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SANTOS Imprimir E-Mail
Escrito por Orlando Gaido   
martes, 15 de julio de 2008

SANTOS
 
 
 
 
 
Por Orlando Gaido


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Las mañanas no eran diferentes de las de cuarenta y cuatro años antes. La misa, el desayuno con café de filtro, margarina y guayabada, embutidos y fruta: bananas, mamón cortado en cubos y aguacate licuado y después el paseo para disfrutar del aire fresco.

Orestes buscaba en cada rincón un recuerdo, que completara el cuadro del relato minucioso, que desde su llegada, iba volcando fielmente en su ordenador.
Caminó hacia el frutal, el “pomar” de sus meriendas de entonces.

Las terrazas donde antes se secaban los granos de café ya no existían, en su lugar había ahora una cancha de tenis, pero más abajo todo estaba como entonces, la huerta, el frutal, las casillas. Se detuvo frente a una de ellas. Era la que le habían preparado a Santos como habitación.

Una historia que no había dejado de hacerlo sufrir, que nunca había podido olvidar, aunque no podía afirmar si era por lo mucho que le había dolido o por lo mucho que en sus sermones le había servido como ejemplo de mala caridad. Es así, se cometen errores que a los otros hacen mucho daño y a uno le sirven para arrepentirse y confesarlos públicamente, lo que en el fondo es alardear de lo bueno que uno es, porque reconoce sus errores.

Una duda había acompañado su recuerdo: ¿en qué época del año había llegado Santos? Se atrevería a decir que había sido en invierno, por esa luz amarillenta que iluminaba la capilla, la mañana que lo oyeron gritar. Después de todos los años vividos en Europa, no podía recordar los pocos inviernos que había pasado en Brasil, como no fuera por la diferencia de luz; no los podía imaginar fríos. Esa duda tenía fundamento, saber si Santos ese día temblaba por delirium tremens, como él decía, o por frío, en la mañana todavía sin sol, tirado como estaba sobre el duro cemento.

Wilfrido leía el texto de meditación con su carraspeada voz de alemán y de marica. Aunque llamarlo marica no era justo, era un homosexual muy hombre y tenía un corazón y un estómago a toda prueba, que si lo hubiera atendido él a Santos, tal vez todo habría sido diferente. Orestes se acordaba de haberlo visto atender a enfermos en el pueblo, como a ese tal que vivía al lado del cementerio y que era piel y huesos, al que tenía que lavar con un algodón mojado en agua perfumada.

Leía por última vez. Aunque ninguno de los compañeros lo sabía, antes del mediodía, dejaría el colegio, no seguiría para cura, justamente por eso de ser homosexual, algo incomprensible, porque entre los otros los había más maricas que él, como por ejemplo, el que se sentaba a su lado, Genesio, que sin embargo se iba a ordenar cura un año después que Orestes. Probablemente lo que ocurría era que Wilfrido había tenido el coraje de mostrarse como era.

Orestes se caía de sueño y se prometía que jamás volvería a quedarse hasta las tres de la mañana escuchando radio argentina, aunque sabía que lo volvería a hacer. A veces le entraba esa desesperación por imaginarse en casa, escuchando radio Splendid, mientras sobre el brasero ronronea la pava y el mate baja despacito, un trago tras otro. Además nunca había logrado entender esa absurda costumbre de levantarse a las cinco y media, para ir a la capilla y escuchar la lectura monótona de aburridos textos, escritos por rebuscados y petulantes maestros, para luego permanecer media hora en silencio, simulando meditar sobre lo que no se había comprendido, y romperse la cabeza tratando de encontrar un propósito digno de ser formulado. Todo eso sabiendo que por la noche se tendría otro rompedero de cabeza para tratar de recordar cuál había sido ese propósito.

Sabía que el catolicismo era una religión matutina. Lo había aprendido desde niño, cuando durante las misiones populares en su pueblo, salían a las cinco y media en procesión por las calles oscuras, rezando el rosario, precedidos por el misionero español que dirigía los cantos con una bocina:

Levántate, fiel cristiano,
que ya viene la mañana
y acude pronto al rosario,
porque la Virgen te llama.

Eso era bueno ¿quién podría objetar el modo de pasar el día al fiel que lo comenzaba alabando a Dios, de seis a siete de la mañana? Recordaba que cuando a alguien se le ocurrió comenzar a celebrar misas por la tarde, las mujeres piadosas se quejaron, afirmando que les cambiaban la religión.

De repente, desde el exterior de la capilla comenzaron a llegar unos quejidos. Todos se miraron como preguntándose si debían salir a ver qué pasaba. La última mirada fue la del padre maestro, que indicaba que, así allá afuera se estuviera muriendo alguien, el deber ahora era el de atender a la meditación. Para aquietar sus conciencias, hizo un gesto que podía interpretarse como que aquellos gritos serían los de algún muchacho gracioso o de algún borracho, al que el fresco de la mañana aún no había logrado disipar los vahos de la pinga nocturna.

Orestes miró hacia donde estaban las monjas y vio que Iracema, la empleada, hacía unas morisquetas a alguien de los primeros bancos. Calculó matemáticamente hacia donde se dirigían las muecas y llegó a la conclusión de que el destinatario era el hermano Érico, que en ese momento se reía, tapándose la boca con su manaza y mirando de reojo al hermano Veríssimo, que estaba a su lado y cabeceaba dormitando.

Los quejidos se acallaron como si quisieran evitar perturbar el recogimiento durante la misa. Orestes mientras tanto no sólo se había despabilado de la somnolencia de la larga vigilia, sino que se le había avivado la curiosidad por ahondar sus pesquisas. Comenzó a observar a su alrededor. Veríssimo seguía durmiendo, Érico con el rabo del ojo observaba embelesado a Iracema, que a su vez fingía una devoción exagerada, entre las dos monjas, que miraban hacia el altar torciendo las cabezas, el padre Segundo recitaba la misa, arrastrando como siempre las palabras y todo el conjunto de sotanas negras se arrodillaban, se paraban, se sentaban o se movían al mismo tiempo, como marionetas en una danza macabra.

Los gritos se volvieron a escuchar después de la misa, en el momento en que las monjas salieron a la calle para ir a sus habitaciones (Orestes siempre se había preguntado por qué daban toda la vuelta al colegio, en vez de pasar por el mismo pasillo por donde salían ellos, que a veinte metros se comunicaba con sus aposentos). Las monjas se detuvieron aterrorizadas y sólo Iracema se animó a seguir. Inmediatamente salieron todos ellos, precedidos por el padre Segundo y el padre Dino, el maestro.

El sol todavía no había salido, pero ya se divisaba la luz amarillenta que lo precedía sobre la colina roja, detrás de la casa del subprefecto.

Tirado sobre el cemento, temblando convulsivamente, estaba él, barbudo, harapiento, mostrando unas asquerosas llagas debajo de las hilachas de sus pantalones. De pie, junto a él, observándolo con curiosidad, estaba Pedrinho, quien se arrrebató en explicaciones.

- Yo iba a la misa y lo vi venir caminando. Cuando llegó aquí le dio un ataque y cayó.
Nadie prestó atención al negrito. Rodearon al desconocido, que seguía con sus chuchos.
- ¿Qué le pasa, amigo? – preguntó el padre Segundo.
- ¡Alcohol! – se estremeció - ¡por favor, un vaso de cachaza!
Pedrinho soltó una carcajada.
- Eso es lo que pasa. Es un pinguço.
Esta vez el Negrito tuvo mayor éxito. Todos se rieron
- ¿No sería mejor un poco de agua, si no está bien?
- Agua para mí sería un veneno ¿no ve que sufro de delirio porque hace una semana que no bebo? ¿no ve que tengo chuchos?

Que cachaza sí, que cachaza no. Al final el padre Segundo le trajo un vaso de caña y el desconocido se la bebió de un trago, justo en el momento en que el primer rayo de sol le tiñó el rostro barbudo de anaranjado. Inmediatamente dejó de temblar.

Wilfrido llamó a Orestes desde la puerta y le pidió que lo acompañara a la enfermería. Le mostró como estaban dispuestos todos los medicamentos y demás elementos, porque él viajaría esa mañana para San Pablo y Orestes quedaría a cargo de la enfermería - por orden del padre maestro – añadió – serás el enfermero del colegio y del pueblo – Orestes le preguntó cuánto tiempo se quedaría en San Pablo, pero no obtuvo más que evasivas y en ese momento sonó el timbre para el desayuno.
 

Todos hablaban del desconocido. Le habían servido café y un pan y lo habían llevado a que descansara en la casa abandonada, que estaba junto a la capilla.
A eso de las once, el padre Dino lo mandó a llamar. Orestes entró en su despacho preguntándose si el motivo del llamado sería el nuevo puesto de enfermero o algún reproche por alguna falta cometida sin darse cuenta. Cuando lo escuchó hablarle en italiano, se puso instintivamente firme. Cuando tenía que comunicar algo muy importante, el maestro hablaba siempre en italiano, que por otra parte, era el idioma oficial de la congregación.
 

- Quiero que vayas a la casa vieja y traigas a ese hombre a mi baño, para que se asee y se cambie. Después le curarás las piernas. Yo estuve hablando con él y me contó que no siempre anduvo así de andrajoso como ahora. Le ofrecí trabajo para que se quede y aceptó. Tú te encargarás de que no le falte nada. Eso sí, por un buen tiempo no le daremos dinero, para que no se lo gaste en bebida.

Cuando después del baño, Santos, que así le dijo que se llamaba, se sentó y él se dispuso a curarlo, no pudo menos que demostrar su asco. Era una pierna roja y brillante en la que se abrían varias llagas como flores verdes y nauseabundas. Nunca antes ni después vio porquería más asquerosa.
Le preguntó cómo tenía esas llagas y el otro respondió muy frescamente que era sífilis.

Esa noche para la cena las monjas mandaron mortadela. Verla en el plato y recordar las llagas fue todo uno. Se levantó de un salto y fue corriendo a vomitar. Más adelante, apenas terminaba de curarlo, solía beberse de un sorbo un vaso de ese vino brasileño de uva chinche, que le producía un terrible dolor de cabeza.

Durante las curaciones, Santos contaba hechos aislados de su vida, que nunca llegaron a ser una historia hilvanada. Hablaba de hermanos y hermanas – todos paridos, menos yo que fui cagado – añadía. Hablaba a veces de Baurú, otras veces de Campinas, otras de Araçatuba o Sorocaba o Jaú o Barra Bonita. Lo único que parecía cierto era que jamás había salido del estado de San Pablo. Un día alguien nombró Avaré y él exclamó - ¡ahí nací yo! – e inmediatamente, como si quisiera retractarse, añadió - ¿o fue en Igaraçú? – y calló pensativo.

Una tarde preguntó.
- Oye, argentino ¿fuiste enfermero en algún hospital?
- No ¿por?
- Porque es difícil que en un hospital te curen así.
Con cara de quien no quiere la cosa Orestes respondió.
- ¡Es que lo hago por amor a Dios!

Todo era una parodia de caridad: no llegaba ni siquiera a ser una actitud, era apenas tarea, por un lado de limosnero, no de bienhechor, y por el otro de atendido, no de beneficiado, casi rayano a sometido.
- Oh, Argentino – lo pronunciaba en castellano, carraspeando un poco la ge, casi como una erre brasileña – me da um toco de fumo… me da uns fósforos… me da  sabão… me da papel para escrever… me da uma gillette… me da… - a cada momento, en los recreos, en los estudios, mañana, tarde y noche.

Una noche justamente, Orestes tuvo mucha lástima de él. Estaba paseando con Adilson y lo encontraron frente al hórreo, sentado sobre un balay puesto boca abajo y mirando la luna llena, que inundaba el cafetal con su luz lechosa. Las lágrimas le caían lentamente por las mejillas y estaba como ausente. Adilson le preguntó.

- ¿Qué te pasa, Santos?
- Nada.
Pero al rato.
- Extraño la pinga. Hasta ahora aguanté, pero ya no doy más. Aunque más no sea, un trago…

Con el pretexto de buscar, como de costumbre, un trozo de rollo de tabaco, Orestes entró en el cuarto del padre Segundo y llenó un vaso de cachaza. Santos se la bebió como si fuera agua. Cinco minutos después ya era otro hombre. Volvió a charlar, a contar historias deshilvanadas sobre noches de luna llena y encuentros con lobizones.

Fue sólo esa noche. Ordinariamente Orestes se limitaba a atender sus pedidos y a curarlo una vez por semana. A veces, después del almuerzo, se quedaba sentado en el cordón, para ver el partido de voley y Santos se le acercaba para charlar. Él lo miraba fastidiado y se retiraba, alegando indefectiblemente tener mucho que estudiar.

¡Cómo se le volvió pesado! Aunque tratase por todos los medios de esquivarlo, Santos lo buscaba a todas horas – Oh, argentino, me da… - A veces eran los otros que le venían con cuentos - ¿sabes que Santos tal cosa? ¿que trató de abrazar a Iracema? ¿que le encajó una patada en el culo a Valentín? ¿que en dos días no acomodó ni siquiera una hilera de mazorcas en el hórreo? ¿que alguien le dio plata y fue al bar? ¿que ya no retiene y se caga encima?

Todo eso, sin embargo, no era más que fastidio. Lo peor era lo otro, el pánico del contagio. Se pasaba horas enteras leyendo todo lo que encontraba sobre la sífilis. Aún ahora recordaba la cara del médico cuando él le preguntó sobre el tema. Echó una mirada a su sotana y vaya a saber qué correrías por la zona de tolerancia se imaginó. Se restregaba las manos con jabón hasta irritarse la piel. Muchas noches se despertaba sobresaltado y aterrorizado e iba al baño a escudriñar todo el cuerpo, con temor de encontrar alguna pústula.

Llegaba la Semana Santa y tuvo que pintar el lienzo de la Verónica, que estaba completamente desteñido, además de ser un horrible retrato de un hombre visco y con labios femeninos. El padre Dino le dio una imagen del rostro de la santa sábana de Turín y el la copió en tonalidades de tierra de Siena y ocre. El viernes anterior al domingo de Ramos, cortó un buen pedazo de cuerda de tabaco y con dos cajas de fósforos, unas hojas de afeitar, un jabón y papel, fue a ver a Santos.
- Mira Santos, yo voy a estar muy ocupado en estos días. Te traigo aquí lo necesario para llegar hasta el martes, cuando como de costumbre te voy a curar las piernas. Trata de arreglarte por estos días y el martes me dices lo que pueda hacerte falta.
Pasó así el sábado y el domingo. En el Via Crucis del domingo, vio a Santos que observaba desde lejos. La mañana del lunes, Iracema lo buscó para decirle que Santos no había retirado el desayuno. Adilson escuchó y a su vez le dijo
- Deja, no más, yo tengo que ir a la casilla por una herramienta y veo si está acostado.
Al cabo de unos minutos volvió, trayendo un papel en la mano. Era una carta de Santos, que se había ido.
La recordaba casi de memoria, tantas veces la había leído. Estaba redactada en un excelente portugués, sin un solo error ortográfico.
“Me voy porque prefiero morir en algún camino a tener que vivir constantemente humillado por la limosna de ustedes. Les aseguro que jamás en mi vida me he sentido tan mal como en estos meses. Por un poco de comida me han hecho trabajar ocho horas diarias y nunca estuvieron conformes con lo que yo hacía. Me tuvieron tirado en un gallinero y me dieron de comer sobras. Cada vez que hablaban conmigo lo hacían con desprecio y asco.

Quédense tranquilos, que lo único que me llevo es la ropa que tengo puesta y un paraguas que me regaló el argentino. Soy un pinguço, pero no ladrón, ni me hace falta nada de lo que ustedes tienen. Aquí los únicos ladrones son ustedes, que con el cuento de Dios, le roban a la gente de un modo que da calambre.

Les dejo esta nota sólo para que no digan que me fui sin avisarles. Adiós, y si es verdad que creen en Dios, pídanle perdón por lo que me han hecho.

 Santos”
- ¿Te das cuenta, qué desagradecido?
- Al fin y al cabo es mejor que se haya ido por su cuenta. A veces me preguntaba cómo pudo permitir el padre maestro que un sifilítico viviera entre nosotros.
- Por las dudas habría que denunciarlo, yo no creo que se haya ido sin llevarse nada.
- Es verdad, denunciémoslo ¿Santos cuánto…?
- Santos… Santos… ¿quién conoce el apellido?

En ese momento Orestes entendió la carta de Santos ¡cómo no iba a sentirse despreciado un hombre, si después de meses de convivencia, a nadie le había importado ni siquiera saber cómo se llamaba, de dónde venía, qué y quién era! Para ellos no había sido más que un alcohólico encontrado una mañana después de la misa, y sifilítico, por añadidura. Todo lo que él había vivido hasta ese momento no tenía la menor importancia, todo eso no pertenecía a la historia de ellos.

Orestes, que ahora recordaba todo eso frente a la casilla de herramientas, junto al gallinero, en la cual le habían puesto un catre y una silla a Santos, reconocía cuánto daño se puede hacer creyendo en cambio hacer el bien. Sin embargo tenía también que reconocer que a través de los años, lo que más le preocupaba de esa historia era la duda de si era invierno la mañana que había aparecido Santos… aunque esa luz que recordaba…
 
 
 
 

 
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