cuna y ya sabía lo que yo iba a hacer. Lo único que hice fue ver el libro que me había regalado: era implacablemente de Julio Verne- era La Estrella del Sur-; y así lo empecé a leer ahí mismo, antes de irme para siempre de esa casa…
 
 

    A Beatriz no la vi nunca más en mi vida, y nunca reclamó ningún dinero por los destrozos en su casa, y que yo sepa ni con mi madre ni con nadie hizo confidencia alguna de mi diablura; se lo guardó, o más bien lo dejó guardado para mi conciencia; y se fue esa vez, por el pasillo de su casa, con esos treinta y cinco años a cuestas y para toda la eternidad, como si estuviera casada con todos esos exactos años suyos mejor que con su marido. Y yo leyendo mi libro de cumpleaños, leyendo bajo la parra y el sol y el canto de los pájaros. Y nadie puede decir, hasta hoy día, cómo me dolía cada una de aquellas palabras de ese libro que tenía que leer, como el más justo, el más dulce y también el más secreto de mis castigos…
 
 
 
 
 
 

 
 
 
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